27 Sully
VEINTISIETE
SULLY
—No. No, joder, no. No sabéis lo que me estáis pidiendo. No solo esa zorra...
—No la llames zorra —gruñe Wolf.
Lo fulmino con la mirada y aprieto los dientes.
—No solo se largó y desapareció un puto día, sino que ahora está... ¿qué?, ¿viviendo por arte de magia en nuestra casa? ¿Por qué soy el único que cree que esto es un problema?
Wolf mira de reojo a Rush, y nunca he estado más agradecido por mi capacidad para leer a la gente. Veo a través de la puta máscara que lleva Rush y distingo su regocijo ante la perspectiva de compartir a Alaina.
Me froto la nuca y me quedo mirando el suelo, pensando en qué puedo decir para que lo entiendan.
—¿Recordáis que volví a la ciudad unos días después de la explosión?
Wolf resopla.
—Sí, lo recuerdo. También fue una gilipollez. Tenías un montón de huesos rotos y una pinta de mierda. Todos la teníamos.
Asiento, todavía con la vista en el suelo.
—Sí, fui a la NYPL porque no podía localizar a Lainey.
Se suponía que había quedado con ella la noche de la emboscada, pero por razones obvias, no aparecí.
Mi móvil se jodió en el almacén y Buzz no pudo sacar nada de él, así que no tenía forma de ponerme en contacto con ella.
Lo último que recuerdo con seguridad haberle escrito es que no podía quedar esa noche.
—Me paso una mano por la cara y suelto el aire, con los hombros cargados por el terror fantasma que sentí durante esos días—.
Y como sabíamos que había un soplón, me estaba volviendo loco pensando en que le pudiera pasar algo.
Así que fui a la ciudad a buscar a mi chica.
—¿Qué pasó? —pregunta Wolf tras un momento de silencio.
Una risa cruel se me escapa de los labios al pensar en lo que ocurrió aquel día.
Subo los escalones de la Biblioteca Pública de Nueva York con más fe que otra cosa.
Es una verdadera prueba de la pasta de la que están hechos los neoyorquinos que nadie se inmute al verme cubierto de cortes y moratones.
Tengo una muñeca rota, un hombro dislocado, la nariz rota y una docena de cortes y contusiones visibles.
Siento como si una jodida banda de música al completo estuviera tocando dentro de mi cabeza, y lo único que quiero es ver a mi chica.
Mi móvil está jodido y todavía no me he aprendido su número de memoria.
Sé que hemos terminado nuestro proyecto de la NYPL, pero espero poder camelarme al director del programa, Ira, para que me dé su número o su dirección o alguna mierda.
Solo necesito ver a mi chica. Sentirla en mis brazos.
Cualquier cosa para calmar el pánico creciente en mi pecho de que alguien la haya cogido.
—Que era un puto fantasma, eso es lo que pasó.
El director del programa no tenía su información personal, un hecho que solo admitió después de que lo amenazara como era debido.
Y ninguno de sus compañeros de clase estaba ya en la biblioteca.
Y en todo el tiempo que estuvimos juntos, nunca le pregunté dónde vivía. —Me río sin pizca de gracia.
—Joder —resopla Wolf, la compasión tiñendo sus palabras.
Miro a mis dos hermanos y les digo la verdad, mi verdad.
—Volví a esa escalinata todos los putos días durante un mes, esperando y rezando para que apareciera. —Hago una pausa y miro por la ventana; las luces del patio trasero emiten un suave resplandor anaranjado en la noche.
Nunca lo hizo.
Todavía pienso en ella y en cómo sería mi vida ahora si hubiera respondido a sus llamadas ese día.
O si le hubiera devuelto el mensaje. O si hubiera hecho cualquier cosa de forma diferente, la verdad.
Durante mucho tiempo, cada pelirroja que veía era ella.
Me giraba para mirar dos veces, deseando que fuera ella.
Nunca lo era.
—Así que, sí, la conozco.
Salgo furioso de la habitación de Rush, la rabia me pesa en las extremidades. No saben lo que me están pidiendo. ¿Cómo puedo simplemente ignorar el hecho de que la razón por la que mi corazón ya no late está ahora durmiendo a tres metros de mí?
Perdí la cuenta de en cuántos coños me ahogué después de darme cuenta de que no iba a volver.
Pero nunca importó. Nunca la borró de mi mente.
Se quedó jodidamente grabada en mi puta alma, y he hecho todo lo posible por borrar su marca en mí durante los últimos dos años.
¿Y ahora estos cabrones me piden que... qué, que me lance de cabeza otra vez?
No me sorprende en absoluto ver a la chica en cuestión de pie en el pasillo, fuera de la habitación de Rush. Ha perfeccionado el arte de parecer inocente mientras oculta la serpiente insensible que es por dentro.
La acorralo contra la pared, con cuidado de no tocarla. Nunca volveré a cometer ese error. Me mira con unos ojos enormes que brillan con lágrimas.
Involuntariamente, el recuerdo de la primera vez que la vi me recorre la mente mientras la contemplo.
Subo las interminables escaleras de la Biblioteca Pública de Nueva York, con Johnny a mi lado. Apartándome el cuello de la camisa del pecho sudoroso, abro las pesadas puertas de madera y entro en lo que será mi penitencia tres días a la semana en un futuro previsible.
Me detengo en el umbral para admirar la arquitectura y el lujo del espacio. El juez me hizo un favor cuando me asignó los trabajos comunitarios en la biblioteca.
Me paso la mano por el pelo mientras miro alrededor de la sala y emito unos cuantos juicios rápidos: un grupo de chicas de Stepford con uniformes escolares a juego, un puñado de porretas y ella.
El pelo del color del fuego y un aire de indiferencia me llaman como una polilla a la llama. Pero son sus ojos los que la delatan.
Doy un paso hacia ella y Johnny se acerca por detrás, dándome una palmada en el hombro.
—Espera.
Lo miro de reojo hasta que retira su mano.
Da lo envió a la ciudad durante el verano...
para vigilarme. Me sentiría insultado si realmente pensara que Da cree que necesito una niñera.
En cambio, todo es una artimaña para trabajar con algunos socios diferentes en la ciudad, fortaleciendo el vínculo y toda esa mierda.
Suspiro al pensar en toda la mierda que tengo que hacer cuando terminen hoy los trabajos comunitarios.
—Hoy te esperaré, chico, pero por lo demás, estarás bien aquí —dice Johnny con cuidado de que su voz no se oiga demasiado.
Siento los ojos del clan de Stepford sobre mí, pero solo hay una persona que merece mi atención, y está sentada sola, colocando meticulosamente sus cuadernos.
—No te preocupes por mí, Johnny. Estaré perfectamente bien —murmuro, sin apartar los ojos de la pelirroja.
Camino hacia mi chica y Johnny me sigue un paso por detrás.
—Terminarás en solo cuatro semanas, James. Hiciste lo correcto. Estaré por aquí hasta que termines hoy —dice mientras me da unas cuantas palmadas más en el hombro.
—Sí, vale. Me vuelvo para verlo caminar hacia un mullido sillón en la parte delantera de la biblioteca.
Me giro para encarar a mi chica, y siento que una sonrisa ladeada tira de las comisuras de mi boca. Parpadea varias veces y el rosa más bonito le arrebola la parte alta de las mejillas. ¿Está ocupado este asiento?
Esas tres palabras sellaron mi destino más que cualquier otra cosa en esta vida; ni mis hermanos, ni la Hermandad, ni siquiera cuando mis padres se largaron. Y joder, si no la odio un poco por ello.
Me inclino más, nuestros rostros a milímetros de distancia.
Un hormigueo recorre mi cuerpo y aprieto con más fuerza las manos contra el yeso.
La punzada de dolor me ancla aquí, tan cerca pero tan lejos del amor de mi vida que dejó atrás a este desgraciado como si nada.
Mi rabia, enterrada durante tanto tiempo, se dispara al primer plano de mi mente, amenazando con estallar.
Me cuesta un esfuerzo consciente no dejarme absorber por las arremolinadas profundidades marrones de sus ojos. Siempre son las motas ámbar las que me atrapan: es un color tan jodidamente inusual y al que siempre me siento atraído.
Pero lo que me atraviesa el agujero del pecho que solía latir por ella —y solo por ella— es el anhelo en su mirada.
Sus labios se entreabren y exhala mi nombre en un suspiro.
—James.
Y eso es suficiente para hacer añicos el poco control que me quedaba.
Estrello mis labios contra los suyos, volcando cada pensamiento y sentimiento que he tenido por ella en este beso. Todo el amor y la lujuria y la devastación y el duelo solo alimentan el fuego que arde por esta única chica. Mi princesa del punk rock.
Cuando sus manos aprietan con vacilación mi camiseta y me atraen hacia ella, siento que pierdo el juicio por un momento.
Deslizando mis manos por la pared, ahueco su perfecto y exuberante trasero y la levanto en brazos.
Lainey desliza sus manos por mi pelo y atrae mi boca hacia la suya.
Nuestras lenguas se enredan y ella gime como si estuviera en éxtasis.
Aprieto mi cuerpo contra el suyo y, de repente, es como si no hubiera pasado el tiempo.
Esa sensación, esa jodida sensación, me saca de mi neblina lasciva. Aparto mi boca de la suya, pero no la bajo. No creo que pueda todavía. Apoyo mi frente en la suya y cierro los ojos, tratando de calmar mi corazón desbocado.
—Que te jodan, Lainey. Que te jodan por irte y que te jodan por volver. —Las palabras torturadas se me escapan involuntariamente.
Abro los ojos para ver una única lágrima caer por su mejilla y la desolación en sus ojos.
—James —susurra.
Inclino mi boca sobre la suya en un beso brutal que termina tan rápido como empieza y la dejo caer sobre sus pies.
Doy un pequeño paso atrás y examino su rostro. Satisfecho de que no se va a caer ni a desmayar, asiento para mí mismo y doy otro paso atrás. Sigo retrocediendo hasta que estoy en lo alto de la escalera.
No se ha movido de su sitio contra la pared, solo me observa en silencio mientras me alejo de ella, con las lágrimas rodando sin cesar por sus mejillas sonrojadas.
Le doy una última mirada antes de dar media vuelta y bajar las escaleras corriendo.
Oigo el primer sollozo cuando llego al último escalón, pero no soy capaz de volver con ella.
Todavía no.
Quizá nunca.