Capítulo 3
TEMPERATURA
Cilia entregó su renuncia en Reston & Mael el octavo día, dos días antes del plazo, porque había tomado la decisión el primero y alargar el proceso no servía de nada más que para irritarla a ella misma.
Dixon la recibió con una mezcla de alivio y culpa que confirmó que siempre había sabido que la estaba subutilizando y había elegido hacerlo de todas formas.
La primera semana en Wolf Capital fue desorientadora de una manera específica: todo funcionaba demasiado bien.
El equipo era pequeño y preciso, los recursos eran ilimitados en términos prácticos y el acceso a información que en Reston & Mael habría requerido tres semanas de burocracia aquí llegaba en horas.
Cilia pasaba doce horas al día en su nueva oficina, una sala de vidrio en el piso treinta y ocho con vista al sur de Manhattan, construyendo modelos que nadie le pedía que suavizara.
Wolf aparecía dos o tres veces al día. A veces tenía preguntas específicas, a veces solo revisaba en qué estaba trabajando y se iba sin decir mucho.
Había algo en esa presencia intermitente que era más perturbadora que si hubiera estado ahí todo el tiempo, como una frecuencia que el cuerpo de Cilia aprendió a detectar antes de que él apareciera en el umbral.
El viernes de la segunda semana, a las ocho de la noche cuando la mayoría del equipo ya se había ido, Wolf entró a su oficina con dos vasos y una botella de whisky.
–¿Celebramos algo? –preguntó Cilia sin levantar los ojos de la pantalla.
–El análisis del fondo asiático. Lo presenté esta tarde. El consejo lo aprobó sin cambios.
Eso sí la hizo levantar los ojos.
–¿Sin ningún cambio?
–Ninguno. –Wolf puso un vaso frente a ella y se sentó en la silla al otro lado del escritorio–. La primera vez que eso ocurre en cuatro años.
Cilia miró el vaso y luego a él. Tomó el whisky, que era tan bueno como el vino de la primera cena, y sintió que algo en la tensión de la última semana cedía un poco, no del todo, solo lo suficiente para que respirar fuera más fácil.
–¿Por qué cuatro años? –preguntó.
–Porque hace cuatro años tuve un director de análisis que era más leal al consejo que a los números. Tomó malas decisiones para quedar bien con las personas equivocadas.
–¿Y qué pasó con él?
–Lo despedí.
El tono era tranquilo. Cilia lo miró sobre el borde del vaso.
–¿Eso es una advertencia?
–Es un antecedente –dijo Wolf–. La diferencia es que usted ya sabe qué clase de trabajo espero, así que la advertencia sería redundante.
Bebieron en silencio durante un momento que no era incómodo, lo que en sí mismo era un fenómeno raro considerando todo. La ciudad afuera seguía con su movimiento constante, luces encendiéndose en los edificios de enfrente mientras el cielo terminaba de oscurecer.
–¿Siempre trabaja hasta las ocho? –preguntó él.
–Hasta que termine lo que esté haciendo.
–¿Y si no termina?
–Entonces hasta que ya no pueda avanzar más.
Wolf asintió lentamente, como si eso confirmara algo que ya sabía. Cilia lo estudió con la misma atención con que estudiaría un balance, buscando inconsistencias, el lugar donde los números no cuadraban. No encontró ninguno, lo que era su propio tipo de problema.
–¿Usted siempre trabaja hasta tarde? –preguntó ella.
–Siempre. –Una pausa–. Hoy más que otros días.
–¿Por qué hoy?
Wolf levantó los ojos del vaso y la miró directamente, sin la capa profesional que normalmente había en esa mirada, sin el filtro de la reunión de negocios o la cena con agenda.
–Porque quería verla –dijo, con una sencillez que era más devastadora que cualquier elaboración.
El silencio que siguió tenía temperatura.
Cilia lo sintió en la piel, en la parte interna de las muñecas, en el lugar donde el cuello se encontraba con el hombro.
Debería haber dicho algo que pusiera distancia entre ese momento y lo que podía venir después.
Tenía las palabras, las tenía listas, había pensado en versiones de esa conversación durante dos semanas.
No las dijo.
En cambio tomó el último trago de whisky y puso el vaso sobre el escritorio con más calma de la que sentía. Wolf no se movió. Siguió mirándola con esa quietud que era su forma específica de presión, sin palabras, sin movimiento, solo la gravedad constante de su atención.
–Esto es una mala idea –dijo Cilia finalmente.
–Probablemente.
–Trabajo para usted.
–Técnicamente trabaja para Wolf Capital, no para mí.
–Esa distinción no va a aguantar mucho peso.
–No –admitió él–, no va a aguantarlo.
Cilia se levantó. No por huir, sino porque necesitaba gravedad, el suelo bajo los pies, algo concreto. Caminó hacia el ventanal y miró la ciudad, que no le ofreció ninguna orientación útil.
Escuchó a Wolf levantarse también. No lo escuchó acercarse porque se movía sin sonido, pero sintió el calor de él antes de que estuviera cerca, un metro quizás, suficiente para que el cuerpo de Cilia registrara la proximidad sin que ninguno de los dos se hubiera tocado.
–Cilia.
Era la primera vez que usaba su nombre sin el apellido. Solo eso, y sin embargo cambió algo en el aire de la habitación.
Ella no giró. Siguió mirando el cristal donde podía ver el reflejo de los dos, él detrás de ella a esa distancia de un metro que de repente parecía mucho menos.
–¿Qué quiere, Wolf? –preguntó, y su propia voz le sonó distinta, más baja, con menos control de lo que habría querido.
–Lo mismo que usted –dijo él, y eso fue lo último que se dijeron durante un tiempo.
Cuando se giró, él estaba ahí, demasiado cerca para que la distancia fuera accidental. La miró de esa manera específica, directa y sin pretensión, y Cilia pensó que ojalá fuera diferente, que ojalá hubiera algo en él que le diera una razón sólida para dar un paso atrás, pero no lo había.
Fue ella quien acortó el último tramo. Una decisión, pequeña en el espacio, enorme en todo lo demás.
Su boca encontró la de él con más hambre de lo que había esperado, con la urgencia acumulada de dos semanas de proximidad calculada y conversaciones con doble fondo.
Wolf respondió sin sorpresa, como si hubiera estado esperando exactamente eso, con una mano en su mandíbula que no la sujetaba sino que la sostenía, y la diferencia era real, concreta, algo que Cilia sintió en los pulmones.
El beso duró lo que duran las cosas que se han pospuesto demasiado: más de lo esperado, con más intensidad de la que ninguno de los dos habría admitido en voz alta.
Wolf olía a madera y algo más oscuro, y cuando su mano se movió de su mandíbula a su cuello Cilia dejó salir un sonido que se avergonzó de haber hecho.
Él se separó primero. No mucho, solo lo suficiente para mirarla.
–Seguimos aquí –dijo, con la voz ligeramente cambiada– o vamos a algún lugar que no sea tu oficina.
–Mi oficina –dijo ella, porque era su espacio y eso importaba, porque ceder el territorio completamente no era algo que fuera a hacer.
Wolf la miró durante un segundo y luego algo cambió en él, la contención se soltó de una manera que Cilia sintió antes de que se moviera.
La tomó de la cintura con las dos manos y la levantó sobre el escritorio con una eficiencia que no dejaba espacio para pensar, y el borde del escritorio frío contra el backs de sus muslos fue un contraste tan preciso con el calor de sus manos que Cilia tuvo que apretar los dedos sobre el filo de la
mesa para no perder el equilibrio.
Wolf se puso entre sus rodillas, separándolas con una presión que no era violenta pero tampoco pedía, y volvió a su boca con más profundidad esta vez, con la lengua explorando con una lentitud que era más agresiva que si hubiera tenido prisa.
Cilia tenía las manos en su pecho, sintiendo la tela de la camisa y debajo el calor de él, y en algún punto sus dedos empezaron a desabrochar los botones sin haberlo decidido conscientemente.
–Espera –dijo ella, separándose.
Wolf se detuvo de inmediato. Eso también.
–¿Qué pasa? –preguntó, con la voz más ronca pero la mirada tranquila.
–Nada pasa –dijo Cilia–. Solo quiero que sepas que esto no cambia nada de cómo trabajo.
–No esperaba que lo cambiara.
–Bien.
Lo miró fijamente durante un momento, buscando si era verdad, si lo era realmente o era lo que decía para llegar a donde quería llegar. No encontró mentira. Encontró a alguien que entendía la distinción porque él mismo la necesitaba.
La camisa de Wolf acabó en el piso con los últimos dos botones intactos porque Cilia la sacó hacia arriba en lugar de terminar de desabrocharla.
Él tenía el tipo de cuerpo que era el resultado de disciplina más que de vanidad, definido sin ser ostentoso, con una cicatriz delgada en el costado derecho que ella tocó sin pensarlo.
–¿Qué fue eso? –preguntó.
–Tiempo –dijo él.
No explicó más y ella no preguntó. Sus bocas volvieron a encontrarse y esta vez Wolf bajó por su cuello con la boca, lento, preciso, encontrando el punto exacto donde el pulso de Cilia latía más fuerte y quedándose ahí el tiempo suficiente para que ella cerrara los ojos.
Sus manos subieron por sus muslos, empujando la falda hacia arriba con una calma que contrastaba completamente con lo que Cilia sentía, que era urgencia, que era la necesidad específica de que ese hombre dejara de moverse tan despacio.
Deslizó los dedos por el interior de sus muslos y cuando finalmente llegó al encaje de su ropa interior se detuvo, con la palma plana sobre el tejido, sintiendo el calor que había debajo.
–Wolf –dijo ella, y fue su nombre como una instrucción.
–Kevin –corrigió él, sin moverse todavía.
Cilia lo miró.
–Kevin –repitió, y algo en él cedió.
Movió la tela a un lado y la tocó directamente, con dos dedos que encontraron el ritmo correcto sin necesidad de calibración, como si la conociera de antes o como si fuera tan bueno prestando atención que daba lo mismo.
Cilia dejó caer la cabeza hacia atrás y apoyó las palmas sobre el escritorio, con la ciudad de Manhattan brillando detrás del cristal y el único sonido en la habitación el de su respiración cambiando de ritmo.
Cuando entró en ella, despacio al principio y luego con una profundidad que hizo que Cilia apretara los muslos contra sus caderas, algo en el pecho de ella se apretó también, algo que no era solo físico.
Fue él quien puso la frente contra la de ella en algún punto, cerrando los ojos un momento, y ese gesto pequeño fue más íntimo que todo lo demás.
Se movieron juntos con la torpeza honesta de dos personas que se descubren por primera vez, encontrando el ángulo, el ritmo, la presión correcta, y cuando Cilia llegó fue con los dientes apretados y los dedos clavados en sus hombros y los ojos abiertos, mirando su cara,
porque no quería perderse eso.
La vio llegar también a él, segundos después, con la mandíbula tensa y un sonido bajo que salió de la garganta antes de que pudiera contenerlo.
El silencio que siguió fue diferente al de antes. Más honesto. Más pesado.
Wolf no se retiró de inmediato. Quedó con la frente contra su hombro y Cilia sintió su respiración normalizándose contra su piel, y no supo qué hacer con esa ternura no solicitada que se le instaló en el pecho.
–Esto –dijo finalmente–, fue un error.
–Probablemente –respondió él, igual que antes, sin moverse.
–Pero no me arrepiento.
Wolf levantó la cabeza y la miró. En sus ojos grises había algo que Cilia no sabía leer todavía, algo que no era solo satisfacción ni solo deseo.
–Yo tampoco –dijo.
La ciudad seguía brillando afuera. Nadie más en el edificio. Solo ellos dos en esa oficina que ya no era solo su oficina, porque los espacios cambian cuando pasan ciertas cosas dentro de ellos y no hay manera de revertirlo.
Cilia bajó del escritorio, se acomodó la ropa, recogió su chaqueta del respaldo de la silla. Wolf se puso la camisa sin abrochar todos los botones y la miró hacer todo eso con una expresión que era observación pura.
–¿Te llevo? –preguntó.
–No.
–¿Mañana es lunes?
–Mañana es sábado.
–¿El lunes, entonces?
Cilia lo miró desde la puerta de su propia oficina.
–El lunes trabajo –dijo–. Y tú eres mi jefe.
–Técnicamente…
–No termines esa frase –lo interrumpió.
Wolf cerró la boca, pero la comisura de sus labios se movió en lo que era, inequívocamente, una sonrisa real.
Cilia no se quedó a verla completa porque si lo hacía no iba a poder irse, y necesitaba irse, necesitaba el metro y el puente y el departamento de Brooklyn y el techo y el silencio para procesar lo que acababa de pasar.
En el ascensor, sola, apoyó la espalda contra la pared fría y cerró los ojos.
Esto era exactamente el tipo de problema para el que no había modelo financiero.