Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #10
Por suerte, eventualmente Agrippina tendrá una base.
Un lugar sólo suyo, al que siempre pueda volver: el departamento de Harriet, que Mandíbula le regalará para sus treinta años, con un pequeño estudio de grabación donde antes estuvieran la covacha y el cobertizo.
Se lo entregará personalmente, confesándole por fin a Pina todo el cariño paternal que le tiene.
Pina aceptará ese regalo exorbitante como todos los demás.
Aceptará a Mandi tal como es. Lo adoptará como mentor, como tío, como viejo amigo.
Pero no como padre. Pina tiene un padre y se mantendrá siempre cercana a él, sobre todo por teléfono.
Andreas será muy feliz cuando Agrippina Luft por fin deje de presentarse como π.
Pina tocará en innumerables escenarios, criará un hijo propio, envejecerá en el mismo departamento donde envejeció Harriet, con un alebrije gigante —medio lagartija medio pájaro— siempre mirándola en la sala, siempre recordándole de dónde viene: viene del color.
Vica también envejecerá, mucho antes que Pina, en una isla llamada Mull.
Se mudará allí para escapar de la tristeza del nido vacío y siguiendo no sólo su propio impulso, sino el de Fiona, la escritora, que le ofrecerá empleo a tiempo completo.
Vica vivirá el resto de su vida en esa isla: flotando pero anclada, inmersa en el cafeverdegrís de Escocia, con vista al azul.
Poco a poco, lento como placas tectónicas, el trabajo de Vica evolucionará.
De mecanógrafa a colaboradora. Primero una escena, luego un capítulo, después la trama, luego los personajes.
Hasta que, eventualmente, colabore plenamente con Fiona.
Escribirán juntas un libro, luego una serie, otra más.
Y luego Vica escribirá sus propios libros, cuando Fiona decida jubilarse y regresar a Edimburgo.
Escribir le permitirá a Vica existir en otros lugares, en otros planos.
Una vida que es mil vidas, bidimensional pero con posibilidades infinitas: quedará enganchada sin remedio. Enganchada al aire fresco.
Incluso después de haber vivido dos décadas en la isla y haber publicado seis novelas policiacas, Vica no llamará a escribir «escribir».
Lo seguirá llamando «tomar dictado». Se despertará temprano, subirá una colina y dejará que las historias desciendan sobre ella desde lo alto.
Desde el cielo y desde el mar y desde todo lo que hay entre ambos.
Correrá de regreso a tomar notas en taquigrafía.
Se dirá a sí misma que lo único que tiene que hacer es transcribir.
Igual que cuando Fiona estaba allí. Fiona le enseñó lo importante: que escribir es mitad caminar y mitad aprender a quitarte del camino.
Y Vica hará poco más que tomar dictado desde el momento en que comience a escribir sus propias historias.
Un trabajo de medio tiempo en la biblioteca le permitirá mantenerse a flote económicamente.
Y en una pared de la biblioteca de Mull, Vica instalará un clavo.
De él colgará un marco tamaño póster, usado para mostrar una rotación de sus textos más artísticos, menos publicables.
Performances imaginarios que concebirá usando mapas y planos que extrae del internet y que luego inunda de color usando sólo palabras.
Palabras para resaltar cruces de caminos olvidados, palabras para vaciar objetos de todo su color, palabras para teñir una montaña o colorear un museo, palabras opacas y brillantes, palabras para desafiar la lógica y la luz, palabras para iniciar el día de alguien o para hundirlo en la noche.
Quienes entren a la biblioteca y se acerquen regularmente a los textos enmarcados, lo sabrán: todos son distintos pero todos se llaman Colorplay, y todos están firmados, simplemente: V.
Los títulos de sus novelas policiacas, diez en total, serán siempre un tono, una sombra, un pigmento.
Porque su protagonista, una detective ingeniosa y muy querida por sus lectores, estará basada sin que nadie lo sepa en la hermana de la autora: una mujer que tenía una obsesión por el color, y un espíritu científico, y que fue arrancada del mundo demasiado pronto sin que nadie tuviera el valor de investigar su caso.
Una y otra vez, Vica la vengará de esta forma íntima: distribuyendo justicia ficcional.
Vica firmará sus novelas con su nombre completo, su nombre más antiguo.
El que su madre le dio en lugar de pedirles los apellidos a sus jefes: letras que nunca compensarían la falta de actos paternos.
Es decir, no el apellido que compartió con Pina y con Andreas, sino el que compartía con su hermana y con su madre.
El apellido que había enterrado, lo desenterrará, como para señalarle, a ellas dos, que las recuerda.
En cada una de sus portadas, un mensaje de amor en código para las que ya no están: Victoria Sima.
Sólo cuando Vica esté enferma, demasiado enferma como para intentar mejorar, sólo entonces verá que, sí, vivió en gran parte a través de las historias que escribió y que, sí, nunca fue capaz de ver su propia aura, pero también, ¿acaso no es cierto que ella misma fue de muchos colores, que vivió muchas vidas?
Cambió de rumbo con bastante frecuencia, si se le permite decirlo.
Aprendió a manejar del otro lado, pero, más importante: aprendió a conducirse a sí misma.
No es poca cosa: día a día se escribió una vida.
Se tejió una trama propia. Y aunque el dolor de que su hermana no haya podido hacer lo mismo nunca la abandonará, y aunque la enfermedad, la misma que se llevó a su madre, la invada, e incluso cuando el corazón se le rompa una última vez al despedirse de su nieto, Vica morirá orgullosa de sí misma.
Orgullosa sobre todo de dos cosas: de que logró darse raíces; y a su hija, alas.