Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #9
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #9

Una niña aparece en la ventana, su adulto justo fuera del encuadre, hablando con alguien más.

La niña los mira fijamente. De pronto, le brota una gran sonrisa.

Vica levanta la vista y descubre que Andreas le está haciendo caras graciosas a la niña.

Tiene que cerrar los ojos con fuerza para surfear la ola de sentimientos que la recorre, una violenta oleada de ternura.

Cuando los abre de nuevo, la niña ya se fue, y en su alma ha echado raíz una devoción que nunca podrá extirpar.

Recordará este momento. No con frecuencia.

Pero cuando, décadas después, se pregunte qué demonios sigue haciendo él en su vida, esto será la respuesta más verdadera.

Este instante mínimo. El entrelazado cuántico.

Los dos frente a la ventana: la gente afuera avanzando, ellos permaneciendo.

Silenciosos. Juntos. Atados el uno al otro, cada uno una boya para el otro, su complicidad en partes iguales destino y coincidencia.

Un universo en sí mismo, ellos como sus únicos habitantes.

Casi. Ellos dos y una ausencia primordial.

Mana es el hueco de ambos, una herida para siempre abierta.

Y sea lo que sea que ellos tejan juntos, inevitablemente brotará del agujero negro de su ausencia.

Wishbone no logrará superar esta fuerte sensación de pertenencia ni siquiera después de haber volteado todo de cabeza, vivido varias vidas, dejado a Andreas y vuelto a encontrarlo y perderlo y encontrarlo otra vez.

Nunca se librará del todo de esta chispa secreta, esta fusión íntima de sentimiento y razón: su humilde modelo del Big Bang del amor, el descubrimiento de que, para bien o para mal, este hombre es ahora su familia.

Es hora de darnos los regalos de despedida, dice él, poniéndose de pie de golpe. La cara de ella aterriza en el calorcito que dejó su cuerpo sobre el clic clac.

Ay, dice ella: Yo no tengo ningún regalo.

Sí tienes, dice él, revisando el bote de yogur que ella usa para sus plumas. Saca dos marcadores permanentes y dice: Te voy a dejar mi cita favorita y tú puedes escribir la tuya.

Yo no tengo una cita favorita.

Algo te vendrá a la mente, dice él: Déjalo llegar.

Ella no se mueve, él insiste: Anda, esto es mi regalo de despedida para ti. Además, la pared se ve demasiado vacía sin el coloraje, te va a deprimir.

Es cierto. Anoche él pidió llevarse el coloraje y ella aceptó.

Ahora está enrollado dentro de un tubo de cartón que asoma de su mochila, y sin él el estudio ha perdido su encanto.

Así que acepta. Se levanta. Él sonríe y traza una línea vertical imaginaria en la pared.

Dice: Yo de este lado, tú del otro. Luego, le da un marcador y tres instrucciones: Usa letras grandes; hazlo bonito como es tu especialidad; prohibido espiar lo que escribe el otro.

Depresión posparto.

Tal es el diagnóstico de Philip, ofrecido a través de la ventana del estudio, más de un mes después de la partida de Andreas.

Está de pie en la calle, con los brazos abiertos como un Cristo en la cruz, sosteniendo las persianas metálicas.

Ella ha estado ignorando sus llamadas, pero ahora que está aquí no le queda más remedio que hablar con él.

Pero primero tiene que lidiar con las cuerdas, para que él pueda bajar los brazos.

La operación es aún más complicada que antes porque, ahora, entre la ventana y el clic clac plegado en sofá, hay una escultura gigante.

Para los demás, esta escultura es lo que la ha mantenido alejada del mundo; para ella, es lo que la ha mantenido en vida.

Trabajó durante semanas en trance, volviéndose un espectáculo para los vecinos.

Algunas tardes, una amable señora desdentada le llevaba qumbe, un dulce blando de coco, y se quedaba parada donde ahora está Philip, nomás masticando quién sabe cómo, viéndola trabajar y sonriéndole como para darle ánimos cuando sus miradas se cruzaban.

Pero ahora la escultura está terminada. Supo que estaba terminada el día en que algo más sabio que ella pero que vive dentro de ella, le advirtió que si seguía trabajando iba a arruinar la criatura en vez de mejorarla.

La criatura está hecha de alambre, luego musculada con muchas capas de periódico y pegamento casero, y finalmente cubierta con cientos de fragmentos de wax. Sus ojos son dos canicas negras que te miran quieras o no. Es tan grande que tiene la cabeza metida en la regadera.

¿Cómo te duchas?, pregunta Philip.

En la alberca pública, admite ella: Sólo como una vez a la semana…

¿Ves? Depresión posparto.

Ya puedes soltar, dice ella. Él suelta las persianas y ella sigue: Pues me parece una buena noticia, porque yo pensé que estaba enferma.

No, no, es muy normal, dice él: Le pasa a todos los artistas que conozco justo después de terminar una pieza. Y la mayoría nunca hará una tan impresionante como ésta.

¿Quieres un café?, pregunta ella, pero la mera idea le da asco.

La forma en que ha estado alternando entre ayunar sin querer y luego darse banquetes de vino barato y comida para llevar, le ha dejado el estómago inestable esta última semana.

Debería empezar a cuidarse otra vez, ahora que la criatura está terminada. ¿O agua?, añade.

Dame agua, dice él: Es importante hidratarse.

Si entras por la ventana, dice ella llenando dos vasos en el fregadero: Puedes sentarte en esa esquina.

Philip lo considera y decide quedarse afuera. Dice: Desde aquí veo mejor al pájaro.

Es una lagartija, creo, ¿a ti te parece un pájaro?

A mí me parece un milagro.

Se llama alebrije, dice ella: Es una artesanía tradicional mexicana, sólo que normalmente son de madera pintada, y mucho más chiquitos.

Un pájaro-lagartija gigante, hecho por un Wishbone humano. Un alebrije mexicano hecho con tela africana. Tenemos un mix de especies que también es una fusión cultural, resume él: Increíble.

Ella le pasa uno de los vasos por encima del alebrije. Él se inclina dentro del estudio para recibirlo, y sólo entonces nota que la cola se extiende hasta la puerta del estudio.

¿Cómo sales al pasillo? ¿O vas a la piscina pública cada vez que necesitas hacer pipí?

Ella se ríe. Confiesa: Tengo que sacar la cola a la calle cada vez que voy al baño.

El arte es sacrificio, ¿verdad? Por eso te sientes tan deprimida.

¿Y cansada?

Deprimida y cansada. Dejaste una parte de ti en el alebrije.

¿Te lo llevarías?, pregunta ella.

El tiempo se lo llevará. O algún otro proyecto. Es como el amor, ¿sabes? Un nuevo amor cura un viejo amor, y con el arte es igual: es todo parte del proceso creativo.

Me refería a la escultura, dice ella: Necesito espacio. Y si sigo metiéndole mano la voy a arruinar.

El arte nunca se termina, sólo se abandona.

Exacto.

Yo te puedo ayudar, dice él. Le devuelve el vaso y empieza a jalar el alebrije hacia la ventana.

¡No tiene que ser en este instante!, dice ella, pero él ya está sacándolo y si no lo ayuda lo va a dañar.

Logran sacarlo y, quién sabe cómo, Philip se lo echa al hombro.

Ella espera que lo apoye sobre un coche o algo así, pero él simplemente empieza a caminar, llevándoselo calle abajo.

Ella lo mira hasta que gira la esquina. Cuando queda claro que él no volverá, Wishbone afloja de nuevo las cuerdas y cierra las persianas.

Por primera vez en semanas, hace clic y luego clac para abrir el sofá cama, y pasa el resto del día dormida sobre él, extendida como una estrella de mar.

Cuando Mandi vuelve a tocar la puerta dos días después, es como si hubiera hecho un pésimo truco de magia: donde antes tenía el alebrije, ahora tiene una botella de champaña.

O quizá es una dimensión completamente nueva, porque cuando ella va a saludarlo con un beso en la mejilla, él le planta uno en la boca.

Su entusiasmo no deja espacio para que ella se sorprenda: él entra, encuentra dos frascos pequeños de mermelada en lugar de copas y empieza a destapar la botella.

Está igual de radiante que siempre. Igual de entrometido.

Pero ella no puede evitar sonreír cuando resuena el pop alegre y el corcho cruza el estudio volando.

Vendí el alebrije, dice Philip.

¿Qué?, dice ella, sin aceptar el frasco que él le tiende: ¡Dije que te lo llevaras, no que lo vendieras. ¡Recupéralo!

Ja. Estás bromeando, ¿verdad? No puedo recuperarlo. Fue un pago en efectivo y la pieza ya va en camino hacia su nuevo hogar en un elegante departamento londinense. ¡Eres una artista internacional!

¿Se lo vendiste a The Harriet?

Sí, pero es una verdadera conocedora. Oye…

Las lágrimas le corren por la cara. Está roja, está blue, está furiosa. Su madre, su hermana, su amante, y ahora la única escultura que ha hecho en su vida. El universo no deja de quitarle cosas.

Él deja los frascos, le toma la mano y coloca ahí un fajo de billetes. Me quedé una comisión, dice en voz baja: Muy pequeña, solo el quince por ciento. Para que sigas queriéndome y podamos hacerlo otra vez.

¿Cuánto es esto?, pregunta ella entre lágrimas.

Catorce mil francos.

Las emociones se detienen lo suficiente para hacer algo de cálculo mental. Es más de un año de renta del estudio. Vuelve a llorar.

Wishbone, dice él, y le limpia las mejillas con los pulgares: Perdón, pensé que te haría feliz.

Me hace feliz, dice ella, toda mocosa.

Hazme otro alebrije, lo llevaré a una galería. O hazme un pulpo, como el de la pintura, pero en 3D. Haz lo que quieras, Tor. Invéntate lo que sea. Yo lo vendo por ti.

Yo no inventé el alebrije, dice ella: Yo sólo puse las manos y él solito vino a mí.

¡Oh, eso es oro puro, lo voy a anotar para futuros inversionistas!

, dice Mandi y le tiende el frasco otra vez y luego dice, como si le hablara a una niña: No tiene que ser ahora.

Puedo esperar. Podemos hacer esto. Tú puedes hacerlo, forjarte un nombre.

Podemos convertirte en una artista de renombre. ¿No es eso lo que siempre has querido?