Capítulo 5
GRIETAS
La cena del miércoles no fue en un restaurante sin letrero sino en el departamento de Wolf, que ocupaba el último piso de un edificio en Tribeca y tenía el tipo de vista que convencía a las personas de que vivir en esa ciudad era una idea razonable.
Cilia llegó con una botella de vino que costó más de lo que normalmente gastaba en vino porque no iba a aparecer con nada que pareciera provisional.
Wolf abrió la puerta en jeans y camisa, sin saco, y eso fue la primera grieta en la imagen que ella había construido de él: que en su propio espacio se veía diferente, menos arquitectónico, más humano.
–Vine a cenar, no a que me impresiones –dijo Cilia cuando entró.
–No estaba tratando de impresionarte –respondió él.
–El departamento está tratando de impresionarme.
–El departamento hace lo que quiere. Yo no tengo control sobre eso.
Era la primera vez que lo escuchaba hacer algo que se parecía a un chiste y fue tan inesperado que Cilia se quedó un segundo parada en el umbral de la sala antes de seguir caminando.
El espacio era abierto, con pocas cosas y todas buenas, el tipo de minimalismo que cuesta dinero porque requiere que cada pieza justifique su presencia.
Había libros, más de los que esperaba, en estantes que no eran decorativos.
Había una cocina que daba señales de uso real.
Había una ausencia notable de cualquier cosa que indicara que alguien más vivía ahí o había vivido ahí recientemente.
–¿Cocinas tú? –preguntó.
–A veces. Esta noche pedí.
–¿Por qué?
–Porque si cocino, la cena tiene que salir bien, y prefería que la atención estuviera en otro lado.
Cilia lo miró. Él le tomó la botella de vino de las manos y fue a la cocina a abrirla, y ella se quedó en la sala sin saber exactamente dónde ponerse, lo que era una sensación que no tenía frecuentemente porque normalmente sabía leer los espacios.
El problema era que ese espacio la leía de vuelta.
Cenaron en la mesa del comedor con Manhattan afuera y la conversación que fluía con la misma facilidad desorientadora de siempre.
Hablaron del trato de Boston, de una conferencia en Londres a la que Wolf tenía que ir en dos semanas, de un libro que había en los estantes que Cilia reconoció y que resultó ser el único que ninguno de los dos había terminado de leer porque en el mismo capítulo los dos habían decidido que el autor
se equivocaba en algo fundamental.
–¿En qué capítulo lo dejaste? –preguntó Wolf.
–Séptimo. La teoría del agente racional.
–Séptimo también. –La miró–. ¿La solución del agente racional o la crítica?
–La crítica. El autor la plantea mal.
–¿Por qué?
–Porque asume que la irracionalidad es una desviación del sistema, cuando en realidad es parte del sistema. Los mercados no serían mercados sin ella.
Wolf la miraba de una manera que Cilia ya reconocía pero que no dejaba de registrar: como si estuviera viendo algo que quería guardar.
–¿En qué otras cosas se equivoca la gente? –preguntó él.
–¿La gente en general o tú en particular?
–Empieza por mí.
Cilia apoyó los codos en la mesa, lo que era una postura informal que no adoptaba en las reuniones de trabajo.
–Crees que puedes controlar más de lo que puedes –dijo–. No los mercados, eso ya lo sabes. Las personas. Las situaciones. Crees que si diseñas el sistema correcto, el resultado que quieres ocurre inevitablemente.
Wolf no respondió de inmediato. Eso era una de las cosas que ella había aprendido sobre él: que no respondía para llenar el silencio, que esperaba hasta tener algo real que decir.
–¿Y estoy equivocado? –preguntó finalmente.
–Esta semana no. Pero habrá una semana en que lo estés.
–¿Qué hago cuando llegue esa semana?
–No lo sé. Eso depende de ti.
Después de cenar, se movieron a la sala con el vino que quedaba y Cilia se quitó los zapatos sin pensar dos veces porque los pies le dolían y no iba a fingir que no. Wolf la miró hacer eso con la misma atención que ponía en todo.
–Cuéntame algo que no esté en tu expediente –dijo él.
–¿Qué está en mi expediente?
–Licenciatura con honores, maestría en Columbia, tres años en un fondo en Chicago antes de Reston & Mael, sin deudas significativas, sin relaciones conocidas en los últimos dos años.
Las últimas palabras aterrizaron con un peso específico. Cilia tomó vino.
–Tres años –repitió–. Eso es mucho tiempo sin relaciones conocidas.
–Para alguien de veintinueve, sí.
–Tal vez soy privada.
–O tal vez el trabajo es lo más fácil que hay en tu vida.
Era demasiado preciso para que resultara cómodo. Cilia lo miró sobre el borde de la copa.
–¿Y tú? –preguntó–. ¿Cuánto tiempo llevas sin relaciones conocidas?
–No es lo mismo.
–¿Por qué no?
–Porque en mi caso es una elección, no una circunstancia.
–Cuéntame la diferencia.
Wolf se movió en el sillón, un ajuste pequeño que era inusual en él porque normalmente su postura era perfectamente estática.
–Estuve casado –dijo–. Hace siete años. Duró dieciséis meses.
Cilia procesó eso. No había nada en los artículos públicos sobre un matrimonio, lo que significaba que había sido eficientemente borrado del registro.
–¿Qué pasó?
–Yo. –Pausa–. Pasé yo. Trabajaba demasiado, viajaba demasiado, estaba construyendo algo que era más importante para mí que lo que tenía en casa, y era lo suficientemente honesto para no pretender que no era así.
–¿Se lo dijiste a ella?
–Le dije la verdad cuando ya era tarde para que importara. Eso también es una falla.
El silencio que siguió era diferente a los anteriores. Más pesado, más real. Cilia lo miró y vio por primera vez algo que no era la arquitectura del hombre exitoso, sino el esqueleto debajo, con sus propias fracturas en los lugares donde algo había estado y ya no estaba.
–¿La querías? –preguntó.
–A mi manera –dijo Wolf–. Que probablemente no era suficiente.
–¿Qué es suficiente para ti?
La pregunta quedó en el aire. Wolf la miró durante un tiempo que Cilia contó internamente, cuatro segundos, cinco, y en esos segundos algo pasó que no era fácil de nombrar pero que se sentía como el cambio de temperatura justo antes de una tormenta.
–Todavía no lo sé –dijo finalmente–. Estoy aprendiendo.
Se acercó en el sillón, redujo la distancia que había entre ellos de una manera que no era apresurada sino inevitable, como agua encontrando su nivel.
Su mano encontró la mandíbula de Cilia con la misma precisión de la primera vez, sosteniendo sin sujetar, y la besó de una manera que era completamente diferente al viernes: más lenta, más honesta, sin la urgencia de la cosa pospuesta.
Esa noche, en su cama, con las luces de la ciudad filtrándose por los ventanales, Cilia descubrió que Kevin Wolf era diferente cuando no tenía prisa, que había una versión de él que existía solo en esos espacios entre una cosa y la siguiente, más quieta, más real.
Y descubrió también, mientras él dormía con una mano sobre su cadera y la respiración finalmente sin calcular, que eso era más peligroso que todo lo demás junto.
Porque era fácil resistir a alguien que era solo deseo. Lo difícil era resistir a alguien que empezaba a tener sentido.
Se quedó despierta más tiempo de lo que habría querido, mirando el techo de un departamento que no era el suyo, pensando en variables que ningún modelo podía predecir.
A tres kilómetros de ahí, en el Upper East Side, Samantha Dreivanova estaba en un bar con un hombre del equipo legal de Wolf Capital que creía que estaban en una cita.
Samantha reía de las cosas correctas en los momentos correctos y hacía preguntas que parecían casuales pero no lo eran, y para cuando el hombre pidió la segunda copa ya le había dicho tres cosas útiles sin darse cuenta de que eran útiles.
Una de esas cosas era sobre la nueva directora de análisis.
Samantha guardó esa información con cuidado. La procesaría después, cuando estuviera sola, cuando pudiera ser honesta sobre para qué servía y cómo usarla.
Fried Nest había dicho que necesitaba tiempo en la órbita correcta. Samantha estaba empezando a entender cuál era esa órbita.