Capítulo veinte
Wrath
Partimos a la mañana siguiente. Farmer nos prestó camionetas y un todoterreno. Sus hombres se comportaban como si nos mandaran a la muerte, con rostros pétreos y miradas vacías.
Cabrones.
Runner me estrechó la mano y me atrajo hacia él.
—Nada de riesgos innecesarios. Si llegas y la cosa se pone fea, lárgate.
Asentí y le apreté la mano.
—Nada de riesgos.
Nos fuimos, traqueteando por el camino de tierra hacia el valle y luego hasta la carretera principal, dando en lo que parecía cada bache y surco del trayecto. Pillé a Kate haciendo una mueca de dolor.
—¿Estás bien?
Soltó una risa avergonzada.
—Sí, solo... agarrotada.
—Ah...
Seré imbécil, pero no pude evitar sentirme satisfecho y un poco orgulloso.
Audrey se inclinó desde el asiento trasero y le puso una mano en el cuello a Kate.
—¿Estás bien? ¿Quieres que te dé un masaje? A lo mejor no deberías haberte pasado todo el día de ayer cavando.
Kate se puso roja como un tomate y agachó la cabeza para ocultar su expresión mortificada.
—E-e-estaré b-b-bien. Solo n-n-necesito e-e-estirar las piernas.
Audrey asintió, le dio un pequeño apretón en el cuello y volvió a sentarse. Delante de nosotros, Pope abría la marcha en su moto; Texas y Jo iban justo detrás en un segundo todoterreno, y Butcher cerraba la formación en un Jeep.
Divisé algo por el rabillo del ojo.
—¿Eso es...?
Asentí, apretando los labios.
—Cabrones.
La horda se había congregado cerca de un riachuelo, algunos agachados, otros moviéndose inquietos. Estaban lo bastante lejos como para no preocuparnos, solo para mantenernos alerta.
—Es que no lo entiendo. ¿De dónde han salido? El virus no hizo esto. El virus solo mataba a la gente.
Me encogí de hombros y aceleré cuando dejamos los caminos de tierra y grava por asfalto desgastado.
El resto del viaje transcurrió sin incidentes; solo tuvimos que reducir la velocidad por alguna vaca despistada o grupo de canguros.
Pope levantó una mano y nos hizo señas para que paráramos a un lado de la carretera al llegar a las afueras del pueblo.
Me desabroché el cinturón y señalé a Audrey y Kate.
—Quedaos aquí. Si pasa algo, largaos cagando leches. ¿Entendido?
Audrey asintió, pero Kate se mordió el labio con expresión indecisa.
—Va en serio, Sunshine. Sé cuidarme solo, pero no puedo hacerlo si estoy preocupado por ti.
Asintió, me cogió la mano y me la apretó antes de que saliera del coche. Me reuní con los demás junto a la moto de Pope.
—Parece tranquilo —comentó Butcher mientras escudriñaba el paisaje. A su lado, Texas se llevó la mano al arma e hizo lo mismo.
—¿Qué opináis? —preguntó Pope, cediéndome la palabra.
Me froté la barbilla, barajando posibilidades.
—Pope, tráeme a Audrey.
Suspiró y se dirigió a la camioneta.
—Oh, amor de mi vida, sal a conocer a tu héroe.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Butcher en voz baja.
—Pope es buen cachondeo, pero es letal cuando la cosa se pone seria. La idea es que él y yo entremos a pie, echemos un vistazo y volvamos con un plan.
—¿Y Audrey?
Solté un suspiro.
—Es buena. Su cerebro es como un ordenador: procesa las opciones y los riesgos más rápido que ninguno de nosotros. La llevaremos, puede ayudarnos a trazar el plan.
Texas negó con la cabeza, apretando los labios.
—A Jo no le va a hacer gracia.
—Puede que no, pero es la mejor opción que tenemos.
Hicimos hueco para Audrey y Pope. Ella se cruzó de brazos y nos fulminó a todos con la mirada.
—¿Por qué me da que no me va a gustar esta reunioncita?
—Necesitamos que vengas en una misión de reconocimiento. Necesito tu cerebro para elaborar el plan de ataque.
Audrey se estremeció y se le cayeron un poco los hombros.
—Menos mal que existe Ava.
—¿Ava?
Audrey asintió.
—Primera regla de Ava: el cardio salva vidas.
Se estremeció de nuevo.
—Salir corriendo de los zombis no es plato de buen gusto, pero la alternativa de convertirte en uno de los muertos vivientes es peor.
Suspiré, sin molestarme siquiera en corregirla.
Audrey se puso en cuclillas, se levantó, dio unos cuantos saltos y sacudió los brazos.
—¿Qué haces? —preguntó Pope, enarcando una ceja.
—Estiramientos. Calentamiento. Hay que estar ágil antes de echar a correr.
Se detuvo un momento, me miró y se subió las gafas.
—Tú haces lo mismo, ¿no?
—Sí, cuando toca.
Se cruzó un brazo por delante del pecho para estirar los hombros, con una sonrisa satisfecha.
—Hoy no pienso ser el tentempié de ningún zombi.
Pope puso los ojos en blanco y se apartó de Audrey.
—¿El plan?
—Tú, yo y Audrey entramos e inspeccionamos el lugar.
Señalé la torre de agua, que sobresalía un poco por encima del resto de edificios del pueblo.
—Si conseguimos llegar y subir al tejado, tendremos un buen punto de observación.
—¿Y la gente del pueblo? —preguntó Audrey, que ahora se sujetaba un pie contra el culo mientras se agarraba al bíceps de Texas para no perder el equilibrio.
—Eso lo decidiremos cuando veamos a qué nos enfrentamos.
Texas repartió las armas y dudó un momento antes de pasarle una pistola pequeña a Audrey.
—¿Seguro que sabes usar esto?
Puso los ojos en blanco.
—Por favor. Ava nos entrenaba con ametralladoras. Esta pistolita no me impresiona.
Comprobó el seguro y se la metió en el bolsillo del pantalón.
—Bien, ¿nos movemos ahora o...?
Miré a los otros hombres, que mostraban distintos grados de diversión.
—Dame cinco minutos y nos ponemos en marcha.
Me dirigí hacia Kate y la encontré con los ojos muy abiertos en el asiento del conductor del primer todoterreno. Bajó la ventanilla y esperó a que llegara hasta ella.
—Nos vamos, Sunshine. Audrey viene con nosotros.
Miró el pueblo a lo lejos, examinó los puntos de referencia y asintió.
—Querrás que haga un reconocimiento del terreno y determine las mejores opciones.
Sonreí, encantado con su forma de pensar.
—Exacto.
Extendió la mano y me acarició el rostro; su pulgar me rozó la mejilla.
—Ten cuidado. Te quiero.
Mi respuesta sonó ronca.
—Yo también te quiero. Recuerda, nada de riesgos estúpidos.
Sonrió.
—Lo mismo te digo.
Me incliné y la reclamé con un beso ardiente y exigente, dejando mi sabor en sus labios. Me aparté, aspiré hondo y memoricé su rostro una última vez antes de girarme hacia el pueblo. Mi atención se centró en la tarea que tenía por delante.
Entrar, salir, volver con Kate.
Me aclaré la garganta y grité:
—Vamos.