31 Alaina
TREINTA Y UNO
ALAINA
Entro dando saltos en la habitación de Wolf, rebosante de alegría. Sé que debería estar mucho más asustada porque un puñado de tíos irrumpiera en la mansión hace dos días, pero, por alguna razón, aquí sigo sintiéndome segura. Con ellos.
Y, extrañamente, se me da bien compartimentarlo todo.
Además, mañana es mi cumpleaños. Y me niego a regodearme en la miseria en la víspera de mi cumpleaños, no cuando tengo a alguien como Wolf con quien pasar el rato. Y puede que incluso a Rush.
No he visto mucho a mi hombre misterioso desde aquel tiroteo en mitad de la noche. Mi apodo para él es mucho más apropiado de lo que pensaba al principio. ¿Quizá Wolf pueda pasarle la invitación? Me muerdo el labio inferior al pensar en pasar tiempo con los dos..., entre los dos.
Rumours, de Fleetwood Mac, suena en el tocadiscos, y Wolf está tumbado en la cama, sin camiseta, por supuesto, con el portátil abierto sobre el regazo.
Deja de teclear para mirarme con las cejas enarcadas. —Vaya. Esperaba más miedo y menos… alegría.
Me acerco al tocadiscos y ojeo su colección de vinilos en la estantería de al lado. —No dejas de decir eso, Wolf, pero ya te dije aquella noche que estaba bien—. Le lanzo una sonrisita por encima del hombro.
Cierra el portátil y lo deja en la mesita de noche. —Ya veremos. Estaré aquí, esperando a que te dé el gran ataque de pánico. Porque te va a dar.
—Si tú lo dices. —Me encojo de hombros y voy hacia su cama con una sonrisa juguetona en los labios.
Tras dudar solo un instante, me subo a su regazo, me siento a horcajadas sobre él y le rodeo el cuello con los brazos.
Desde el momento en que lo vi, sentí una conexión, y no ha hecho más que crecer desde entonces.
Y en algún punto entre las verdades como puños y el allanamiento de la otra noche, algo cambió entre nosotros.
Estoy totalmente colada por Wolf.
Todavía estoy asimilando el hecho de que podría ser mi hermanastro algún día. Sé que los demás no lo entenderán y, si soy sincera conmigo misma, no estoy segura de que mi madre lo entienda, pero ya cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él. Y eso suponiendo que se dé cuenta… y que vuelva aquí.
El calor de sus palmas en mi cintura es como una marca al rojo vivo: cálido y posesivo. Me toca como si lleváramos años haciéndolo, no días, y con una autoridad que me seduce.
Esos ojos suyos, profundos y oscuros, me cautivan, sobre todo cuando puedo ver las motas grises arremolinándose. Se ríe entre dientes. —¿Qué tramas?
—¿Quién, yo? —finjo confusión, con las cejas muy altas en un gesto exagerado. Me inclino, de modo que nuestras mejillas se rozan, y sonrío contra su barba incipiente—. Ven a la ciudad conmigo.
Sus manos se flexionan en mi cintura mientras dice: —Imposible, nena. Estamos en confinamiento, ¿recuerdas?
Me echo hacia atrás para mirarlo y me esfuerzo por mantener los hombros relajados y la decepción fuera de mi cara. Pero aún no he terminado. Juego mi as en la manga. —Pero mañana es mi cumpleaños y quiero celebrarlo en la ciudad con mi novio. Mis primos están en la ciudad y todo.
WOLF
Sus labios rozan los míos con cada palabra, distrayéndome del hecho de que acaba de llamarme su novio.
Es como si el universo estuviera escuchando, porque el tocadiscos se raya de verdad, y Fleetwood Mac deja de sonar.
Red se baja de mi regazo y corre al otro lado de la habitación para levantar la aguja. —Mierda. Espero que no se haya rayado el disco. —Apaga el interruptor y se inclina para inspeccionar el vinilo en busca de daños, completamente ajena al infarto que me está dando aquí.
Mi cuerpo entero se agarrota, los músculos tensos y la respiración contenida en la garganta.
Nunca he necesitado la etiqueta de novio para conseguir un polvo.
La mayoría de las veces, apenas me da tiempo a invitar a una copa a una chica antes de que me esté arrastrando a la superficie plana más cercana.
Yo accedo encantado y luego cada uno se va por su lado.
Claro, algunas chicas han intentado atarme a lo largo de los años, pero nunca antes había sentido la tentación. Red podría tentar al hombre más devoto. Soy leal a la Hermandad, y esta vida no se presta a tener pajarillos enjaulados. Además, no tengo lo que hace falta para retener a uno.
Especialmente a uno como Red.
Lo poco bueno que había en mí fue erradicado sistemáticamente año tras año como el fusil de la Hermandad.
Un mes conmigo y toda la bondad que hay en ella sería aplastada por la rabia y el caos que viven dentro de mí.
A veces es más fácil pensar en ello como un ser vivo, pero la verdad es que no lo es.
Soy solo yo. El lado salvaje y sanguinario de mí que solo sale a la superficie cuando la Hermandad lo necesita.
Ellos crearon este lado de mí, lo alimentaron, y uno de estos días, ya no podré volver a meterlo en la caja durante las horas de luz.
Quizá no en una semana ni en un mes, pero al final, espabilará y me dejará tirado. Joder, si mis padres pudieron abandonarme sin pensárselo dos veces, ¿qué puta oportunidad tengo de conservar a una chica como Red?
Será mejor arrancar esa mierda de mi vida ahora.
No necesito despertarme una mañana y darme cuenta de que me he pillado, joder, y que luego ella se vaya al día siguiente o alguna mierda así.
Porque así es exactamente como funciona el karma.
Y estas manos están manchadas permanentemente de rojo, así que no creo que me quede nada de buen karma.
Miro el perfil de Red mientras juguetea con el tocadiscos, y sé lo que tengo que hacer.
Para salvarla.
De mí.
Y para salvarte a ti mismo, susurra una voz en mi mente. Sacudo la cabeza para desechar la idea, no hay necesidad de complicar las cosas cuando ya he tomado una decisión.
Nunca me han gustado las mentiras, pero estoy dispuesto a hacer una excepción. Por ella.
Ella se gira para mirarme, la falda azul oscuro ondeando alrededor de sus piernas.
La absorbo con la mirada tal y como es —camiseta de Stevie Nicks desgastada y anudada al frente, unas Vans completamente blancas, ese pelo ondulado, suave y sedoso, flotando sobre sus hombros—: está jodidamente radiante.
Y me doy cuenta de que me he perdido todo lo que acaba de decir. —¿Hmm?
Pone los ojos en blanco. —He preguntado si invitarías a Rush por mí también.
Y que estés listo para salir en una hora, ¿vale?
He pedido un coche con conductor para que nos lleve a la ciudad, y podemos pasar la noche en mi residencia de estudiantes.
—Me levanta las cejas, con los ojos bailando de emoción—.
A nadie le importará. Luego podemos volver aquí en un par de días.
Si se fija lo suficiente, verá las imágenes de lo que podría haber pasado la otra noche parpadeando en mi mente.
Lo que definitivamente volverá a pasar; quizá no mañana y quizá no en esta casa, pero ese no será nuestro último tiroteo.
No en esta vida. He hecho las paces con eso; joder, a veces lo anhelo.
Pero hay una razón por la que no tengo novias, y esta es una de ellas.
Así que es mejor que acabemos con esto ahora, antes de que ella se involucre más.
Por Jesucristo, parezco una puta adolescente. Aprieto la mandíbula y siento cómo me late la vena de la sien.
A la mierda.
Respiro hondo y encierro la decepción y el arrepentimiento bajo llave, muy, muy adentro, donde no pueda sentirlos. Poniendo la cara en blanco, la miro y me preparo para decepcionarla con delicadeza.
—No soy tu novio.
Vale, eso no es exactamente decepcionarla con delicadeza.
Me mira fijamente, con la boca entreabierta y un ligero rubor tiñendo sus mejillas. —Claro. No lo decía en serio. Solo pensaba…
Su sonrisa, antes radiante, se apaga, y si no estuviera en medio de un puto ataque de nervios, aprovecharía la oportunidad de pasar unas cuantas noches enredado con Red.
Y ese pensamiento es suficiente para hacerme entrar en barrena. Yo no tengo relaciones. Joder, apenas repito. ¿Y aquí estoy, deseando acurrucarme con una chica con la que ni siquiera me he acostado todavía?
No me lo creo.
Tengo que cortar esa mierda de raíz. Y rápido.
Respiro hondo y compongo mi rostro, preparándome para aniquilar cualquier posibilidad de que tengamos algo.
—¿Pensabas qué? ¿Que porque nos hemos enrollado un par de veces éramos exclusivos? ¿O pensabas que significaba algo más de lo que era: un rollo conveniente? —resoplo—. Vamos, Red. Pensé que eras más lista.
Ella niega con la cabeza, sus ojos se llenan de lágrimas. Me hormiguean las manos con la necesidad de enjugar su tristeza.
—No llores, pajarillo. No es del todo culpa suya.
Le pedí a Wolf que se acercara a ti. —Red y yo giramos la cabeza hacia la puerta al mismo tiempo y vemos a Rush de pie, apoyado en el marco de la puerta, rezumando indiferencia.
Pero a mí no me engaña, veo los celos en cada músculo tenso, y eso solo aviva los míos.
—Muchas gracias, gilipollas —gruño entre dientes, apretando los puños para no partirle la cara por entrometido.
—¿Qué? —Rush se encoge de hombros—. Es la verdad.
—No, no lo es.
Red sorbe por la nariz, clavándome su mirada acusadora.
Rush arquea una ceja. —¿No te dije que la sedujeras para sacarle información el día que explotó lo de Mama Rosa’s?
—¡¿Qué?! —chilla Red, y su mirada se dirige a Sully—. ¿Lo de Mama Rosa’s explotó? —Ni siquiera había visto al puto sigiloso detrás de Rush, apoyado en la pared del pasillo.
Sully aprieta la mandíbula y desvía la mirada. Maldita sea, ahora también voy a tener que hablar con él de esto.
—Sí. Fue unos días después de que llegaras —le dice Rush, con la mirada saltando por su cara.
Ella asiente y clava su mirada en mí. —¿Y cuándo fue esa llamada con Rush? ¿Antes o después del maratón de Los Soprano?
Me obligo a sostenerle la mirada cuando pronuncio: —Antes.
Con los hombros encogidos, mira al suelo. —Ya veo.
Suspiro, con un nudo en el estómago mientras la miro con los hombros caídos. Parece que le han pateado a su puto cachorro.
—Vamos, Red, sabías a qué jugabas.