Capítulo Veintidós
Wrath
Pateé hacia la superficie, con los pulmones ardiendo por falta de aire, mientras los bastardos caían al agua y se debatían a mi alrededor, ahogándose.
Eso tenían las bestias sin mente: no sabían trepar ni nadar.
Avancé a brazadas hacia Pope y Audrey, que se dirigían a una plataforma flotante en medio del lago.
—¿Es ese el perro? —pregunté, poniéndome a su altura mientras nadábamos a braza hacia la plataforma.
—Sí.
Al acercarnos nadando, vi que la plataforma era un embarcadero flotante improvisado, ensamblado con una mezcolanza de barriles y tablones. Tiendas toscas hechas de lonas y mantas, y contenedores de madera con plantas marchitas bordeaban los lados.
Reduje la velocidad y Pope hizo lo mismo. Audrey siguió nadando hacia la plataforma, pero Pope alargó la mano, le agarró el pie y tiró de ella hacia atrás.
—¿Qué? —preguntó, manteniéndose a flote—. Está justo ahí.
—Piensa, Listilla —dijo Pope, señalando la plataforma con la cabeza.
Lo consideró, apretando los labios.
—¿Dónde está la gente?
Buena pregunta.
—No me gusta esto. —Pope se volvió hacia el embarcadero, donde los bastardos que no habían caído al lago seguían yendo y viniendo, gruñendo y escupiendo.
—Bueno, que conste, prefiero arriesgarme con la isla fantasma que con la playa zombi. —Audrey avanzó, el agua chapoteando a nuestro alrededor—. Vamos.
—Que vaya Pope primero —le dije, siguiéndola.
—Eso es, mirad cómo pongo mi atractivo trasero en la línea de fuego por vosotros, desgraciados. —Pope alcanzó el embarcadero, sacó un cuchillo del cinturón, se lo puso entre los dientes y trepó.
—¿Desgraciados? Vaya, palabra elegante para un hombre que apenas puede pensar.
Pope se puso de pie y miró alrededor.
—Despejado. Inquietantemente despejado.
Lancé mi pistola mojada sobre el embarcadero, ayudé a Audrey a subir y trepé tras ella un momento después. La cubierta parecía un pueblo fantasma, con las tiendas ondeando inútilmente en la ligera brisa.
—Audrey, saca el cuchillo.
Lo sacó de la bota y lo sostuvo torpemente.
Tendría que servir.
—Quédate cerca de Pope. Pope... —Le lancé una mirada. Asintió; toda diversión había desaparecido de su rostro.
—¿Oléis eso? —susurró Audrey mientras Pope apartaba la lona de una tienda.
—Joder. —Dejó caer la tela, pero no antes de que alcanzara a ver un cuerpo en descomposición.
—¿Están... muertos? —preguntó Audrey, aferrándose al mango del cuchillo.
Le puse una mano en la espalda.
—Sigamos adelante.
La plataforma era más grande de lo que parecía a primera vista, del tamaño de medio campo de fútbol. No había nada más que cuerpos putrefactos y tiendas abandonadas.
—Yo... no puedo —susurró Audrey, con la voz quebrada, cuando nos topamos con una familia.
Pope la atrajo hacia sí, protegiéndole el rostro, con los brazos firmemente envueltos alrededor de ella.
—Wrath, tenemos que irnos. Esto es...
—Una masacre.
Y no obra de los bastardos. Esto había sido una ejecución a sangre fría de personas que intentaban vivir en el Después.
—¿La mejor salida? —preguntó Pope.
Miré alrededor y divisé al perro, que nos seguía a distancia.
—Vayamos hacia el otro extremo del lago. Podemos rodear el hospital. Será un camino más largo, pero al menos sabemos que aquí no hay nada que nos interese.
Pope hizo girar a Audrey ligeramente. Cuando ella intentó levantar la cabeza y apartarse, él le sujetó el rostro y se lo volvió hacia sí.
—No mires, deja que te guíe.
Los seguí con las tripas revueltas, la rabia desgarrándome las entrañas.
Quienquiera que hubiera hecho esto lo pagaría.
De vuelta en el agua, nadamos hacia la orilla y salimos del lago a una calle abandonada. El perro nos siguió una vez más, se sacudió el agua y avanzó en silencio mientras corríamos por las calles, zigzagueando entre las esquinas hasta que encontramos el hospital.
—Alto, movimiento —susurró Pope, agarrando la mano de Audrey—. Segunda puerta.
Un hombre fumaba un cigarrillo con calma, un arma colgada del hombro. Observaba la calle con la tranquilidad de quien no espera una emboscada.
—¿Amigo o enemigo? —pregunté mientras lo veía tirar el cigarrillo al suelo y desaparecer dentro.
—Enemigo. Tercera ventana a la derecha.
Alcé la vista, siguiendo la indicación de Pope. Una mujer estaba de pie en la ventana, con la mirada fija en nosotros. Llevaba una camisa ensangrentada, el pelo lacio le caía alrededor del rostro, la piel amoratada. Levantó una mano hacia el cristal y articuló una palabra.
Ayuda.
—Mierda. —Audrey se tensó, alerta al instante—. ¿Cuántos?
La mujer se dio la vuelta, dándonos la espalda. Se quedó inmóvil un momento y luego se alejó; la cortina volvió a caer en su sitio.
—Reagrupémonos con los demás —dije en voz baja mientras vigilaba la calle en busca de peligro—. Ya hemos estado fuera bastante tiempo.
El perro nos siguió mientras corríamos de vuelta con nuestro equipo, una rabia amarga abrasándome las entrañas.
Que Dios se apiadara de ellos, porque yo desde luego no lo haría.