Wolf (La Hermandad 1) 4 Alaina
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CUATRO

ALAINA

Sigo a Maddie mientras nos guía hacia el escenario y Mary viene detrás de mí. Esta sencilla formación es una metáfora de nuestra relación. Durante toda nuestra vida, Maddie ha sido la primera de la fila, protegiéndonos a Mary y a mí todo lo posible. Se toma muy en serio su papel de la gemela mayor.

Antes solía pensar que Mary se conformaba con dejar que su hermana llevara la voz cantante, pero últimamente se comporta de forma un poco distinta: más asertiva. Si a eso le sumamos sus recientes retos... yo diría que nuestra Mary está intentando desplegar un poco las alas.

Nuestras faldas ondean y giran mientras serpenteamos entre las mesas de camino al escenario. En cuanto la gente se da cuenta de a dónde vamos, los habituales empiezan a vitorear y gritar.

Subimos los dos escalones de madera del largo escenario rectangular.

Jack corta el sonido de la gramola y acciona el interruptor de las luces del escenario, cegándome momentáneamente.

Alzo la mano para protegerme los ojos y le hago un gesto para que baje los focos.

Interpreta mis señales manuales con facilidad; no es la primera vez que hacemos esto.

Camino hacia la esquina trasera del escenario y cojo una pandereta y el pie de micro que me encanta usar. Es de un metal bronce vintage con un micrófono a juego.

Mientras las chicas y yo nos preparamos, Jack pone las manos en jarra alrededor de la boca y grita: —¡Oíd! ¡Nuestras pajaronas van a cantar para nosotros esta noche!

Reconozco algunas caras habituales en el pequeño grupo de personas mientras aplauden y vitorean. Sonrío y sacudo un poco la cabeza, dejando que mi melena ondulada de color rojo oscuro caiga hacia delante.

Una vez que estoy lista, miro para asegurarme de que Maddie y Mary también lo estén.

Con Maddie a mi derecha y Mary a mi izquierda, examino nuestros atuendos y me pregunto qué tipo de estampa ofrecemos esta noche.

Suelto un bufido. Apuesto a que estamos increíbles...

y con un toque de locura. La combinación perfecta, la verdad.

Asiento a Maddie y ella se acerca a su micro. —¡Buenas noches a todos! Por si no os habéis enterado, acabamos de graduarnos...

Silbidos fuertes, vítores y aplausos la interrumpen.

Maddie sonríe con picardía. —¿Ah, conque sí os habéis enterado? Pues os espera un buen espectáculo. Tenemos un puñado de canciones para vosotros esta noche. Esperamos que os gusten.

Maddie da un paso atrás y mira a mi alrededor para buscar la mirada de Mary. Ante su asentimiento, se acercan a sus micros y sonríen al público antes de empezar a cantar.

Maddie y yo nos miramos y empiezo a marcar el ritmo con un golpeteo de mi dedo contra la falda. —Happiness hit her like a train on a track —canto la primera frase.

Mary canta la siguiente frase, tamborileando también los dedos sobre su falda. Y cuando Maddie empieza a cantar la tercera frase, las tres pasamos de tamborilear los dedos a dar palmas de lleno: uno-dos-pausa-tres.

Nos balanceamos juntas, primero a la izquierda y luego a la derecha, y las tres armonizamos en el estribillo. Cantando sobre que los días malos se han acabado, no puedo evitar que una amplia sonrisa se adueñe de mi rostro.

¡Nos hemos graduado en el instituto, joder!

En este escenario, con mis dos mejores amigas, cantando y bailando con toda mi alma... me siento tan cerca de la perfección como no me he sentido en mucho tiempo. Supongo que aquellas clases de canto y ensayos de baile no fueron en vano, después de todo.

Las tres bailamos y giramos sobre el escenario, dando palmas e inclinándonos para cantar en los micros.

Mantenemos la última nota durante cuatro tiempos, mirando hacia el pub en penumbra y dejando que las palabras se fundan con la noche.

Me humedezco los labios mientras el público nos aclama, con la adrenalina recorriendo mis extremidades, haciéndome sentir ligera e invencible.

Oigo el silbido distintivo de Jack y no puedo evitar la sonrisa que se extiende por mi cara.

—¡Muchas gracias a todos! ¡Esa era “Dog Days Are Over” de Florence + The Machine! —dice Mary, sonriendo de oreja a oreja.

Agarro mi pie de micro y doy un paso atrás para mirar a Maddie. —¿“Titanium”?

Maddie radia alegría mientras se aparta de su micro y cruza el escenario hasta donde está el piano de pared junto a la pared del fondo.

Saca la banqueta y se sienta, con el tul verde lima fluyendo a su alrededor.

Desde este ángulo, parece una princesa hada irlandesa.

Se quita los tacones y calienta las teclas con unas notas suaves.

Me doy la vuelta y miro al público. En los últimos diez minutos, la multitud se ha duplicado y parece que vienen más en camino si la puerta abierta sirve de indicativo.

—Hola a todos, gracias por darnos este capricho esta noche.

Tenemos algo especial para vosotros: nuestra chica aquí presente ha estado practicando con las teclas —hago una pausa cuando algunas personas vitorean y miro hacia atrás a Maddie con una sonrisa—, así que vamos a cambiar un poco el estilo. Espero que os guste.

Maddie toca el primer acorde y yo empiezo a cantar. —You shout it out, but I can’t hear a word you say.

Cierro los ojos e inclino la cabeza hacia el micro, entregándome por completo a la canción que Maddie y yo hemos estado ensayando desde que mi madre soltó la predecible bomba de que estaba demasiado ocupada para venir a la graduación.

Fui la valedictorian de St. Rita’s, y realmente pensé que mamá querría verlo...

verme a mí. Se me cierra la garganta al pensar en mamá rechazando las cuatro entradas que el instituto proporcionaba para la familia de cada estudiante.

Canalizo todo mi dolor y esperanza en esta única canción. Mary se une a mí en el estribillo y, mientras cantamos, lo siento. Esa chispa que empieza como un pequeño parpadeo y, al final, se convierte en un infierno rugiente.

—Ghost town, haunted love —cantamos Mary y yo.

Estoy desnudando mi corazón con cada súplica que sale de mis labios, rogando que alguien me vea. Y entonces sucede: todo desaparece. El tintineo de los vasos contra la barra, el murmullo de la gente, el ruido de la calle... todo se desvanece.

Estoy sumergida en el desamor y la desesperanza.

Agarro el micro con ambas manos y entrego mi corazón con ambas manos.

—You shoot me down, but I won’t fall. I am titanium.

—La voz de Mary se apaga. —You shoot me down, but I won’t fall.

I am titanium. —Las notas de Maddie se desvanecen hasta que solo queda mi voz resonando en el aire inmóvil. —I am titanium.

Me giro de lado tras terminar la última nota, dejando que mi larga melena ondulada cubra un lado de mi cara mientras una sola lágrima resbala por mi mejilla. En el silencio, miro a Mary para ver que tiene lágrimas en los ojos, y ella empieza a aplaudir.

Su aplauso es el catalizador para que todo el pub estalle en vítores.

Me limpio la lágrima y me giro para ver a todo el mundo en pie.

Dedicando una sonrisa húmeda, digo gracias con los labios al público.

Maddie se acerca por detrás y me aprieta los hombros.

Alargo la mano y le toco el antebrazo, devolviéndole el afecto.

Sorbo por la nariz y sonrío, riendo un poco. —Gracias a todos, de verdad. Gracias. ¿Qué os parece nuestra chica Madison al piano? —Doy palmas y el público la aclama.

Jack se abre paso desde la barra hasta el lateral del escenario, con una minibandeja de chupitos en una mano. Nos acerca la bandeja y dice con voz ronca: —Tened. Ha sido precioso.

Las chicas y yo murmuramos nuestro agradecimiento y cogemos nuestros vasos de chupito doble de su bandeja. Brindamos y, al unísono, nos los bebemos de un trago.

—¡Uf! —digo al micro con una mueca antes de volver a poner mi vaso en la bandeja—. Vale, chicos, tenemos tres canciones más para vosotros esta noche. La siguiente es otra de nuestras favoritas. Espero que os guste.

Maddie nos marca la entrada y entonces armonizan a la perfección, cantando sobre hojas marrones y paseos en un día de invierno.

Ambas tienen tanto talento que bordan la canción, y a mí se me pone la piel de gallina.

Dos tiempos después, entro yo, agitando la pandereta y moviendo las caderas al ritmo. —Stopped into a church I passed along the way.

—Passed along the way —armonizan Mary y Maddie.

—Well, I got down on my knees —canto y miro a Mary con una sonrisa.

—Got down on my knees —cantan al unísono, devolviéndome la sonrisa.

—And I pretend to pray.

Paseo la mirada por el bar. Quiero ver la reacción de Jack. Nunca habíamos hecho esta canción antes y, aunque llevamos años cantando juntas, solo llevamos unas semanas practicándola.

Veo a Jack detrás de la barra, pero en el extremo opuesto a donde estaba hace unos minutos. Un chico está a su lado, como por detrás de la barra, y el corazón me da un vuelco en el pecho por un momento. Pierdo un tiempo con la pandereta, pero dudo que nadie se dé cuenta.

Es él.

Mi hombre misterioso.

Está aquí.

Y me está mirando fijamente. Siento su mirada clavada en mí con cada balanceo y cada palmada de la canción.

Ni siquiera es noche de micro abierto. ¿Cómo sabía que cantaba esta noche? Descarto la idea de inmediato. Por supuesto que no se ha enterado de alguna manera de que yo cantaba y ha venido corriendo de inmediato con prisa. Seguro que es una casualidad, una coincidencia.

Pero ¿no dijo Maddie que iban a ocurrir grandes cambios en la vida y en el amor? ¿Y si él es uno de esos grandes cambios? Y esta es mi oportunidad de aprovecharlo... a él.

De más de un metro ochenta, lleva el pelo castaño alborotado por arriba y afeitado por los lados. Está demasiado lejos para verle el color de ojos, pero estoy decidida a averiguarlo esta noche. Siempre se va a mitad de mi última canción y nunca he tenido la oportunidad de hablar con él.

Eso cambia esta noche.

Mientras cantamos las últimas notas de “California Dreamin’” en armonía, decido que, por esta noche, es una señal.

Acabo de encontrar a un extraño al que besar.