Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo Tres
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Capítulo Tres

Wrath

Había cometido un puto error garrafal.

No podía asegurarlo, pero estaba bastante convencido de que tenía la erección más grande de este lado del ecuador.

Llevábamos tres horas de viaje y habíamos tenido que parar dos veces para despejar el camino a los camiones cisterna, y aun así mi polla seguía más dura que un puto diamante, y dolía de cojones.

Kate iba pegada a mi espalda, con los brazos rodeándome la cintura mientras rodábamos por las carreteras secundarias. Hacía un día luminoso y soleado, aunque todavía fresco.

Runner se puso a mi altura y levantó el puño. Asentí, reduciendo la velocidad mientras nos acercábamos a una pequeña área de descanso de tierra.

Kate esperó a que paráramos para bajarse de un salto, se alejó de mí inmediatamente y se puso a trastear con el casco.

No podía ignorar cómo su aroma se me había pegado, cómo su perfume impregnaba mi chaqueta. Una mezcla floral que me recordaba a la primavera y el verano, al sol y a la alegría.

Cosas que, por desgracia, escaseaban en mi vida.

¿Por qué no vas a buscar tus huevos y te los vuelves a poner, puto saco de mierda?

Los camiones cisterna aparcaron en la carretera, pero las motos se desviaron y formaron un círculo.

Audrey se quitó el casco y se sacudió el pelo.

—Esto tiene buena pinta, pero va a ser un coñazo encontrar dónde colocarlo.

El único inconveniente de su red era que necesitaba estar colocada en un lugar alto y seguro. Los árboles quedaban descartados: demasiados animales. Cualquier estructura artificial tendría que fijarse de forma que fuera discreta y a la vez funcional.

Una puta pesadilla.

—¿Los aseos? —preguntó Pope, echando un vistazo al descampado.

El área de descanso no tenía más que un contenedor oxidado, una vieja mesa de picnic y un bloque de aseos de hormigón.

Ava observó el bloque de aseos.

—Yo podría subir ahí.

—O podrías no hacerlo —espetó Lottie, acercándose a nuestro grupo y entregándole a Audrey el estuche con el transmisor—. Tu costado todavía se está curando, por mucho que te empeñes en lo contrario.

Ghost se acercó a la pared de los aseos. En un movimiento rápido, se impulsó por el lateral y aterrizó con suavidad en el techo, sin hacer apenas ruido.

—Ese hijo de puta es silencioso —murmuró Ava.

—¿Te crees que lo llamamos Ghost por diversión? —preguntó Pope.

Audrey abrió el estuche, lo apoyó en la mesa de picnic y lo encendió.

—Tiene que quedar en un sitio con buena exposición al sol. Los paneles solares necesitan recargarse. La batería durará más si conseguimos aliviar parte de la carga de los paneles —le dijo a Ghost mientras levantaba el estuche y se acercaba al bloque.

—¿Puede mojarse? —preguntó Pope mientras Ghost se inclinaba para cogerlo. Gruñó al levantar el pesado estuche y se arrastró boca abajo para adentrarse más en el techo.

Audrey se llevó una mano al corazón con un jadeo teatral.

—Oh, mierda, no. ¿Cómo se me olvidó tener en cuenta el clima?

Puso los ojos en blanco.

—Que Dios me libre de los imbéciles. ¿Que si puede mojarse? Pues claro que puede. Lluvia, viento, todo eso no es problema mientras esté bien anclado. Lo que va a ser el verdadero problema es la luz.

Kate apareció a mi lado con un taladro inalámbrico en la mano.

—Ghost, ¿y si lo atornillas?

Volvió, se inclinó para coger el taladro y se deslizó de nuevo hacia arriba. Un momento después lo oímos arrancar, el sonido familiar del metal perforando metal.

—Buena idea —le dije.

Se sonrojó y bajó la cabeza.

—Deberíamos haberlo pensado antes de salir.

—Pero no lo hicimos. Tú sí.

Acepta el puto cumplido de una vez, Kate.

Se encogió de hombros, pero seguía sonrojada.

Ghost saltó y aterrizó con suavidad.

—¿Listo? —preguntó Ava.

Asintió y le devolvió el taladro a Kate.

—¿Bien sujeto? —preguntó Audrey.

Ghost volvió a asentir mientras se sacudía las manos en los vaqueros.

—¿Es que no hablas? —preguntó Ava, poniendo los ojos en blanco.

Él la miró directamente, con una mirada intensa. Hubo un momento de silencio antes de que respondiera.

—Solo en la cama.

Y dicho esto, se dio la vuelta y volvió a su moto.

Audrey sacó el móvil y pulsó el dos en el teclado. Oímos el tono de llamada y luego contestó Hazard.

—¿Por qué coño pone que eres el número uno en mi teléfono? Yo soy el puto Presidente —ladró al otro lado.

—Y sin embargo yo soy la creadora de la Red Audrey. Jódete, Prez.

Le colgó con una carcajada.

—Funciona, podemos irnos.

Pope se rio y miró alrededor.

—¿Alguien necesita mear antes de irnos? ¿No? ¿Solo yo? Genial. Dadme cinco y nos largamos.

Se dirigió al interior gritando:

—¡No escuches, Audrey!

—¡Puaj! —Se giró en redondo y se puso a mi lado y al de Kate—. Ese tío es asqueroso. Seguro que no se lava las manos.

—Pope lleva gel desinfectante, jabón y un puto peine a todas partes —le dije—. Es un maníaco de la limpieza.

Parpadeó.

—Vaya. No me había dado cuenta.

Vi a Kate sonreír antes de volver a bajar la cabeza. Apreté los dientes. Esa actitud tímida no me cuadraba. La mujer que amaba...

Corta el rollo de una puta vez, tío.

Respiré hondo, otra vez consciente de cómo mi polla presionaba contra la costura de los vaqueros.

Iba a ser un viaje jodidamente largo hasta Queensland.