Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #10
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #10

¿Lo es? Ella ya no sabe. Tal vez él tiene razón.

Quiere hacer arte, de eso está segura, pero ¿es eso lo mismo que desear el renombre?

Quiere a Andreas, de eso también está segura.

¿O no? No: era Mana quien quería a Andreas.

Ella sólo se dejó absorber por un sueño prestado, eso es todo.

Es hora de dejarlo ir. Philip, en cambio, está aquí mismo, ofreciéndole ánimo, dinero, champaña.

Pero no es a él a quien ella quiere. Pero él está aquí.

Tor levanta la mano y acepta el frasco de mermelada.

¡Por el alebrije!, dice él: ¡Por el futuro!

Chocan los frascos y ella da un gran sorbo.

Es delicioso y está lleno de promesa, este futuro burbujeante.

Podría llenarla como un globo, elevarla, depositarla en un punto alto y lejano, donde empezar de nuevo…

Sólo que dos segundos después, siente que regresa.

Regresa inevitablemente: como el duelo, como las olas del mar.

Wishbone se dobla sobre el fregadero, y vomita.

El frío se siente como una distancia. Como si no lograra acercarse bien a nada, ni siquiera a su ropa.

Desde que él se fue, ella no entra en calor: hay una capa permanente de escalofrío, instalada entre su piel y todo lo demás.

No ayuda que el baño está afuera, al otro extremo de un pasillo sin calefacción.

Ni de chiste se va a quedar ahí los cinco minutos.

Hace un rato salió del estudio, fue a comprar arroz y verdura del chino, un pollo rostizado de la carnicería, una prueba de embarazo de la farmacia.

En este momento, el frío del pasillo la asusta más que el resultado de la prueba.

Porque en realidad ya conoce el resultado.

No, no, no estás pensando bien, se dice: Tienes que confiar en la ciencia, en la caja blanca, en las instrucciones.

Saca las instrucciones y las lee de cabo a rabo.

Una sola cosa la sorprende, un método que no se le hubiera ocurrido: orinar en un vaso.

Abajo del fregadero de la cocina diminuta hay una colección de platos que ya estaban ahí antes de que Andreas se mudara y que él abandonó sin pensarlo.

La orina es estéril. Este pensamiento se le ofrece entero, contundente, desde quién sabe qué resquicio de su cerebro.

Tiene que ser cierto porque yacía archivado en un fondo antiguo, escolar, al lado de Pi es igual a tres punto catorce dieciséis.

Cualquier vaso, entonces. Elige una taza floreada, con un borde dorado de la buena suerte.

Se para y sale al pasillo, empieza a titiritar casi de inmediato.

¿Buena suerte? En este momento ni sabe qué significaría eso para ella.

Al volver se da cuenta de que tiene la taza entre las manos como si fuera un té recién hecho.

Esto la hace sonreír y esa pequeña distensión le da fuerza y foco.

Deja la taza en el fregadero y abre el paquete plateado con los dientes.

Clava la prueba en la taza y se dispone a esperar los cinco minutos.

Empieza a contar como cuando era niña: mil uno, mil dos, mil tres.

En teoría insertar la palabra mil prolonga la enunciación hasta un segundo de verdad, pero quién sabe si funciona.

Y si está embarazada qué, carajo, ¿así le va a enseñar a contar a un niño?

¿Y cómo darle la noticia a Andreas? ¿Le tiene que decir incluso si decide abortar?

No se quiere imaginar el frío después de esa llamada.

Perdió la cuenta. Da vueltas por el espacio que hay cuando el clic clac está cerrado: tres pasos para allá, tres de regreso.

Cuenta a lo loco: Mil cuarenta. Mil treinta y dos.

Mil ciento veintiséis. Después de un rato simplemente saca la prueba de la taza y encuentras dos líneas claras, rosas, mirándola a los ojos sin ninguna ambigüedad.

La confirmación se siente como un alivio.

Al menos hasta que se siente como pánico.

Lava muy bien la taza, pero no tira la prueba.

Abre las ventanas, doblas las cobijas, recoge el cuarto, decide hacerse una buena cena.

Desmenuza el pollo rostizado, primero con un tenedor y luego, como la carne se desliza tan fácil del hueso, con las manos.

Pone todo en un plato, va tirando a la basura los huesos.

Todos menos uno. Limpia y lava el wishbone con un cuidado casi arqueológico.

Lo seca contra su playera y lo coloca al lado de la prueba con sus dos rayitas.

Se limpia las uñas y hierve ejotes, pica jitomates, prepara una vinagreta, pone una mesa bonita junto a la ventana, como si esperara a alguien.

Ya es como si fuera dos. Pero ¿quién es el otro?

No el feto, que todavía no es persona, aunque quizá ya esté creciendo hasta diez mil veces su tamaño, leyó esa mañana en un café internet, expandiéndose.

Ese pensamiento, el de crecer, el de otro ser, es lo que rebota en su cabeza como un péndulo.

Una actuación neurótica, un debate en el que ella es al mismo tiempo la oradora, la espectadora y el saco de boxeo: No puedo tener un hijo, soy un desastre y estoy en duelo.

Eso no es justo, yo puedo dar la talla, siempre lo he hecho: mantenerme fuerte, mantenerme flexible.

Aunque debería hacer mi propia vida, no andar tomando el hombre, los amigos, el destino de Mana.

Tengo el derecho a decidir, esto es mío, ¡mi cuerpo es mío!

Su cuerpo es suyo. Pero su mente se siente secuestrada.

Más tarde da vueltas en la cama, incapaz de quedarse dormida.

Ha dormido tanto en las semanas pasadas que quizá ya nunca vuelva a dormir.

El sueño fue causado por un repentino e inmenso aumento de hormonas, leyó esta mañana.

Requiere mucha energía de la madre que esas primera células se multipliquen y crezcan hasta llegar a medir milímetros.

La palabra «madre» en su cabeza la hace incorporarse como con resortes.

Resortes disparados en partes iguales por el miedo y por la emoción.

Esperanza y terror. La oscuridad se siente aplastante.

Pero no soporta la idea de encender el foco del techo.

Mejor prende una vela. El estudio es tan pequeño que la llama lo ilumina bastante.

Se acuesta otra vez, pero al revés. Sube los pies en la pared y caen sobre la línea imaginaria que separa los regalos de despedida.

Los lee en voz alta para callar su cabeza.

El de él, primero: De donde las cosas tienen su origen, hacia lo mismo se produce también su destrucción, por necesidad; pues se pagan unas a otras el castigo y la reparación de su injusticia, según el orden del tiempo .

Ella no tiene la más pálida idea de qué significa eso.

Él no tuvo tiempo de explicárselo antes de irse. Son las palabras de Anaximandro, fue lo único que aclaró antes de salirse por la ventana con su mochila a cuestas, irse calle arriba con el brazo alzado, sacudiéndolo en despedida hasta que dobló la esquina.

Ahora, para sacarse de la cabeza la imagen de Andreas alejándose, lee la frase que escribió ella. Se obliga a leerla, a pesar de que se la sabe de memoria: Una rosa es un secreto, una bella rosa es el secreto de una gran dama. Una cruz es la separación o la unión de los caminos .

No es una plegaria pero es la única plegaria que conoce. Es el rezo hechizo de su madre, sacado de una novela escrita por su pintora favorita: Leonora Carrington. Se lo explicó rápidamente a Andreas, justo antes de que se fuera… no, ya está pensando otra vez en su partida. Para ya. Ya, ya.

Se obliga a leer las frases de nuevo para no ahogarse en la tristeza.

Las lee una y otra vez, metiéndose con la puntuación, lo cual cambia el significado.

Luego experimenta con leerlas ambas a la vez.

Carrington trenzándose con Anaximandro en una canción sin sentido pero con infinitas posibilidades.

«Las cosas son una rosa. Una rosa produce también su destrucción.

Un secreto por necesidad se paga. Una gran dama y la reparación de su injusticia.

El orden del tiempo es el castigo. La necesidad es la unión.

La orden es la separación de los caminos».