Coloraje (Museo Nacional de Antropología, 1983)
Al principio, se reinventó en caracol. Se dobló sobre sí misma y se quedó quieta en una esquina.
Pero ahora le está cansando la posición.
Empieza a sentirse atrapada. Sus piernas piden estirarse.
Le pica atrás de las rodillas. Quiere desenrollarse, salir a jugar.
No cerca del caracol de bronce gigante, sino al otro extremo del enorme patio, donde hay una gran fuente que todos llaman el Paraguas, y que llueve por todos lados en una cortina esférica de agua.
Esférico es una palabra elegante para decir redondo.
La aprendió en la clase de dibujo. Si quieres dibujar una cara o un ojo o una manzana, empiezas con una esfera.
Y si te acercas lo suficiente a la cortina redonda de agua del Paraguas, te cubre con unas gotas tan diminutas que casi ni lo notas, hasta que te sientes más fresca y entonces miras hacia abajo y ahí están: millones de puntos de agua sobre tu piel; estás cubierta de rocío, eres una flor de la mañana.
Pero Victoria no puede desenrollarse, no puede salir.
Porque está escondiéndose y en el patio no hay donde esconderse.
Aquí, en cambio, en las salas de etnografía, encontró un rincón perfecto dentro de una casa de paja de mentiras, detrás de una madre hecha de fibra de vidrio sentada ampliamente junto al comal, haciendo tortillas para toda la eternidad.
Parece sólida pero es ligera, la madre, igual que su hijo, que gatea inmóvil un metro más allá.
Victoria no sabe qué tipo de vidrio es la fibra de vidrio, ni qué tan fácil se rompe, pero por si las dudas tiene mucho cuidado de no tocarla.
Ojalá las tortillas sí fueran reales. De pronto desea que la mujer también fuera real, para poder platicar. Decide hablarle de todos modos.
Me estoy escondiendo de los guardias, dice: Y también estoy faltando a la clase de dibujo.
Soy muy buena para esconderme, pero no tan buena para faltar a la clase, porque la clase de dibujo es mi día favorito de la semana.
Suspira y mira fijo la parte trasera del vestido de la madre, que —a diferencia del frente, con su falso bordado bien hechecito— claramente fue pintada a la carrera y es un desastre de parches amarillentos descuidados.
¿Sabías que Mana, mi hermana, es muy mala para dibujar?
, continúa Victoria: Dibujar es un poco como tratar de encontrar algo, ¿sabes?
Es como si estuvieras buscando algo con la punta del lápiz.
Como buscar un tesoro. Pero Mana no lo entiende.
Sólo quiere que le salga todo bien a la primera, así que empieza a borrar y a dejar todo gris y luego ella se pone toda gris y luego yo también me siento gris.
Por ósmosis. Ósmosis es una palabra elegante para cuando algo se vuelve igual a otra cosa sólo por estar pegadas…
Se le ocurre de pronto que si se queda aquí mucho tiempo más, podría por ósmosis convertirse en una niña de fibra de vidrio, inmóvil, demasiado frágil para ser tocada. Retrocede unos centímetros.
Esta mañana, después de salir de la oficina de su mamá, en lugar de bajar dos pisos a donde sucede la clase de dibujo, Mariana convenció a Victoria de entrar a las salas de exposición.
Lo llamó un plan perfecto: su mamá pensará que están en clase y la maestra asumirá que simplemente no vinieron hoy.
A nadie le parecerá raro verlas por el museo, que los fines de semana está lleno de niños sueltos.
Había un solo problema con el plan perfecto, Mariana notó de repente: el portafolios.
El portafolios negro, blando y demasiado grande, que las hermanas comparten y se pasan la vida intentando encajarle a la otra para que lo cargue.
Ni bien entraron a la sala 2, Poblamiento de América, Mana empezó a buscar dónde esconderlo.
Victoria se había quedado mirando el enorme mural de la megafauna pintado por Iker Larrauri, que a veces visita la clase de dibujo, tan absorta que no notó cuando Mana deslizó el portafolios detrás de una serie de pedestales con cráneos prehistóricos.
Problema resuelto. Luego Mana se le acercó a la oreja y le dijo: Ahora, ¡escóndete!
¿Quieres jugar a las escondidillas en la sala del mamut?, preguntó Vica.
No sólo aquí, dijo Mariana: ¡En todo el museo! Nomás no actúes sospechosa, y no dejes que te vean los guardias. Luego se dio la vuelta y empezó a contar en voz alta: Mil uno… Mil dos…
Todo el museo es demasiado grande, protestó Victoria: Nunca me vas a encontrar.
Mil tres… ¿Eres una collona?
Desde su escondite perfecto en las salas de etnografía, Victoria anhela las galletas y los plátanos que siguen dentro del portafolios negro, al otro extremo del enorme museo.
Le gusta comerlos juntos, mezclando lo suave y lo crujiente en la boca.
Mete las manos a los bolsillos. Un crujido parece prometedor por un momento, pero es sólo el envoltorio vacío de un dulce.
También encuentra una goma de borrar, un botón y un pequeño hueso en forma de Y que sacó del pavo de Navidad.
Lo lavó con cuidado, usando un cepillo de dientes, como hacen los arqueólogos cuando encuentran dinosaurios o, más probable, jarras y jarrones de barro: los ha visto en las fotos explicativas del museo.
Una vez seco, su hueso se volvió más pálido, casi blanco, y ahora parece antiguo y frágil.
Sabe que no es realmente mágico como su hermana dice.
Simplemente le gusta traerlo en el bolsillo, saber que está ahí para emergencias. Por si acaso.
¡Agh!, se queja Victoria en voz demasiado alta. Luego susurra: Se me durmió el pie.
Ya no aguanta más. Sale de detrás de la madre de fibra de vidrio y sacude el pie hasta que se le pasa el hormigueo. No hay nadie más aquí. Nadie de carne y hueso. Se despide de la madre con la mano, un gesto para el hijo, y se aleja de ellos, cojeando ligeramente.
Pasa junto a la música tropical que sale de una choza con techo de palma de plástico, donde un pescador de fibra de vidrio está destripando un pez de fibra de vidrio, y se dirige hacia el silencio del pasillo.
Todo el pasillo en forma de U del segundo piso tiene unos ventanales hermosos, que le permiten una vista sin interrupciones del enorme patio de abajo: el caracol de bronce, el Paraguas al otro extremo, pero ninguna señal de Mana.
Sigue así por un rato, entrando y saliendo de las salas del segundo piso, hasta que, de pronto, un cuadro le llama la atención.
Se acerca como hipnotizada. Cuando se para enfrente y lo mira bien, Victoria siente cosquillas por todo el cuerpo.
Piensa: Esto es lo más bonito que he visto en toda mi vida.
Se pregunta cómo es posible que nunca antes lo haya visto.
Luego se pregunta si quizá acaba de aparecer, sólo para ella.
Los colores son lo más loco. Este cuadro tiene todos los colores normales, serios, pero también los colores neón de los marcatextos.
Colores fluorescentes, Mariana le dijo que así se llaman.
Y después nota la multitud de personajes que el cuadro contiene.
A donde sea que mire hay otro detalle, todo está pasando al mismo tiempo.
Es menos como una pintura y más como una película.
Menos como un cuadro y más como la puerta a otro mundo.
A un mundo de colores locos y paisajes raros.
A un paisaje de colores, o a un color de paisajes, ¡a un coloraje!
Igual que para los murales de Iker que están abajo, no hay placa al lado de este cuadro.
Pero la maestra de dibujo les enseñó un truco para saber, mirando la esquina de un cuadro, quién lo pintó.
Así que se acerca a esa esquina y se inclina, más cerca de lo que sabe que debería.
El nombre está escrito con trazos claros: LEONORA CARRINGTON .
El corazón de Victoria da un brinco. Vuelve a revisar.
Leonora. Una mujer. ¿Una mujer pintó esto?
Ella ni siquiera sabía, hasta este momento, que las mujeres podían ser pintoras.
¿Pueden? Si pueden, tal vez ella también pueda ser pintora.
Cuando sea grande, claro. Tal vez a los doce.
O, ya en serio, a los trece. Cuando sea adolescente, que es como se llaman las otras personas que toman la clase de dibujo.
Para Victoria son como adultos, sólo que un poco más chaparros y un poco más tímidos que los adultos y, a veces, un poco más groseros.
Pero ella no será grosera cuando crezca de ese tamaño.
¡Ella será pintora! Ella será una adolescente fluorescente.
A Victoria le gusta decir que tiene ocho años, aunque en realidad todavía le faltan unos meses para cumplirlos.
Le entró la prisa de ser más grande sólo porque últimamente ha sentido que tiene un destino, que está destinada a dibujar, destinada a vivir en este museo de alguna manera.
Todavía va a la escuela, todavía toma el camión para ir y venir, pero toda la mañana lo único que hace es esperar a llegar aquí.
Intenta recordar cómo era su vida antes de que su mamá las metiera a la clase de dibujo y no puede.
Aquí esperará a Mana, decide. Mana tiene que ver esto.
A Mana no le gusta dibujar, pero le encantan los colores: sus nombres y de qué están hechos y cómo cuando se combinan cambian, esas cosas son las que le encantan.
Como antes con la mujer de las tortillas, Victoria empieza a hablar.
Leonora, dice: ¿Sabías que hay un museo en París que se llama Leluf?
Es un museo muy grande y muy viejo, así que un día quisieron renovarlo.
Renovar es una palabra elegante para decir hacer algo nuevo otra vez.
Además querían conectarlo con el metro para que fuera más fácil que los visitantes entraran al museo.
Porque a lo mejor llueve mucho en París.