19 Wolf
DIECINUEVE
WOLF
Esa misma tarde, sigo el sonido de James Gandolfini como Tony Soprano..., pero como una versión jodida de él. Joder, ¿por qué está diciendo tanto fluff?
—¿Qué has dicho? ¿Hacerme un fluff..., has dicho hacerme un fluff? ¡Pues fluff para ti, motherfluffer!
Doblo la esquina del pasillo que da a la sala de cine y, efectivamente, la cara de Tony Soprano llena la pantalla del proyector.
Me acerco sigilosamente por detrás de Alaina mientras Tony empieza a disparar una pistola, y espero a que todo vuelva a estar en silencio. —¿Qué estás haciendo? —le digo justo detrás de ella, atropellando las palabras.
Ella chilla y salta medio metro del sofá, se gira y lanza el cuenco de palomitas a su espalda. Por suerte para mí, tiene una puntería pésima.
Me río y me agarro el estómago. —La cara que has puesto no tiene precio, Red.
—¡Qué demonios, Wolf! ¿Por qué sigues asustándome así? —coge un cojín y me lo tira.
Lo esquivo sin problema y salto por encima del respaldo del sofá, aterrizando a su lado. Resopla y me lanza otro cojín; esta vez acierta en el blanco: mi cara.
—Vale, ese me lo merecía. Pero, sinceramente, Red, me lo pones demasiado fácil. Estás en la parte trasera de la casa y tienes esto puesto a cien. —Cojo el cojín culpable y me lo meto bajo el brazo derecho.
—¡No hay nadie! Y el mando con el volumen no me funcionaba, así que... —se encoge de hombros—. Y tú vas a recoger eso. —Dirige su mirada hacia las palomitas esparcidas detrás de nosotros.
Me acomodo en el sofá y giro la cabeza para mirarla de lleno. —¿Crees que puedes darme órdenes, nena? —chasqueo la lengua.
El rosa más bonito le tiñe los pómulos y se cruza de brazos sobre el pecho. —No estoy intentando darte órdenes —murmura.
—Bien. Porque no funcionará. No me arrodillo ante nadie. Así que es mejor ni intentarlo. ¿Entendido? —Le paso el pulgar por los pómulos para suavizar mis palabras. No porque no lo dijera en serio; nunca más volveré a arrodillarme ante nadie.
—Yo no..., yo no estaba... —clava sus ojos en los míos, y veo dos ascuas gemelas en sus profundidades—. Eso no es lo que estaba haciendo, Wolf.
Ah, ahí está. Sabía que debajo de esas faldas plisadas y esos «sí, señor», había un petardo esperando a ser encendido. Que el cielo ayude al cabrón que la haga estallar. Aunque espero tener un asiento en primera fila para ese espectáculo.
—Pero no deberías hacer que la gente limpie tu desastre. —La pequeña nota de acero en su voz es admirable, aunque fuera de lugar.
Apartando mi mano de su mejilla, digo: —Ah, pero ahí es donde te equivocas. El mundo fue creado para sobrevivir —incluso prosperar— con orden. Y sin jerarquía, hay caos.
—Eso es... ni siquiera sé qué decir a eso. —Parpadea un par de veces e inclina la cabeza—. ¿Y tú te ves... dónde? ¿En la cima de la cadena alimenticia?
Juego con las puntas de su suave pelo. —Sí, Red.
Estoy bastante cerca de la cima. Y en este mundo, o trabajas para alguien o alguien trabaja para ti, ¿no?
Y a mí nunca se me ha dado bien recibir órdenes...
—hago una pausa para mirarle la cara. El placer me recorre lentamente, serpenteando por mis miembros, cuando encuentro su mirada sobre la mía—, a menos que esté en la cama.
Entonces se me puede persuadir fácilmente para que obedezca.
—La miro fijamente a los ojos, dejando que vea el hambre y el deseo que brillan en los míos.
Tras un momento, rompo la conexión y cojo un puñado de palomitas. —¿Por qué coño estamos viendo esta mierda doblada? —Señalo hacia la tele.
Se encoge de hombros. —Me pedía contraseñas para ver HBO, pero encontré Los Soprano en uno de esos canales gratuitos de la tele. Te acostumbras a los tacos tan creativos después de unos pocos episodios.
Me río. La idea de que estos personajes no digan «joder» cada dos por tres es de risa. Pero tiene razón, es entretenido.
Estamos en silencio por un momento mientras Tony Soprano mata a Big Pussy en la pantalla. Una risita silenciosa se me escapa antes de que pueda reprimirla.
Se vuelve para mirarme, con una ceja levantada. —¿Qué tiene de gracioso matar a Big... ya sabes, a ese tipo? —El ligero rubor en su piel es tan jodidamente atractivo que creo que he estado equivocado todos estos años. Quizás debería haberme fijado en las inocentes para llevármelas a casa.
—¿Mmm? ¿Qué tipo?
—Ese..., el de ahí. —Señala la pantalla mientras atan el cuerpo de Big Pussy con cadenas y lo arrojan por la borda.
No puedo decirle que me he reído porque sé que dispararle a alguien tres veces a corta distancia como esa es un verdadero coñazo de limpiar.
Todavía había sangre en las diminutas ranuras de la cabina del barco durante meses.
Da lo llamó una lección práctica cuando nos hizo a Rush, Sully y a mí limpiar ese trabajo.
Así que me conformo con una media sonrisa y cambio de tema.
—¿Qué pasa, Red? ¿Ahora no puedes decir el nombre de un hombre?
Rueda los ojos. —Ese ni siquiera es su nombre real. Es su... nombre en clave o lo que sea.
—No pasa nada, no espero que una chica como tú...
Se gira para mirarme, con el ceño fruncido estropeando su hermoso rostro. —¿Qué demonios significa eso?
Sofoco mi sonrisa con la mano. Hacía demasiado tiempo que no me divertía tanto picando a alguien. —¿Qué crees que significa?
—Puedo decirlo, ¿sabes? —Me mira fijamente por un momento, con los hombros tensos.
Enarco una ceja en señal de desafío.
—Pussy. ¿Ves? Pussy, pussy, pussy.
—¿Has terminado? —Ver sus labios envolver la palabra «pussy» me está dando ideas que no estoy seguro de poder llevar a cabo.
Da dijo que la protegiera y que me mantuviera alejado de ella, y Rush dijo que estaba fuera de los límites al principio, pero ahora me está presionando para que me la folle para obtener información privilegiada sobre cuál es el puto rollo de su madre.
Técnicamente, la estaría vigilando de cerca mientras protejo la casa como pidió Da.
Soy el primero en admitir que mi brújula moral está muerta, pero follármela por información no me sienta bien. No después de ver ese bonito rubor rosado derramarse por su cuello hasta la parte superior de esas tetas perfectas.
Su pecho sube y baja mientras me mantiene la mirada, su vista bajando, recorriendo lentamente mi pecho y abdominales tatuados, y deteniéndose en el creciente bulto de mi polla. Supongo que no soy el único afectado por su declaración de «pussy».
Sonrío con suficiencia. —¿Ves algo que te gusta?
Sube su mirada a la mía, sin responder con palabras. Pero esos hermosos ojos de cervatillo suyos me dicen todo lo que ella aún no está lista para decir.
Principalmente, sí, más, por favor.
No me la follaré solo porque Rush quiera que lo haga, pero definitivamente me la follaré solo para sentir ese coño apretado abrazando mi polla. Me paso los dientes por el labio inferior, imaginando ese rubor por todo su cuerpo.
Sin decir palabra, me inclino hacia adelante, cojo el cuenco de palomitas de entre nosotros y lo coloco en la mesita de centro. Me reclino y extiendo la mano, una pregunta silenciosa. Es su elección. Su mirada oscila entre mi mano y mis ojos, y lo que sea que vea allí debe ser lo que está buscando.
Coloca su mano en la mía, y tiro de ella hacia mí en el sofá.
—Vamos a tu ritmo, Red, ¿vale?
Ella asiente y se pone de rodillas, inclinándose hacia mí y rozando sus labios contra los míos suavemente. Joder, sus labios son tan suaves... Apuesto a que todo en ella es suave y cálido.
Es un puto ángel envuelto en blanco y tan jodidamente tentador.
Gimo cuando abre la boca y me tienta con su lengua. Cuando su lengua se enreda con la mía, mi control se desvanece y la acerco más con la mano en su nuca.
Se acerca más y pasa su pierna sobre la mía, quedando a horcajadas sobre mí. Su falda se abre a nuestro alrededor, y la imagen se me graba a fuego en el cerebro. Solo pensar en follármela sin nada más que esta faldita pija me pone aún más duro.
—¿Estás bien? —susurro las palabras en su cuello.
—Sí. —Gime la palabra mientras se hunde sobre mí y gira las caderas.
Un gemido se escapa de sus labios antes de que deslice la mano en mi pelo y lo agarre con fuerza.
El pellizco de dolor hace que mi polla se hinche, y no puedo evitar la flexión involuntaria de mis caderas.
Joder, sabía que estaría blanda por todas partes.
Sella sus labios con los míos mientras frota su coño caliente justo sobre mi polla, y lo único que nos separa son dos endebles trozos de algodón. Es un verdadero testimonio de mi paciencia.
Con mis manos abarcando su caja torácica, guío sus movimientos, disfrutando de los pequeños ruidos de placer que hace con cada giro de sus caderas, imitando el movimiento de su lengua.
Mi móvil vibra contra mi pierna, pero lo ignoro a favor de la mujer despampanante que se frota contra mí en este momento.
Se inclina hacia atrás, con las manos en mis hombros y los labios rozando los míos con cada palabra. —Tu bolsillo está vibrando.
—Que les jodan. Estoy ocupado. —La agarro por la nuca y aplasto su boca contra la mía. Unos momentos después, la vibración comienza de nuevo. Aparto la cabeza a un lado y meto la mano en el bolsillo para coger mi puto móvil, con la intención de arrojarlo al otro lado de la habitación—. Joder.
Es Rush.
Ha llamado cinco veces.
Suspiro y pulso aceptar. Antes de que pueda decir hola, ya está gritando.
—¿Por qué no contestas tu puto teléfono, cabronazo?
Su pánico es evidente, y conociendo a mi hermano tan bien como lo conozco, sé que algo ha salido mal. —¿Qué pasa?
—Qué pasa, dice. ¡Contesta tu puto teléfono cuando te llame la próxima vez, gilipollas! —Jadea, y oigo sirenas de fondo.
Es imposible que Alaina no lo oiga, pero no dice nada. Buena chica, pienso. Y no se mueve de mi regazo. Por supuesto, tampoco he aflojado todavía mi agarre en su cadera.
—Vale, vale. Habla conmigo, Rush.
—Mama Rosa’s está en llamas.
—¿Dónde estás? ¿Estás herido? —Mi voz es tranquila mientras reprimo el choque que recorre mis venas, una habilidad que desarrollé hace años. Le doy un golpecito en el muslo a Alaina, y se desliza de mi regazo para sentarse a mi lado.
—Estoy bien. Paraba para recoger un par de pizzas para llevar a casa esta noche, y cuando estaba a una manzana, lo oí.
—Joder. ¿Es muy grave?
—Bastante, pero al menos los ocho pisos de arriba no se incendiaron. Y se rumorea por ahí que había una fiesta del té en ese momento.
¿Una fiesta del té? Quienquiera que vuele un lugar con un montón de jefes está haciendo movimientos muy serios. Joder. Me inclino hacia adelante y miro fijamente el suelo, tratando de atar cabos. Aquí hay algo, pero todavía no puedo encajar las piezas.
—¿Va todo bien? —murmura Red, extendiendo la mano y tocándome la espalda con vacilación.
—No es nada —respondo distraídamente mientras me levanto del sofá. Me recoloco la polla y camino hacia el pasillo.
—¿Quién coño es esa? —exige Rush.
—No es nadie. Solo el de la tele. Dime lo que necesitas —lo tranquilizo.
Alaina
Estoy clavada en el sofá, las cortantes palabras de Wolf dando vueltas en mi cabeza. «No es nadie».
Lucho contra la vergüenza que amenaza con echar raíces. No quiero sacar conclusiones precipitadas. Por lo que sé, ni siquiera era una pregunta sobre mí.
Sigo en silencio a Wolf mientras sale de la sala de cine y se adentra en el pasillo. Me siento un poco culpable por escuchar a escondidas, pero razono conmigo misma que obviamente está pasando algo.
No soy lo suficientemente estúpida como para pensar que una sesión de besos nos convierte en pareja ni nada de eso, pero estoy viviendo aquí, al menos temporalmente, y quiero saber qué está pasando.
Y que bese increíblemente bien no significa que me haya olvidado de mi misión de obtener información sobre su padre.
Avanzo sigilosamente por el pasillo, pegada a la pared. No hay forma de que no me vea si se da la vuelta, pero la suerte está de mi lado esta noche.
No pillo las primeras cosas que dice, pero luego entra en uno de los salones formales, así que me detengo fuera de la puerta y me apoyo en la pared.
—Joder, tío. ¿Hablaste con Sully? Quizás... —hace una pausa— sí, sí, vale.
Oigo a Wolf soltar un suspiro. —¿Lo sabe ya Da? Porque te digo, tío, ¿tres golpes a los irlandeses y ahora a los italianos? Alguien está haciendo jugadas muy serias aquí. Es una putada.
Me quedo helada, la respiración contenida. ¿Tres golpes? ¡¿Como asesinatos por encargo?! Echo la cabeza hacia atrás contra la pared y cierro los ojos.
Joder, vale, podría no significar nada. Te has visto dos temporadas de Los Soprano hoy, así que estás flipada con la versión de Hollywood de la mafia. Tranquilízate, Lainey, me digo a mí misma. Nada como una buena charla de ánimo para alejarte del borde del pánico.
Otra pausa, y luego Wolf dice: —De acuerdo. Nos vemos en dos días. Ten cuidado, gilipollas.
Cuando no oigo nada más, regreso lentamente a la sala de cine. Pauso el episodio de Los Soprano pero cojo mi móvil y las palomitas para llevarlas a la cocina.
No sé qué pensar, pero sí sé que Wolf tiene razón en una cosa: algo muy jodido está pasando.