8 Alaina
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OCHO
ALAINA
Saco el GPS del móvil y compruebo nuestro progreso.
Parece que llegaremos a la estación de tren en diez minutos.
Si hubiera tenido más tiempo para hacer la maleta, habría creado una lista de reproducción especial para el largo viaje.
Pero después de contarles la llamada a las chicas, apenas tuve tiempo de prepararlo todo.
¿Y cómo haces la maleta para ir a un sitio en el que nunca has estado por un periodo de tiempo indeterminado? Me pasé diez minutos de agonía, mirando el armario sin saber qué hacer.
No he vivido con mi madre desde los ocho años.
«Mamá, ¿a que no sabes qué? —Entré corriendo en el salón de nuestro nuevo apartamento después del colegio—.
Hoy nos han puesto un trabajo nuevo. ¡Tenemos que hacer árboles genealógicos!
Mira, ya he empezado el mío —sostuve con orgullo una cartulina con el contorno de un gran árbol.
Mi nombre estaba en la parte de abajo, y escribí con cuidado «Mamá» y «Papá» encima.
Mis mejores amigos y mis primos estaban en una rama al lado, junto a mí, con los nombres de mi tía Sloane y mi tío Collin escritos encima de ellos—.
Mamá se dio la vuelta en el sofá, entreabrió un ojo y me miró.
Últimamente pasaba mucho tiempo en el salón, desde que papá se fue.
Siempre dormía en el salón cuando papá tenía que marcharse por trabajo.
Decía que quería ser la primera en verlo cuando volviera a casa.
Pero papá se había ido hacía mucho tiempo, e incluso tuvimos que cambiarnos de casa.
A veces, me asustaba que no fuera capaz de encontrarnos, pero luego me recordaba a mí misma que a papá se le da muy bien encontrar cosas.
Me ha ayudado a encontrar a Belle, mi conejita rosa de peluche, muchísimas veces. ¿Mmm?
«¡He dibujado una rama que os conecta a ti y a la tía Sloane porque sois hermanas! —le sonreí radiante—. Pero no sé los nombres de pila de tus padres, y la señorita Baker dijo que debíamos usar los nombres de verdad.
Se incorporó rápidamente y me arrebató el papel de la mano con tal brusquedad que me hice un corte. «Ay». Apreté el dedo con fuerza, esperando que no sangrara. Los cortes con papel siempre escocían mucho.
«Ve a guardar tus cosas favoritas en la maleta de viaje. Se me olvidó decirte que hoy vamos a visitar a tus abuelos. No te olvides de tu conejita rosa; no queremos dejarnos nada atrás —mamá se levantó deprisa, cogió el móvil y se puso a llamar a alguien.
Dos días después, tras un viaje en avión a Carolina del Sur, nos enteramos de que mis abuelos habían muerto en un accidente de coche de camino al aeropuerto para recogernos.
A la semana siguiente, mamá me envió al St. Rita’s.
Mientras Taylor Swift canta en mis oídos, cierro los ojos y pienso en todo lo que encontramos en internet sobre Cormac Fitzgerald.
O sea, casi nada. Mientras yo metía a toda prisa en la maleta lo que creía que podría necesitar para el verano, Mary y Maddie estaban con sus portátiles, buscando más información.
Es una figura prominente en Boston y, aunque a menudo lo fotografían en eventos filantrópicos, nunca lo hacen con mujeres... ni con sus hijos. Por lo visto, mantiene su vida personal en la más estricta intimidad.
Ah, sí. Cormac Fitzgerald tiene tres hijos, pero no pudimos encontrar ni un solo artículo o imagen de ellos en internet.
Y aunque no tuve mucho tiempo para investigar, ni siquiera pude encontrar sus nombres.
El poder que debe de tener Cormac para emitir y mantener esa orden de silencio es... aterrador.
Había muchos más artículos de conspiración sobre Cormac y lo que hace en realidad cuando no está posando para las cámaras que hechos reales.
Hay rumores de que forma parte de una facción de la mafia irlandesa: Summer Knoll.
Dicen que organiza reuniones para los otros miembros de la mafia en su casa, pero es todo tan secreto que lo máximo que logré encontrar fueron hilos llenos de rumores, algunos más descabellados que otros.
Un hilo que encontré tenía más de trescientos comentarios con supuestos rumores.
Solo leí un par antes de tener que apagar el ordenador para irme al tren.
Un rumor en particular afirmaba que Cormac tiene un viejo pozo en su propiedad, y si alguien se le opone, lo arroja al pozo —aún vivo— hasta que muere de hambre.
Me estremezco y pongo los ojos en blanco, asustada e irritada a la vez por haber dado crédito a una especulación tan obvia.
Cuando el tren llega a la estación de Boston, espero a que el puñado de pasajeros desfile por el pasillo central antes de levantarme de mi asiento. Me pongo la mochila, me cuelgo los tirantes de los hombros y recorro el estrecho pasillo arrastrando la maleta, con la bolsa de lona encima.
Al bajar del tren y pisar el andén, respiro hondo, esbozando una sonrisa tímida. Esa sonrisa se me borra de la cara enseguida cuando me atraganto con una nube de esmog que sale de la parte delantera del tren.
Agito la mano delante de la cara, me controlo y echo mi primer vistazo alrededor.
Es la primera vez que vengo a esta estación y hace tanto tiempo que no considero Boston mi hogar que me resulta un lugar extraño.
Parece... como cualquier otra estación de tren.
Se me caen los hombros por un momento, pero finjo una sonrisa y vuelven a subir.
Unas marquesinas azules salpican el andén, proporcionando cobijo y sombra a los bancos situados contra los muros de hormigón.
Hay dos pares de vías a mi derecha —incluida la de mi tren de cercanías— y otros dos al otro lado del andén, lo cual tiene sentido, teniendo en cuenta que esta estación tiene varias rutas y destinos diferentes cada día.
Quizá mamá y yo podamos hacer una excursión de un día a la ciudad pronto. Ver algunos lugares de interés juntas o ir a algún espectáculo... en realidad, con pasar tiempo a solas las dos sería increíble. Y viajar en tren ha sido mucho más cómodo de lo que se podría pensar.
Los tirantes de la mochila se me clavan en el hombro, cargados con una muda de ropa, el portátil y algunos libros. Me aparto un mechón de pelo suelto de la cara de un soplido y me pongo las gafas de sol.
No sé qué esperaba, pero desde luego algo más, no sé, acogedor.
O mágico. Quizá una pequeña parte secreta de mí esperaba que mamá apareciera y me recibiera como la mujer que está a seis metros saluda a la chica que se sentó dos filas detrás de mí: con un gran cartel tonto escrito a mano, tres globos y un derroche de afecto desmesurado.
Pero, en lugar de eso, me va a recoger un tipo al que no he visto en mi vida. Por lo que sé, podría ser un bicho raro. No me fío del juicio de mi madre, y menos hoy. Es impulsiva y errática.
Me asalta una revelación que me habría tirado de culo si no estuviera agarrada a la maleta: joder, ¿me estoy convirtiendo en mi madre?
¿Quién demonios hace las maletas y se va de casa después de una llamada como esa? Vale que era una llamada de mi madre, pero aun así. Me parece muy impulsivo y errático; justo como describo a mamá.
Aparto ese pensamiento y vuelvo a mirar a mi alrededor. Solo he venido porque me ha llamado ella, no haría las maletas y me mudaría por una persona cualquiera, razono conmigo misma.
El andén se está despejando, así que, con una respiración profunda, arrastro mi maleta hacia las escaleras y sigo las señales que indican el aparcamiento de corta estancia y la zona de recogida.
Localizo un baño en la planta baja y me meto para refrescarme.
Ignorando el abrumador hedor a orina y la papelera rebosante, hago lo que puedo para domar mis ondas salvajes, peinándomelas con los dedos y echándomelas sobre un hombro.
Hurgando en la mochila, encuentro mi neceser de viaje, lo saco y lo dejo en la encimera.
Me pongo más desodorante, me aplico perfume en la muñeca izquierda y me las froto, y me paso un brillo de labios rosado.
Contemplo mi reflejo en el espejo deformado, me inclino hacia delante y me miro a los ojos. «Puedes hacerlo, Lainey. Esta es tu oportunidad de vivir con mamá. Pronto irás a la universidad y ya nunca volverás a vivir en casa. No la desperdicies».
Cuando ya me he refrescado lo suficiente y me siento positiva después de mi improvisada charla motivacional, salgo del baño arrastrando la maleta y camino por la pasarela cubierta hacia el aparcamiento y la zona de recogida designada.
El papel hecho jirones cruje mientras el viento azota la pasarela, atrayendo mi mirada hacia la pared con carteles de colores.
Veo rutas de tren plastificadas que salen de esta estación, en particular el tren que va al norte del estado de Nueva York.
Mmm... Mamá y yo podríamos coger ese tren fácilmente para ir a la ciudad unos días.
Cuando salgo de la pasarela, me detengo para buscar a quien se supone que me recoge.
No veo a nadie que parezca estar esperando, así que arrastro la maleta hasta un banco bajo el tejadillo de la derecha.
Me quito la camiseta de manga larga y la meto en mi mochila turquesa.
En el tren estaba sentada junto a una rejilla del aire acondicionado, así que necesitaba la capa extra, pero aquí fuera es totalmente innecesaria.
Me recojo el pelo largo y ondulado y me lo echo sobre un hombro, dejando que la cálida brisa me acaricie el cuello.
Observo a algunas personas que esperan en la zona de recogida.
Dos chicos de mi edad hablan en voz baja, y ambos tienen bolsas a sus pies: pasajeros.
Hay un hombre de mediana edad hablando por el móvil y mira a su alrededor mientras lo hace.
Debe de haber venido a recoger a alguien, pero no creo que sea a mí.
«Venga, vamos, Red».
Sorprendida, me doy la vuelta al oír su voz.