Wishbone Coloraje (Museo Nacional de Antropología, 1983) #2
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Coloraje (Museo Nacional de Antropología, 1983) #2

Le cuenta a Leonora cómo se organizó un concurso internacional para decidir quién estaría a cargo de la renovación.

Museógrafos y arquitectos de todo el mundo participaron, pero sólo cinco equipos llegaron a la final.

Uno era un equipo mexicano, llamado Museográfica.

El equipo eran en realidad Iker, el mismo que hizo los mamuts y el caracol gigante de aquí abajo, y su amigo Jorge.

Como quedaron finalistas, Iker empacó a su familia y se mudaron a París.

Así lo contó la mamá de Victoria y ella recuerda pensar que qué bonito debe de ser tener un papá que te empaca y te lleva a París.

Pero debe de ser muy lento todo en París, porque todos los finalistas se quedaron un año, trabajando mucho en el concurso, que al final no fue un concurso justo.

Museográfica ganó el segundo lugar pero ni los que ganaron el primer lugar ganaron de verdad porque, un día, llegó el presidente de Francia y puso a un señor llamado Pei a que hiciera lo que quisiera con el museo.

Y el señor llamado Pei dijo que él lo que quería era poner una pirámide de vidrio en la explanada del museo.

Victoria se imagina la explanada idéntica al patio del que ahora está entrando y saliendo porque al final no logró quedarse quieta en el segundo piso.

En su cabeza, Victoria sigue contándole la historia a Leonora mientras recorre salas y más salas, buscando a su hermana. Leonora, a pesar de estar tan inmóvil como los personajes de su coloraje, está de lo más entretenida con la historia y le pide a Victoria que por favor siga.

Pero el señor Pei, sigue Victoria, no había pasado un año trabajando en su plan como los demás, así que, para conectar el metro con el museo, usó el plan de Iker.

Es un plan hermoso, que se trata de dejar pasar la luz natural hasta el subsuelo, donde van a poner tiendas, cafés y un pasillo larguísimo para los miles de visitantes que entran y salen todo el día.

Pero ninguno de ellos sabrá jamás que fueron estos mexicanos quienes planearon ese espacio.

¡Terrible!, dijo muy dramática la mamá de Victoria en la cocina, cuando terminó de contarles la historia.

La mamá de Victoria es muy dramática y muy chistosa.

Y también es muy amiga de Mayán, la esposa de Iker, y hace un año todo era qué terrible que se fueron tan lejos pero que increíble que quedaran finalistas.

Este año, en cambio, es qué increíble que ya volvieron pero qué terrible que nadie nunca sabrá lo que aportó el equipo mexicano.

Pero a Victoria, en realidad, mientras más se imagina el asunto, menos terrible le parece.

A ella le suena como un secreto precioso, como un tesorito escondido a plena vista, oculto en un pasillo de techos transparentes, lleno de luz y encima, hasta arriba, como un sombrero: ¡una pirámide de vidrio!

Debe de ser que, a veces, lo terrible y lo increíble se pueden mezclar, como si fueran colores.

Y ahí encima, hasta arriba, pregunta educadamente Leonora Carrington: ¿Qué quería poner el equipo mexicano?

Donde el tal Pei va a poner la pirámide espantosa, había dicho la mamá de Victoria: Iker quería poner un espejo de agua.

En este punto de la historia, Victoria siempre se imagina el plan de Museográfica como un espejo de cuerpo entero hecho de agua, en posición vertical.

¡Qué bonito! A quién le importa Leluf, decide ahora: deberían hacerlo aquí.

Mentalmente planta en el patio, desde el caracol de bronce hasta el Paraguas, media docena de estos espejos.

Son tanques verticales, parecidos a la pecera al final del pasillo en su casa, pero más flacos y mucho más altos, del tamaño de un adulto: un espejo en el que tu reflejo se distorsiona por el agua y la luz, las ondas y las sombras…

Pasarán años antes de que Victoria se entere de que «espejo de agua» significa en realidad una especie de fuente, poco profunda: un estanque reflectante.

Pero ese malentendido, la imagen de esos tanques verticales, nunca la abandonará.

¡Tengo que dibujarlo!, le dice Victoria a Leonora.

Hace una reverencia educada dentro de su cabeza, para despedirse de la pintora, y empieza a caminar más rápido, de regreso a la sala 2.

Necesita su portafolios. ¿Podría simplemente agarrarlo e irse a clase sola?

La idea la tienta mientras su frustración crece con cada sala, llena de gente pero vacía de Mana, que recorre.

Pero la idea también le da algo como dolor de panza.

No, no se vale, no sin Mana. Primero encontrará a su hermana.

Regresa a los mamuts y espía el portafolio detrás de los cráneos prehistóricos.

Dentro está todo lo bueno del mundo: papel, lápices, comida.

Aun así, siente que estaría mal, que sería alta traición, sacarlo antes de que se dé por terminado el juego.

Vuelve a meter las manos en sus bolsillos, estruja la envoltura del dulce, deseando que no estuviera vacía.

Algo le cae en la cabeza y da un brinco.

Se agacha y sacude el pelo, y una arañita cae al suelo.

Ahora, además de todo, siente miedo. El escalofrío de haber sentido un insecto en la piel se le esparce por todo el cuerpo.

La incomodidad no desaparece cuando ve a la araña escabullirse bajo una vitrina: al contrario.

No va a encontrar a Mariana, ya buscó por todas partes.

La barbilla empieza a temblarle. La primera lágrima está bajando por su mejilla cuando sus dedos tocan el huesito.

¿Valdrá la pena intentar usarlo? Victoria no es tonta, no cree en la magia, pero sí está desesperada.

La clase de dibujo terminará pronto, y luego tendrá que esperar una semana entera para la siguiente.

¿Y si su hermana se convirtió en araña? ¿Y si no puede encontrarla porque Mana se transformó?

¿O si alguien se la llevó? ¡Por eso su mamá siempre les dice que tienen que quedarse juntas todo el tiempo! Definitivamente esto es una emergencia.

Saca el huesito de su bolsillo. No es tan liso como lo recordaba.

Lo sostiene con ambas manos, cada punta entre un pulgar y un índice.

Cierra los ojos y se concentra todo lo que puede en su petición: que aparezca Mariana.

Empuja fuerte hacia abajo y luego es todo sonido.

Primero, el crujido seco y frágil del hueso al romperse; luego, de inmediato, el pat-pat de los zapatos de su hermana sobre el parquet. Cuando abre los ojos, Mana está ahí.

¡No!, dice Victoria.

¿No, qué?, pregunta Mariana, como si nada hubiera pasado.

¡Magia!, dice Victoria.

¿Qué?

¡Hice magia, Mana! Pedí que aparecieras, rompí el huesito ¡y apareciste!

Mariana dice: No seas tonta.

¡No me crees!, protesta Victoria, con la barbilla temblándole otra vez.

Mariana se apresura a calmarla, diciendo: Sí te creo, sí te creo, nomás dije que es tonto porque ahora nunca podrás volver a pedir ese deseo, sólo se puede pedir una vez cada deseo.

Victoria no sabía eso. De todos modos, está demasiado emocionada por haber hecho magia como para pensar en las implicaciones.

Por otro lado, le enoja que Mariana ahora está sacando el portafolios de su escondite sin consultarla.

¿El juego se acabó así nomás? ¿Y por qué parece valentía, y para nada alta traición, cuando lo hace Mana?

¿Por qué Mana siempre puede cambiar las reglas de todo y ella sólo debe acatarlas?

Quiero ir a clase ya, dice Victoria. Pero Mariana contesta con su peor cara de traviesa.

¿Dónde estabas, Mana? Te busqué por todas partes. Y ahora, ¿adónde vas?

¡Atrápame!, es lo único que dice Mana antes de salirse corriendo al patio.

Victoria la sigue unos pasos, lo suficiente para ver lo que hace, a través de las puertas de cristal.

Se le abre la boca de sorpresa cuando la ve levantar el portafolios sobre su cabeza, dejándolo deslizarse hacia su espalda como una joroba de camello.

Y luego, como un camello sediento que encontró un oasis, Mana corre directo hacia la cascada esférica del Paraguas.

Victoria ahoga un grito. ¡El papel, todos sus dibujos se van a echar a perder! Pero la risa de su hermana le trastoca algo por dentro. Y en un segundo siente cómo la rabia se derrite, se arremolina, se convierte en otra cosa: en miedo, no, en calor: un calor que le empuja las piernas hacia delante.

Victoria corre al patio tan rápido como puede, riéndose desde antes de llegar a donde está su hermana.

Sabe que no tienen más que unos segundos antes de que un guardia las vea y las saque.

¡Pero qué segundos! Mana la agarra de la mano y la jala a través de la cortina de agua.

Se abrazan por la cintura y, con la mano libre de cada una, jalan el portafolios hacia arriba, de las espaldas hacia las cabezas: pasa de ser capa a ser sombrero.

Un techo para ellas solas, un caparazón compartido.

Acurrucadas así, abrazaditas bajo el portafolios, las hermanas parecen fundirse en una sola.

Sus manos están mojadas, sus calcetines también, pero sus caras permanecen casi secas.

Sólo unas cuantas gotas alcanzan sus cachetes enrojecidos, sus frentes tan similares, sus sonrisas idénticas.

Están cubiertas de rocío: son una misma flor.

Corren gritando de alegría cada vez que cruzan la cascada.

El agua les pega tan fuerte que espumea, retumba sobre sus cabezas como un gong: una, dos, tres veces. Fuera de ellas, el mundo se acalla.