WOLF (Dark Romance: Hombres Dominantes, Obsesión Peligrosa y Erotismo Psicológico Intenso 5) Capítulo 4
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Capítulo 4

EL HOMbrE EQUIVOCADO EN EL LUGAR CORRECTO

El lunes llegó con la puntualidad implacable que tienen los lunes cuando uno preferiría que no llegaran.

Cilia estuvo en su oficina a las siete y cuarenta y cinco, veinte minutos antes que cualquier otro miembro del equipo, con café negro y los análisis de la semana pasada abiertos en tres pantallas simultáneas.

Se había pasado el fin de semana trabajando desde casa, lo que era su mecanismo habitual para no pensar en cosas que no tenía forma de resolver.

Había funcionado a medias. Los modelos estaban bien, el análisis del fondo europeo que Wolf necesitaba para el miércoles estaba noventa por ciento completo,

y sin embargo había momentos entre una cosa y otra donde el viernes en esa oficina se instalaba con una precisión física que no era solo memoria.

Recordaba la textura de su camisa. El frío del escritorio. Cómo había dicho su nombre.

Apagó esa línea de pensamiento con la eficiencia de alguien que lleva años practicando.

Wolf no apareció por la mañana. Tampoco a mediodía. A las tres de la tarde, Cilia había casi logrado convencerse de que el viernes era un evento cerrado cuando recibió un mensaje interno del sistema: Junta estratégica, sala A, 4 PM. KW.

Las iniciales eran suficiente.

La sala A era la más grande del piso, con capacidad para doce personas y una pantalla que ocupaba toda una pared.

Cuando Cilia entró, había seis personas ya sentadas y Wolf en la cabecera con un traje gris oscuro que era exactamente el tipo de cosa que debería haber resultado indiferente y no lo resultaba.

La miró cuando entró. Solo un segundo, nada que cualquier otra persona en la sala pudiera identificar como significativo, y luego devolvió los ojos a los documentos frente a él.

Cilia se sentó y hizo lo mismo.

La junta fue sobre una adquisición potencial: una empresa de tecnología financiera con sede en Boston que Wolf llevaba seis meses evaluando.

El equipo legal tenía preguntas sobre la estructura de deuda, el equipo de operaciones tenía preocupaciones sobre integración y Wolf escuchaba todo con la misma atención calibrada que aplicaba a cualquier cosa.

Cuando llegó el turno de Cilia, presentó su análisis de valoración sin decoración, con los números que había construido durante la semana anterior y las proyecciones que a ella le parecían realistas aunque fueran menos atractivas que lo que el equipo de adquisiciones esperaba.

–Los múltiplos de mercado los sobrevalúan en un veintidós por ciento –dijo–. Si ajustamos por deuda oculta y contingencias legales pendientes, el precio real de entrada está entre trescientos y trescientos veinte millones, no en los trescientos setenta que están pidiendo.

Silencio en la sala. El director de adquisiciones, un hombre llamado Marcus que llevaba diez años en Wolf Capital, la miró con la expresión específica de alguien cuyo trabajo acaba de ser complicado por alguien que lleva tres semanas en el edificio.

–Ese análisis asume un escenario de riesgo máximo –dijo Marcus.

–Asume un escenario realista –respondió Cilia–. El riesgo máximo sería que las contingencias legales sean peores de lo que parecen. Tengo un anexo sobre eso si quiere verlo.

Todas las miradas fueron hacia Wolf.

–Continúen –dijo él, sin indicar hacia qué lado se inclinaba, y la junta continuó.

Al final, cuando todos salían, Wolf la detuvo con una sola palabra:

–Quédese.

Esperó hasta que la sala quedó vacía. Cilia se quedó sentada con sus documentos frente a ella, manteniendo la postura con la deliberación de alguien que no va a demostrar ninguna clase de nerviosismo.

Wolf se sentó en la silla más cercana a ella, no en la cabecera, sino al lado, como si la geografía de la conversación importara.

–Marcus va a tener un problema con usted –dijo.

–Marcus tiene un problema con cualquiera que cuestione sus números.

–Sí. –Una pausa–. Tiene razón en el análisis. Lo supe cuando lo leí el viernes.

–¿Lo leyó el viernes?

–Lo leí el viernes por la tarde, antes de subir a verla.

Cilia procesó el orden de esos eventos. Él había revisado su trabajo y luego había ido a verla con whisky.

No era exactamente sorprendente dado lo que sabía de él, pero confirmaba algo sobre cómo operaba, que para Wolf el trabajo y lo demás no eran compartimentos separados sino parte del mismo sistema de atención.

–¿Y? –preguntó.

–Voy a ofrecer trescientos diez –dijo Wolf–. Si aceptan, bien. Si no, esperamos. No tenemos prisa.

–Marcus no va a estar contento.

–Marcus trabaja para mí, no al revés.

Cilia lo miró. Él sostuvo la mirada con esa tranquilidad que era su estado base, pero había algo más debajo ahora, algo que no habría reconocido antes del viernes y que ahora reconocía perfectamente.

–¿Cómo están las cosas? –preguntó él, y la pregunta era demasiado vaga para ser sobre el trabajo.

–Funcionando –dijo Cilia, usando una palabra igual de vaga–. ¿Y para ti?

Era la primera vez que lo tuteaba. Había salido solo, sin planificarlo, y ninguno de los dos hizo como si no hubiera pasado.

–Complicadas –dijo Wolf–. De la manera en que me gustan las cosas complicadas.

–¿Que es cómo?

–Interesantes.

La distancia entre sus sillas era profesionalmente correcta. Cilia no la cruzó. Tampoco él. Pero la sala de juntas tenía una temperatura distinta a la que debería tener una sala de juntas vacía y los dos lo sabían.

–Kevin –dijo ella, y el nombre en su boca tenía ahora un peso diferente al del viernes–. Necesito que sepas que no voy a ser fácil.

–No lo esperaba.

–Y si esto afecta mi trabajo de alguna forma, cualquier forma, lo corto.

–Lo entiendo.

–¿Lo entiendes de verdad o lo dices porque quieres que me quede?

Wolf la miró durante un momento largo.

–Las dos cosas –dijo finalmente–, no son mutuamente excluyentes.

Cilia recogió sus documentos y se levantó. Él hizo lo mismo, y por un segundo estuvieron de pie a medio metro de distancia en una sala de juntas vacía, y la tensión entre ellos era suficientemente concreta como para construir algo con ella.

–Cena el jueves –dijo Wolf.

No era una pregunta. Cilia lo consideró.

–El miércoles –respondió–. El jueves tengo que terminar el análisis del fondo europeo.

–El miércoles, entonces.

Cilia salió de la sala. En el pasillo se cruzó con Marcus, que la miró con una expresión que ella catalogó mentalmente bajo "problema futuro" y siguió caminando.

Fried Nest llamó a su contacto dentro de Wolf Capital a las cinco y media de la tarde.

–¿Qué hay de la nueva? –preguntó, sin preámbulo.

–Forest. Buena. Muy buena, en realidad. Le acaba de costar a Marcus el trato de Boston.

–¿Cómo reaccionó Wolf?

–La apoyó. Sin decirlo explícitamente, la apoyó.

Nest escuchó eso en silencio. La oficina desde donde llamaba era austera y precisa, todo en su lugar, nada decorativo. En la pared frente a él había un tablero con nombres y fechas y conexiones que nadie más en ese edificio habría podido interpretar correctamente.

–¿Están juntos? –preguntó.

Una pausa del otro lado.

–No de manera oficial. Pero hay algo.

–Bien –dijo Nest, y colgó.

Se quedó mirando el tablero. Kevin Wolf tenía debilidades como todos, pero eran difíciles de explotar porque eran pocas y las protegía bien. Una nueva debilidad era una oportunidad, y Fried Nest era el tipo de persona que no desperdiciaba oportunidades.

Marcó otro número.

–Samantha –dijo cuando contestaron–. Necesito un favor.

Samantha Dreivanova era exactamente el tipo de mujer que la gente subestimaba el tiempo suficiente para que ella pudiera hacer daño.

Tenía veintisiete años y una sonrisa que funcionaba como un mecanismo de distracción, radiante y ligeramente vacua, diseñada para que la gente asumiera que no había mucho detrás de ella.

Detrás de ella había bastante, aunque no todo era del tipo que se mostraba en una primera reunión.

Había conocido a Wolf Capital a través de un evento de inversores seis meses atrás.

Había conocido a Fried Nest dos meses después de eso, lo que en su cabeza era una coincidencia, aunque en el tablero de la oficina de Nest las dos líneas estaban conectadas con una flecha dibujada con una precisión que no era accidental.

–¿Qué necesitas? –preguntó ella.

–Información –dijo Nest–. Y tiempo en la órbita correcta.

–¿Cuánto tiempo?

–El necesario.

Samantha procesó eso. Miró por la ventana de su apartamento en el Upper West Side, que era más caro de lo que sus ingresos declarados justificaban, y pensó en lo que le debía a Nest, que era más de lo que le gustaba recordar.

–De acuerdo –dijo.

Cuando colgó, se quedó mirando el teléfono un momento. No tenía escrúpulos sobre lo que Nest le pedía, nunca los había tenido sobre ese tipo de cosas. Lo que tenía era cautela, porque había conocido suficientes juegos como este para saber que el tablero siempre cambia en el momento menos esperado.

La pregunta era quién iba a perder cuando cambiara.

Esperaba que no fuera ella.