De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #11
Esta última le provoca algo, la frena en seco.
Se pone de pie. Recoge el wishbone y la prueba de embarazo, las coloca sobre la mesa, en un altar que improvisa con la cajita blanca de cartón, encima de un plato volteado.
Se recarga en los antebrazos, el pecho plano sobre la mesa, sus manos un puño encima de otro y encima de estos, su barbilla.
Se queda mirando al altar, en particular a la prueba, como si hubiera en ella algo más que el sí, como si pudiera leerse no sólo como ciencia sino también como metáfora.
Como si contuviera no sólo la respuesta sino también los significados.
Dos líneas. Dos líneas rosas, paralelas.
Ella es el rosa, en su propio código. ¿Pero es dos líneas?
¿Es dos? Podría ser dos. Si fuera dos no tendría que decidirse por una.
Podría ser ambas. Al menos según la teoría de los muchos mundos, según la cual en realidad ya es una de muchas, simplemente no sabe nada de las otras: dos líneas paralelas nunca podrán tocarse.
¿Qué dijo Andreas? El mundo se divide y del quiebre surgen dos mundos que no pueden comunicarse entre sí: esta es la única manera en que ambos estados pueden ser ciertos al mismo tiempo.
Mira las dos líneas y lo que ve son dos vidas.
Dos caminos: tener al bebé o abortar. Una bifurcación.
¿Qué dijo Philip? Cuando llegas a una bifurcación, tómala.
Tómala. Es la única manera en que ambos caminos pueden ser recorridos, ambas vidas ser vividas: como líneas paralelas que nunca van a reencontrarse.
Se asoma en ambas lo más lejos que logra imaginar, le vienen sombras, intuiciones, imágenes.
Ser Vica y cargar al bebé ya fuera de su cuerpo, cerquita del pecho, construir un nido, buscar el calor, hacer una pequeña familia.
O ser Tor y buscar el renombre, o por lo menos entregarse a la creación, hacer arte y dejar que Philip venda lo que ella pueda hacer.
Dos vidas muy distintas. Teme y desea ambas en igual medida.
Ambas son tan claramente suyas que le parece ridículo tener que decantarse.
Elegir sería un absurdo, como cortarse una parte, casi peor que partirse a la mitad.
Mira fijo el fuego danzante de la vela, hasta que se funde con la ventana que tiene atrás.
Las cuerdas están atadas, la luz de la calle entra sólo a través de los mil hoyitos de la persiana metálica cerrada.
Puntos de luz: todo teñido como de estrellas.
Le viene a la memoria un día lejano. Un día de antes de Andreas, de antes de perder a Mana, de cuando eran niñas.
Un día feliz en el museo, jugando con su hermana, las dos teñidas de puntitos de agua: fue el día en que Victoria hizo magia con un wishbone.
La regresa a su presente un recuerdo mucho más reciente, Harriet diciendo: Asombroso pero no imposible.
No imposible…
Al coro desordenado de su cabeza le gusta eso.
Se agarran a eso, todas las voces, por unanimidad. Por lo menos hasta que habla Mana. Tan claro y fuerte como si estuviera ahí mismo. Dice: Pinche supersticiosa.
El día que desapareció, Mana le pidió a Vica sus llaves, sólo iba rápido al mercado. Vica le entregó su llavero: una cola de conejo con un aro metálico. Mana se burló de este amuleto común. Ya en la puerta, lo levantó entre dos dedos y sentenció: Pinche supersticiosa.
Yo también te quiero, contestó Vica.
Y aunque lo dijo en el exacto mismo tono en que le hubiera pintado dedo, las palabras salieron de su boca, y por el resto de su vida estará agradecida por este accidente: que aunque fuera lo último que pudo decirle, se lo dijo.
Ahora le gustaría decirle: Estoy embarazada, Mana.
Pero la mera idea le provoca una arcada, una ola de vergüenza o de duelo o de una mezcla de ambos, un golpe al vientre, que se le contrae cerrándose alrededor de ese puño invisible.
La llama frente a los ojos se pone borrosa.
Por suerte, después de un rato, de entre el llanto, la confusión y la catarsis, la voz de su madre se alza sobre todas las otras, diciendo, simplemente: Ya, ya.
Una frase tan simple, pero que siempre funcionaba. Cuando era niña y se sentía miserable, su mamá se la repetía al oído hasta que dejaba de llorar, como ahora. Inhala, exhala, le da hipo. Tiene que decidir. No es ciencia ficción, dijo Andreas: es ciencia. Tiene que ponerse científica.
Tiene que ponerse científica y tiene que hacer magia.
Tiene que ser una pinche supersticiosa, pintarse de colores, pensar fuera de las reglas de la lógica.
No necesita el wishbone del pollo, ella es un wishbone.
Ya la bautizaron, la sentenciaron. Ha sido una por años y eventualmente va a ramificarse como la letra Y.
Su destino es bifurcarse. Hay muchos mundos, inconexos, a cada rato partiéndose, reproduciéndose, ella es sólo una de muchas.
No sabe qué es de las otras, no sabrá nunca.
Pero no necesita elegir cuál ser porque todas existen a su manera, en su burbuja.
Y entonces no necesita elegir nada. Llegó a una bifurcación y va a tomarla, eso es todo.
Va a abortar y va a parir. Será Vica y, en otro lugar lejano, o simplemente paralelo, pero en todo caso inalcanzable, será Tor.
La orden es la separación de los caminos.
Lo repite una y otra vez, como una orden pero también como un rezo: no para entender sino para acatar, y para creer.
Para conceder un deseo un wishbone tiene que romperse.
Algo tiene que ceder. Doblarse hasta partirse en dos.
La orden es la separación de los caminos.
Para conceder un deseo, el wishbone tiene que quebrarse: lo acepta.
Es hora. Hora de quebrarse. Inhala, no dolerá.
Exhala, eso es todo, ya está. Ya, ya: allá.
Y allá.