Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #8
Cuando llegaron al hospital esa noche, Vica tenía apenas dos centímetros de dilatación.
Los metieron a un cuarto a que esperaran.
Les dijeron que podían faltar horas, incluso días.
Ella empezó a preocuparse por la comida y mandó a Andreas a buscar algo.
Pero él estaba demasiado ansioso para salir del hospital y ya era pasada la medianoche, así que volvió sólo con cafés de máquina y una bolsa de papel llena de dulces.
Ella no tenía mucha hambre todavía, así que el gesto le pareció simpático.
Andreas vació la bolsa sobre la camilla médica, formando un pequeño montículo y, ya subido en ese alféizar cargado y nostálgico que es el borde de la paternidad, declaró: Estos son mi infancia, una institución alemana, ¡te presento los Tatoo Kaugummi!
Eran normales de sabor, pero cada uno venía con un tatuaje temporal sorpresa.
Vica y Andreas fueron reduciendo la pila durante las siguientes horas.
Cada vez que se comían uno, Andreas luego pegaba con un trapo mojado el tatuaje donde ella sentía una contracción, así que para cuando Vica entró en trabajo de parto activo, su panza, muslos y espalda baja estaban poblados por personajitos aleatorios.
Horas después del nacimiento de Agrippina, cuando Vica se separó de ella por primera vez en nueve meses para ir a bañarse, dejó que el agua caliente le cayera encima, que corriera la sangre entre sus piernas, y se concentró en borrarse uno por uno los tatuajes.
Fue un ritual. Una transición. Una experiencia casi religiosa de la que jamás le ha hablado a nadie.
Recuerda que la última, la determinante, fue un camello.
Lo tenía en el vientre: amarillo pálido, mirada triste y cachetes caídos.
Vica lo rascó muy despacio con las uñas, mientras sentía, más que pensaba, que incluso con su madre muerta y su hermana desaparecida, hasta ese momento ella no había sido más que eso: una hermana, una hija.
Pero ahora todo había cambiado: ahora era la madre de alguien.
Ahora tendría que endurecerse, asumir, crecer de verdad.
Lo cual por supuesto la hizo sentir, y llorar, como una niña pequeña.
Ahora Vica experimenta un raro arranque de compasión por su yo ligeramente más joven, y por Andreas, también, por los padres primerizos que fueron.
Y cuando por fin lo ubica entre la multitud, caminando hacia ella mientras lanza dulces con generosa entrega y grita Kölle Alaaf, Kölle Alaaf!
Vica se inclina para confirmar que los tentáculos de Pina están relajados: prueba sólida de que duerme.
Si Andreas la despierta con su entusiasmo, le dará una patada en la espinilla.
Pero cuando Andreas ve que Pina está dormida, baja su volumen de inmediato.
También baja el techito de la carriola, cierra el cobertor térmico.
Guarda la bolsa de dulces debajo del asiento y toma el manubrio como había prometido.
Vica se hace a un lado, invadida por una oleada de sentimientos complejos.
Tal vez sean los mojitos. Pero la nostalgia repentina se siente abrumadora.
¿Cómo llegaron a este gradiente oscuro, esta inercia amarga, este estado triste en el que están ahora, desinflándose para toda la eternidad?
Sin ambiciones compartidas de techos altos, sin peleas, sin orgasmos. ¿Y cómo van a recuperarse?
Es algo más grande que Vica, pero que habita dentro de ella.
Algo que se hincha, no muy distinto de una contracción.
Una entidad que palpita. Una deidad. Lo más espiritual que puede llegar a sentir.
Amor, digamos. Un amor más mundano, más sólido que sus fantasías sobre Mandíbula, a las que, de golpe, decide renunciar.
Por esto. Por este hombre aquí. El hombre que está a su lado.
El hombre que la tatuó. Pero cuando Vica extiende la mano hacia su rostro, llena de esta emoción intensa, y trata de besarlo, Andreas apenas la mira entre un Alaaf!
y otro. Y cuando sí la besa, lo hace con prisa.
No un Küsschen, sino un Bützchen: un beso como el que le daría a un extraño.
Fíbula, Radio, Columna, el Pulpo.
Vica los sigue a todos cuesta arriba. Le duele la cabeza, se siente pegajosa, tiene una ampolla.
Es el último día de los días locos y todos están hartos de la locura y de compartir el pequeño departamento.
Vica está agotada pero al menos casi no ha pensado en el cartero.
Suben cargando un picnic hasta la cima de una colina, en un parque, y se instalan sobre un par de mantas.
A su alrededor, mucha más gente hace lo mismo.
Al parecer un montón de enormes muñecos hechos de paja, que se llaman Nubbels y tienen forma humanoide, serán quemados en público después de haber sido paseados por toda la ciudad en una procesión fúnebre.
Pero para cuando por fin se encienden las hogueras ya hace tiempo que se terminaron el picnic y Agrippina duerme en una cama improvisada con los abrigos de todos.
No están sentados en círculo, los cuatro adultos, sino en línea, todos mirando colina abajo, hacia el fuego. Andreas saca una nueva botella de vino de su mochila sin fondo y rellena los vasos de peltre.
Vica, dice Rad: Estoy tan crudo que siento que mi aura tal vez cambió de color, ¿cambió?
Vica se ríe pero él parece serio. Así que ella entrecierra los ojos: es la única manera de ver bien el color.
Naranja, dice Vica: Naranja Oropimente.
¿Eso es bueno?
No hay bueno ni malo, Rad, sólo hay color.
Pero si yo ya era de ese mismo naranja cuando me leíste por primera vez hace años, ¿no he evolucionado?
¿A qué quieres evolucionar?, interviene Fib: ¿A morado?
No puedes evolucionar, dice Andreas: Porque eres un organismo individual.
Yo sí he evolucionado, dice Fib y les cuenta de su ascenso en el trabajo.
A Vica le parece interesante que se lo haya guardado toda la semana, como si esa gran noticia fuera demasiado seria para los días locos.
También nota que Rad parece respetuoso pero escéptico.
Andreas en cambio está entusiasmadísimo.
Felicita a Fib por el nuevo puesto y también por haber pedido el merecido ascenso ella misma y de paso también por haber cursado un grado que nadie más en su familia había hecho.
Gracias, Columna, dice Fib: Muchas gracias.
Nunca te emocionas tanto sobre mi trabajo, le reclama Vica a Andreas.
Y como nadie dice nada después de eso, Vica empieza a sentirse juzgada.
¿También sus amigos desaprueban su negocio de lectura de auras?
¿También lo equiparan con una estafa de adivinación?
Intenta no pensar en eso. ¿Qué importa? Ella tiene su porrista en Mandi.
O tenía. Ahora intenta no pensar en eso tampoco.
Se concentra en el espectáculo. Los Nubbels son simpáticos, hechos con esmero, tienen ropa y todo, pero están condenados.
La tradición consiste en, primero, culparlos de todos los pecados cometidos por los humanos durante el Carnaval y, luego, reducirlos a cenizas.
Para volver a la normalidad, supone Vica, para eludir toda responsabilidad y volver como si nada a las rutinas.
Ahora sí ya empiezan a arder algunos, encerrados dentro de extrañas jaulas metálicas.
Vica no sabe si la jaula es por seguridad del público o para empeorar el castigo del muñeco.
Nota que el Nubbel más cercano a ellos lleva una cruz en el cuello y una rosa en la mano.
Va a quemarse muy rápido cuando bajen la jaula al fuego.
Vica apoya los codos en las rodillas y la barbilla en los antebrazos.
Recita en voz alta: Una rosa es un secreto, el secreto de una gran dama.
Vica no es psíquica. Ojalá sea más empresaria que mística. O tal vez no es más que una boba. Y además le miente a Andreas, todo el tiempo, sobre todo en esto: en el fondo sí cree en la magia. Cree en la magia como una criatura ingenua, indefensa y nada científica.
¿Qué fue eso?, pregunta Rad: ¿Un proverbio? ¿Una profecía?
No, dice Vica: Es sólo algo que mi mamá sacó de una novela y convirtió en una especie de oración. Se volvió nuestro rezo. Era muy chistosa mi mamá.
Andreas mete un brazo entero en su mochila, revuelve, y cuando lo saca trae sujeta una barra de chocolate oscuro.
Oigan, dice mientras parte y reparte cuadritos: ¿Entonces ya no están en contacto con Mandi?
Vica se congela. Andreas no ha mencionado a Mandíbula en años. ¿Por qué ahora? Calma, sólo está charlando. Una conversación cualquiera. Los amigos en común son un tema perfectamente habitual.
Fíbula chasquea la lengua contra el paladar y dice: Je l’ai blacklisté.
Andreas y Radio se ríen. Vica fuerza una sonrisa. Tal vez ella debería hacer lo mismo, piensa, aunque tiene la sensación de que tal vez Mandi la puso a ella en su lista negra primero.
Yo sí, dice Vica: Yo sigo en contacto con él.
¿Ah sí?, dice Andreas.
Tanto Fib como Rad parecen atrapados entonces, entre el intercambio mudo que se da entre Vica y Andreas, la mirada exhausta y desafiante de ella apuntada hacia él como una flecha que se empantana a medio vuelo, atorándose en la saturación de todo lo no dicho.
Vica casi siente que ha confesado, aunque esta mirada también podría ser esa clase de despliegue colorido que Andreas nomás no notará.
Él no aparta la mirada, nunca lo hace. Ella sí.
Regresa los ojos hacia el Nubbel más cercano, justo cuando lo están bajando a la enorme hoguera.
Este instante en que el muñeco con la rosa y la cruz empieza a arder la invita a conjurar la totalidad de su pensamiento mágico.
Intenta imaginar que las llamas sí pueden llevarse los pecados.
Que puede eludir toda responsabilidad y volver, como si nada, a las rutinas.
¡Que se quemen sus errores, que se queme su pasado!