31 Alaina #2
Levanta la cabeza para mirarme, y la expresión de su cara me destroza.
La desolación, la decepción y la resignación estropean su hermoso rostro, borrando sus pecas.
—Sí, supongo que debería haberlo sabido, ¿eh?
—Una sonrisa autocrítica curva las comisuras de sus labios—.
Bueno, aunque esto ha sido muy divertido, me piro.
Da un paso hacia el pasillo cuando el brazo de Sully aparece de golpe delante de ella, deteniéndola. —No es seguro ir a la ciudad sola.
Ella lo esquiva. —Quizá para vosotros, pero yo no soy nadie, ¿recordáis? —le desafía, con una sonrisa amarga en la cara—. Y no es que sea asunto vuestro, pero he quedado con gente allí. Así que no estaré sola.
Un ardor me recorre el estómago, y siento que voy a estallar en cualquier segundo. —¿Un tío?
Se da la vuelta tan rápido que su larga melena golpea a Sully en la cara. Avanza hacia mí, apuntándome con el dedo de forma agresiva. —No. No, no tienes derecho a rechazarme y luego ponerte celoso al pensar que otro me presta atención. —Me clava el dedo en el pecho—. Así no es como funciona, Wolf.
Doy un paso hacia ella, presionando su dedo contra mi pecho. Deslizo la mano por su brazo, le cojo los codos y tiro de ella con suavidad, para que nuestros cuerpos queden pegados. —Me vuelves puto loco —gruño las palabras en su cara.
—¿Ah, sí? Pues tú eres el cabrón con más cambios de humor que he conocido en mi vida!
Su pecho sube y baja agitadamente. No puedo evitar la sonrisa que se extiende por mi cara cuando suelta una palabrota. Debe de estar muy enfadada para soltarme un cabrón.
—Y deja de ponerme esa mirada sexy y fulminante que me saca de quicio, porque estoy tan harta de ella.
Inclino la cabeza hacia ella, rozando apenas su nariz. —¿Sexy, eh?
—¿Eso es todo lo que has sacado de todo esto? —Su voz baja a un murmullo exasperado.
Impulsado por el ardiente deseo de reclamarla como mía, estrello mi boca contra la suya. Y durante unos segundos ella se derrite en mis brazos, devolviéndome el beso como si los últimos veinte minutos no hubieran ocurrido.
Entonces se acabó. Aparta su boca de la mía y da un paso atrás. Ni siquiera intento retenerla.
Se lleva una mano temblorosa a sus labios hinchados.
—No puedes… —Se aclara la garganta—. No puedes seguir besándome así.
No es… no es justo, Wolf. —Su voz es suave y suplicante—.
No queremos lo mismo. Sabes que yo quiero ese tipo de amor mágico.
—Su sonrisa es pequeña y melancólica—. Y tú… tú no. Y no pasa nada.
Su mirada me ruega que la contradiga, que le haga algún tipo de promesa. Pero no puedo hacerlo.
Joder, no sabría ni por dónde empezar aunque quisiera.
En otra vida, exploraríamos esta creciente atracción entre nosotros, pero no en esta. No a costa de su alma.
Mi mirada es implacable mientras la observo. Como no digo nada, ella asiente una vez, se da la vuelta y se va.
Los tres la vemos alejarse por el pasillo, y solo cuando oímos el portazo de la puerta principal, Rush rompe el silencio.
—Bueno. Tú eres… —me señala con un dedo— un puto idiota.
Aprieto la mandíbula. —¿Tienes algo que decir, Rush?
Entrecierra los ojos. —Sí, lo tengo. Vas a dejar que tu chica se vaya así como si nada…
—No es mi chica. —Me encojo de hombros, fingiendo indiferencia, pero a juzgar por la mirada de exasperación en el rostro de Rush, no estoy convenciendo a nadie.
Rush arquea una ceja. —¿Ah, sí? Entonces no te importará si la meto en mi dormitorio..., en mi cama, ¿no? —Me dedica una sonrisa condescendiente, y aprieto los puños para evitar que vuelen hacia su cara.
—Te gustaría eso, ¿verdad, gilipollas? Pero entonces, ¿qué harías con tu pajarillo escondido en la ciudad, eh? —Mi tono es una burla cruel.
Sonríe con suficiencia. —No sé de qué hablas.
—Claro que no, gilipollas —le digo con desdén.
—Mira… —Rush suspira y se pellizca el puente de la nariz—. No voy a perderla porque no eres capaz de sacar la cabeza del culo.
Niego con la cabeza y aprieto los dientes. —No, no lo entiendes, tío. Para ti no es lo mismo.
La boca de Rush se convierte en una línea recta.
—¿Ah, no? ¿Acaso yo no me crie en la Hermandad?
¿No me manché las manos de sangre en el instituto?
¿No perdí a un puto padre? ¿Eh? ¿Es por eso que para ti es diferente?
—Su voz se vuelve más fría con cada palabra, y al final, el desprecio gotea de cada sílaba.
La vergüenza me recorre el cuerpo, y es jodidamente incómodo. Inclinando la barbilla hacia el pecho, exhalo, abrumado por la culpa. —Joder. Lo siento, tío.
Rush me mira fijamente y asiente una vez. —Arréglalo, Wolf.
—¿Arreglarlo? —resoplo—. ¿Qué coño se supone que haga? Ella no es de este mundo, tío. ¡Y no he tenido una relación en mi puta vida!
—¿Qué coño te creías que quería decir cuando dije que era la hora del pacto? —grita Rush, con una vena palpitando en su sien—. Eso significa que estamos en una relación con una chica, idiota. —Se pellizca el puente de la nariz y mira al techo—. Y que la traeríamos a nuestro mundo.
—¡Pues cómo diablos voy a saberlo! ¡Nunca he estado en una relación a cuatro antes! —le grito de vuelta, sintiendo que la nuca se me calienta.
—A tres bandas —interviene Sully.
—¿Qué? —le espeto.
—Una relación a tres bandas. No quiero tener nada que ver con este circo que intentas montar, Rush. A mí no me apuntes. —Mira a Rush y luego a mí un momento antes de irse furioso.
Rush mira el espacio donde estaba Sully un momento antes de mirarme a mí. —Tendremos que trabajar en eso. —¿Cómo si fuéramos a conseguir de algún modo que Red no sea la ex de Sully que le aplastó su negro corazón? —resoplo—. Buena suerte con eso. Ni siquiera tú eres tan bueno, tío.
—Ah, hombre de poca fe. —Me dedica esa sonrisa arrogante y condescendiente que sabe que odio—. Me voy. Llámame cuando saques la cabeza del culo. —Se gira para marcharse.
—¿A dónde coño vas? ¡Estamos en confinamiento!
Hace un gesto con la mano por encima del hombro mientras se aleja para hacer Dios sabe qué. Probablemente planear la muerte de alguien y quedarse con todos sus bienes.
Me froto la cara con las manos y suelto un bufido.
—Joder.