28 Alaina #2
Su rostro es ilegible, así que no puedo saber si voy por el buen camino o simplemente me está siguiendo la corriente. En realidad no tengo mucho que perder, y si Wolf quisiera, siempre podría preguntarle al propio Sully.
Miro a través de las puertas acristaladas del patio hacia la noche oscura iluminada por la luna, y me asaltan más recuerdos de Sully —Dios, me va a costar acostumbrarme a eso— y de nuestro tiempo juntos.
Me encojo de hombros. —Nudillos magullados con frecuencia, una interacción en un restaurante, sus dos teléfonos de prepago y las armas.
Levanta las cejas. —¿Eso es todo?
Levanto la barbilla. —Eso, sumado a todo esto —hago un gesto con la mano en su dirección— que tenéis vosotros, sí.
Asiente para sus adentros y da otro sorbo a su bebida. —¿Te enseñó sus armas? —Su voz es tranquila, curiosa.
—Después de que, bueno, las viera la primera vez por accidente, ya no me las ocultó. —Me aclaro la garganta al recordar cómo vi una de sus armas.
Wolf sonríe con sorna. —¿Y qué estabais haciendo exactamente vosotros dos para que la vieras por accidente?
Le devuelvo una mirada desafiante. —¿De verdad quieres saber qué estábamos haciendo para que Sully no llevara la camiseta puesta?
Aprieta la mandíbula antes de tomarse otro chupito de golpe y estampar el vaso contra la mesa. —No somos una banda.
Su cambio de tema radical no me pasa inadvertido, pero decido que me siento generosa en este momento.
Y estoy esperando a que mencione ese beso con Sully en el pasillo.
No estoy segura de que yo misma no cambiara de tema si me preguntara por ello.
La verdad es que no sé qué siento; sé que debería sentirme culpable por haberme besado básicamente con el hermano de Wolf cuando estamos...
haciendo lo que sea que estemos haciendo.
Pero no me siento así. Por alguna razón inexplicable, no sentí que fuera una infidelidad. Simplemente se sintió... bien. Suspiro, pensando en lo que pasó en el pasillo hace no mucho.
No se sintió como el cierre que nunca tuvimos; se sintió como si nos estuviéramos declarando la guerra el uno al otro, impulsados a partes iguales por la pasión y el dolor.
Y no estoy segura de que vaya a haber un ganador, al menos no del modo que me temo que Sully quiere.
En algún momento, sé que tendré que hablar con él sobre lo que pasó de verdad aquella noche.
Pero por ahora, vuelvo a centrar mi atención en Wolf, lo cual no resulta difícil. Además, de verdad quiero toda la información que pueda conseguir.
—Ni una banda —levanto un dedo—, ni un MC —levanto otro—, ni italianos. —Cierro lentamente los dedos en un puño—. Pero definitivamente sois algo, Conor Nicolas Fitzgerald.
Observo cómo un escalofrío le recorre el cuerpo cuando digo su nombre completo.
—Sí, somos algo, desde luego, nena. —Su voz es baja, ronca por el alcohol y el cansancio.
Mi corazón da un vuelco y siento mariposas en el estómago. —¿Seguimos hablando de la Hermandad o estamos hablando de...?
—Dime cómo conoces a Rush —exige.
—¿Esquivando otra pregunta tan pronto, Wolf? —me burlo. Suspiro—. En realidad no conocí a Rush hasta la otra noche.
Me entretengo sirviéndome otro chupito, esperando que no note mi omisión. Quiero decir, técnicamente, sí, no conocí a Rush hasta esa noche que lo acorralé en O’Malley’s. Pero llevaba un año entero muriéndome por conocerlo antes de eso.
Algo en mi interior me insta a callar eso, a que sea algo privado entre Rush y yo. Espero que no sea un error.
—¿No tienes ninguna pregunta para mí? —le pregunto, alejándolo del tema de cómo conocí a Rush. Me tomo el chupito mientras él me hace su siguiente pregunta y casi me atraganto.
—Sí, tengo preguntas. ¿Dónde está tu Da?
Escupo y toso, el vodka me quema durante todo el camino. —Lo... lo siento, se me ha ido por el otro lado. —Me doy un par de palmadas en el pecho—. ¿Acabas de preguntar por mi padre? —Él asiente, pero no añade nada más—. Ya te lo he dicho. No lo veo desde que era pequeña.
Una hora más tarde, cuando ya no nos quedan preguntas que estemos dispuestos a hacer o responder, y habiendo bebido alcohol más que suficiente, Wolf se levanta y me tiende la mano. —Hora de dormir, Red.
La esperanza revolotea en mi pecho. —Me gusta cómo suena eso —digo, agarrando su mano. Dejo que me ponga de pie, tambaleándome un poco.
Sin decir palabra, Wolf se agacha y me pasa un brazo por debajo de las rodillas y otro por la espalda, levantándome en brazos.
Instintivamente, le rodeo el cuello con los brazos, quedando cara a cara con el tatuaje de su cuello.
Las intrincadas líneas me hipnotizan y las recorro con la punta del dedo.
Apoyando la cabeza en su hombro, susurro: —Gracias. Aunque podría haber ido andando.
—Lo sé, pero me gusta cómo te sientes en mis brazos.
Me lleva hasta mi habitación y me deja sobre mi cama. La indecisión enturbia su atractivo rostro mientras me observa un momento.
Se da la vuelta para irse, y yo me pongo de rodillas y alargo la mano para agarrarle la suya. —Espera. —Wolf se queda helado, pero no se da la vuelta—. Quédate. —Mi voz es baja, y el rastro de vulnerabilidad resuena con fuerza en el silencio de la habitación.