5 Alaina
cFM
CINCO
ALAINA
Me alejo del micrófono y voy hacia Maddie. Tapando su micro, le susurro al oído: —Me voy antes. Tendréis que terminar el pase vosotras dos.
Ella se inclina hacia mí, ladeando la cabeza y frunciendo el ceño. —¿Qué? ¿Por qué? ¿Estás bien?
—Totalmente. Solo necesito hablar con alguien antes de que se vaya.
La comprensión asoma a sus ojos y asiente con la cabeza, con una sonrisa pícara asomando a sus labios. —Ve a por él, chica.
Mary se acerca a nosotras. —¿Todo bien?
—Sí, solo tengo que charlar con un extraño —digo con una sonrisa descarada.
—Ah, vale. —Mary se ríe—. No te preocupes, nosotras nos encargamos, ¿verdad, hermana?
Como respuesta, Maddie se inclina hacia su micro y dice: —¡Gracias!
Démosle a Jack un aplauso. Después de todo, fue idea suya que cantáramos esta noche.
—Le guiña un ojo al hombre en cuestión mientras el público lo busca con la mirada, dándome la oportunidad perfecta para encontrar a mi hombre misterioso.
Bajo del escenario y me dirijo hacia el extremo de la barra donde lo vi por última vez, sorteando a la gente que observa a las chicas en el escenario. El gentío se abre y lo veo intercambiando uno de esos saludos de colegas con Levi y caminando hacia el fondo.
Así que lo sigo.
Lo pierdo de vista cuando dobla la esquina.
Hay un pequeño pasillo con tres puertas: dos aseos y una salida de emergencia.
Ralentizo el paso a medida que me acerco al pasillo.
Estoy tan subida por la adrenalina post-actuación y las predicciones del horóscopo de Maddie que no he pensado bien en esto.
Mierda, ¿qué voy a decirle siquiera?
Hola, no te conozco, pero siento que sí. Llevo meses observando cómo me miras. ¿Quieres que quedemos?
Pensará que estoy totalmente loca. Me muerdo el labio mientras busco rápidamente otra opción que me haga sonar menos... no sé, como una acosadora.
Cálmate, Lainey, la gente besa a desconocidos todo el tiempo, me regaño.
Aquí atrás hay más silencio, pero aún puedo oír los sonidos tenues de las chicas cantando por encima del tronar de los latidos de mi corazón. Mierda, ¿por qué me sudan tanto las manos? Uf. Me las limpio en la falda de tul, ahuecándola un poco cuando termino.
Saco fuerzas de flaqueza y, con una nueva determinación, acelero el paso y doblo la esquina. Si ha salido por la salida de emergencia, puede que aún logre alcanzar a...
—¡Ay! —gruño al chocar de frente contra algo duro y musculoso. Unas manos me sujetan los hombros, evitando que me caiga hacia atrás y manteniéndome en pie. —Lo siento. No te había visto... —Mi voz se apaga mientras me quedo mirando el rostro perfecto de mi hombre misterioso.
Sus ojos son del color del cielo antes de que llueva, de un gris oscuro con motas doradas salpicadas por el borde.
Así de cerca, puedo ver que su pelo tiene reflejos cobrizos y marrones oscuros y intensos.
Lo lleva peinado más largo por arriba y corto por los lados.
Inclina la cabeza hacia mí, y un mechón le cae sobre la ceja.
—¿Me estás siguiendo, pajarillo?
El sonido de su voz —de timbre grave, profunda y aterciopelada— me golpea como un puñetazo en el estómago.
Miro su pecho, un poco envidiosa por la forma en que su camiseta negra se ciñe a sus pectorales y brazos definidos.
Recorro su cuerpo con la mirada, memorizando su aspecto por si esta fuese la única vez que lo veo de cerca.
Miro su cara, sorprendida por nuestra proximidad.
La intensidad que veo en sus ojos no se parece a nada que haya visto antes. Me siento como una polilla sosa y gris que vuela voluntariamente hacia la llama de colores brillantes, aunque sé que esto acabará en mi destrucción.
Inconscientemente me acerco aún más a él, y su aroma fresco y cítrico me envuelve. Me hormiguean los dedos por la necesidad de tocarlo.
En un movimiento que no habría podido predecir, nos hace girar, de modo que mi espalda queda contra la pared.
Me suelta los hombros, pero sigo sintiendo el calor de sus palmas, casi como una marca.
Echo la cabeza hacia atrás, manteniendo el contacto visual con él.
El movimiento, hecho por cualquier otro tipo, le habría costado un rodillazo en los huevos, pero a él no. Al menos no ahora mismo.
—¿Y bien?
Me lamo los labios, saboreando el brillo labial mentolado que me he puesto antes. —Soy Alaina. —Las palabras son apenas un murmullo mientras me estremezco por la intensidad de su mirada.
—Sí, sé quién eres, pajarillo.
Le sostengo la mirada y asiento una vez. —Te veo observándome cada semana. ¿Por qué nunca te quedas hasta el final?
—Cosas que hacer.
Asiento como si lo entendiera. —¿Esposa?
La comisura de sus labios se eleva. —No.
—¿Novia con la que vivas?
Su sonrisa pícara crece. —Nop.
Arqueo una ceja. —¿Estás soltero, entonces?
Asiente y se acerca más, casi tocándome. Su mirada recorre mi rostro, y solo espero que esté memorizando mis rasgos tanto como yo los suyos. —¿Hay algo que quieras preguntarme, Birdie?
Presiono mi espalda contra la pared, creando un poco más de espacio entre nosotros. Un enjambre de mariposas hace piruetas dentro de mi vientre, y levanto la barbilla con falsa valentía. —Ya me he graduado.
Da un pequeño paso hacia mí y pone la mano derecha en la pared, encima de mi cabeza, con el bíceps marcándose bajo su camiseta negra. Un suave sofoco recorre mi cuerpo ante su proximidad. Huele a cítricos y a problemas.
¿Hace calor aquí?
—Sí, ya me he enterado.
—Es solo que... si estabas esperando a que terminara el instituto... o a que fuera legal, bueno... —Me arrepiento antes de terminar la frase, la vergüenza me calienta las mejillas. Miro hacia un lado, buscando mi valor.
La yema rugosa de su dedo recorre suavemente mi mejilla, y se me corta la respiración. —Preciosa —murmura.
Giro lentamente la cabeza hacia él, encontrándome con su mirada mientras su dedo desciende por mi cuello y sigue el cuello de mi camiseta de hombros caídos.
Me recorre las clavículas, y su mano se expande para rodearme el cuello.
Su pulgar se mueve lentamente de un lado a otro sobre mi piel, justo sobre mi pulso, que aumenta constantemente con cada pasada.
Mis manos se tensan contra la pared a mi espalda, los dedos hundiéndose en el yeso, buscando un punto de apoyo. Sus labios son hipnotizantes, carnosos, rosados y provocadores.
Levanto la barbilla, esforzándome por salvar la distancia entre nuestras bocas. Él da medio paso más, y nuestros labios apenas se rozan.
—Declan —susurra contra mi boca, y apenas puedo oírlo por encima del atronador latido de mi corazón—. Para que sepas qué nombre gritar más tarde, cuando estés sola y pienses en mí... en esto.
—¿En qué...?
Corta mis palabras con la presión de sus labios, y mis ojos se cierran de golpe. Durante un solo instante, mantiene sus labios contra los míos. Luego abro la boca, y es todo lo que puedo hacer para no derretirme en un charco de deseo aquí mismo, en el pasillo trasero de O’Malley’s.
Es exigente en su beso, y yo estoy más que encantada de dejarle llevar la voz cantante.
Su lengua se enreda con la mía en el beso más erótico que he tenido nunca.
Desliza la mano hacia mi nuca, sus dedos me agarran el pelo y me echa la cabeza hacia atrás.
Arqueo la espalda y me agarro a la parte delantera de su camiseta, apretando la tela para ayudar a mantenerme en pie. Me siento aturdida y sin aliento.
Declan se aparta, dejando nuestros labios apenas separados. Ante mi gemido de protesta, desliza el pulgar por mi labio inferior y no puedo evitarlo: saco la lengua y saboreo su pulgar.
Él gruñe y desliza lentamente la mano hacia abajo, dejándola reposar sobre mis clavículas. —Vale, pajarillo, vale —murmura contra mis labios.
—Dec. —Su nombre sale de mis labios en un suspiro.
No puedo creer que por fin sepa su nombre después de tanto tiempo.
Me estoy maldiciendo en silencio por no haber sido más valiente hace un año, cuando me llamó la atención por primera vez...
¿o quizá fui yo la que le llamó la atención a él?
Sea como sea, podríamos haber estado haciendo esto durante el último año. Esto... y otras cosas.
Mi corazón se acelera ante el pensamiento de hacer otras cosas con él; cosas con las que he fantaseado durante más tiempo del que jamás admitiría.
Con esos pensamientos pecaminosos en la cabeza, me pongo de puntillas para volver a unir nuestros labios. Le rodeo el cuello con el brazo y me inclino hacia él, excitada por la sensación de su pecho contra el mío.
Sus manos suben desde mi cintura hasta mis costillas, y me besa con una intensidad en la que me pierdo.
Justo cuando estoy a punto de considerar la idea de llevármelo a mi residencia, aparta bruscamente la boca de la mía. —¿Qué? —gruñe.
Abro lentamente los ojos, nublados por el deseo. Declan está mirando por encima del hombro a un tipo que no he visto en mi vida.
—Perdón, jefe, pero es urgente. —El tipo mira a cualquier parte menos a Declan mientras le entrega un teléfono plegable.
—Más le vale que lo sea —espeta él, arrebatándole el teléfono de la mano. Mira la pantalla del móvil y, si no estuviera pegado a cada centímetro de mí, no creo que sintiera la tensión que recorre su cuerpo.
—¿Todo bien? —murmuro, mirando su ceño fruncido.
—Joder. —La palabra suena torturada en sus labios. Le devuelve el teléfono al otro tipo y luego se gira hacia mí. Me acuna la cara con las manos, bloqueando mi visión de todo lo que no sea él. —Tengo que irme, pajarillo.
—¿Q-qué? —Mi neblina de deseo no me permite ser muy elocuente, por lo visto. Eso es prácticamente lo último que esperaba que dijera.
—No hemos terminado. —Sella sus palabras con un beso de los que te encogen los dedos de los pies. Y al igual que todas las demás semanas, desaparece antes de que pueda entender qué demonios acaba de pasar.
Y por qué sus palabras han sonado más a una amenaza apasionada que a una dulce promesa.