7 Wolf
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SIETE
WOLF
—¿…iga?
—Bien, ya estás despierto. Aún estoy en la ciudad. Acabo de recibir una llamada de Da. Tienes que recoger a una tía de la estación de tren —dice mi hermano, Rush, apresuradamente.
—¿Rush? —Me paso una mano por la cara, intentando despertarme un poco—. Joder, ¿qué hora es?
—Es mediodía. Tienes que estar en la estación de tren de Boston a las tres.
—Que te jodan, todavía estoy en la sede de los Blue Knights. Me dormí hace solo unas horas… —se me escapa un bostezo y me froto los ojos—, así que ni siquiera estoy en Boston.
—Lo haría yo mismo, pero Sully ha ido a tomar un café con su abuela esta mañana temprano, así que me he quedado para ir con él.
Me incorporo y suelto el aire. Hace años, cuando descubrimos que teníamos un traidor en nuestras filas, mis hermanos y yo empezamos a hablar con frases en clave.
Rush acaba de decirme que nuestro otro hermano, Sully, se ha visto envuelto en un altercado esta mañana.
Ahora solo queda saber hasta qué punto es grave.
—Mierda. Vale. ¿Debería llevar unos dónuts?
¿Hay algún cadáver? ¿Debería enviar a los limpiadores?
—No. Aquí tenemos de sobra. Tú ve a por la chica.
—Vale, vale. ¿Descripción?
Rush suspira. —Todo lo que sé es que tiene el pelo rojizo oscuro. Tendrás que apañártelas cuando llegues.
He hecho más con menos. —Vale. ¿Adónde la llevo cuando la recoja?
—A casa. —El tono de Rush es neutro y oigo el ruido de la ciudad de fondo.
—¿A casa? ¿A casa de quién? —Echo la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá e intento que la habitación deje de dar vueltas.
—Espabila, capullo. A nuestra casa.
Sonrío con suficiencia ante el fastidio en su voz. Puedo imaginármelo perfectamente pellizcándose el puente de la nariz; es su tic cada vez que Sully y yo lo irritamos. —Sí, sí. A nuestra casa, entendido.
—Bien. No llegues tarde.
Hago una mueca mientras separo las piernas para recolocarme el paquete. Dormir con vaqueros es la puta peor mierda. —¿Tarde? Tío, creo que me estás confundiendo con nuestro hermano. —Resoplo—. De todos modos, ¿quién es esta chica? ¿Y por qué no puede coger un taxi hasta casa?
—La hija de Lana.
Hago una pausa para que eso cale en mi cerebro anegado en alcohol. —Mierda. ¿Todavía estoy borracho? Ni siquiera sabía que tenía una hija. —Hago una mueca.
—Yo tampoco, y no me gustan nada las sorpresas… ni que me tomen el pelo. Si descubro que ese cabronazo escurridizo nos ha dado mala información, voy a… Maldita sea, Sully, te dije que me esperaras. Tengo que irme, Wolf. Vigila a la chica y hablamos esta noche.
—Sí, vale. Hasta luego.
—Ah, ¿y hermano? Ni que decir tiene que es intocable hasta que aclaremos esto, ¿de acuerdo?
—Entendido. —Mascullo las palabras con los dientes apretados.
Cuelgo y me echo el pelo negro hacia atrás, pasándome las manos por la cara. Necesito un puto corte de pelo y afeitarme.
Joder, ¿Lana tiene una hija? Es imposible que a nuestro hombre se le pasara eso. Mierda…, es imposible que a Da se le pasara. Así que, o lo sabía y no nos lo dijo, o acaba de enterarse, y no estoy seguro de qué opción es mejor.
Rush se va a volver loco, sin duda, por algo —alguien— que se ha colado por su red.
A ese tío le flipa investigar los antecedentes más que a nadie que haya conocido.
Entiendo por qué es tan intenso con eso, pero es extraño que no nos hayamos enterado de que tenía una hija hasta ahora.
Más extraño aún que no apareciera en la incursión en los datos de Rush.
Todo en esto resulta extraño. Incluso el simple hecho de que Da metiera a alguien en casa hace dos semanas sin ni siquiera avisarnos antes es sospechoso.
Claro, la casa es una auténtica mansión en la que podría pasar días —semanas— sin ver a nadie, pero aun así. No metes a una mujer cualquiera en una casa que compartes sin hablarlo primero.
Joder, necesito un café y una aspirina. Pensar en Da y sus motivaciones me está dando un puto dolor de cabeza.
Miro a mi alrededor y veo a algunos de los Blue Knights tirados por los sofás de su sala de juegos. Me froto la cara con las manos y me levanto del sofá. Si me voy ahora, debería poder llegar a casa y quitarme el alcohol de encima con una ducha.
Siempre que visito la sede de los Blue Knights, acabo hecho polvo.
Esos tíos beben Fireball como si fuera agua y, después de cuatro o cinco horas, normalmente me piro a casa.
Pero anoche acabé quedándome frito en uno de sus sofás asquerosos.
Por esos cabrones ha pasado más culo que por el Barrio Rojo de Ámsterdam.
La mitad de la construcción de esta amistad con los Blue Knights consiste en aparecer los viernes por la noche para pasar el rato con ellos.
Siempre acabamos intercambiando información al cuarto chupito.
Nada importante, pero lo suficiente para que el otro sepa que estamos generando confianza.
Y la confianza es importante cuando estás en el negocio familiar.
La Hermandad podría sobrevivir por sí sola, pero no prosperar.
Y entre la visión de Da y las nuevas ideas de Rush, nos estamos expandiendo, poco a poco, por supuesto.
Es solitario estar en la cima, y no quiero pasar el resto de mis días vigilando siempre mi retaguardia.
Por eso empezamos nuestro juego a largo plazo el año pasado. Rush es el tío que quieres para coordinar tus planes e investigar online cada posible resultado —y alguno más—, pero no es el tío al que envías a hacerse amigo de los one-percenters locales.
Estamos creando estratégicamente una red de familias en las que podemos confiar; una relación beneficiosa para todos los implicados y una que te pensarías dos veces antes de eliminar por una oferta mayor.
Me doy unas palmaditas en las mejillas para despertarme y me levanto del sofá, con la pernera del pantalón pegándose un poco al cuero. Joder, qué asco. Ahora voy a tener que tirarlos.
De camino a la salida, veo a Diesel, el vicepresidente de los Blue Knights, sentado en un taburete de la barra.
Las noticias están puestas en la tele que hay sobre la barra, y una taza de café medio llena descansa delante de él.
Conociéndolo, hay un generoso chorro de whisky mezclado con el café.
Le doy una palmada en el hombro al pasar a su lado.
—Hasta luego, tío. Gracias por la hospitalidad de anoche.
—De nada, Wolf. Tú y tus chicos siempre sois bienvenidos aquí —responde Diesel mientras le da una calada a su cigarrillo.
—Te lo agradezco. Me piro.
Diesel levanta una mano a modo de reconocimiento. Y es precisamente por eso que Da me pidió que viniera yo y no Rush o Sully. Estos tíos me conocen como el Lobo Solitario de la Hermandad: un francotirador fiestero que nunca falla. Pero eso es solo una verdad a medias.
Soy el mejor francotirador de la Hermandad.
Pero también soy un lobo con piel de cordero. Me mezclo y me adapto. Y los corderos nunca me ven venir hasta que mi cuchillo les atraviesa la garganta.
Espero que no lleguemos a eso con los Blue Knights. En cierto modo me caen bien Diesel y algunos de sus chicos. Sería una pena tener que dibujarles una sonrisa roja.
Fuera de la sede, veo aún más miembros tirados en los muebles del jardín, con mujeres semidesnudas sobre ellos.
Cruzo el aparcamiento de grava hasta mi coche.
Unos cuantos miembros abren un ojo y levantan la mano a modo de saludo.
Les hago un gesto con la barbilla a cada uno, pero no digo nada.
No creo que pudiera hablar ahora mismo; siento la cabeza como si alguien la hubiera partido con un cuchillo de carnicero.
Durante el último año, no solo he consolidado la relación entre la Hermandad y los Blue Knights, sino que de hecho he llegado a conocer a algunos de estos tíos. Unos pocos son unos capullos de tomo y lomo, pero la mayoría son decentes.
Diesel y sus chicos son one-percenters, pero viven según un código similar: ni familias ni carne.
Nosotros no aniquilamos a una familia entera porque un gilipollas se haya jugado todos sus ahorros.
Claro, romperemos algunas rótulas y tal vez torturemos cuando sea necesario, pero nunca a su familia solo por ser su familia.
Y no traficamos con carne, y no permitimos que se trafique con carne en nuestros puertos.
Por suerte para los Blue Knights, están de acuerdo con nosotros en estas dos reglas.
Y, en nuestra vida, estas relaciones entre dos familias con ideas afines pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Así que mientras Rush y Sully se piran a la ciudad todos los viernes, yo estoy aquí, en la sede de los Blue Knights. No está tan mal, la verdad, pero preferiría recuperar mis viernes.
Aunque solo sea para seguir a Rush. Ese capullo vuelve de la ciudad cada semana casi eufórico, lo cual es jodidamente raro. Cada vez que le pregunto al respecto, se muestra más reservado que la hostia, incluso más de lo que suele serlo con su paranoia habitual.
Así que uno de estos días, voy a seguir a Rush a ver qué está haciendo realmente. Tengo la sensación de que tiene un pajarillo escondido en la ciudad.
Lo que significaría que ha incumplido el pacto que hicimos hace dos años.
El pacto que dice que compartimos. Después de ver la destrucción causada por cuatro hermanos —todo el consejo juvenil de la Hermandad— luchando por la misma mujer y dándose la espalda los unos a los otros —y a todos nosotros—, acordamos que nunca nos pondríamos en esa misma situación.
Y después de ver la guerra que uno de esos hermanos empezó cuando se convirtió en una rata, todos acordamos un pacto.
Y cuando Rush, Sully y yo exterminamos a las ratas y nos convertimos en el consejo joven, nos prometimos que nos enamoraríamos de la misma mujer o de ninguna.
Durante los últimos dos años, todos hemos tenido nuestros líos, pero nunca ha sido nada serio y ninguno ha salido con nadie. Ni siquiera hemos vuelto a sacar el tema, pero yo desde luego no lo he olvidado, ni de coña. Parece que voy a tener que recordárselo a mi querido hermano.
Desbloqueo el coche y me dirijo a la cafetería más cercana, bajando las ventanillas para que entre un poco de aire fresco.
Y no puedo evitar la sonrisa que se extiende por mi cara mientras pienso en todas las formas en que puedo recordárselo a Rush.
Puede que tengamos que darle uso al ring de boxeo del sótano.