Wishbone De donde las cosas tienen su origen (París, 2000)
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De donde las cosas tienen su origen (París, 2000)

Ve, antes que cualquier otra cosa, el pulpo.

Es inevitable, lo aprendió en clase de composición: el ojo siempre irá al punto focal.

Pero igual la sorprende. Su propia pintura, colgada en este lugar desconocido, le provoca un escalofrío en la base del cuello.

En un instante y contra toda lógica, desea que haya un doblez del continuo espacio-tiempo, concretamente espera que su hermana aparezca desde detrás del cuadro, como si acabara de colgarlo de ese tapanco inmenso y pudiera ahora asomarse, con un martillo en la mano y preguntando: ¿Así está bien o sigue chueco?

Bonjour, dice el hombre que abrió la puerta que ella acababa de tocar.

Cambio de punto focal. Otro sobresalto: el hombre es inesperadamente guapo. La mira divertido, con dos cejas negras, espesas y alzadas enmarcando unos ojos tan azules que alguien fácilmente podría ahogarse en ellos.

Bonjour, dice ella, pero la erre le sale con las orillas redondeadas: una erre americanizada que le da ganas de subirse la capucha y esconderse en su chamarra.

¿Te puedo ayudar en algo?, pregunta él, cambiando de idioma sin ningún esfuerzo.

Ella señala la pared y dice: Yo hice eso.

Él se gira y pregunta: ¿Cuál de todos?

Es curioso, y algo vergonzoso, darse cuenta de que ni siquiera había notado todas las otras obras de arte. La mayoría están mejor hechas que la suya, sin duda, pero ninguna es tan colorida.

El pulpo, aclara ella.

Él asiente. Dice: Con razón te me hacías conocida.

Soy su hermana, dice ella.

Con esto último la sonrisa de él se achica, sin esfumarse del todo.

Da un paso atrás para dejarla pasar, como si fuera inevitable, pero ella en vez de seguirlo duda.

Una duda física que intenta anclarla a los escalones de afuera.

Tal vez mejor no pasar. Mejor no cruzar el umbral.

Pero ya llegó hasta acá y fue mucho lo que viajó para llegar acá.

Se obliga a entrar, entonces, y a bajar su mochila al piso.

Las correas caen rendidas al unísono, como soltando un gran suspiro.

En marcado contraste con las duelas de madera gastada, la mochila es una mezcla saturada de verde y rosa, recién la compró en oferta, y de pronto teme que revele lo nueva que es también ella, que nunca había volado antes de hoy y que, hasta hace literalmente unos días, había estado viviendo encerrada.

Junto a la entrada, una montaña de zapatos desbordándose de varias canastas parece sugerirle que se descalce.

Sus botas, al menos, sí parecen de viajera.

Se agacha para quitárselas. Detrás de ella, él cierra la puerta y de inmediato la temperatura cambia.

El departamento es inmenso y apesta a cigarro y él: ¿es él?

¿Es éste el hombre cuyo corazón está a punto de romper?

Intuye que este hombre es del tipo de persona que nunca deja de sonreír, y que para frecuentarlo hay que aprenderse todo el diccionario de sonrisas, la duración, inclinación, temblor, el qué está pasando con los ojos al mismo tiempo, todas las señales posibles como instrucciones en un manual de modales de otro siglo, y esa idea la agota aún más.

No quiere ser ella quien le quite ese privilegio.

Pero su hermana dijo que era alemán y éste más bien suena inglés.

¿Eres inglés?, pregunta.

Mitad inglés, dice él: Siéntate, por favor, voy por los demás.

La guía hasta un sofá de terciopelo verde oscuro en el centro del cuarto, empieza a alejarse y luego se detiene.

Se gira y dice: Tengo que decirte algo, si vienes por sus cosas.

¿Vienes por sus cosas? Porque hace unos meses finalmente donamos todo.

Ella niega con la cabeza. Él se coloca una mano en el pecho y exhala aliviado.

No vengo por las cosas, reitera ella, pero al decirlo el peso de cada objeto donado parece transmitirse a su cuerpo, hundirla en el terciopelo.

Esta pérdida no acaba nunca, está en todas partes y cualquier detalle puede reavivarla, amplificarla, prolongarla: un cuadro que colgó años atrás; una serie de cosas donadas y por ende irrecuperables; el hombre que tal vez —o tal vez no— la amaba.

Soy Philip, dice él: Voy por los demás.

Se va a través de una puerta escondida debajo del gran tapanco.

Ella lo mira alejarse y se arrincona en el sofá.

¿Quiénes demás? ¿Cuántos más? Podría aprovechar para mirar a su alrededor, buscando rastros de su hermana en el espacio, pero no se atreve.

¡Regalaron sus cosas! Teme que aquí también hayan borrado a Mana y que su ausencia se note en algo fuera de lugar o algo que falta.

Es un pensamiento absurdo pero le mantiene la mirada fija en los cristales.

Son unos señores ventanales, enormes, divididos en cuadros.

Pero cada cuadro tiene las esquinas manchadas de un modo que, si entrecierras los ojos, parecen más bien círculos, ojos de buey, ventanas de barco.

Lo cierto es que ella también regaló sus cosas, todas, o, peor, todas las que no logró vender en esta última semana.

Se pone de pie como si la culpa la hubiera pateado.

Da dos pasos y vuelve a sentarse al otro extremo del sofá, en el único parche de sol. Mira a su alrededor.

El espacio es grande pero está tan lleno de muebles que la amplitud no se le nota a primera vista.

Hay una cocina, una sala y, en una esquina, algo como una estación de costura.

Encima hay un tapanco grande, cerrado por cortinas pesadas.

En medio, una mesa de madera maciza con bancas.

Contra las paredes hay un par de escritorios con computadoras y un piano.

Algunas plantas, inexplicablemente vivas.

Ceniceros por todos lados. Con razón París volvió fumadora a su hermana.

¡No! No debe pensar en su hermana ahora.

Trata de concentrarse en el área delimitada por el sol, en cómo éste hace invisible el polvo flotando y cómo a su vez el polvo parece sugerir la existencia de mundos pequeños, ignorados.

Envidia visceralmente a los gatos, quisiera acurrucarse en la rebanada de sol sobre terciopelo y dormitar.

Pero ni siquiera se atreve a cerrar los ojos para disfrutar bien del sol en la cara.

35 rue Ganneron, repite en su cabeza, por costumbre.

Ha sido su mantra durante todo el viaje, su meta por semanas.

Pero ¿y ahora? Lo único que tenía era una dirección sacada de los papeles de la universidad de su hermana y ningún plan más allá de presentarse.

El pulpo está aquí, se dice, y yo también regalé sus cosas, así que eso no los hace crueles, o no más crueles que yo…

No tiene idea de a quién abarca esa concesión, ese plural.

La dirección era la única pista. Apenas ahora acepta la endeblez de su plan.

Recuerda con incredulidad cómo vendió todo en pánico.

Cómo compró la mochila y metió su existencia en ella y cruzó el océano esperando encontrar una puerta abierta, un lugar para descansar.

Le abrieron la puerta pero ahora, en realidad, no sabe dónde está ni con quiénes.

Teme arruinar el espacio, romperlo en pedazos con la violencia de la historia que viene cargando.

Tiene un impulso animal de salir corriendo.

No es el gato al sol sino el ratoncito que cayó en la trampa.

Se oyen voces, ahora, y el crujir de la madera y demasiados pasos como para contarlos.

¿Por qué se designó a sí misma como portadora de tan malas noticias?

Y si hubiera que salir huyendo, ¿cómo va a correr sin sus botas?

Alguien carraspea. Ella se hace una visera con la mano y levanta la mirada. Encuentra a una de esas esculturas de madera que tienen el cuerpo y el cuello alargados, sólo que ésta es humana. Es una mujer que chasquea la lengua dos veces, y dice: No te puedes llevar el pulpo.

Ok, contesta ella.

Pero la mujer sigue como si ella no hubiera contestado: Porque esperamos meses, ¡meses!, no mandó la renta, no llamó por teléfono, ni siquiera envió una nota, nada, así que nos quedamos con el pulpo como renta, et puis voilà, quoi.

A su lado, un joven con una barba tan rubia que parece blanca, y tan larga que la lleva trenzada, pone una mano en el hombro de la escultura, que entonces retrocede.

Pero, les dice Philip señalándola con un gesto amplio, como si la estuviera presentando en el teatro: Ella hizo el pulpo.

Los otros dos lo miran a él y luego al pulpo.

Luego la miran otra vez a ella, pero de otra manera.

No es la primera vez que esto le pasa y ciertamente no será la última.

Pero aún le asombra el efecto que su arte tiene sobre cómo la ven los demás, sobre qué piensan de ella.

Le parece tan mágico como injusto, que puedas inventar algo y luego ese algo te reinvente a ti.

Me llamo Vladislav, dice el de la trenza: Y ella es Claudine.

No tengo batería, le dice Philip a Claudine: ¿Puedes llamarlo tú?

Claudine saca del bolsillo algo que parece un telefonito de juguete, pero que funciona, o parece funcionar, y camina hacia la enorme ventana mientras marca.

Ella los ha estado viendo desde que aterrizó en Charles de Gaulle, hace un par de horas, sentada en una banca afuera, juntando valor para subirse al tren.

Son pequeños ladrillos grises o azul marino o negros.

La gente se los pega a la oreja con una mano mientras gesticula con la otra, o aprietan los botoncitos con ambos pulgares, dejándose el cigarro colgando de los labios.

¿Quién, él?, pregunta ella: ¿A quién llaman?

¿Cómo?, dice Philip: ¿No sabes?

Sé que tenía un novio alemán con el que planeaba vivir, dice ella.

¿Puedo sentarme?, pregunta Vladislav.

Es tu sofá, dice ella.

Pues, no, en realidad, éste sofá es de la casera, que dijo que regresaría por él, pero yo dudo que lo haga.

Basta, dice Philip: Vendrá cuando pueda. Todos estamos nerviosos, voy a hacernos un té.