Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #3
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #3

¿Sí, Mana?, decía la otra, que tampoco podía dormir.

¿De qué color es el miedo?, preguntaba la primera.

Rojo aurora: es rojo teja con un poco de rojo sangre arterial y una pizca de rojo carmín.

¿Animal?

Cola del pico picapinos. ¿Vegetal?

Manzana.

Manzana de Java. ¿Mineral?

Mineral… cinabrio. Sentimiento: Miedo. ¿Y de qué color es la muerte?

Ciento once.

Pero si la Nomenclatura acaba en el 110… Ah.

Ajá.

111 es negro cerrado.

A lo mejor para los muertos, pero para los que nos quedamos es rojo aurora.

Pero si el duelo no es lo mismo que el miedo, Mana, me estás haciendo bolas.

¿No es lo mismo? Yo los siento igualitos.

El duelo es verde.

¿Tú crees?

No… Pero algún día tal vez. No podemos vivir así para siempre. A Mamá no le gustaría.

Ok. ¿Cuál verde?

Celadine.

Ése es casi gris.

Exacto.

Y así podían seguir hasta que el sueño por fin las invadía.

Ambas habían dejado sus estudios para cuidar a su madre y ahora no sabían cómo vivir sin esa necesidad de resolver, limpiar, proteger, de la que estaban hartas pero que también se había convertido en la misión de sus vidas, había reordenado no sólo sus prioridades y planes sino también sus aspiraciones y límites, sus personalidades.

Con el final de los cuidados perdieron toda rutina.

Desayunaban en la tarde, veían películas en medio de la noche, aunque muchas veces no podían decidir cuál ver y terminaban nomás en el sillón, comiendo palomitas con la televisión apagada.

Una de esas noches, o más bien madrugadas, Mana preguntó de pronto: ¿De qué color es Victoria?

De ninguno.

¿Eres transparente?

No, pero ya no soy Victoria. Solo mamá me decía así. Victoria no tiene color porque ya no existe.

Mana se quedó pensando un rato y luego dijo: Deberías cambiarte el nombre. Oficialmente. Y yo también.

Pero Mariana no es tan horrible como Victoria.

Pero Mana es mejor.

Pero Mana es de hermana.

Pero también de Mariana, por eso soy Mana, porque tú no podías decir Mariana cuando aprendiste a hablar.

Ya sé, pero ahora yo también soy tu Mana.

Pero ahora también ya puedes pronunciar la R. Ya madura. Tú vas a ser Vica y yo Mana. Oficialmente.

Va, me late. ¿De qué color es Mana?

Tú dime.

Mana es… mmm. Normalmente sé de qué color es la gente. Al instante.

Ya sé.

Pero contigo no.

Porque soy del mismo color que tú, y es como con los fantasmas, que no pueden ver su reflejo.

¿Qué clase de científica eres, Mana?

¿Sabes qué deberíamos hacer, Mana? Para que sea oficial. Deberíamos enterrarlos. Cuando llevemos a mamá al mar, también hay que echarlas al mar a ellas, junto con las cenizas.

¿A ellas quiénes?

¡A nuestros viejos nombres! A Victoria y a Mariana, con sus infancias felices y sus padres ausentes y su mamá tan chistosa: ¡fuuuum!

, al agua patos. Se van ellas, renacemos nosotras.

Renacemos en adultas. Adultas listas. Listas de inteligentes y también de preparadas para lo que sea. Adultas chidas.

Adultas contemporáneas.

Ajá: Vica la pintora y Mana la…

No, no, porque cuando pinto soy Tor.

Tor la pintora y Mana la física. Para el resto de nuestras vidas. ¿Qué opinas? ¡Hay que hacerlo! ¡Mañana mismo! ¡Vamos al puerto de Veracruz!

Mana se subió al sillón entonces, con ese entusiasmo legendario que no había mostrado por semanas, tan brillante como la primera luz del amanecer colándose por entre las cortinas detrás de ellas: irrefutable.

Dijo: Vamos a buscar un buen acantilado, ¡o una lancha!

Luego colocó los brazos sobre el respaldo del sillón, como si sostuviera un remo: Vamos a navegar a donde el azul es más profundo y ahí echamos sus cenizas y nuestros viejos nombres por la borda.

Va a ser una despedida hermosa, como nos merecemos todas.

¿Y eso nos va a sacar de este caos?

Cien por ciento: nombres nuevos, nuevo orden.

¿Y nos va a quitar la tristeza?

Pues no, oye, tampoco es magia.

Andreas. Philip. Vladislav. Claudine.

Vica está sentada entre ellos al borde de un canal oscuro, el agua reflejando los pocos faroles amarillentos, cuando nota, no sin asombro, que no tiene miedo.

No recuerda la última vez que estuvo en la calle sin miedo.

En México debe de ser como la una o dos de la tarde del día después de su partida y ella lleva más de treinta horas despierta.

Su misión está cumplida. Ella está agotada.

Contarles a los amigos de Mana lo que pasó fue brutal pero breve. Porque no hay mucho que decir. Ellos no pueden entenderlo, claro, porque no se puede entender. Porque lo único que Vica puede decir sobre lo que le pasó a Mana es que no sabe qué le pasó a Mana.

Mana fue al mercado una mañana y nunca regresó.

Testigos la vieron entrar, pero nadie la vio salir.

Desapareció como si el mercado, o sus callejones traseros, fueran un agujero negro.

Y como, justo antes, llevaba tiempo viviendo fuera del país y había perdido sus llaves, se llevó prestadas las llaves de su hermana, y Vica gastó todo ese primer día, esas horas cruciales para cualquier posibilidad de encontrar pistas, irritada en vez de preocupada, quejándose sola de que Mana andaba por ahí cual turista, con sus llaves, dejándola atrapada en el departamento.

Después vino el infierno. En los meses siguientes, recorrió muchos caminos sin salida, recovecos y promesas cada vez menos oficiales.

Vendió el departamento —por fin, irónicamente— y repartió la mayor parte del dinero en sobres a abogados y policías y gente cuyo cargo no entendía, o cuyo cargo en realidad no existía, gente que se suponía le ayudaría a buscar a su hermana, pero que resultaron ser quienes, con palabras muy claras, le dijeron que si no dejaba de buscar, de hurgar, de hacer preguntas, ella sería la siguiente.

A ella, le explicaron, nadie la iba a extrañar.

Nadie iba a repartir sobres si ella desaparecía también.

Nadie ni siquiera notaría su ausencia. Y entonces ella, en lugar de esperar a ver si era una amenaza vacía, vendió lo que le quedaba, compró una mochila, un boleto de avión y llegó justo a este punto del planeta, en el suelo de adoquín junto a un canal oscuro, que bien podría ser —se da cuenta ahora, mientras su historia llega a su fin, dejando a los demás confusos, callados y adoloridos— el final no sólo de sus planes y pronto de su dinero, sino también de su miedo.

No sabe si hizo lo correcto. Siente una especie de vértigo irracional, otro tipo de miedo: que ahora que ya no está a merced de la búsqueda y el pánico, entonces quizá el desamparo, el dolor de su pérdida la invada por completo y se la trague. El miedo a la locura.

El silencio se posa sobre el canal como una lámina de hielo.

Se dice a sí misma que no debe pensar, ni sentir, ni temer lo que hay debajo de las cosas, solo mirar las superficies.

Entrecierra los ojos. Se enfoca en el único movimiento visible: las manos gráciles de Vladislav armando cigarros para todos de un modo a la vez artístico y metódico.

Está sentado con las piernas cruzadas, su columna formando esa diagonal tan marcada de quien tiene una postura impecable, un mundo aparte de Andreas, que posee la joroba del alto tímido.

Aunque no fue tímido para ofrecerle un lugar donde quedarse.

Tal vez cualquiera lo habría hecho después de oír a Claudine decir que Tor no podía quedarse con ellos.

La Fourche está llena de muebles, fue su excusa.

Tor sospecha que Claudine simplemente no quería esa tristeza en su casa.

¿Y quién puede culparla? Al darse cuenta de que había sido grosera, Claudine añadió: Todos estamos en shock. Necesitamos aire.

Eso fue lo que los llevó a esta larga caminata.

Por supuesto que no se va a quedar en casa de Andreas.

Ya vio lo diminuta que es cuando pasaron por ahí para dejar su mochila antes de la caminata.

Buscará un hostal. Un hogar, eventualmente.

O algo parecido. Ese futuro cercano es más oscuro que el canal.

No tiene idea de qué tan profundo es este cuerpo de agua.

Podría ser un pozo o un charco. Lo único que siente ahora, además del cansancio, es el inicio de un alivio.

Por fin les contó. Le contó. Algo dentro de ella cambió con el hecho de haber narrado los hechos sin esperar nada a cambio, o tal vez por haberlo contado en inglés esta vez.

La traducción desdibujando las cosas, quitándoles peso.

Porque ¿cómo se dice en inglés impotencia, coraje?

¿Cómo se dice mordida, feminicidio, desaparecida?

¿Cómo se transmite esa certeza con la que creces en México —de que a las autoridades hay que, sobre todo, temerlas— a un grupo de europeos bien intencionados?

Tenemos que volver, dice Andreas, con la mirada en ella.

Pero si acabamos de llegar, dice Vla.

Volver a México, dice Andreas.

Mais non, dice Claudine.

México es cuatro veces más grande que Francia, dice Vica, otro de los muchos datos que Mana le dio, ése en particular justo antes de desaparecer, mientras sólo estaba en la ciudad para hacer trámites antes de mudarse con Andreas.

México también es seis veces más grande que Alemania, pero eso se lo guarda.

Tenemos que buscar mejor, suplica Andreas: Tal vez necesitas que un hombre te ayude a buscar. Lo digo sólo porque tú misma dijiste que es un lugar muy misógino, y…

¡Basta!, dice Philip: Tienes que parar. La niña ha tenido un día larguísimo.