30 Alaina
TREINTA
ALAINA
—¿Wolf? No lo miro cuando pronuncio su nombre. Sé que está justo ahí; incluso si no pudiera verlo, lo sabría. Puedo sentirlo.
Es esa mezcla embriagadora de consciencia, seguridad y deseo, todo arremolinándose, lo que me da la capacidad de percibir su presencia.
—¿Mmm?
Veo cómo desvía su atención del móvil para mirarme fijamente. Cojo más burbujas del lateral de la bañera de hidromasaje y las extiendo con suavidad sobre el agua, cerca de mi pecho. Mejor no enseñar demasiado; no estoy segura de poder lidiar con eso esta noche.
Aunque Maddie siempre dice que el mejor sexo es cuando las emociones están a flor de piel.
De algún modo, dudo que se refiriera a estar a punto de morir.
Han pasado horas desde que salí de lo que yo llamo el centro de mando.
Es un nombre perfecto teniendo en cuenta todos los monitores y el exterior a prueba de balas.
Rush me dio el visto bueno para irme, así que me dirigí directamente a la que quizá sea mi parte favorita de la casa: mi cuarto de baño.
Si alguna vez hubo un momento para sumergirse en la bañera con patas, era este.
—¿Qué querían esos tíos?
Él suspira y, por el rabillo del ojo, veo cómo escribe algo en su móvil antes de dejarlo sobre la encimera, detrás de él. —¿Una verdad por otra, Red?
Lo miro por encima del hombro. Está apoyado contra los armarios del baño, junto a los dos lavabos, con la cabeza hacia atrás contra el cajón donde escondí mi maquillaje. Sus músculos están tensos y alerta, pero sus ojos parecen cansados.
Hay algo diferente en él; está más callado, menos juguetón. Su sonrisa arrogante ha desaparecido, reemplazada por una intensidad inexpresiva. ¿Cómo puede alguien parecer carente de emociones y, aun así, irradiar tanta rabia y agitación?
Vuelvo a recorrerlo con la mirada, comprobando por tercera vez si tiene heridas. Los nudillos de una mano se ven un poco rojos, pero nada tan grave como podría haber sido. La idea de que le disparen a Wolf me revuelve el estómago.
—Estoy bien, Alaina, ¿ves? —Wolf extiende las manos a los lados, invitándome a mirar cuanto quiera. Aunque no estoy segura de si alguna vez me cansaré de mirar a Wolf Fitzgerald.
Le sostengo la mirada y asiento. —¿Qué querían, Wolf?
—No lo sé. —Su voz es suave en esta burbuja de calma que hemos creado en mi baño.
Casi puedo fingir que no ha pasado nada esta noche, salvo por el hecho de que mis manos no dejan de temblar y que mi hermanastro y novio está sentado en el baño viéndome bañarme de una manera que no tiene nada de sexy.
—¿Pasan mucho estas cosas? —Muevo las manos bajo el agua, observando las ondas que crean mientras espero su respuesta.
—Sí y no. ¿Nos metemos en altercados con gente que quiere hacernos daño? Sí, pero no tan a menudo como probablemente piensas. ¿Ocurren estos... altercados en nuestra casa? No. —Wolf suspira y mira al techo—. Estamos en territorio desconocido, Red.
Asiento como si lo entendiera, pero no es así.
No entiendo qué demonios está pasando. Ni por qué unos tipos con pistolas han asaltado esta casa tan fortificada.
Ni por qué Wolf, Rush y Sully se han comportado como el reparto de Scarface con su habitación blindada al final del pasillo, armas escondidas por toda la casa y el loco sistema informático de seguridad de Rush.
Y definitivamente no entiendo por qué sigo aquí.
Suspiro y me hundo más en la bañera. —Voy a salir pronto y a tumbarme. Estoy segura de que hay otras cosas que requieren tu atención ahora mismo.
Me mira fijamente un momento, dándose golpecitos en el labio inferior con el dedo y con el ceño fruncido. —¿Segura? No me importa quedarme.
Asiento y lo miro por debajo de las pestañas. —Sí. Estoy bien. Nos vemos luego.
Él exhala, encogiendo los hombros, y dice: —Quédate en tu habitación, ¿vale? Volveré dentro de un rato.
—De acuerdo, Wolf. —Mi voz suena pequeña mientras él sale de mi baño y luego de mi habitación. La puerta se cierra de un portazo a su espalda y me siento orgullosa de no haberme estremecido.
Los disparos han cesado, pero no hay silencio. Hay un montón de ruido por toda la casa, pero dentro de la burbuja de mi habitación, me siento como si fuera la única persona que hay por aquí.
WOLF
Dos horas después, una vez que Red está a salvo en su habitación con un guardia apostado fuera de su balcón y otro en la segunda planta, estoy en la habitación de Rush con mis hermanos.
Acomodados en los sofás alrededor de la mesa de centro, llamamos a Da.
—Rush. —El ruido de fondo inunda la habitación. Miro mi móvil: las seis en punto, lo que significa que para él es mediodía.
La necesidad de descargar mis frustraciones con el tipo que está en la casa de carruajes surge en mi interior una vez más. Respiro hondo y me recuerdo exhalar la violencia que aún hierve a mi alrededor.
—Estás en manos libres, Da. Sully y Wolf están aquí.
—Esperad. —Oímos que el ruido cesa, luego un golpe y después el silencio—. Habladme.
—Asalto en Summer Knoll esta noche.
Da exhala; el suspiro es audible. —¿Cómo de grave?
Rush suspira. —Dos de los nuestros. Seis de los suyos. Según nuestros mejores cálculos, tres o cuatro escaparon.
—Maldita sea —ruge Da. Tres segundos después, oímos el estrépito de cristales rompiéndose.
Cruzo la mirada con Sully y le dedico una sonrisa de suficiencia. Parece que voy a ganar esa apuesta. Él dijo que Da volcaría una mesa, pero yo aposté a que lanzaría el objeto que tuviera más cerca.
Rush continúa sin inmutarse: —Encontraron nuestro punto ciego en el perímetro, cortaron las cámaras, entraron por el lado oeste de la casa por varios puntos e inmediatamente subieron a la segunda planta.
La respiración agitada de Da llena el silencio.
—Luego fueron a por tu habitación. ¿Alguna idea de por qué harían eso? —le pregunto, preparándome para la evasiva con la que lleva semanas respondiendo.
—¿Mi habitación?
—Sí, tu habitación. Yo mismo pillé al cabrón —confirmo, con la rabia hirviendo a fuego lento al pensar en ese gilipollas hurgando en el armario y las cómodas de Da.
—¿Cantó? —Puedo notar la sonrisa en su voz. Apuesto a que el bastardo está imaginando todas las formas en las que haría hablar al tipo si estuviera aquí. Hay una razón por la que le llaman el Carnicero.
—Sí, lo hizo. Lo he dejado con Dave de momento.
Mañana le haré una visita. —Sonrío, imaginando cómo irá mi visita con él.
Eso es lo que es crecer en la Hermandad: te despoja de las emociones para que, cuando acabes en un tiroteo, puedas hablar de las bajas y las torturas con la misma facilidad que del tiempo.
—Bien. Llamadme para cualquier cosa importante.
—¿Hay algo que debamos saber, Da? No podemos hacer nuestro trabajo con solo la mitad de la información —razona Rush, con el ceño fruncido. Sé cuánto le corroe no tener todos los datos.
—Ah, joder. —Da suspira—. Necesito unos días más para terminar un par de cosas aquí, pero tengo claro que tengo que estar ahí. Hay cosas que debemos discutir.
Sully levanta las cejas. —¿Qué demonios significa eso?
—Por teléfono no, muchacho. Hablaremos cuando llegue a casa —espeta Da—. ¿Cómo está nuestra chica? ¿Se encuentra bien?
No me gusta cómo se le suaviza la voz cuando habla de ella. Hay algo en eso que me toca las narices.
—Sí, está bien —confirmo.
—Bien, bien. Os veré cuando vuelva. —Sin esperar respuesta, Da cuelga.
Los tres nos quedamos mirando la pantalla negra del móvil antes de levantar la vista para mirarnos los unos a los otros. Sully es el primero en romper el silencio. —¿Qué cojones ha sido eso?
Rush se recuesta en la silla, tamborileando con los dedos en su pierna. —No tengo ni idea. Pero creo que por fin tendremos algunas respuestas en cuanto regrese. Así que solo tenemos que esperar hasta entonces.
Asiento con la cabeza. —Pues nada, a esperar.