Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #9
Pero nada en Vica se está quemando. Está nomás sonrojada. Y algo le arde, sí, pero muy dentro del pecho. Igual no puede apartar los ojos del fuego, no puede volver a mirar a Andreas a los ojos. Tal vez nunca más.
El muñeco pierde su forma en un momento. Y dentro de Vica, entre las oleadas de dolor y vergüenza, otra cosa asoma la cabeza. Una prístina lucidez: ella no es un muñeco de paja y su pasado ya era cenizas.
Una resignación densa y triste la atraviesa, y en su estela puede ver que la tercera respuesta siempre fue la única respuesta. Que nada puede desinflarse para siempre, que las cosas no se recalientan solas.
Que lo que está ardiendo aquí es su presente.
Que fue ella quien le prendió fuego.
Una semana después, Vica seguirá cabalgando ese incendio.
Habrá hecho una maleta. Le habrá dado a Pina un monedero lleno de hermanitas y le habrá anunciado a Andreas y a la Oma que ellos estarán a cargo de Pina mientras ella se va por unos días.
Para poder pensar, será el argumento que dará antes de salir cerrando por última vez la puerta de su caja blanca en Nippes.
Apenas se suba al tranvía, su madre protestará: Niña, escúchame, ¿pero qué chingados?
No digas groserías, ma, te hace ver vulgar.
¿Ver? Si ni siquiera me puedes ver, carajo.
Te hace sonar vulgar. Y enojada. ¿Estás enojada conmigo? ¿No ves que estoy intentando?
¿Intentando qué?
¡Pensar! Volver a mi centro. El mes pasado me estaba yendo tan bien, con el negocio y el romance.
¿Qué romance? Eso no fue ningún romance. Eso fue una chaqueta mental.
Incluso muerta eres elegante.
Andreas es un buen hombre.
Ma, ¿de qué lado estás?
Del «otro» lado.
Ja, ja.
Aún podrías disculparte, retractarte, decirle que quieres intentarlo de nuevo.
No. Se acabó.
¿Por qué, por la pinche entorpía?
Porque nunca estuvo destinado a ser. Tuvimos a Pina, ahora nos separamos. Puedo abrir mi negocio de auras donde sea. Recuperé mi color, como los flamingos, ¡ahora nada puede detenerme!
Entonces ¿por qué estás llorando a moco tendido en el tranvía?
No lo sé. Sólo necesito irme a algún lugar. Necesito avanzar.
Ok, necesitas avanzar. Y, ok, no necesitas a ningún hombre para eso. Pero sí necesitas a tu hija, ¡no dejamos a nuestras hijas atrás!
Es por unos días. Y, ma, necesito otra cosa también. Necesito estar sola. Cuando me baje en la estación, tú te vas a regresar, para cuidar bien a Pina mientras yo no estoy.
Y para su sorpresa, funcionará. El fantasma interior de su madre la dejará en paz por unos días.
Así que una vez en la estación central de Colonia, será decisión suya no ir a buscar a Mandi como ha estado fantaseando.
No subirse a un tren destinado a estrellarse.
Que Mandi, donde quiera que esté, se quede con la Europa continental, ella reclamará el Reino Unido: una isla que no la alienará, porque Vica se siente, de todos modos, como una isla, y sobre todo porque sabe bien inglés.
Su madre se aseguró de que ella y su hermana aprendieran de niñas y, aunque lo odiaron en su momento, no puede negar su utilidad.
Tomará el tren que va por abajo del agua, y saldrá como lavada.
Lista para volver a empezar, una vez más.
Pero para eso primero necesita llegar a Francia.
Vica armará un viaje lo suficientemente largo como para poder dormir en el camino.
Porque le parecerá que lo que más necesita, en realidad, es descansar.
Vica dormirá en el tren. Vica soñará. Muchos viajes, aprendizajes, mudanzas, mucho crecimiento y temor y alegría le esperan todavía, pero en ese momento, difuminada en el trajín de Köln Hbf, la estación al pie de la catedral más imponente de Europa, comprando boletos de tren ni muy lineales ni demasiado lógicos, comprándolos por largos y por baratos como si fuera una mujer más joven y más independiente: todo lo que Vica deseará será, en realidad, una siesta.
Un momento para ella sola. Un poco de silencio.
No tener que tartamudear en alemán sería, se dará cuenta, descanso suficiente para su cabeza.
Comprará un cuaderno y se subirá al primer tren que la lleve lejos de sus carencias, lejos de la caja de zapatos con casetes que tirará en un basurero de la estación, sin ceremonias.
El cuaderno también lo tirará sin ceremonias después de llenarlo.
Hará eso por años. Su versión radical de la pequeña cruz de Hilma: pasará mucho tiempo antes de que Vica considere su escritura digna de perdurar.
Por ahora la pluma le servirá como una especie de pasamanos.
Algo a lo que agarrarse. Algo lineal, como el viaje en tren, que le permita desenrollar sus pensamientos hasta llegar a un poco de claridad, a una pista de quién es ahora, además de una madre, una pista de lo que realmente quiere, incluso si eso es lo mismo que más teme: un cambio, un quiebre, una ruptura.
A pesar de su talento, Vica nunca será capaz de ver su propia aura.
Simplemente no se puede. No existe tal espejo.
Una intuición, tal vez. Destellos, sombras, reflejos.
Pero no un color fijo. Una serie de tonos que asocia a sensaciones irá emergiendo lentamente, cuanto más se conozca a sí misma, cuanto más la vida la ponga en situaciones en que ella deba actuar, resolver, reaccionar.
Cuanto más escriba para saber qué piensa.
Conócete a ti misma, decidirá eventualmente, sólo significa estar dispuesta a palpar las paredes de tus cuevas interiores y aprender a apreciar las pequeñas formas en que la luz se acumula allí, y aprender a aceptar, también, la oscuridad.
Y la única manera en que Vica podrá hacer esa danza de aceptación y autoconocimiento, será con una pluma.
Le escribirá a Mandíbula una vez más. Pero sólo una: para decirle que se mudó a Londres.
Qué pena, responderá él, porque él justo se mudó a Mallorca.
Que se quede con España, se dirá ella de nuevo.
Que se quede con Mallorca y con el Mediterráneo y con la novia española, a quien Vica imagina como un caballo: más fuerte y más libre y más bronceada de lo que ella jamás será.
Vica se quedará con Londres. Aunque de vez en cuando buscará el rostro de Mandi en hombres que ve pasar.
Porque, en realidad, Vica no le creerá del todo.
Y le guardará rencor durante años, sólo para perdonarlo en cuanto vuelva a verlo en persona.
Luego lo amará durante décadas, en los términos que él imponga.
Aceptará de él regalos infinitos, pero nunca le pedirá nada.
Ésta es una regla que se impondrá a sí misma ahí mismo, con el Kölner Dom como testigo.
Al llegar a Londres, el único trabajo que Vica podrá conseguir será de limpieza.
Lo aceptará con gusto, diciéndose que es temporal.
Luego volverá a Colonia una última vez, para recoger a Pina.
Andreas dejará ir a su hija, con condiciones.
Madre e hija tomarán un vuelo sin regreso.
El Pulpo permanecerá como pasajera de esa ruta, de ida y vuelta, durante toda su infancia.
Sus padres, en cambio, se volverán a ver sólo trece años después, cuando Andreas llegue a Edimburgo para escuchar a su hija cantar en una capilla: más viejo, un poco más rojo, pero con el aura tan verde como siempre.
Vica y Andreas hablarán, eso sí. Tomarán todas las decisiones por teléfono.
Andreas se convertirá en un sonido en la vida de Vica.
La profundidad de su enojo, el bálsamo de su aprobación, sus gruñidos ininteligibles cuando ella gana una contienda.
Como fue su amante alguna vez, su esposo se convertirá en sólo una voz. Y será más que suficiente.
Pina crecerá sin tregua. Su aura dorada será constante, más brillante con cada miedo conquistado, cada canción compuesta y cantada frente a públicos cada vez más numerosos.
Cada día Vica la amará más y la conocerá menos.
Estará en paz, sin embargo, con ese baile imposible pero necesario del desapego.
Será incluso un alivio. Porque como dice su madre, la maternidad es como el tamarindo: o es agridulce o no es.
Vica podrá escuchar a su madre dentro de ella por el resto de sus días.
Pero nunca logrará controlar sus apariciones, sus comentarios y opiniones.
Vica dormirá en ese tren. Por primera vez desde que nació su hija, cruzará fronteras sin ella.
Estará dormida al entrar a Holanda. Pero en realidad no le importará, ni entonces ni nunca más, haber dejado Alemania.
La dejará atrás como si fuera una piel muerta.
La abandonará de golpe, como un vicio, como una amiga cruel, como una tarea difícil que no pudo terminar.
Nunca logrará separar la república entera de lo invisible que se sintió allí.
En el Reino Unido también la harán sentir invisible incontables veces, pero ella se dirá que está allí por elección propia.
Como si, gracias a los superpoderes que desarrollan las mamás solteras, Vica pudiera mantenerse con los ojos bien abiertos y ágil, a la vez percibiendo la discriminación y esquivándola, o por lo menos sacudiéndose el daño lo más posible, enfocándose en lo que necesita para sobrevivir, para mantener a su hija y, eventualmente, también a sí misma y a su arte.
Astuta y trabajadora, instintiva, concentrada como un láser: un ave construyendo un nido.
Tampoco a México volverá jamás. Ni siquiera cuando Andreas se mude allá, ni siquiera cuando Pina se enamore del país y lo visite con frecuencia.
Será imposible seguirle la pista a Pina.
Estará siempre de gira, saltando fronteras, grabando sencillos, enviando fotos sin palabras que Vica tendrá que interpretar como dios —o, más bien, su madre en su cabeza— le dé a entender.
Mensajes de audio de ida y vuelta, será lo que las mantendrá cerquita.