De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #6
O no. No lo corregirá, porque en lugar de elegir una prenda y empezar a doblar, Andreas salta como niño sobre el montón de ropa.
Gime de placer. Luego, al verla todavía de pie, le toma la mano y la jala junto a él.
La sensación se explica sola: es como un chocolate caliente, una sauna, una hamaca al sol.
Un gozo esencial. Incluso ahora, en primavera tirando a verano, este tipo de calorcito hace bien.
Y que Andreas corriera por la calle como un loco de pronto tiene todo el sentido.
Vale la pena por este placer fugaz. Le vienen a la mente escenas de los cómics de su infancia, donde niños gringos daban un brinco para aterrizar en una montaña de hojas secas.
En el DF no hay un otoño de ésos, pero sí hay brincos y caídas.
Y aquí también hay caídas, aterrizajes sorprendentes.
Hay este rendirse al tacto, cuando entre cuellos y mangas un dedo roza una mejilla, una pierna se enreda con otra, una boca encuentra otra boca.
Una lengua otra lengua. Hay la humedad que se expande: una gota de agua sobre una carta, borrando lo que estaba escrito.
Diluyendo lo que está permitido. Se desnudan fácilmente, sólo más ropa entre la mucha ropa y aunque la ropa se va enfriando el calor entre ellos crece, transformándose en fervor.
Si sienten temor o vergüenza, el otro no lo nota entre las capas de toallas y camisetas, y mientras se besan y se exploran bien podrían estar acurrucados en una cueva oscura en algún bosque remoto: vulnerables, sí, pero no expuestos.
Encubiertos por la tela y por el tacto. El tacto como bálsamo y como sed, la unión como remiendo.
Cada caricia una sutura. Y hacen el amor en silencio, como si nadie, ni siquiera ellos mismos, debiera enterarse.
Un golpeteo metálico en las persianas. Tor clava los dedos en el pecho de Andreas y se queda inmóvil, lista para fingir que no están. Pero él grita: C’est qui?
El calor del pleno verano les impide cerrar las ventanas de verdad, así que han estado durmiendo sólo con las persianas rotas cerradas, sostenidas por un sistema de cuerdas que cruza todo el estudio y se sujeta a la puerta principal, de modo que, desde el sofá, se siente como si estuvieran dentro de una telaraña.
C’est moi, dice una voz.
Cou-cou, toi!, grita Andreas, tan desnudo como desenfadado. Susurra: Es Fib, ¿puedes abrirle?
Ella quiere decir que no, pero él ya está aflojando las cuerdas y saliéndose al pasillo, donde está el baño compartido.
Tor se pone algo de ropa, dobla el clic clac y abre las persianas todo lo que puede, con la esperanza de que el aire de la calle se lleve cualquier vapor que los delate.
Parpadea. Lo primero que ve cuando sus ojos se acostumbran a la luz del sol, es color mostaza.
Es un turbante, el frente anudado en una especie de flor, dos aros dorados como aretes, un vestido de algodón blanco debajo de todo eso.
Claudine se queda ahí de pie, con su típico porte de siempre, a la vez humilde y soberbio, sosteniendo las persianas con los brazos abiertos mientras Vica engancha las cuerdas para evitar que se azoten.
Cuando se saludan con un beso en cada mejilla, Tor nota que Claudine está mirando algo atrás de ella y teme que sea Andreas, que haya vuelto al cuarto sin ropa. Pero al girarse descubre que lo que Claudine mira es su coloraje.
Ya puedes soltar, dice Tor.
Claudine deja ir las persianas, entra por la ventana y va directamente al dibujo, que ahora vive pegado a la pared. ¿Tú lo hiciste?, pregunta.
Tor asiente. Andreas regresa vestido y la saluda.
Por respuesta, Claudine dice: Voy a comprar tissus aquí a la vuelta.
Pero lo dice con la nariz tan cerca de los pasteles que Tor temería por su vestido blanco si no hubiera rociado la obra con muchísimo spray de pelo. ¿Me acompañas?, pregunta Claudine.
Tor mira a Andreas, que vacía metódicamente la cafetera en un recipiente de plástico que luego llevará a una misteriosa composta a muchas cuadras de aquí.
Pero él también la mira a ella, como esperando su respuesta.
Es como una bola de billar que rueda lentamente entre ellos, chocando a los lados, golpeándola entre las cejas antes de que siquiera le pase por la cabeza no sólo que Claudine le está hablando a ella, no a Andreas, sino que además la está… ¿visitando? ¿Invitando a salir?
¿Tisús?, pregunta Vica.
Tela, traduce Andreas.
Ah oui, putain, tela. Es demasiado temprano para hablar otro idioma. ¿Vienes, V?
Tor asiente y luego pasa toda la mañana siguiendo a Claudine, a quien ya se anima a llamar Fíbula, por el Marché Saint Pierre, recorriendo más tiendas de telas de las que puede contar.
Visitas rápidas, enfocadas. Fib sabe lo que quiere.
Wax, dijo a modo de explicación, sin añadir nada más, dejando que Tor observara el tipo de tela que toma, evalúa y descarta con un desdén casi doloroso, como si toda la industria textil la decepcionara.
Fib también es tajante sobre qué tiendas evitar, cuáles venden porquerías, cuáles estafan, cuáles no tienen buena luz.
Mal eclairé, dice señalando la puerta de una, como si la falta de luz fuera una plaga, y siguen adelante. Tor se emociona de haber encontrado a alguien que se toma tan en serio como ella la iluminación: la mala luz arruina el color.
Unas horas más tarde compran sándwiches y se sientan en las escaleras del Sacré-Coeur. No en las principales, donde hay al menos cien personas más comiendo sándwiches. Claudine las guía a unas escaleras que suben a una puerta lateral.
Después de comer, Claudine echa la cabeza hacia atrás para vaciar las últimas gotas de su Coca-Cola, alargando el cuello de forma imposible mientras levanta la lata hacia el cielo. Luego eructa. Luego pregunta: ¿Qué pasa con Columna?
¿Qué pasa de qué?, dice Tor, sintiendo cómo su propio cuello se queda tieso.
¿Estás con él?, pregunta Claudine.
No estoy en contra de él, dice Tor, y luego se obliga a mirarla. Aunque se sonroja, necesita saber qué piensa Fib.
Claudine le sonríe como sólo ella puede: con una mueca que ilumina no sólo su rostro sino toda la habitación, en este caso la monumental sombra del Sacré-Coeur. Lluego le da unas palmaditas en la pierna y se levanta: On y va?
Para cuando Fíbula por fin encuentra lo que buscaba y compra un solo metro cuadrado, Tor ya va cargada de bolsas.
Ha comprado más wax africano del que podrá meter en el estudio de Andreas.
No pudo evitarlo: se enamoró. El wax es atrevido, valiente y lleno de vida.
Es un rotundo fuck you al vestidito negro, a los cielos grises, al solipsismo europeo.
Es una salida de la oscuridad. El wax, se miente a sí misma con grandilocuencia, es el principio del final del duelo.
En una tienda enorme llamada Tissus Reine, algo muy distinto a la orgía de color del wax hace que Tor se detenga en seco.
Es una pared entera de telas blanquecinas, blancas y casi blancas.
Se queda frente a ella varios minutos, tratando de clasificar mentalmente los diferentes tonos: 6.
Blanco verdoso, Narciso de manojo. 7. Blanco leche desnatada, Ópalo común.
3. Blanco purpúreo, Unión del cuello y la espalda de la gaviota tridáctila.
¿Vas a comprar algo más, V?, la saca Fib de su reto privado.
Tor niega con la cabeza. A diferencia del wax, admira esta pared como se admira una obra en un museo: sin ninguna necesidad de poseerla.
De camino a La Fourche, con la ropa sudada y la piel pegajosa tras un día en la calle, cargando entre ambas las bolsas de wax y más wax, Tor dice: Debería existir un museo del tissu.
Hay muchos museos de telas, dice Claudine.
No.
Mais si, museos textiles, de artes y oficios, de diseño, el…
No, no, ya sé. Lo que quiero decir es… Se queda callada.
Claudine se exaspera, frena en seco: Bah, quoi?
Tor dice, por primera vez: Debería existir un museo del color.
Encima, el cielo: un panel gris, bidimensional.
Debajo, una colina cubierta de pasto que sostiene su cuerpo como un trono natural, como un punto de observación hecho a la medida.
Está recostada boca arriba, recargada en los codos.
A su lado, Andreas dibuja círculos en un cuaderno con un lápiz que sacó de donde saca todo: de su mochila sin fondo.
Al otro lado, Philip sostiene la flama de un encendedor bajo un centímetro cuadrado de pasta de hachís marrón oscuro.
Cuando se calienta, la frota entre los dedos, dejando caer diminutas partículas en el tabaco de un cigarro que ha desmontado y vuelto a armar usando un boleto rosa del metro enrollado como filtro.
Vica ha fumado marihuana antes, pero nunca hachís.
Las drogas recreativas se fueron por el mismo tubo que el resto de la recreación cuando Mana…
Basta, se reprende: No pienses en Mana ahora.
Estate presente en el presente, como le gusta decir a Vladislav.
Aquí estás ahora: entre el cielo y el pasto y el hachís.
Decide que le gusta el hachís incluso antes de que Philip encienda y pase el porro, porque le gusta el aroma terroso y aprecia los requisitos artesanales.
¿Por qué no le cuentas a Philip sobre tu museo?, pregunta Andreas.
¿En el que trabajábamos mi mamá y yo?, pregunta ella.
No, ¡tu museo! El que quieres hacer.
¿Quieres hacer un museo?, pregunta Philip: Y luego dicen que yo soy ambicioso.