18 Wolf
DIECIOCHO
WOLF
Me despierto de lado, rodeado de gris y del aroma de melocotones dulces, y con un caso grave de ganas acumuladas. Tardo un momento en darme cuenta de que no estoy en mi habitación. La luz del sol que entra a raudales por las puertas francesas abiertas está en el lado opuesto en mi cuarto.
Parpadeando para borrar las últimas imágenes del sueño que acabo de tener, lucho por despejar la niebla del sueño de mi mente. Estoy caliente y cómodo, y se siente demasiado bien como para irme.
Un cabello ondulado de color rojo oscuro me hace cosquillas en el cuello, y uno de los culos más dulces que jamás haya sentido se presiona contra mi polla. Me detengo antes de empujar contra ella.
Debo haberme quedado dormido en algún momento después de la segunda temporada que vimos ayer por la noche. Levanto la cabeza para mirar a Alaina y me encuentro con un buen vistazo de toda esa piel suave y cremosa salpicada de esas pequeñas y sexis pecas.
Joder, gruño. No sé qué cojones me pasa si estoy pensando que las pecas —de todas las cosas— son así de excitantes. Necesito echar un polvo.
Y Red aquí sería la forma perfecta de calmar ese picor en particular.
Si no fuera a ser mi puta hermanastra, claro.
Trazo ligeramente un patrón en su hombro frente a mí, hipnotizado por la forma en que parecen fluir en formas sin fisuras.
Dudo que siquiera vaya a ser mi hermanastra. Rush tenía razón, pasa algo jodidamente raro con Da. Nunca ha traído a vivir a una mujer aquí —y definitivamente no a su hija—. Apuesto a que necesita algo de Lana, y una vez que consiga lo que necesita, le dará la patada.
Lo que significa que estoy viviendo un tiempo prestado con Red.
Dejo de recorrer sus pecas y me pongo boca arriba.
Ella se mueve en sueños, girándose hacia mí y suspirando cuando se acomoda sobre mi pecho, y mi cerebro sufre un cortocircuito cuando veo un escote lateral considerable.
Aprieto los dientes y maldigo a Rush por ponerla en la lista de exclusión aérea. Voy a tener unas palabras con ese cabrón hoy. Necesito un informe sobre sus antecedentes —y los de Lana—. Y una razón mejor para no darle la vuelta y deslizarme dentro de ese coño caliente que puedo sentir contra mí.
Pasándome la mano por la cara, empiezo a recordar a los mejores jugadores de Boston de la historia, por orden cronológico.
Para cuando llego a Ortiz, estoy más calmado.
Una vez que soy capaz de pensar con más claridad, saco el brazo de debajo de Red y me levanto de la cama.
Ella ni siquiera llega a entreabrir un párpado.
Me detengo en el umbral y la miro por encima del hombro. Se ha dado la vuelta, así que está boca arriba, con el rostro inclinado hacia el lugar donde yo estaba tumbado, y algo se me encoge en el pecho.
Algo extraño.
Aprieto los dientes y empujo esa gilipollez hacia lo más profundo, donde no verá la luz pronto.
Cierro la puerta de Red suavemente al salir de su habitación y me dirijo hacia la cocina.
Hora de un café. Tengo que hacer una llamada y tengo la sensación de que necesitaré la cafeína.
Abro las puertas del patio y, con mi café recién hecho en la mano, salgo al exterior. Respirando el aire fresco de la mañana, me dirijo a las tumbonas junto a la piscina.
Me siento en el borde de mi favorita y bebo mi café mientras miro el agua, deseando que fuera el océano lo que estuviera viendo. La piscina está bien, y el tobogán fue un buen detalle el año pasado, pero nada supera el sonido relajante de las olas rompiendo contra la orilla.
O las olas implacables que no deben obediencia a ningún hombre.
A menudo me pregunto cómo sería eso: ser libre y dictar mis propias reglas. Supongo que sabré qué se siente lo suficientemente pronto.
Dejo mi teléfono y mi taza, saco un cigarrillo y lo enciendo. Sé que es un hábito asqueroso, pero mis manos son mucho más asquerosas —más sangrientas—, así que más vale que disfrute de la vida mientras pueda.
En cuanto convenzamos al consejo de la Hermandad de que somos más que capaces de gobernar las divisiones juveniles solo nosotros tres, podremos empezar a actuar de forma oficial.
Llevamos haciendo cosas a puerta cerrada casi dos años —desde que nos nombraron consejo joven en funciones—, pero como no estamos dispuestos a ascender a un soldado cualquiera para que sea el cuarto, nos han dejado en el dique seco.
Doy una calada y pienso en mi primera gestión.
Habían pasado dos días desde que el almacén abandonado se convirtió en una zona de guerra, y ahora que estábamos todos curados, me tocaba a mí.
Mi primer acto como vicepresidente del consejo joven de la Hermandad, y el paso final para ser vicepresidente del consejo de la Hermandad; pero eso no sucederá hasta dentro de años. No hasta que Da y el resto de los miembros de su consejo estén listos para jubilarse.
Sacudo la cabeza para despejarla de toda la política de la Hermandad y me concentro en el tipo que sangra frente a mí.
Está atado a una silla de metal en medio de una habitación de hormigón.
Aunque no estuviera amordazado, nadie oiría sus gritos.
Estamos en el sótano de la casa de carruajes de Summer Knoll.
Me crujo los nudillos y doy unos pasos frente a él.
—Normalmente no cagamos donde comemos, pero no hace falta que te diga esto, ¿verdad, hermano?
—El término me sabe a ceniza en la lengua—.
Sí, pero es que tú no eres realmente un hermano, ¿verdad, Timmy?
—Golpeteo el extremo de mi hoja afilada contra mi barbilla mientras sigo caminando frente a una de las ratas responsables de lo ocurrido en Brooklyn.
Timmy masculla algo incoherente, pero su mirada me sigue mientras sigo caminando.
—Muy bien... —Me detengo frente a él, mirando el desagüe bajo su silla—, ¿podemos hacer esto por las buenas o por las malas?
Venga, ¿qué va a ser? —Hay asesinato en sus ojos mientras me mira—.
Ah, por las malas entonces. Como quieras.
—Aprendí hace mucho tiempo que adoptar un ademán indiferente —incluso alegre— mientras interrogo o torturo para obtener información siempre inquieta a la otra persona.
Así que ahora lo hago con todo el mundo.
Miro atrás para ver a Rush y a Sully apoyados contra la pared y viendo el espectáculo.
Y Timmy no decepcionó. Dio un buen espectáculo para todos mientras le arrancaba cada uña, unos cuantos dientes y, finalmente, la lengua.
Apago mi cigarrillo en el cenicero de la mesa, bebo un sorbo de café y llamo a mi hermano.
—Qué.
—¡Hermano! ¿Cómo está la ciudad?
—Me has llamado a las... —oigo un crujido—, ¿a las ocho de la mañana para preguntarme cómo está la ciudad? Vete a la mierda, Wolf. Acabo de meterme en la cama hace dos horas.
—¿Qué te ha tenido fuera hasta tan tarde? ¿Cena con la abuela otra vez?
—Sí. Tenía la fritada de pescado. Está en algún lugar en medio del Atlántico. O como me gusta decir, está durmiendo con los peces. Me río por lo bajo. Sé que es un puto cliché, pero por eso es tan divertido.
—Hm, ¿y qué tal estaba?
—Crujiente —dice con voz inexpresiva. Sabe que solo le estoy vacilando. No tenemos ninguna frase en clave sobre cómo estaba la fritada de pescado.
Me río. —Muy bien, tío. ¿Vuelves a casa hoy?
Rush suspira y oigo más movimiento por su parte. —Ese es el plan. Sully debería estar instalado en el norte.
—Bien, bien. Oye, ¿has tenido oportunidad de investigar un poco sobre Lana y su hija? Pasa algo raro aquí, tío, pero aún no tengo todas las piezas.
—Joder. —Alarga la palabra durante tres sílabas—. Espera. —Oigo más ruido—. Estás en altavoz. Estoy consultando con mi contacto. No he tenido tiempo de hacer mi propia búsqueda, pero me fío de este tipo. Es bueno y discreto.
Bebo mi café y me reclino en la tumbona, vigilando la puerta del patio. Lo último que necesito es que Red aparezca por aquí y escuche esta conversación.
—Vale, pues ya me ha enviado sus conclusiones. Déjame abrirlo y ver qué ha encontrado...
—¿Rush? —Miro el teléfono para asegurarme de que no se me ha cortado la llamada.
—¿Pero qué cojones?
Me incorporo y mis músculos se tensan con el movimiento rápido. —¿Qué ha descubierto?
—Nada. No ha encontrado nada. No hay ni una sola foto ni un nombre ni una maldita actividad extraescolar... no hay ni una puta mierda. —Su voz sube de tono con cada palabra.
Arqueo las cejas. —¿Qué narices significa eso?
Rush exhala en el altavoz. —Significa, hermano, que es un puto fantasma. No hay registros de ella en ninguna parte. Alguien se ha tomado muchas molestias para borrarla de los archivos.
Suelto un silbido bajo. —Eso ha debido de costar mucha pasta, y muchos hombres. ¿Conoces a alguien que pudiera hacer eso? Joder, ¿crees que está bajo protección de testigos?
—No lo sé, tío. La mejor pregunta es qué demonios pasó con su vida —murmura Rush—. Quizá tengamos que abordar esto de otra manera.
La inquietud me recorre la espalda. —¿A qué te refieres?
—Tú la has conocido, ¿verdad?
—Sí... —El recelo me inunda. Hay algo extraño en la voz de Rush que me pone los pelos de punta.
—Bueno, ¿qué tal es? ¿Crees que podrías sacarle información seduciéndola para esta noche?
Escupo el sorbo de café que acabo de tragar. —¿Pero qué cojones, tío?
—¿Qué cojones de qué? ¿Desde cuándo rechazas un coño? Al menos esta vez, estarías consiguiendo algo más que mojar el nabo. —Rush se mofa.
—No sé si debería sentirme halagado porque pienses que puedo tenerla boca arriba, con la información fluyendo en las próximas cinco horas, u ofendido porque pienses que tendría que rebajarme a eso para conseguir la información.
—Relájate, Wolf. No pensé que te importaría. Pero si es así de grave, espera a que llegue a casa y ya le sacaré yo la información seduciéndola.
Se me tensan los hombros y fuerzo una risa humorística. —Vete a la mierda, tío. Perdiste tu oportunidad cuando me pediste que fuera a recogerla al aeropuerto.
—Ya, ya. Ya veremos cuando llegue a casa. Estaré allí más tarde, esta noche.
—Vale, hasta luego, hermano.
—Luego, Wolf.