De donde las cosas tienen su origen (París, 2000) #2
Ese comentario, a ella, la pone aún más nerviosa.
Philip se va a la cocina y ella nota, apenas ahora, cómo el sofá verde bloquea el paso a otro sofá junto a la pared.
Otros muebles también están duplicados, como si estuvieran en pleno proceso de decisión y aún no supieran con cuál silla de lectura, cuál mesa de centro, cuál lámpara de pie quedarse y cuál donar.
Vladislav se ve tan tenso como ella se siente.
Irradia un aura naranja brillante, mucho más cálida de lo que se esperaría de un hombre tan pálido y rígido, como si tuviera un pequeño fuego encendido adentro.
Ella entonces recurre a lo que conoce para calmar los nervios.
Dice: 76, Naranja Oropimente. ¿Animal? Collar del faisán dorado y vientre de la salamandra. ¿Vegetal? Capuchina.
Vladislav la mira divertido. Por un momento, lo único que se escucha es la tetera eléctrica y Claudine que marca y espera y resopla.
Philip regresa con una charola llena de tazas delicadas que combinan con sus modales y contradicen su barba de dos días y la coloca sobre una de las mesas de centro.
Claudine suspira junto a la ventana y dice: Il réponds pas.
Philip traduce: No contesta. Luego va hacia la puerta, se amarra una especie de trapo al cuello, saca de la canasta unos mocasines, se los calza y, antes de irse, explica: Andreas tiene que saber que estás aquí.
Aunque lo conoce desde hace menos de media hora, ella ya se siente agradecida, ya en deuda con él. Y al verlo alejarse a través de los ventanales, siente estar perdiendo a su único aliado. Claudine sirve el té, sin sentarse. Inspecciona cada taza antes de entregarla.
Nunca había visto estas tazas, dice.
Como estaba diciendo, dice Vladislav: No creo que la casera vendrá por sus cosas, son prácticamente nuestras ya.
Mais, no, dice Claudine: Tiene que venir por ellas, no somos un basurero. Encuentra un banco y lo carga hasta debajo del tapanco. Se sube en él de modo que la mirada le queda a la altura de la esquina inferior del cuadro del pulpo y, en voz alta, lee: Tor. Su erre es un sonido largo, un ronroneo.
Tor es como ella firma su trabajo. Pero escucharlo dicho así, con las erres felinas de esta imponente mujer y leído directamente del lienzo, como si ella misma hubiera brotado de la pintura y no al revés, le provoca algo, algo definitivo.
Es una caricia a su ego pero también un letrero de salida, un salvavidas.
Y tiene perfecto sentido, en ese instante, agarrarse.
Aferrarse a esas tres letras y habitarlas como un cangrejo ermitaño que encontró nueva casa.
Salir de su pasado oscuro reciente y entrar en su identidad de pintora: usarla como un escudo, como una armadura brillante, un exoesqueleto protector, algo más firme que su yo tan apaleado, su yo devastado.
Tor puede ser un hogar para ella, un refugio.
Dios sabe que necesita uno porque no para de llover en su milpita.
Probará lo que sea, a estas alturas, así que desliza la mano de entre su pierna y el terciopelo y la levanta, la extiende.
Lo sella con un apretón de manos. Tor, dice: Mucho gusto.
Enchantée, contesta Claudine, estrechándole la mano con firmeza. Se sueltan y Claudine se sienta junto a Vla. Se pasan entre todos un bote de miel y, luego, mientras beben el té emerge un tono más amistoso.
Claudine es costurera de noche y, de día, estudiante de Derecho. Es originaria de la banlieue: un sitio que Tor imagina como una colonia tropical francesa hasta que le explican que la palabra designa la periferia de la ciudad.
Vladislav es músico y viene de la República Checa.
En sus palabras: es un compositor checo que también limpia escusados.
Aclara: trabaja como asistente de un compositor famoso.
Y ese compositor famoso es un viejo amigo de la tía de Philip, la casera.
Así fue como todos terminaron en 35 rue Ganneron.
Claudine y Vladislav comparten un cuarto al fondo.
Philip vive en el tapanco y es coleccionista.
Excepto el pulpo, todo el arte en las paredes le pertenece.
La tercera habitación, donde solía quedarse la hermana de Tor, se ha convertido recientemente en la bodega de la casera, pero aparentemente lo mismo es cierto para el resto del departamento.
¿Dónde vive Andreas?, pregunta Tor.
En un estudio cerca de aquí, dice Claudine: Iba a mudarse con tu hermana pero lo único que ha hecho es esperarla.
Esto sacude a Tor. Se lo dirá ahora mismo. Les contará todo y ya no tendrá que soportar estas acusaciones no tan sutiles. Pero en vez de eso pregunta: ¿Como un estudio de arte?
No, como un departamentito, dice Vladislav: Con todo en un solo cuarto.
Tor está a punto de pedir más detalles (¿todo en un solo cuarto, cómo funciona eso?) cuando la puerta se abre y entra Philip.
Y detrás de él, un hombre muy alto, muy serio, de hombros anchos.
Tiene una cabellera rubia que parece dispararse en todas direcciones a la vez y una ligera joroba que podría cifrar tanto humildad como derrota.
Se empuja los lentes hacia arriba sobre el puente de la nariz y la mira directo a los ojos.
Es él. Camina hacia ella como un hombre aproximándose a un templo.
Hay tanta reverencia como curiosidad en sus ojos y, cuando Claudine le ordena: Enlève tes chaussures, putain, la orden rebota en la larga superficie que es él, como haría una pelota de squash en la pared de un gimnasio.
No se quitará los zapatos ni mirará a nadie más que a Tor.
Parece más hechizado que agresivo y ahora se detiene frente a ella.
La intensidad de su mirada es caricaturesca, ella quiere mirar a los demás y reírse, pero no puede desviar los ojos.
Es como algo salido de las botellitas de Alicia en el País de las Maravillas , excepto que es ambas sustancias en una: bajo su mirada ella se encoge y, a la vez, se expande.
Vladislav ya no aguanta más, enciende un cigarro y rompe el silencio tenso diciendo, muy despacio: Andreas, te presento a Tor.
Tor se pone de pie, pero aun así él sigue siendo mucho más alto que ella.
Él se sienta en la mesa de centro, a menos de medio metro de distancia.
Ella vuelve a sentarse en el sofá de terciopelo verde oscuro.
Tal vez es autista, piensa ella, tal vez tiene un problema.
Nunca ha conocido a alguien que mire así, sin respetar el espacio personal, sin parpadear siquiera.
Y es la primera de un millón de veces que piensa, por ignorancia o por falta de imaginación: Tal vez es porque es alemán.
Hola, dice él. El tono es serio, pero no hostil.
Su voz es profunda y cálida. Evoca árboles, tanto los sanos en el bosque como los que se cortan para mantener el fuego del hogar.
Y con esa voz algo comienza a derretirse en ella.
Algo que continuará derritiéndose, quemándose o fundiéndose en ella, por el resto de su vida.
Te pareces mucho a Mana, dice él.
Tor asiente, pero no dice nada. Sonó más como un pensamiento escapado que como un inicio de conversación. Además, esto ella lo sabe, esto ella lo carga: que su hermana ya no está y sin embargo tiene que verla en el espejo a diario.
¿Dónde está Mana?, pregunta él.
Los ojos de ella se llenan de lágrimas y los de él de algo parecido al pánico.
¿O es rabia? ¿Por qué eligió ser ella quien se lo dijera, carajo?
No cree poder hacerlo. Mientras más lo mira esperar la respuesta, más teme aceptar que simplemente no puede dársela.
No tiene una. Quiere hundirse, preferiría que el sofá se la trague antes que tener que decirle dónde está Mana, que Mana ya no está, que no está en ninguna parte. Que no sabe, que no sabe.
Mana no te dice Tor, dice él. Y ella cree ver aparecer, ahí, en el quiebre de su voz, una grieta.
Y por esa grieta se cuela un rayo, y ella entiende algo.
Él no le está hablando desde la sospecha, sólo desde la confusión.
Y ella a la confusión la conoce bien, es el territorio donde vive hace tiempo, y sabe que la confusión bien puede convivir con la compasión, sabe, de golpe, que de Andreas no necesita defenderse.
Él, además, ha bajado la mirada por fin, y la de ella la sigue al suelo, se posa sobre las duelas, entre las botas de él.
Es el exacto mismo modelo que ella acaba de quitarse apenas una hora atrás —ya parece otra vida— sólo que el doble de grandes.
Usan las mismas botas. Ella decide que esto es una buena señal.
Él vuelve a mirarla y dice: Cuando Mana hablaba de ti, siempre decía Vica.
Tor se obliga a asentir, lentamente. Se obliga a decir la verdad sin tener que desprenderse de la nueva y brillante armadura que, hace minutos, decidió adoptar para siempre. Se obliga a decir claramente: Soy las dos. Soy Vica y soy Tor.
Inmediatamente después del entierro de su madre, las hermanas se metieron en la cama y no salieron por días.
Se abrazaban como cucharas rotas, se daban la espalda, se encontraban de nuevo.
Cuando una no podía más, la otra cambiaba las sábanas, buscaba algo de ropa limpia, insistía en que la otra comiera algo.
Ninguna quería estar sola. A veces hablaban en clave.
Lo que necesitaban decir no podía expresarse con palabras, así que lo decían con colores.
De niñas habían memorizado la Nomenclatura de los colores de Werner y solían ponerse a prueba mutuamente a todas horas.
Era una competencia que habían dejado de lado con los años pero que ahora, ahora que el páncreas infestado de su madre y su partida repentina las había expulsado de la juventud ligera y lanzado a una madurez forzada, ahora el juego las unía más allá de las palabras obvias, gastadas, que tan poco ayudaban.
Se refugiaban en tratar de recordar los detalles de aquel catálogo, y en tratar de usarlo para todo.
Mana, decía bajito una en medio de la noche.