Wolf (La Hermandad 1) 16 Alaina
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16 Alaina

DIECISÉIS

ALAINA

Me doy golpecitos con el dedo índice en los labios mientras me quedo mirando el patio trasero. Si yo formara parte de la mafia irlandesa, ¿dónde escondería todas mis cosas importantes, el tipo de cosas que podrían usarse para un chantaje si cayeran en las manos equivocadas?

Chasqueo los dedos: ¡una caja fuerte!

Mi euforia es reemplazada rápidamente por el sentido común. A menos que haya absorbido por ósmosis algunas habilidades para abrir cerraduras viendo Ocean’s Eleven la semana pasada, no puedo entrar en una caja fuerte.

—Piensa, Lainey, piensa.

Calculo que tengo una hora, quizá dos, antes de que se me acabe la suerte. O bien Wolf me encontrará esperando ver una película, o me cruzaré con alguien del personal.

Con los hombros hacia atrás y la barbilla alta, empiezo por la primera planta.

Recuerdo haber visto algunas habitaciones que podrían arrojar algo de luz sobre quiénes son exactamente estas personas.

Ensayo mis excusas creíbles por si me cruzo con alguien: estoy perdida, me he desorientado, buscaba a Wolf, no encontraba la biblioteca.

Vale, se centran sobre todo en que estoy perdida. Pero eso es creíble, ¿verdad?

Camino por el pasillo hacia el lado oeste de la casa, y la primera puerta que abro da al sótano. Tras respirar hondo y echar un vistazo rápido para asegurarme de que estoy sola, pulso el interruptor y las luces iluminan el sótano.

Bajo las escaleras e intento que no se me caiga la mandíbula al suelo. —Vaya —la palabra de dos sílabas se alarga como si tuviera tres mientras contemplo la totalidad de este sótano, si es que se le puede llamar así.

Es lo bastante grande como para albergar a una familia de cinco miembros, si a esa familia también le gustara jugar al billar, a los dardos o al futbolín. Colores neutros, cálidos y oscuros, decoran el espacio aquí abajo y, de nuevo, hay asientos suficientes para veinte personas con facilidad.

Dos sofás modulares de cuero negro enmarcan la chimenea y, sobre ella, cuelga uno de los televisores más grandes que he visto jamás.

Todos los juegos están en una zona a la izquierda de los sofás, y a la derecha hay una barra en forma de L con seis taburetes.

Silbo por lo bajo al ver botellas de alcohol suficientes para emborrachar a un elefante.

Debe de gustarles mucho recibir visitas.

O es para sus amigos de la mafia, dice una vocecita.

Veo una gramola al lado de la barra y me acerco a echarle un vistazo. Quizá tenga suerte y haya una canción titulada «Estoy en la mafia». Me río de mi propia estupidez. Jamás habría una canción con ese título; los chivatos acaban con puntos y todo eso.

—No me jodas —susurro cuando me acerco lo suficiente a la gramola. Es una máquina antigua, no una de esas imitaciones fabricadas en los últimos diez años.

Pulso un botón y todo el aparato se ilumina, dejando ver un montón de vinilos de los 80. En la silla de al lado hay una taza de café negra llena de monedas. Cojo unas cuantas y las meto en la ranura antes de elegir mis canciones.

Mientras David Bowie canta, me sitúo detrás de la barra, con cuidado de no tocar demasiado. No es que me preocupen las huellas dactilares ni nada de eso, pero tampoco quiero ser estúpida. Lo último que necesito es dejarlo todo revuelto para que sepan que alguien ha estado aquí husmeando.

No veo nada fuera de lo común: solo muchísimas botellas de Jameson y algunos refrescos en un minifrigo.

Recorro el sótano y echo un vistazo a la zona de juegos cuando una lámina artística me llama la atención. Frunzo el ceño al darme cuenta de que es esa odiosa lámina de Dogs Playing Poker. No parece encajar con el resto de la casa.

Cruzo la habitación para ponerme delante de la lámina mientras la canción cambia y Marvin Gaye canta sobre montañas suficientemente altas.

Engancho con tiento un dedo en el borde del marco y tiro de él hacia mí.

Un rush de adrenalina inunda mi sistema y me quedo boquiabierta cuando todo el marco bascula hacia mí para revelar una caja fuerte empotrada.

—No me jodas.

Es de color gris oscuro con un teclado numérico negro y una pequeña manivela. Vale, tenía razón, hay una caja fuerte. Respira hondo, Lainey, respira hondo, me digo mientras me balanceo un poco de lado a lado.

Me quedo helada al darme cuenta de que no tengo forma de averiguar el código. Con las manos juntas frente a la cara, me pongo de puntillas para ver mejor. Sin tocar nada, inclino la cabeza para mirarla desde distintos ángulos, y entonces lo veo.

Lo que parece parte de un sobre de manila asoma por la esquina inferior de la caja fuerte.

—Me pregunto si... —Me apoyo en los talones y me palpo los bolsillos, con la esperanza de encontrar una horquilla perdida o algo parecido. Tengo una idea loca que me dice que definitivamente he estado viendo demasiada televisión últimamente.

No llevo nada encima aparte del móvil, y no estoy dispuesta a arriesgarme a cruzarme con nadie subiendo dos pisos hasta mi habitación. El pulso se me acelera, pareciéndose más a un reloj que hace tictac que a otra cosa. Escaneo el sótano buscando algo que pueda usar.

¡Ajá! ¡La barra! Corro hacia la barra y cojo el abridor de botellas metálico y alargado, un sacacorchos y un par de posavasos de cartón grueso, y los llevo de vuelta a la caja fuerte.

Suelto un largo suspiro e intento calmar los nervios.

Abro el sacacorchos y encajo el extremo metálico plano entre el sobre y la puerta.

Con una mano, muevo el abridor un poco de un lado a otro y, con la otra, tiro del sobre de manila.

Se me arquean las cejas hasta el nacimiento del pelo cuando la puerta se abre de golpe.

Sé que no soy tan fuerte, así que o bien alguien no la cerró, o tienen una caja fuerte de mierda. A juzgar por todo lo demás en esta casa, me inclino por lo primero.

Dejo los abridores y los posavasos en el suelo y miro dentro de la caja fuerte.

—Pero qué demonios...

Montones y montones de fajos de billetes de cien dólares descansan en pilas ordenadas; hay dos pistolas a un lado y el sobre de manila al otro.

Extraigo el sobre con cuidado y lo abro.

Una punzada de culpa atraviesa mi brújula moral, pero la sofoco rápidamente al recordar que no tengo ni idea de con qué clase de gente se ha enredado mi madre.

Parece una especie de registro: unas cincuenta hojas de papel sueltas con números y fechas que se remontan a diez años atrás. Las hojeo, pero no consigo sacar nada en claro. Los números podrían ser de la lotería o direcciones, por lo que yo sé.

Se me caen los hombros al darme cuenta de que en estos papeles no hay nada que me ayude.

Saco una foto de una página para enseñársela a las chicas y ver si tienen alguna idea, y luego vuelvo a meter las hojas en el sobre.

Lo coloco con cuidado de nuevo dentro de la caja fuerte, donde estaba, y cierro la puerta con suavidad.

Coloco el cuadro para que tape la caja fuerte y devuelvo rápidamente cada cosa a su sitio justo cuando termina la canción de Queen y la gramola se apaga. Echo un último vistazo al sótano, asegurándome de que todo está exactamente como lo encontré antes de subir las escaleras.