Wolf (La Hermandad 1) 3 Alaina
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—¡Benny! —grito en cuanto veo al portero moreno del O’Malley’s.

Al oír su nombre, Benny deja de hablar con el grupo de tíos con los que está charlando para mirar en nuestra dirección. Frunce un poco el ceño antes de que su cara se abra en una amplia sonrisa. —¡Pajaronas! —Se lleva las manos a la boca para gritar calle abajo.

La mejor manera de describir a Benny es que es engañosamente encantador. Claro, tiene un atractivo juvenil y siempre tiene una palabra amable para nosotras, pero hay algo un poco raro en él.

Siempre lo achaco a su trabajo: ser de seguridad en el O’Malley’s no puede ser algo pasivo todo el tiempo. Estamos en Nueva York, por el amor de Dios; seguro que ha tenido que lidiar con un montón de gente que se pasa de la raya.

Miro a Mary, a mi izquierda, y a Maddie, a mi derecha. Vaya estampa debemos de formar, caminando por la concurrida acera con nuestras faldas de tul esponjosas y de colores vivos.

Bajo la vista, apreciando la yuxtaposición entre la tela suave y limpia y el cemento manchado de la acera. El suave susurro de las faldas y el claqueteo de los tacones de Maddie mientras caminamos hacia el O’Malley’s.

Es junio en Nueva York y la humedad por la tormenta que se avecina flota en el aire. Esto no es nada comparado con el calor sofocante que hará en solo un par de semanas. La ciudad en verano no es para los débiles de corazón. Pero, por ahora, el calor es soportable.

Una gota de sudor me recorre la espalda mientras caminamos los últimos metros hasta la puerta de entrada del pub irlandés.

Con una fachada de ladrillo negro mate, un toldo verde bosque y enormes ventanas de doce paneles a cada lado de la puerta, el O’Malley’s no es lo que yo llamaría llamativo.

No es el tipo de sitio en el que encontrarías a un montón de veinteañeros de fiesta por la ciudad.

Pero sí encontrarás a algunos viejos amables y a sus señoras que vienen casi todos los días a tomar una pinta, a algunos tíos que montan en moto y siempre piden los clásicos, y a gente del barrio que pasa por aquí después del trabajo.

Excepto cuando tienen eventos; entonces, es un sálvese quien pueda. Organizan algunos de los mejores conciertos de bandas de versiones que he visto en mi vida; algunas son tan buenas que, si cierras los ojos, es como si estuvieras escuchando a la de verdad.

Y su noche de micro abierto es una de mis cosas favoritas del mundo.

Mary, Maddie y yo llevamos tanto tiempo actuando en la noche de micro abierto del O’Malley’s que la gente viene a vernos, lo cual sigue siendo una sensación muy rara.

Me muerdo el labio mientras pienso en cierta persona que viene a vernos cantar cada semana.

—Vaya. Pero bueno, mirad qué pintas —grazna Benny mientras se mira el reloj—. Pues no, Halloween es dentro de unos meses. —Benny nos recorre con la mirada de la cabeza a los pies, deteniéndose un instante más en Maddie—. ¿A qué debemos el honor de estas faldas esta noche, chicas?

—Son faldas, Benny —espeta Mary, y mis cejas se disparan hasta mi frente. Vaya. Quizás es a este a quien Mary esperaba besar cuando puso esas pruebas en el tarro.

Benny levanta las manos en señal de rendición. —Vale, vale. Estás muy guapa, Maddie.

—En tus sueños, Benny. —Maddie pone los ojos en blanco.

Mary agarra el pomo de la puerta y tira con más fuerza de la necesaria, haciendo que la puerta golpee contra el ladrillo. Entra en el O’Malley’s, y Maddie la sigue sin decir palabra.

Sosteniendo la puerta, le lanzo una mirada de disculpa. —Un consejo, Benny: te estás fijando en la hermana equivocada.

Me mira fijamente durante un momento, con la mandíbula apretada, y veo un destello de posesión en sus ojos. Antes de que pueda comentar nada, fuerza una sonrisa y se vuelve hacia los tíos de la acera. —Claro, pájaro cantor.

Exhalo un suspiro y me sacudo de encima el desdén de Benny. No voy a dejar que un tío nos arruine la celebración.

Entro en el O’Malley’s e inspiro el olor familiar a cerveza rancia, humo de cigarrillos y un ambientador cítrico.

Miro a mi alrededor y veo al dueño, Jack O’Malley, detrás de la barra en un extremo, y al otro camarero, Levi, en el otro.

Como tantos bares y pubs de esta zona, el O’Malley’s es un rectángulo largo y estrecho que se extiende casi por completo hasta el otro lado de la manzana.

Mesas altas con sus sillas, una diana y un puñado de máquinas recreativas ocupan una zona del bar hacia el fondo, junto al pasillo que lleva a los baños.

Mesas para cuatro con sus sillas ocupan la mayor parte del espacio, dejando el sitio justo para serpentear al caminar.

La barra es una única y larga extensión de madera oscura pulida con cuatro estanterías abiertas a juego. Botellas y vasos elegantes llenan las estanterías. En diagonal a la barra está el escenario.

Aquí es donde me siento más cómoda. El escenario es rectangular y está hecho de la misma madera oscura que la barra. Tiene el tamaño perfecto para tres primas de Boston a las que les encanta cantar versiones cada semana.

Además de participar en la noche de micro abierto cada semana, las chicas y yo solemos venir a cantar al karaoke cuando nos apetece.

De hecho, Jack ni siquiera tenía una máquina de karaoke hasta que lo mencioné de pasada hace un par de años.

La siguiente vez que entré, vi la máquina en una esquina del escenario, nueva y lista para usar.

Nunca le pregunté al respecto, y él nunca dijo nada, pero no se me escapó el brillo en sus ojos cuando Maddie se puso a dar saltos, aplaudiendo en cuanto la vio.

Localizo a las chicas apostadas en el otro extremo de la barra, junto a Levi, con sus faldas prácticamente brillando en la penumbra.

Serpenteo entre las mesas y las pocas personas que están de pie y me dirijo hacia ellas.

Me subo de un salto al taburete vacío que hay entre las dos y me inclino hacia delante para poder ver a Jack al otro lado de la barra.

—¡Eh! —Mi voz recorre la barra y capta la atención de Jack—. ¿Qué tiene que hacer una chica por aquí para que le pongan una copa? —bromeo, curvando las comisuras de los labios.

Da una palmada en la barra y, con una amplia sonrisa, truena: —¡Ach, nuestras graduadas están aquí, muchachos!

A sus cuarenta y tantos, Jack es objetivamente atractivo, con un pelo rojo oscuro intenso y una barba a juego, ojos azul claro y una inclinación por las camisas de franela. Es musculoso de esa manera que dice «podría patearte el culo, pero no voy al gimnasio religiosamente».

Una calidez me inunda el alma mientras lo veo caminar hacia nosotras. —¡Buenas, Jack! —le grito lo mismo que le digo cada vez que lo veo desde hace dos años.

—Por lo que más quiero, cada vez que os veo estáis más guapas —dice Jack, con la mano en el corazón—. ¿Qué os trae por aquí esta noche? ¿Habéis venido a celebrar esa graduación?

Nos graduamos de la Academia Femenina de Santa Rita (St. Rita’s) el lunes.

Por qué el colegio decidió organizar un evento de graduación un lunes es algo que se me escapa, pero en realidad no importaba.

Mi madre me mandó un mensaje de texto hace semanas para decirme que no podía venir, así que, de todos modos, no esperaba que nadie me aclamara al cruzar ese escenario.

Sabía que mi tía Sloane estaría allí con su nuevo novio para animar a las gemelas al cruzar el escenario, y sabía que aplaudiría por mí, y así lo hizo.

Pero no sabía que Jack iba a aparecer para animarnos.

Me conmovió el corazón de una manera que no esperaba.

Jack se ha convertido en una especie de hermano mayor para mí a lo largo de los años.

Ha sido amable y protector desde el primer momento en que lo conocí.

Yo estaba de pie, fuera del O’Malley’s, mirando nerviosamente la hora en mi teléfono cada dos minutos.

Se suponía que había quedado con mi novio, James, para ver a la banda de versiones que tocaba esa noche.

El O’Malley’s era conocido por sus bandas de versiones, famosas por lo buenas que eran, y a mí sobre todo me hacía ilusión tener otra cita con James.

Llevábamos saliendo solo un par de meses, pero nunca había sentido por nadie lo que sentía por James.

Sinceramente, pensaba que él era el definitivo.

Y si soy sincera, no he vuelto a sentirlo desde entonces.

Todavía me avergüenzo cuando pienso en lo que pasó: cómo James me dio plantón y me envió un mensaje de texto cutre diciendo que ahora mismo no podía con esto.

La vergüenza y el desamor residuales me oprimen el corazón por todo el asunto: nuestra relación vertiginosa y su fácil rechazo, como si no hubiéramos importado... , como si yo no hubiera importado.

Sé que es una tontería y que era joven, pero de verdad que lo quería. Y quizás lo peor es que, a pesar de todo, no estoy segura de haber dejado de quererlo.

Le estaré eternamente agradecida a Jack por ese día. Tuvo un asiento en primera fila para ver cómo James me dejaba por mensaje de texto y no fue más que amable, y aunque sé que vio las lágrimas en mis ojos, nunca le dio importancia.

Al día siguiente, acabé uniéndome a las chicas en sus vacaciones por Europa y, cuando volvimos a la ciudad, me convencieron para volver al O’Malley’s.

Habían pasado un par de meses, y estaban con su noche de micro abierto.

Pensé que podría sentirme avergonzada o algo así al volver, pero Jack nunca lo mencionó, así que yo tampoco.

Desde ese día, vamos al O’Malley’s casi todas las semanas para la noche de micro abierto. Jack siempre está trabajando, y siempre es amable y protector; además, nos deja beber gratis. Recuerdo la primera vez que intentamos pedir bebidas.