De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #4
Algo sucede entre Philip y Andreas entonces, algo antiguo, y Vica se pregunta si en realidad son hermanos, aunque no tenga ningún sentido como hipótesis.
Sea lo que sea, termina con Andreas levantando las manos, las palmas hacia afuera, como si lo estuvieran atacando.
Ella agradece que la hayan respaldado, aunque también la incomoda.
Y el peso regresa a sus hombros con carga extra.
Nunca volverá a ser una niña. Está demasiado rota.
Niega con la cabeza. Y por cómo ese simple gesto suyo provoca que Andreas baje las manos —y por cómo mete sus dedos bajo los lentes para presionarse los ojos, por cómo él tiembla y ella puede sentarse ahí, sosteniendo un espacio, una burbuja, para dejarlo llorar en silencio— ella siente por primera vez en todo el año que está en el lugar correcto.
Útil, de alguna forma. Rota, pero ya no sola.
Perdida, pero también un poquito encontrada.
Todo lo que les contó a los otros sobre la desaparición de Mana va asentándose.
Percola dentro de ellos. Todo lo que intentó explicar, sobre cómo se ha normalizado el secuestro en México, sobre la llamada de rescate que no estuvo para contestar, o que tal vez nunca sucedió, sobre cómo no salió de casa durante semanas por si acaso alguien llamaba, sobre cómo le recomendaron vender todo, para cuando se pidiera el rescate, pero nunca nadie pidió un rescate y todo se le fue en mordidas, sobre cómo en otros casos enviaban partes de la persona en una caja, y cómo, en momentos muy oscuros, ella incluso deseó eso: una parte, una señal, lo que fuera.
Sobre la espera desesperada y los abogados viscosos y los policías aterradores.
Sobre la brecha que nunca pudo cruzar entre un caso en papel y un caso en tribunales.
Sobre un expediente legal que no es más que un contenedor lleno de huecos y condenado a un archivo, un vacío sobre tantos otros, una caja de Pandora sin su Pandora.
Sobre cómo en vez de noticias empezó a recibir amenazas: Sabemos dónde trabajas.
Dejó de trabajar, empezó a vivir encerrada.
Pero siguieron pidiendo. No rescate sino protección, dinero fácil.
Sabemos dónde vives. Sigues tú. Hasta que tuvo que escaparse.
Tuvo que huir y tuvo que aceptar el hecho, el hecho, de que Mana ya no está.
Todo, Vica lo nota, es demasiado para los amigos de Mana.
Sabían del departamento —las discusiones, el distanciamiento, cómo Mana quería que Vica lo vendiera y dividieran el dinero pero Vica vivía ahí, Tor pintaba ahí, así que se negó rotundamente— pero casi nada más sobre su hermana.
Ni siquiera sabían cómo contactarla mientras pasaban los meses y Mana no respondía sus correos.
Se suponía que iba a México por una o dos semanas, para convencer a su hermana de vender, resolver lo de la universidad y su visa de estudiante, y regresar.
Pero era 1999 y la universidad estaba en su huelga más larga.
Mana les escribió que se tardaría un poco más de lo planeado, y luego ya no volvió a escribir nada, nunca más.
Columna está en negación, le dice Vla en voz baja a Vica: Todos lo estamos.
Vica sabe mucho sobre estar en negación.
Pasó meses ahogándose en negación y rabia a pesar de que los expertos dicen que el duelo tiene etapas, como si fuera una escalera.
A ella le resulta más parecido a una de esas máquinas para hacer ejercicio donde subes el mismo escalón infinitamente sin avanzar.
Tuvo que salvarse, dice Claudine al canal. Luego se dirige a Vica: Tenías que salvar tu vida.
Es como si esta mujer que acaba de conocer hubiera visto dentro de ella y atisbado el eterno ping-pong oscuro que la acosa: ¿salvé mi vida o sólo abandoné a mi hermana?
¿Estaba en peligro o sólo fui cobarde? ¿Debí haberme quedado, esconderme y desde ahí seguir buscándola?
¿O eso habría sido un suicidio por esperanza?
No parece…, dice Andreas con cautela: No se siente definitivo.
Vica reprime una risa amarga. Luego un sollozo. Luego asiente y dice lo que sabe: que nunca lo será. Nunca se sentirá definitivo. Ése es el dolor particular de esta herida particular. Porque sin cuerpo no hay conclusión posible. Es un duelo que es también, para siempre, una incertidumbre.
Antes de que Andreas pueda decir algo más, Vladislav ofrece: Como un acorde sin resolver.
¿Qué significa eso?, pregunta Philip, desesperado por un cambio de tono en la conversación.
Vla saca una armónica del bolsillo y toca una melodía triste, hermosa.
Después de unos minutos, de pronto la interrumpe en medio de una frase, donde claramente no debía terminar.
La expectativa de los demás llena el aire.
Esto es lo que eso significa. Todos lo sienten, no hacen falta explicaciones.
Es visceral: anhelan colectivamente la siguiente nota dominante que crearía armonía, que restauraría el orden de las cosas, del tiempo, de la melodía.
Pero no la toca. El silencio vuelve a apoderarse del momento y se quedan ahí, sin moverse, hundiéndose junto al canal.
Cada herida abierta ardiendo mientras se familiarizan con el matiz de este punto de quiebre, una inflexión que los cambiará a todos de distintas formas, en distintos grados, un vacío que los habitará para siempre.
Un signo de interrogación, una frase sin sentido: el trágico acorde sin resolver de la desaparición de Mariana Sima.
Durante las semanas siguientes, usando una mezcla de preguntas directas e indirectas y una caja de pasteles de segunda mano, Tor logra reconstruir el árbol genealógico de La Fourche.
No es que La Fourche sea una familia. Ni que todas las familias necesiten árboles.
La suya, por ejemplo, no fue menos familia sólo porque su madre era una hoja al viento y su padre un transeúnte con una sombra demasiado larga.
Tampoco le confiesa a nadie lo que está haciendo.
Ni siquiera lo acepta ella misma, no del todo.
No lo considera un proyecto, sólo una idea, un pasatiempo, algo para mantenerse ocupada durante las largas horas que Andreas pasa en la universidad, terminando su posgrado en física —el mismo que Mana no alcanzó a terminar— y Tor tiene el estudio para ella sola.
Lo primero es aprenderse los apodos. Al departamento en el número 35 de la calle Ganneron, todos le dicen La Fourche. Dentro de La Fourche, todos tienen un apodo: el nombre de algún hueso, elegido por Vladislav bajo una lógica que él ni explica ni comparte pero que todos acatan.
Philip es Mandíbula porque habla muchos idiomas, o tal vez nomás porque habla demasiado. Claudine es Fíbula y el propio Vladislav se puso Radio. Más comúnmente les dicen: Fib y Rad. Andreas es Columna Vertebral, pero le dicen Columna a secas. Mana era Cráneo.
Ella tiene que aprenderse todo eso de memoria pero sin que los demás lo noten, sin que siquiera lo sospechen, porque no quiere que nadie sepa lo ávida que está de integrarse, el modo hambriento y fervoroso con el que guarda y acapara cada pedacito de información que comparten con ella, ya sea adrede o sin querer.
Toma notas, también, pero se asegura de que nadie más pueda leerlas.
Le vendría bien saber taquigrafía, como su madre, pero como no sabe se inventa su propio código. Un código de color.
Reserva los verdes para Andreas/Columna.
Designa los azules para Philip/Mandíbula. Y a su tía, la casera/The Harriet, a quien Tor sólo conoce por sus muebles: los cafés.
Vladislav/Radio, naranjas. Claudine/Fíbula, amarillos.
Los rojos son para Mana/Cráneo y los rosas para ella misma, para Vica/Tor.
Excepto, claro, que el rosa no tiene sitio.
Werner no atribuyó una sección en su catálogo para los rosas y, en el espectro de la luz, el rosa no tiene su propia longitud de onda.
Y sin embargo existe. El rosa no tiene un lugar propio pero sí está en el mundo.
El rosa es. Es un color. Sólo que es un color fuera del espectro, uno que necesita mezclarse con otros para existir.
Un invento, un pigmento, una rémora. Una rama injertada artificialmente al árbol genealógico.
Reservó el negro para las líneas y los grises para los lugares: Köln, DF, Londres, La Banlieue, el IHES (el Institut des Hautes Études Scientifiques, donde Mana conoció a Andreas), el estudio de Andreas en la rue Durantin y, por supuesto, La Fourche.
Las líneas negras también organizan la nomenclatura.
Cómo se dicen los amigos entre sí, por nombre o por apodo.
A ella todos la llaman por sus dos nombres, como si aún no pudieran decidir cuál usar.
El resultado de todo lo anterior es una serie de notas visuales obsesivamente organizadas en su concepción pero que, sobre el papel, dan la impresión de algo aleatorio.
Las manchas de color parecen vivas, pictóricas y, para el espectador, abstractas.
O más bien parecerían si ella permitiera que alguien las viera.
Cada día se dice que hoy sí saldrá a buscar un lugar donde vivir, y luego los pasteles la llaman.
Dibuja, anota, entra en un estado parecido al trance y luego, ya en la tarde, antes de que Andreas vuelva a casa, guarda todo, barre, borra cualquier rastro de sus acciones con un trapito húmedo.
Cuando él pregunta qué estuvo haciendo todo el día, ella dice que salió a caminar.
Andreas sigue en shock. Cada noche cenan juntos, hablan de Mana, lloran, cambian de tema, se van a dormir agotados, vacíos, ella en el sofá, él en el suelo.
Es un sofá cama pero si lo abren ocupa todo el estudio, así que lo dejan cerrado y ella duerme ahí, de espaldas a él porque con él no tiene nada que temer.