6 Alaina #2
—¿Mmm? Cormac es mi prometido. Presta atención, cariño. Y también tiene tres hijos de tu edad, ¿no es maravilloso? Sé que siempre has querido tener hermanos.
—¿Qué? —El tono de mi voz es cómicamente agudo y noto las cejas casi en la línea del pelo.
Una vez pedí una hermanita. La madre de Shelly Walsh acababa de tener a su hermanita y Shelly llegó al colegio presumiendo de que solo molabas si tenías hermanos. Shelly tenía el pelo rubio más bonito y traía las mejores chuches para la clase; por supuesto, yo quería ser como ella. Tenía seis años.
—He dicho que Cormac Fitzgerald es mi prometido.
No te pierdas, cariño. Mira, no estoy segura de si sus hijos son de la misma madre, porque creo que una vez le oí decir a Eileen que ella había oído que un día Cormac llegó a casa con uno de sus hijos sin más, sin su madre.
—Noto el juicio en su voz, y por un instante minúsculo y débil, considero decirle que no debería tirar piedras contra su propio tejado—.
Pero supongo que eso no importa, porque ahora me tienen a mí.
—¿Cormac Fitzgerald? ¿El Cormac Fitzgerald? —Siento como si me hubieran golpeado en la cabeza. Un zumbido extraño retumba en mi cráneo y me dificulta pensar. No me entra suficiente aire en los pulmones y noto el pecho oprimido. ¿Me está dando un infarto?
—¡Mamá, no puedes de repente casarte con uno de los solteros más prominentes de Boston!
—Siento la histeria subir por mi cuerpo como un maremoto.
Me pongo de pie tan rápido que toda la sangre —y el pánico— se me sube a la cabeza.
Me agarro al borde de la cama para estabilizarme.
¡Dios mío, pero qué ha hecho! ¡Va a hacer que la maten!
Todo el mundo sabe que hay algo turbio en Cormac Fitzgerald.
Prácticamente gobierna Boston, y con mano de hierro, y quien no está de acuerdo...
, bueno, pues desaparece. Y si hay que creer los rumores, tiene lazos con la mafia.
—No digas tonterías, Alaina. Esto es lo que siempre hemos querido. En fin, me voy, cariño. Hay mucho que hacer en las próximas semanas. ¡Hasta pronto!
—Espera... —Cuelga antes de que pueda terminar.
Aparto el móvil de la oreja y miro mi habitación con los ojos como platos. ¿Qué demonios voy a hacer ahora?
Repaso con la yema del dedo los surcos desgastados de mi tocador.
El mismo tocador que he tenido durante los últimos once años.
Froto la mancha de delineador de ojos del borde mientras guardo el maquillaje en mi neceser de viaje.
Ya no está impecable, pero tiene carácter e historia.
Y es una de mis posesiones más preciadas.
Mi padre me lo regaló para mi séptimo cumpleaños.
Entro corriendo en la habitación de mis padres y empujo la puerta.
—¡Es mi cumpleaños!
Mi madre gime y se echa el edredón por la cabeza.
—Es muy pronto, Alaina. Vuelve a dormir.
A mamá no le gusta madrugar los fines de semana, pero no podía esperar en mi habitación ni un momento más. Es mi cumpleaños y estoy segura de que hoy podré abrir los regalos. Voy al lado de la cama de mi padre y me doy cuenta de que no está.
¡Seguro que está preparando mi desayuno de cumpleaños!
Es una tradición familiar tomar un desayuno de cumpleaños de tortitas con nata montada y pepitas de chocolate. Rodeo la cama y voy al lado de mi madre. Levanto una esquina del edredón y le doy un beso en la frente.
—¡Hasta luego, mamá! —susurro a voces, dando saltitos sobre la punta de los pies.
Entreabre un ojo y estira la mano para apretar la mía.
—Feliz cumpleaños, cariño. Solo necesito una hora más, y luego podemos abrir los regalos, ¿vale?
Asiento varias veces.
—Claro. Voy a buscar a papá. Voy a pedirle más nata.
—Vale, cariño, disfruta de tu desayuno de cumpleaños. Saldré pronto.
Con una amplia sonrisa, me doy la vuelta y corro por la casa hasta llegar a la cocina. Doy un frenazo en seco al ver un plato lleno de tortitas de cumpleaños con pepitas de chocolate y ¡suficiente nata montada como para llenar un cubo!
—¡Feliz cumpleaños, Lainey! —Mi padre me coge en brazos y me hace dar vueltas, plantándome besos en la coronilla—. ¿Cómo está hoy mi niña de siete años?
—Guau, papá. ¡Qué buena pinta! ¿Puedo comérmelo ya?
—Claro que sí, peque, pero primero, mira el regalo que hay en el salón.
Me remuevo un poco y me baja. No puedo decir que no a un regalo. ¿Quién lo haría? Sigo a papá hasta el salón y allí, en el medio, con un lazo gigante de color rojo, hay un tocador de chicas mayores. Chillo y doy unas cuantas palmadas, corriendo hacia él.
—¡Guau! ¡Un tocador! La hermana mayor de Shelly tiene uno de estos, y dice que solo las chicas mayores pueden usarlos. ¡Ostras, le va a encantar esto!
—Se llama tocador. Y te faltan unos años para poder usar maquillaje, así que hasta entonces, puedes usarlo para otras cosas.
—Abre la puerta del armario lateral—. Puedes guardar tus collares aquí —cierra la puerta y saca uno de los cuatro cajones—, o guardar tu laca de uñas y otras joyas aquí.
Incluso puedes hacer pequeños proyectos de manualidades aquí si quieres. Lo he hecho solo para ti, Lainey.
—Me encanta. ¡Gracias, papá! —Le rodeo la cintura con los brazos y lo aprieto con fuerza, para que sepa cuánto me gusta.
—Tía. Llevo como cinco minutos llamándote —dice Maddie mientras entra en mi habitación con dos cafés con leche—. ¿Qué tal la conversación...? Vaya.
Me muevo en mi taburete y la miro, aceptando el café que me ofrece con la mano extendida.
—Gracias —murmuro.
—¿Estás bien? Estás pálida... más pálida de lo normal, quiero decir.
—Se gira para mirar a su alrededor, las cejas se le levantan cuando ve mi maleta abierta sobre la cama—.
¿Qué está pasando? —Me mira con el ceño fruncido y una arruga en medio de la frente.
Dios, lo odiaría. Nunca he conocido a una chica de dieciocho años más preocupada por las arrugas, gracias a la tía Sloane, sin duda.
Mi tía Sloane lleva décadas buscando la fuente de la eterna juventud en el fondo de cada sérum, elixir, exfoliante químico y frasco de pastillas.
Ha estado obsesionada desde que tengo memoria.
En cada periodo de vacaciones, viene a la ciudad una o dos semanas, y todas nos quedamos en la suite de un hotel de lujo con ella.
Nos invita a días de spa y maratones de compras, comidas en los restaurantes más bonitos y noches en la cima de clubs exclusivos.
Recuerdo la primera vez que me incluyó en su semana de chicas de las vacaciones; así es como ella la llama.
Teníamos una semana de descanso por Halloween para las reuniones de padres y profesores.
Siempre pensé que era una broma: ¿una reunión para los padres de un puñado de chicas en un internado?
¿Qué sentido tenía? La mayoría de las chicas que asistían a St. Rita’s no vivían ni cerca del colegio.
Y las que teníamos la suerte de tener padres que vivían cerca...
bueno, por algo íbamos a un internado, ¿no?
La tía Sloane fue a sus reuniones por Maddie y Mary y me encontró después, sentada en la sala común de nuestra residencia.
Me dijo que hiciera una maleta y que estuviera lista en diez minutos.
Dado que mi único plan era pasar la semana siguiente sola en pijama, dándome un atracón de nuestros DVD de Crónicas vampíricas, estuve lista en ocho.
Ese año nos dieron masajes, tratamientos faciales, envolturas de algas, cortes y peinados, y manicuras y pedicuras.
Éramos solo nosotras cuatro —bromeando, sonriendo y riendo— y sentí que era parte de su familia.
Es decir, lo soy, somos familia, pero esto se sentía diferente, especial. Fue uno de los mejores días de mi vida.
No hemos tenido una semana de chicas en unos seis meses, desde que la tía Sloane se echó un nuevo novio.
Un nuevo novio más joven. Todavía no lo conozco, pero Madison lo encontró en la cuenta de Instagram de la tía Sloane el mes pasado, llevando solo unos pantalones cortos minúsculos y holgazaneando en su salón.
Digamos que es un regalo para la vista y que está más cerca de nuestra edad que de la suya.
Así que entiendo por qué no ha venido a la ciudad desde hace un tiempo.
Al darme cuenta de que llevo demasiado tiempo mirando a Maddie, sacudo la cabeza y parpadeo varias veces.
—Lo siento, ¿qué decías?
—¡Mary! Mueve el culo y ven aquí. ¡Algo está pasando! —grita. Me pasa el brazo por los hombros y me guía hacia el extremo de mi cama. Aparta la maleta y nos sienta.
Ni siquiera oigo pasos, pero de repente, Mary está de pie delante de mí.
—¿Lainey? ¿Qué pasa? ¿Por qué estás haciendo la maleta?
Abro la boca para responder, pero al principio no me sale nada. No puedo creer que mi madre vaya a casarse... y me lo dice en el cumpleaños de mi padre.
Mary se muerde el labio inferior, moviendo la mirada entre Madison y yo.
—Quizá deberíamos llamar a mamá. O a la tía Lana.
—N-no. —Me aclaro la garganta y miro primero a Mary, luego a Madison—. No, no llaméis a la tía Sloane, y mi madre está ocupada con la mudanza... y planeando su boda.
—¡¿Que se va a qué?! —dicen Madison y Mary al unísono.
Siento que una sonrisa irónica se dibuja en mi rostro y tomo un sorbo de mi café.
—Sabéis que me encanta cuando hacéis esas cosas de gemelas. —Suspiro—. Acaba de llamar para decirme que se va a casar. Con el famoso soltero de Boston, Cormac Fitzgerald. —Ante sus mandíbulas desencajadas y sus ojos como platos, simplemente asiento—. Lo sé. Esa fue mi reacción también.
Mary se deja caer y se sienta en el suelo, delante de mi cama.
—Empieza desde el principio.