Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #7
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #7

Ella se sonroja. Se encoge de hombros. Le da una calada al porro.

Ha estado hablando de eso sin parar desde que se le ocurrió la idea.

Rad y Fib le prestaron la credencial de prensa de The Harriet y ahora ella se pasa todo el día entrando y saliendo de museos.

Los visita en plan investigadora, por no decir espía.

Toma notas, hace planes utópicos. Cada noche le cuenta todo a Andreas.

Pero contarle a Philip es distinto. Él sabe más de arte que cualquier persona de su edad que haya conocido.

Andreas la mira con su expresión de aliento, la que parece iluminarla y propulsarla al mismo tiempo, así que ella suelta el humo y se lanza a un monólogo.

Explica que habría colecciones permanentes (más científicas) y exposiciones (más artísticas).

Habría una gran explanada al frente, con fuentes de agua teñida.

Menciona su amistad con Iker Larrauri para reforzar su credibilidad, pero Philip no sabe quién es Iker.

Así que pasa a la colección: dado que se trata de una fantasía tiene acceso a todo lo que quiera, con lo cual montaría exposiciones improbables donde la paleta fuera la reina, yuxtaposiciones de artistas que nos obligaran a verlos bajo una luz distinta: tan simple como que una pared amarilla parecerá más verde o más naranja según el color de la pared de al lado.

Un af Klint, por ejemplo, expuesto junto a un Klimt.

Y más baños para mujeres que para hombres, claro: eso es algo que todos los museos del mundo hacen mal.

Philip se ríe y responde: Bloody brilliant.

¿De verdad?, pregunta ella.

Es brillante, repite Philip: Me lo robaría sin pensarlo, si pudiera. Lo que quiero decir es que ojalá hubiera sido mi idea. ¿Fue tu idea?

Ella ríe también, asiente, se sonroja más, incapaz de ocultar cuánto le agrada su reacción. La validación exterior funciona exactamente como una droga recreativa.

¿Cómo es que a nadie se le ha ocurrido antes?, sigue Philip: ¡El Museo Internacional del Color!

¿Por qué internacional?, interviene Andreas: El color es universal.

¡No!, dicen al mismo tiempo Philip y Vica.

Andreas levanta las manos como si lo estuvieran asaltando.

El color es cultural, dice ella.

Nein, nein, replica Andreas: Es física, es biomecánica, son longitudes de onda y cerebro.

Bueno, pero la música también, dice Vica, y cualquier arte, ya que estamos. Eso no lo hace menos cultural. El color es como el gusto: es algo que se aprende. Es subjetivo. El verde y el azul son buenos ejemplos. Muchas sociedades no los distinguen.

¡Cierto! En galés «glas» es azul, pero también es esto, dice Philip, señalando el pasto a su alrededor.

Mmm, dice Andreas.

¡Míralo!, exclama Philip triunfante: Dejaste mudo a Luft, nunca había visto a nadie hacer eso antes.

Entonces Andreas hace su especie de visión en túnel, donde el mundo parece evaporarse a su alrededor sólo por lo intensamente que la mira. Y dice: Deberías hacerlo.

¿Hacer qué?, pregunta ella.

Tu museo sobre el color.

Sólo que los museos no los hace ni los posee la gente, dice Philip: Más bien los gobiernos, o grandes empresas, o fundaciones.

¡Compositores sordos!, dice Vica.

Ambos la miran. Está a punto de explicar la expresión, pero se detiene.

No quiere hablar de Mana. No quiere que Mana le robe este momento, aunque podría decirse que ella misma le ha hecho eso a Mana.

Se ha metido en la vida de su hermana como una pieza faltante sustituta.

Tiene una intuición compleja y resbaladiza de un rompecabezas a medio armar como metáfora de pérdida y traición.

Ellos siguen mirándola mientras la idea oscurece su rostro.

¿Estás bien?, pregunta Philip.

Estoy pacheca, dice ella.

Yo también, dice Andreas.

Yo no, dice Philip, extendiendo un brazo para pedir el porro de regreso.

Andreas se lo pasa y dice: A mí estar pacheco me ayuda a visualizar algunas implicaciones de la mecánica cuántica.

¿Eso es lo que les vas a decir a tus alumnos cuando consigas ese trabajo?, pregunta Philip.

Pero Andreas ignora la pregunta y levanta su dibujo: ¿Estás listo para esto?

Sí, dale, dice Philip: Multiverso.

Nein, nein. No más multiverso, dice Andreas poniendo una voz como de maestro que ella nunca le había escuchado. Esto es otra cosa. Se llama «the many worlds interpretation».

Suena a película mala, dice Philip.

Explica el gato de Schrödinger, dice Andreas.

¿El gato de quién?, pregunta Vica, tratando de aferrarse a la conversación de ellos para salir de su espiral interior y, además, ¿no estaban hablando de su museo?

Es un experimento sádico que le encanta a Andreas, dice Philip.

Es un experimento mental, aclara Andreas.

Philip sigue: Se trata de matar a un gato dentro de una caja, pero luego no abrir la caja para asegurarse de que esté muerto, así que el gato está técnicamente muerto y también técnicamente no muerto, lo cual es una paradoja infinita.

Yo personalmente siempre he pensado que uno podría simplemente esperar a que el olor…

¡No se trata de matar!, dice Andreas. Excepto que la teoría de los many worlds sí mata la paradoja. ¡Ja, ja!

¿Cómo?, pregunta Philip.

Porque se divide el mundo. Y entonces hay dos mundos. Hay un mundo donde el gato está vivo y otro mundo completamente diferente donde el gato está muerto.

¿El mundo se divide?, pregunta Philip, con el hoyuelo desapareciendo y las cejas gruesas subiendo todo lo que pueden.

El. Mundo. Se. Divide, repite Andreas despacio, señalando su dibujo.

Con la goma de su lápiz golpea en el centro de uno de los círculos, luego en otro: El mundo se divide y ahora hay dos mundos.

Ambos son igual de reales, e incapaces de conectarse entre sí.

Ésta es la única manera en que ambos estados pueden ser ciertos al mismo tiempo.

El corazón de Vica se acelera y no sabe si es por el hachís o por la teoría. ¿Cuántos mundos hay?, pregunta.

No lo sabemos, dice Andreas. Podría ser infinito. También podría ser finito, pero entonces sería un número tan grande que, pues, no hay suficiente hachís en este mundo para que yo lo pueda comprender.

El hachís es infinito, Luft, dice Philip: Es finito, pero es infinito, como el luft.

¿Eres infinito?, le pregunta Vica a Andreas.

Eso no tiene ningún sentido, le dice él a Philip. Y a ella le explica: Quiere decir como el aire. Luft significa aire.

El pensamiento es tan redondo y simple, tan satisfactorio.

Claro. Él es como aire y por eso ella siente que ya no puede vivir sin él.

Luego el pensamiento se vuelve aterrador.

Claro que puede vivir sin él. ¡Debe! Andreas podrá sentirse como una bocanada de oxígeno ahora mismo, pero es oxígeno robado, no es suyo para respirar, amar, conservar.

Ni siquiera sabía qué significa su apellido.

No lo sabía, dice ella, con la voz de pronto pequeñita.

Yo sólo me alegro de estar vivo en este mundo ahora mismo, aunque sea diminuto, dice Philip: Perdón, mini.

¡Many!, ríe Andreas. ¡No mini! Many worlds, la teoría de los muchos mundos.

Whatever, dice Philip.

Ninguno parece notar que ella se ha ido, que se está hundiendo.

Se colocó en posición fetal y siendo arrastrada a un abismo oscuro.

¡Tiene que ser capaz de imaginar un mundo sin él!

¿A menos de que la teoría tenga razón? ¿Sería posible necesitarlo como oxígeno y al mismo tiempo no necesitarlo para nada, no haberlo ni conocido?

¿Y si ella pudiera seguir viviendo su propia vida y también de alguna forma seguir viviendo la de Mana?

Mejor aún: y si Mana existe en algún lugar, sana y salva en una burbuja de aire muy lejana, completamente inalcanzable pero muy real, dibujada con lápiz por algún dios altísimo, y qué quiso decir Philip con «ese trabajo», y ¿existirá una burbuja donde ella no logra levantarse de esta cuna de pasto?

Y el cielo, esa plancha de concreto sobre ella: ¿no está como bajando? ¿Cuánto falta para que la aplaste?

¡Vica!, dice Philip, rodando la planta de su pie sobre la pantorrilla de ella. Ella no se vuelve hacia él, pero abre los ojos justo a tiempo para ver aparecer los pies de Andreas frente a su cara: las suelas de sus sandalias aplastando el pasto, los calcetines llenos de bolitas sin remedio.

Te vas a hiperventilar, dice él, acuclillándose.

Ahora también aparecen los pies descalzos de Philip sobre el pasto. Ella los observa, y usa esa imagen para anclarse en la realidad, porque no puedes inventar unos pies humanos, son demasiado raros.

Se reincorpora. Andreas la toma en brazos, le besa la coronilla, y el mundo, este mundo, vuelve a sentirse sólido.

No me gusta el hachís, dice ella: No combinado con ciencia ficción.

¡No es ciencia fi…!

¡Déjala en paz!, dice Philip: ¿Quieres que se malviaje?

Philip saca una botella de jugo de manzana y una bolsa de cacahuates salados de la mochila de Andreas. Vuelven a sentarse y comparten ambos durante un rato. Luego, Andreas prueba de nuevo: Pero es que no es ficción, es…

Esta vez, para callarlo, Philip se pone a cantar a todo volumen: Will you still love me, will you still feed me, when I’m sixty four…

Pero mientras canta, Andreas se le acerca a ella al oído y le susurra: No es ciencia ficción, es ciencia.

Luego se recuesta, jalándola junto con él hacia la horizontal y se quedan así: él boca arriba y ella de lado, con la cabeza recargada en el pecho de él.

Como sigue pacheca, puede literalmente sentir cómo se derrite su mejilla en la camisa de Andreas y cómo, poco a poco, el ruido negro en su cabeza se sincroniza con el pum pum que emite ese pecho… y se silencia.

Yo no te creo, grita Mandíbula desde la cocina, y todos lo abuchean.