29 Wolf
VEINTINUEVE
WOLF
El pulso me martillea en los oídos mientras contemplo las molduras de la puerta, calculando mentalmente por qué esto sería una mala idea.
—Por favor —susurra, y la crudeza de su voz es lo que sella su destino.
Suspiro y me paso la mano por la cara. Las letras tatuadas en mis dedos me llaman la atención. «Vive». Miro mi otra mano. «Libre».
¿Qué haría si no fuera la ex de Sully y no tuviera ninguna conexión con Rush? ¿Qué haría si simplemente siguiera nuestro código…, nuestro pacto de vivir libres?
Cuadro los hombros y camino con decisión hacia su puerta. La oigo exhalar, derrotada, pero no pienso irme. Cierro su puerta con llave y tecleo el código en el panel para activarla. Me siento paranoico de cojones, y no me gusta.
Me doy la vuelta y veo cómo el alivio y la esperanza le enderezan los hombros, y cómo una sonrisa se extiende lentamente por esa cara tan bonita.
No me sorprende en absoluto que haya captado la atención de mis hermanos. Es divertida, lista y tan jodidamente guapa que me duele el pecho.
Me coloco junto a su cama y me llevo la mano a la espalda para quitarme la camiseta con una sola mano. Ella suelta un gemido, un ruido bajo y silencioso que le nace en el fondo de la garganta, y tengo que decirle a mi polla que se calme de una puta vez.
Empezar algo mientras está tan perjudicada sería una cabronada. Y, como planeo quedarme con ella mucho después de que esta mierda con Da y Lana termine, no quiero asustarla y que se vaya.
—Métete bajo las sábanas, Red. —Obedece sin dudar, y archivo ese dato. Me meto en su cama y me tumbo a su lado. El olor a melocotones azucarados me abruma—. Deja de mirarme y duérmete.
Suspira, un ruidito de frustración. —Lo intento. Pero… es que… no puedo relajarme contigo en mi cama con ese aspecto… —Agita la mano sobre mi pecho—. Así.
No puedo evitar la sonrisa que se me dibuja en la cara. Ladeo la cabeza para mirarla. —¿Con qué aspecto?
Me mira fijamente, con esos ojos castaños como el whisky muy abiertos y sinceros. —Sabes lo bueno que estás, Wolf, así que ni se te ocurra fingir que no sabes lo que me hace tenerte medio desnudo en mi cama.
Tengo la sensación de que no habría compartido tanto si no estuviera piripi.
Como no le contesto, da vueltas en la cama, se remueve hasta que me harto.
La rodeo con el brazo, esperando agarrar un buen trozo de ese culo perfecto cubierto por los pantalones cortos que llevaba antes.
En lugar de eso, me encuentro con una piel cálida y suave.
—Mierda —gimo entre dientes, atrayéndola hacia mí. Ella se acurruca más y me echa los brazos y las piernas por encima.
Alguien ha decidido ponerme a prueba hoy.
Miro al techo con rabia y mentalmente le hago la peineta a quienquiera que se aburriera y decidiera joderme el día. No cederé tan fácilmente.
Estoy en tensión, pero cierro los ojos y obligo a mi cuerpo a relajarse.
Un pitido me despierta en mitad de un sueño profundo.
Es lo bastante bajo como para haberse infiltrado en mi sueño: de repente, el león al que estaba mirando abría la boca y, en lugar de un rugido, emitía un pitido.
Abro los ojos y tardo un momento en darme cuenta de dónde estoy.
Cuando oigo la estridente alarma, significa que no solo han atravesado el perímetro, sino que ahora han entrado en la casa.
No sé cómo, mientras dormíamos, nos hemos acercado aún más, y Red está medio tumbada sobre mi pecho. Le sacudo los hombros para despertarla, pero en cuanto la toco, levanta la cabeza de golpe y me mira fijamente.
—¿Qué demonios es eso? —Tiene los ojos muy abiertos e inyectados en sangre. Joder, espero que no siga borracha.
—Ponte unos pantalones, Red. Tenemos que movernos. —La deslizo para apartarla de mí, empujándola suavemente por la espalda para que salga de la cama. Salto de la cama y busco bajo la mesilla de noche las pistolas extra. Saco dos Sig Sauers… por supuesto, son las favoritas de Rush.
En tres zancadas, estoy junto al panel al lado de la puerta, tecleando el código para desbloquear la puerta del dormitorio. Si Rush y Sully siguieron el protocolo, ya estarán en la habitación segura. Llamo a la sala gris por el interfono.
—Infórmame, Rush.
—Intrusión, lado oeste, la ventana del estudio —dice Rush, justo cuando suena otra alarma.
—Intrusión, lado oeste, biblioteca —añade Sully.
—Alguien tiene que ir a por Alaina —ordena Rush. Oigo teclear a través del interfono, así que estoy seguro de que tiene el sistema de seguridad abierto.
—Ya la tengo yo —les digo mientras miro por encima del hombro para ver a Red vestida con leggings, una sudadera y zapatillas.
—Qué rápido —comenta Rush—. Tres cámaras del perímetro están inactivas. Lado oeste.
Ignorándolo, miro el panel, anulo el acceso restringido de la Habitación Rosa y veo si puedo conectarme a la cámara del interfono de la biblioteca. —¿Cuándo llegan los refuerzos?
—De cinco a diez minutos —dice Sully.
—Joder. Es demasiado tiempo. Para entonces los tendremos encima.
No podemos quedarnos en esta habitación.
—No puedo ver cuánta gente hay en la casa, está demasiado oscuro—.
Rush, recuérdame luego que te ayude a instalar la capacidad de visión nocturna en el interfono —mascullo mientras compruebo la pistola.
—¿Qué quieres decir? ¿Dónde estáis?
—Nos vemos en la sala gris —le digo al interfono y me vuelvo hacia Red. —Ven aquí, nena —alargo la mano hacia ella—, todo va bien.
Red da unos pasos hacia mí y me coge la mano. Con los ojos muy abiertos y el pelo revuelto, es lo más bonito que he visto en mi vida. Un sentimiento de protección se hincha dentro de mí, un maremoto de furia contra quienquiera que se haya atrevido a entrar en mi casa y poner a mi chica en peligro.
No cuestiono este sentimiento desconocido; en lugar de eso, lo canalizo en una afilada cuchilla de caos.
Encierro esa mierda bajo llave y me centro en la chica que tengo delante. No puedo protegerla si me dejo llevar por la rabia. Ya habrá tiempo para eso más tarde.
—Vamos a ir con Rush y Sully. —Le examino la cara en busca de un ataque de pánico inminente. No tengo tiempo para consentirla, pero tampoco puedo permitir que se derrumbe ahí fuera—. ¿Has disparado un arma alguna vez, Red?
Parpadea con los ojos muy abiertos, y me lo tomo como respuesta.
Mira fijamente la pistola, levanta las cejas y niega con la cabeza antes de volver a clavar en mí esos ojos de cervatillo. Me meto la pistola extra en la parte trasera de los pantalones y me aferro a la otra.
—No pasa nada. Lo añadiremos a nuestra lista de cosas que hacer mañana. Quédate conmigo, ¿vale?
—Vale, Wolf —murmura.
La cojo de la mano y tiro de ella hasta que está pegada a mi costado. No sé de qué dirección vienen, y no voy a arriesgar su vida por una suposición.
Me tomo un momento para centrarme.
Empiezan los disparos lo bastante cerca como para suponer que están en las escaleras. Tenemos quizá treinta segundos antes de que estén frente a su puerta. La sala gris está a treinta pasos, pero está fortificada de una forma que ninguna de las otras habitaciones lo está.
Es un riesgo que tenemos que correr.
Inspiro y borro a Conor, exhalo y me convierto en Wolf. Calmado, calculador, despiadado.
—Tú vas a ir delante de mí. Corre a la sala gris. Es la última puerta a la derecha. Te cubriré la espalda, ¿vale?
Red me agarra la mano con las suyas. —¿Vienes conmigo, verdad? —El pánico impregna cada una de sus palabras.
—Sí. —Paso mi pulgar sobre su mano un par de veces y me inclino hacia ella, dándole un beso duro en la frente—. Vamos. —No cuestiono el sentimiento desconocido que se arremolina en mi pecho; en cambio, lo canalizo en una afilada cuchilla de caos.
Abro la puerta de su dormitorio, espero un momento para asegurarme de que no nos dirigimos a una emboscada y salgo en silencio. Quien coño sea carece de entrenamiento y disciplina. Hacen un ruido de la hostia mientras suben las escaleras.
Sujetándola de la mano, la guío hasta el pasillo, empujándola detrás de mí mientras me encaro a la escalera. —Corre —susurro.
No duda, sale corriendo en silencio hacia la última puerta.
Camino hacia atrás, sin apartar los ojos de la escalera, con el dedo en el gatillo.
Oigo el suave clic de la puerta al abrirse y echo un vistazo rápido para ver a Rush metiéndola en la habitación.
Apresuro el paso y, justo cuando estoy delante de la puerta, los intrusos llegan al rellano.
Sin dudarlo, disparo tres veces: dos al pecho del primer tipo, una al del segundo. La puerta se abre de par en par detrás de mí y giro para entrar de un salto, cerrándola de una patada justo cuando las balas impactan contra la madera.
Red chilla con cada bala, retrocediendo hasta que su espalda queda pegada a la pared.
Su reacción disipa parte de mi subidón de adrenalina.
Observo cómo le sube y le baja el pecho y cómo sus ojos, desorbitados y asustados, recorren la habitación.
Maldigo a quienquiera que haya decidido darme esta criatura perfecta solo para demostrarme que no pertenece a mi mundo.
Que les jodan. La rabia corre por mis venas mientras la injusticia de todo esto se me asienta sobre los hombros.
Sus ojos se posan en mí, y odio con toda mi alma el alivio que veo en ellos. —¿Wolf?
—Está blindada, Red. Estamos bien. ¿Verdad, Rush? —Me aparto de ella.
Rush está inclinado sobre cuatro monitores de seguridad, tecleando algo en el teclado. —Sí. Los refuerzos llegan en tres, dos, uno.
Justo en ese momento, oigo otra ronda de disparos y gritos. Lo veo todo en las grabaciones de seguridad. Un tipo se escabulle hacia el otro lado de la segunda planta, en dirección a la habitación de mi da, y veo mi oportunidad de ejercitar a mi demonio mientras me cobro una pequeña venganza.
—Ahora vuelvo —digo mientras me dirijo a la puerta—. Uno se ha escapado de los hombres de Dave.
Nadie me detiene cuando abandono la seguridad de la sala gris y me lanzo de cabeza al caos.