Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #5
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #5

Un día en La Fourche, en la esquina que hace las veces de estudio de costura, Tor se queda mirando los rollos de papel barato que Claudine usa para trazar sus patrones, y le pregunta si puede cortar un pedazo.

Claudine insiste en que se lleve un rollo entero.

A la mañana siguiente, cuando sabe que Andreas tardará muchas horas en volver, Tor pliega la mesa y las sillas del estudio, las recarga contra la pared y desenrolla el papel en el piso, desde la ventana hasta la cocineta, asegurándolo con cinta adhesiva todo alrededor, para que no se mueva.

No mira sus notas antes de comenzar, se sabe el código de memoria.

Y aunque trabaja consciente de la composición, no intenta controlarla.

Dibuja con el canto de los pasteles para saturar los poros del papel con pigmento.

Usa los dedos para mezclar. Una servilleta húmeda para levantar el exceso.

Un calcetín como difuminador. Está escribiendo en código, pero también está bailando.

Y purgando. Y pariendo. Está intentando retratar una familia, sus usos y costumbres, y también las maneras en que esta familia que sí es y no es suya la ha hecho sentir durante el último mes.

Quién llama a quién cómo. Quién conoció a quién dónde.

Quién guarda qué rencores. Y luego la forma en que asoma el hoyuelo de Philip cuando algo le resulta gracioso.

La manera en que Rad prepara su té con un colador metálico y luego lo usa para dar golpecitos contra el borde de la mesa y explicarte cómo funciona una síncopa, sin importarle cuánto salpique.

La forma en que, un día que Philip de nuevo andaba prometiendo que la casera vendría pronto por sus cosas, Claudine se le plantó enfrente, cruzó los brazos y dijo: Mira, Mandi, como decía Coco Chanel, ya deja de golpear la pared esperando que se convierta en puerta.

La forma en que Vica se siente tan cómoda en La Fourche a pesar de, o quizá gracias a, el mobiliario duplicado y disfuncional.

La forma en que sus botas se alinean con las de Andreas junto a la puerta cuando llegan juntos, como si fueran un equipo.

La forma en que Andreas hace todo. La forma en que ella, aquí, es más ella que nunca, y también menos.

Como si estuviera volviendo a nacer en otro lado y otras circunstancias y, al mismo tiempo, nomás volviendo a ser quien fuera antes de sus tantas pérdidas.

La forma en que cada célula de su cuerpo desea y en misma medida rechaza esta transformación.

La forma en que anhela lo que teme no merecer, lo que debería haber sido de Mana: esta familia rara, esta vida injusta, todo.

Cada tanto Tor se detiene y se para en el sofá para ver su progreso. Nota, cada vez que hace esto, que los verdes dominan el cuadro. Se dice, de nuevo, que es sólo un reflejo objetivo del tiempo que pasa con Andreas en comparación con los demás: nada más, nada menos.

Nota también que hay una energía nueva en sus trazos.

Una vitalidad que tal vez sólo pudo brotar de la supervivencia.

No, la idea de que algo bueno pudiera salir de su tragedia le revuelve el estómago.

Salta del sofá y sigue trabajando para no ahogarse en la vergüenza o el llanto.

Deja que todo fluya, que todo la atraviese, deja que las lágrimas caigan mientras raya y difumina y corrige y una vez más pierde la noción del tiempo, tanto que, cuando de pronto escucha la puerta abrirse, es como si levantara la vista por primera vez en todo el día.

Andreas está en la puerta, sin poder entrar para no pisar el inmenso dibujo.

Ella entonces se ve a sí misma en el espejo de cuerpo entero que hay junto a él.

Descubre su cara y manos manchadas, sus pies descalzos están casi negros, su cabello está enmarañado y con restos de pastel grisáceo, en los sitios donde todo el día lo estuvo empujando para despejar la frente y la mirada.

Luego mira el estudio. Cada superficie está cubierta de polvo de colores.

Entra en pánico: se dejó ir, fue demasiado lejos.

Cruzó el límite del respeto, haciendo un caos del pequeño cosmos de este hombre.

Comienza a disculparse pero Andreas simplemente se encoge de hombros, con la mirada aún fija en el dibujo. Pregunta: ¿Qué es?

Ella responde que es un paisaje, un paisaje de puros colores, un «coloraje».

Él pregunta: ¿Como metáfora?

Ella sonríe. Piensa un momento. Dice: Supongo que sí.

Él sigue mirando, como si leyera la imagen. Ella se recuerda que son sólo manchas y líneas, que no hay forma de que él entienda lo que significan.

Él pregunta: ¿Estoy sobrevolando este paisaje, perdón, este coloraje? Es decir, ¿el espectador está arriba o de frente o desde dónde lo está mirando?

Ella lo piensa. Como metáfora. Contesta: Desde afuera queriendo entrar.

Esto, dice Andreas: Es una institución francesa. Sostiene un dulce pequeño, tubular, envuelto en plástico amarillo con bordes de rayas blancas y rosas. Dice: Te presento los Carambars, tres para ti, tres para mí.

Están sentados en una banca enclenque, en la esquina de una lavandería desangelada. Cerca de ellos giran, en círculos hipnóticos, todas las sábanas y ropas que ella ensució con los pasteles. Un foco parpadea y tiñe todo con un matiz particular de la soledad. Tor acepta sus tres Carambars.

Los comen despacio. Si intentas comerlos de otra forma se te pegan a las muelas.

Van leyendo los chistes de cada envoltura.

Los chistes, tan malos que te hacen reír por eso, por malos, son lo que distingue un Carambar de cualquier otro dulce, explicó Andreas.

También que él conoce esta tradición desde los diez años, cuando él y Philip se hicieron amigos por correspondencia a través de los programas de intercambio de idiomas de sus respectivas escuelas.

Y rápido se dieron cuenta de que podían enviarse dulces junto con sus cartas; Philip le mandaba éstos y Andreas le enviaba Haribo, las gomitas hechas en Bonn, no muy lejos de donde él creció.

Cuando la lavadora pita, pasan la ropa a la secadora. En la Ciudad de México no necesitamos secadoras, dice Vica, con los brazos llenos de ropa mojada: Tiendes la ropa en la azotea y se seca, toda tiesa, en un ratito.

¿En la azotea?

Sí, tenemos jaulas para la ropa.

¿Para que no se escape?

Para que no se la roben.

Ach, so! Andreas se vuelve a sentar y mira al piso un momento.

Ella teme que vaya a hundirse en esta mención del crimen en México, pero cuando alza la mirada sólo dice: En una ciudad seca, el aire calienta la tela por las vibraciones de las moléculas, y además empuja las moléculas de agua hacia fuera, al espacio justo encima de la ropa, así que…

Se frena al notar cómo ella lo está mirando, entre cautivada y socarrona, y se sonroja.

Concluye rápido: El punto es que en las ciudades húmedas las secadoras son un invento maravilloso.

¿Un invento maravilloso? Ella se ríe, ya en suficiente confianza como para burlarse un poco de él.

O quizá simplemente fortalecida por un día de hacer arte.

Hacía mucho tiempo que no se sentía así.

Había olvidado la fuerza que te inyecta crear algo.

O tal vez que te inyecta pasar unas horas fuera de ti misma.

Maravilloso, insiste él: Siempre y cuando empieces a doblar antes de que la ropa se enfríe. Para prevenir la formación de arrugas.

A ella le parece encantadora la forma en que dice arrugas, como si no fueran diminutos defectos temporales sino algo mucho peor, algo parecido a las verrugas, o al fracaso.

Intuye, aunque no está segura, que eso significa que él también ya se siente en confianza con ella.

Porque duda que Andreas permitiría que sus amigos cool de La Fourche conozcan su verdadera opinión sobre la ropa arrugada.

Ella decide esforzarse en doblar bien todas las prendas que antes ensució.

Después de diecinueve minutos, Andreas se levanta y sostiene la bolsa de plástico negro abierta frente a la secadora. ¿Lista?, pregunta. Ella asiente a medias. Él parece serio. Dice: Cuando haga bip, tú abres la puerta, yo saco la ropa y luego corremos.

¿Para qué, corremos? Si ya pagamos…

Él no contesta porque entonces la secadora pita.

Ella abre la puerta y él empuja la ropa caliente en la bolsa tan rápido que ella ni alcanza a ayudar, luego mete la cabeza en la secadora para verificar que no se quedó atorado ningún calcetín, se echa la bolsa al hombro y literalmente sale corriendo.

Ella ríe y lo sigue con calma. Pero para cuando sale a la calle, él ya está a media cuadra y no se detiene.

Así que ella se echa a correr también, tan rápido como puede sin chocar con nada ni nadie, y mientras corre entiende: las arrugas.

Lo alcanza cerca de su edificio. Ella marca el código y le detiene el portón, él entra veloz con la bolsa.

Avanzan trotando por el pasillo, pasan un patio, varios botes de basura, el baño, hasta llegar al estudio.

Él deja la bolsa en el piso el tiempo que toma, clic clac, abrir el sofá cama.

Así le llama él siempre al sofá, «el clic clac» y ahora ella por fin entiende por qué.

Se quedan de pie con las nalgas pegadas al fregadero de la cocineta y a la puerta de la regadera, respectivamente, porque con el clic clac abierto no hay dónde más pararse.

Cuando él vacía la bolsa sobre la cama, ella se promete otra vez doblar las cosas bien, como lo hacía su madre.

Su madre solía trazar cada mañana un surco perfecto en el cuero cabelludo de sus hijas, repartir en dos partes iguales el cabello y trenzar a cada lado del rostro con una simetría y una precisión que nunca han existido en las acciones de Vica. Cosa que ahora mismo corregirá.