Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo Veintiuno
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Capítulo Veintiuno

Ira

Avanzamos sigilosamente por el pueblo abandonado, Pope en la retaguardia, Audrey en el medio y yo a la cabeza. La tierra roja cubría las calles y el viento suave levantaba el polvo.

—Parece un western barato —murmuró Audrey detrás de mí.

Un gruñido sonó a nuestra izquierda. Me giré de golpe y apunté el arma hacia el sonido.

Un perro pequeño, sarnoso y famélico, salió arrastrándose de un agujero en el edificio. Volvió a gruñir con el pelo del lomo erizado, mirándonos fijamente.

—Eh, pequeño —Pope se apartó de donde había arrinconado a Audrey contra la pared de ladrillo para protegerla—. No somos bastardos. ¿Ves? —flexionó las manos, abriéndolas y cerrándolas como ningún bastardo podría hacer—. Aquí solo hay humanos de los de siempre.

El perro bajó el pelo del lomo y ladeó la cabeza mientras nos observaba.

—Vamos —murmuré, asomándome por la esquina del edificio—. No hay moros en la costa. En marcha.

Seguimos avanzando con sigilo, el perro detrás de nosotros.

Salvo por la tierra y las hojas acumuladas en los canalones, el pueblo estaba en sorprendentemente buen estado.

Pasamos junto a tiendas con conservas aún en los estantes y tiendas de ropa con camisas que colgaban mustias en los escaparates abandonados.

—¿Dónde está toda la gente? —preguntó Audrey cuando nos detuvimos en la calle principal—. ¿Y los zombis?

Pope se acercó con el perro pisándole los talones.

—No me gusta esto. Algo no cuadra.

Asentí. Se me erizó el vello de la nuca.

—Sigamos adelante.

Llegamos a la torre de agua, encontramos las escaleras y empezamos a subir. Pope se quedó en las escaleras mientras Audrey y yo llegábamos a la plataforma y rodeábamos la torre para inspeccionar el pueblo.

—No hay bastardos —dijo Audrey, haciéndose visera con la mano—. ¿Se habrán ido?

Negué con la cabeza mientras apretaba el arma.

—Algo va mal.

—Todo parece estar bien.

Asentí, intentando quitarme de encima la inquietud.

—Vale, explícame la situación.

Estudió el terreno, recorriendo el pueblo con la mirada.

—El hospital está ahí al lado, no debería ser difícil. Deberíamos traer suministros y contactar con ese médico. Propongo que nos separemos. Butcher, tú y Kate id al hospital. Texas y Jo que saqueen, y Pope y yo buscaremos supervivientes.

Arqueé una ceja.

—Que me saque de quicio no significa que no vea su potencial. Él es encantador. Yo soy analítica. Entre los dos, tenemos más posibilidades de convencerlos de que se vayan que...

Un aullido terrible la interrumpió. Los dos dimos un respingo y nos asomamos por la barandilla: el perro aullaba como si lo persiguiera el diablo mientras corría hacia el agua.

—¡Qué cojones! —Un movimiento a la izquierda me llamó la atención.

—¡Mierda! ¡Hay que largarse!

La agarré de la mano y tiré de ella mientras bajábamos las escaleras a toda prisa. Pope estaba al pie, gritándonos que corriéramos.

—¿Hacia el agua o volvemos? —gritó Pope.

—¡Al agua! —ladró Audrey, que echó a correr por el camino siguiendo las huellas del perro—. ¡Deprisa!

La seguimos. La horda irrumpía por las calles a nuestra espalda, sus gruñidos y rugidos rompiendo el silencio de la tarde.

—¡Más rápido! —gritó Pope. Agarró a Audrey del brazo y tiró de ella—. ¡Nos alcanzan!

Me arriesgué a mirar atrás y vi a los que encabezaban la manada: una mujer con uniforme militar hecho jirones y un hombre con pinta de granjero local, los vaqueros destrozados, los restos de una camisa de cuadros colgándole de un brazo.

Ambos echaban espuma por la boca, con la piel flácida y los cuerpos esqueléticos.

—¡El perro!

Giré la cabeza justo a tiempo de ver al perro desaparecer por un pequeño embarcadero y lanzarse al lago.

—¡Más vale que funcione! —bramó Pope. Corrió hasta el final y saltó sin soltar la mano de Audrey. Cayeron al agua y desaparecieron bajo la superficie.

Me lancé tras ellos, caí al lago con un estruendo y el agua me envolvió.

La imagen de Kate debajo de mí, su hermosa sonrisa amplia y algo aturdida mientras acababa dentro de ella una vez más, fue mi último pensamiento antes de hundirme en el agua turbia.