Capítulo cinco
Kate
El vientre de la barcaza había sido renovado por completo. Lo que antes era un gran espacio de almacenamiento se había convertido en una serie de habitaciones, cada una separada para alojar a las familias.
—Tendremos que dormir en la sala común —explicó Wrath, alargando la mano para sujetarme mientras bajaba por las escaleras estrechas y empinadas—. Pero es cálida y cómoda.
La sala común era un amplio espacio con cojines descoloridos y pufs por todas partes, y mesitas bajas repartidas aquí y allá entre los grupos de asientos.
—¡Bienvenidos! —saludó un hombre con una sonrisa, abriendo los brazos—. Entrad, la cena estará lista enseguida. Poneos cómodos.
—Este es Brock —dijo Wrath, señalando al hombre con un gesto—. Capitán y líder del Spirit.
—Y un tío estupendo, para qué negarlo —dijo Brock con una reverencia—. Mi hogar es vuestro esta noche.
Nos sentamos repartidos por la sala mientras la tripulación iba llegando poco a poco para unirse a nosotros. Aparecieron niños, tímidos pero curiosos. Se acercaron también las mujeres, y no pude evitar fijarme en lo saludables que parecían y en la libertad con que se movían.
A salvo.
Trajeron bandejas de comida, cosas para comer con los dedos. Pan de pita, fresco y esponjoso; hojas de lechuga a modo de cuenco rellenas de arroz aromático y judías; deliciosos bocados de pimiento y carne picada perfumados con hierbas y un toque de sal.
—Esto está delicioso —declaró Jo con la boca llena—. Joder, mis felicitaciones al chef.
—Mi esposa estará encantada de oír vuestra aprobación —sonrió Brock, alzando una botella en su dirección. Estaba recostado sobre los cojines, con pinta de pirata moderno o quizás de aspirante a Han Solo.
—¿Ya dirigíais este barco en el Antes? —preguntó Lottie, rebañando el plato con un trozo de pita.
—Así es. Algunos se han unido a nosotros desde entonces, pero la mayoría ya formaban parte de mi tripulación desde mucho antes.
—Es una buena idea —señaló Ava, dando unas palmaditas en el suelo junto a ella—. Seguir moviéndose, seguir cambiando de sitio. La seguridad está en la movilidad.
—Pero nos estamos quedando sin combustible —admitió Brock—. Tenemos que enviar a nuestros recolectores cada vez más lejos. Y la última partida aún no ha vuelto.
Ellie ladeó la cabeza.
—¿Diésel?
Se me encogió el estómago cuando Runner le puso una mano en la pierna para advertirla.
Bien.
—Sí.
Ellie asintió y miró a Runner, buscando su permiso.
Una ansiedad amarga me quemó el fondo de la garganta.
Necesito salir de aquí.
Me levanté y me excusé en voz baja mientras Runner empezaba a preguntarle a Brock qué opciones estaban barajando.
No quería estar allí, no quería la ansiedad que suponía escuchar a la gente andarse con rodeos, tanteándose hasta llegar por fin a un acuerdo.
Había aprendido desde muy joven que nada era gratis, ni siquiera el aire que respirábamos.
Recorrí la habitación contemplando los murales de las paredes. Pinturas del Tiempo del Sueño decoraban aquellas superficies improvisadas: imágenes que narraban historias de la creación de esta tierra.
—¿Conoces la historia de Weowi, el espíritu del agua? —preguntó una anciana, acercándose a mí.
Negué con la cabeza.
—No la conozco. Pero es hermosa. El arte es precioso.
—Obra de mi hija —dijo la mujer, llevándose una mano al corazón—. Está profundamente conectada con nuestra tierra y nuestras historias.
Me observó con mirada evaluadora.
—Eres la botánica.
Asentí.
—¿Las plantas te llaman, hermana?
Ladeé la cabeza, sopesando sus palabras.
—Quizás. Siempre me siento mejor cuando estoy rodeada de plantas y tengo tierra bajo las uñas.
Alargó la mano, tomó una de las mías y la levantó para examinarme los dedos. Sonrió y me soltó, haciéndome un gesto.
—Ven conmigo.
Me guio fuera del comedor y por un pasillo corto hasta una puerta en la parte trasera de la barcaza. Tenía una etiqueta con letra infantil que decía sala de plantas, con un árbol pintado al lado.
La mujer abrió la puerta y contuve el aliento. Una oleada de calor me envolvió, cargada con el aroma de tierra fértil, suelo húmedo y aire fresco, todo mezclado con la fragancia inconfundible de la vida vegetal.
—Nuestro invernadero —dijo la mujer, invitándome a pasar.
Crucé el umbral y enseguida alargué las manos para rozar las ramas del limonero más cercano.
La habitación estaba montada como un estudio hidropónico. Hileras e hileras de plantas, cada variedad en su propio sistema de estanterías que podían rotarse para recibir la cantidad justa de luz artificial, aire y agua.
—Esto es increíble —susurré, maravillada por todo aquel esfuerzo. Lechuga y repollo, zanahorias y guisantes, cítricos, boniatos, girasoles. Cada planta había sido seleccionada con esmero y cultivada con mimo para que creciera robusta y sana.
—Ven —dijo la mujer, indicándome que la siguiera por un pasillo—, aquí está la planta con la que necesito ayuda.
Me llevó hasta una pequeña zona de trabajo. Un banco largo de madera con herramientas ordenadas encima. Debajo, estantes llenos de cajas con productos etiquetados: solución de algas marinas y cosas así. Sobre el banco descansaba un gran bonsái de raíces nudosas y tronco añejo.
—Hola —saludé, posando las manos en la maceta—. Qué hermosa eres.
—Era de mi tatarabuela —me contó la mujer—. Un regalo recibido a cambio de hospitalidad.
Giré la maceta y fruncí el ceño, acercándome para ver mejor. El tronco tenía una grieta, pequeña pero preocupante.
—Se dañó cuando tuvimos que huir. Puedo atender casi todas sus necesidades, pero esto me supera.
Asentí mientras examinaba el daño.
—¿Tienes alambre, unos alicates y un cuchillo afilado?
La mujer rebuscó por allí y fue sacando lo que necesitaba, dejándolo sobre el banco. Cogí el cuchillo y raspé con cuidado la madera agrietada.
—En el futuro, si esto vuelve a pasar, lo que querrás es unir las partes rotas cuanto antes.
Pero como ya ha cicatrizado un poco, aunque mal, estoy quitando la zona dañada para que pueda sanar de nuevo.
—Soplé con suavidad para quitar los restos y revisé el corte—.
Ahora. —Dejé el cuchillo, cogí el alambre, hice un bucle en un extremo y lo enrollé alrededor del tronco—.
Tienes que unirlos. —Señalé el pequeño hueco—.
Gira este extremo del bucle y hará que se junten.
Cuando lleven así el tiempo suficiente, volverán a crecer unidos.
—Giré el bucle y apreté el alambre hasta que la rotura se cerró.
—Listo —dije sonriendo mientras dejaba los alicates—. Siempre le quedará la cicatriz, pero con el tiempo se recuperará.
La mujer me tomó la mano y la colocó sobre la base del bonsái, con mi palma sobre las raíces nudosas.
—Ella te lo agradece.
Se me llenó el corazón mientras acariciaba aquel hermoso árbol.
—Y yo os lo agradezco, a ella y a ti, por dejarme ayudar.
—Deberías quedarte aquí. Nos vendrían bien tus habilidades. —La mujer se llevó una mano al pecho—. Y puedes llamarme Tía, o Rita.
Un honor.
Sonreí e incliné la cabeza.
—Gracias, Tía. Soy Kate. —Volví a mirar el bonsái—. Y aunque me encantaría quedarme a ayudar con tu jardín, mi hermano está esperándome, y tenemos amigos y familia a los que ayudar antes de poder reunirme con él.
—No, no los tienes —la voz de Wrath rompió el momento y me hizo dar un respingo.
—¡W-W-Wrath! Dios, me a-a-asustaste.
La Tía no pareció sorprenderse por su presencia.
—Tus hermanos no están en el complejo —repitió con el ceño fruncido—. Uno está en la Plantación, de los otros no tengo ni puta idea.
Parpadeé.
—¿Ice no te lo d-d-dijo?
A Wrath se le torció la boca.
—¿Decirme qué?
Dudé. Algo en lo más profundo de mí sabía que esto nos cambiaría, y se rebelaba contra la incertidumbre.
—Di la verdad —me amonestó la Tía Rita.
—Ice es mi h-h-hermano. Medio hermano —corregí—. Gus es nuestro p-p-padre.
Wrath se quedó inmóvil, como si su cuerpo estuviera tallado en piedra.
—Supuse que te lo había dicho. Todos se e-e-enteraron cuando necesitó cirugía.
—No. No lo hizo. —La voz de Wrath sonaba baja, áspera. Su cuerpo seguía inmóvil, como si estuviera anclado al suelo.
El silencio se impuso por un momento.
—Bien, vosotros dos obviamente tenéis cosas que resolver. —La Tía Rita me dio una palmada en el hombro—. Si cambias de opinión, te recibiremos con los brazos abiertos.
Se alejó del espacio de trabajo y su tarareo se fue apagando mientras atravesaba la habitación.
El sonido de una puerta al abrirse y cerrarse a su espalda nos dejó a Wrath y a mí en silencio, con el único acompañamiento del zumbido grave de los motores bajo nosotros y el murmullo de las luces que ayudaban a crecer a las plantas.
La forma en que Wrath me miraba era... desconcertante. No me dejaba entrever nada de lo que pensaba. Ni un tic en los labios, ni el ceño fruncido, nada. Su rostro era una página en blanco.
—D-d-di algo —dije al fin, desesperada por romper aquel silencio insoportable entre nosotros.
—No estás enamorada de Ice.
Negué con la cabeza, luego asentí, luego volví a negar.
—Sí, quiero decir, l-l-lo estoy en el sentido de que lo a-a-amo como a un hermano. Es mi persona favorita en el mundo. Pero no, no románticamente. O sea, no soy una Lannister.
La boca de Wrath ni se inmutó ante la referencia a Juego de Tronos.
Mierda.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Suspiré y me coloqué un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Porque él me pidió que n-n-no lo hiciera. Y era la única familia que me q-q-quedaba que merecía la pena. No quería perderlo.
Las cejas de Wrath se movieron levemente, un atisbo de ceño frunciéndole la frente.
—¿Él lo sabía?
—¿Saber?
—Dónde estabas. Todo este tiempo, ¿lo sabía?
Dudé, luego asentí.
—Él era el único. Bueno, él y G-G-Ghost. Gus envió a Ghost a buscarme, y me encontró. Fácilmente. Pero I-I-Ice intervino.
Wrath asimiló la información sin que su rostro revelara nada.
—¿Pensaste en mí?
Se me atascó el aire en el pecho y se me cortó la respiración.
—¿Q-qué?
Con la máscara aún en su lugar, Wrath dio un paso hacia mí, luego otro, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra el banco de trabajo y no pude ir más allá.
Se cernió sobre mí, con el rostro cerca del mío.
Solo cuando estuvo tan cerca pude ver que no era impasible.
No. Estaba furioso. Sus ojos ardían con una luz impía.
—¿Pensaste. En. Mí? —repitió lentamente, con los dientes apretados, los brazos a los costados, los puños cerrándose y abriéndose, como si intentara controlarse.
—Yo... no s-s-sé...
—Sí o no, Kate.
—S-sí —susurré; la respuesta me salió automática—. T-t-todo el tiempo.
—Cuándo.
Dudé, pero su mano subió hasta tomarme la barbilla y obligarme a mirarlo a los ojos, esos ojos inquisitivos. Aquel contacto fue un suero de la verdad; el calor de su mano me soltó la lengua. No pude evitar que las palabras fluyeran.
—Después de que te fueras. A-a-antes de que te fueras. Cuando estábamos j-j-juntos. Cuando estábamos separados. Cuando estaba e-e-estudiando, o plantando, o c-c-caminando, o un millón de veces más —admití, con las lágrimas escociendo en los ojos.
—¿En la cama?
No podía negarlo, ni siquiera lo intenté. Descubriría cualquier mentira que intentara contarle.
—Sí.