Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #7
La classe!, dice Fíbula. Se acerca y toca la capa, que terminó de coser para él anoche, y luego el mameluco, que aún no había visto puesto. Andreas irradia satisfacción, como si él mismo hubiera cosido el absurdo atuendo.
¿Dada?, dice Agrippina, con el mentón tembloroso.
Ich bin’s, contesta él arrodillándose a su altura.
Después de un abrazo reconfortante, deja que la niña se esconda bajo su capa.
Cuando se cansa del juego, saca de una bolsa una camiseta de rayas rojas y blancas que se ve enorme para Pina, pero a ella eso no le importa: está extasiada con el regalo.
Luego, Andreas le lanza una idéntica a Vica, que no logra cacharla.
La camiseta choca contra la torre de ropa doblada, y la derriba.
Con una punzada, Vica recuerda que a ella y a Andreas les encantaban las montañas de ropa calentita.
En días fríos solían hacer el amor encima de una, en cuanto salía de la secadora.
Nomás por honrar este recuerdo, Vica se pone la camiseta a rayas.
Pina se pone la suya con ayuda de su papá y luego posa con sus padres para una serie de fotos que está tomando Fíbula.
Andreas hace caras graciosas y Pina lo imita.
Vica quiere unirse, quiere ver a un bromista encantador en éste, su esposo de una vez al año, su príncipe de carnaval. Pero lo único que ve es a un bobo.
Se vuelve hacia el siguiente bobo en la fila y le pregunta a Rad para qué quiere esas botellas.
Para mojitos, dice él.
Genau, dice Andreas.
Vamos de fiesta, dice Fíbula, haciendo girar al pulpo.
¡Caníbal!, dice Pina.
Nosotros no vamos de fiesta, dice Vica en tono neutral.
¿Por qué?, pregunta Pina.
Porque somos papás, responde Vica.
¡Piedad!, explota Fíbula: ¡Columna, ayuda! Tenemos que enseñarle a Agrippina algo de Teranga.
Genau, dice Andreas, alias Columna: Son los días locos, V, todo el mundo va de fiesta.
¿Es once once?, pregunta Vica, intentando no sonar como una turista total.
No, dice Andreas, empezando a perder la paciencia: Eso es cuando damos inicio a la quinta estación, que empieza a las once con once minutos del día once del mes once.
¿Qué es la quinta estación?, pregunta Rad.
¡Carnaval!, dice Andreas, como si estuviera diciendo algo completamente obvio. Evolución, gravedad, entropía, carnaval.
¿Y qué es hoy entonces?, pregunta Fíbula.
Hoy empiezan los días locos, explica Andreas: Que comienzan siempre en Weiberfastnacht, o sea el jueves antes del martes de carnaval.
Fíbula y Rad asienten indecisos, reproduciendo naturalmente un gesto que Vica ha hecho tantísimas veces durante este matrimonio. Eso, por fin, la hace sonreír.
Es decir, concluye Rad, golpeándose la cabeza con las botellas: Hoy.
Poco importa que Vica no sepa qué día toca qué cosa.
El sonido la guiará. Igual que reconoce el primer sábado del mes cuando al mediodía suenan todas las sirenas antiaéreas y hacen vibrar las ventanas, también se puede saber que son los días locos por el alboroto allá afuera.
Toda la ciudad parece haberse encendido al mismo tiempo.
Y francamente eso, el escándalo, es suficiente para ella, muchas gracias.
No siente necesidad de participar. Andreas, en cambio, está que explota.
Abre la puerta principal y grita Alaf! hacia la calle.
Y, lo más extraño de todo, recibe varias respuestas.
Mientras los hombres preparan mojitos y Fíbula se pone su disfraz y se sube a sus zancos, Vica y el Pulpo se arrodillan en el sofá para mirar por la ventana.
Vica se ha quejado mil veces de la falta de privacidad y de luz natural en este departamento de planta baja, pero es el lugar perfecto para evaluar disfraces.
En media hora ven piratas, princesas, un sándwich, una monja, un tubo de pasta de dientes, más payasos y soldados prusianos de los que pueden contar.
Estaría feliz de pasar así todo el día, observando y tomando notas mentales para sus cartas a Mandíbula.
¿Estás lista?, pregunta Andreas.
Todos la miran. Se espera de ella mucho más que un día en el sofá.
Y Mandi ya no contestará sus cartas, no sirve de nada escribirlas.
Incluso el Pulpo parece estar a punto de golpear el piso con el pie, con el tap tap universal de la impaciencia.
Vica odia y a la vez se enorgullece de esto en lo que se ha convertido: su aprobación de matriarca es claramente necesaria para que arranque la fiesta.
Está bien, dice por fin, poniéndose de pie y bajándose la orilla de la camiseta a rayas que se le había enrollado hacia arriba en la panza: Pero llevamos la carriola y yo no me voy a hacer cargo de ella.
Yo me encargo de la carriola, dice Andreas, y Radio promete ayudar, aunque Vica duda que Rad haya estado jamás cerca de una carriola, mucho menos al mando de una.
Pero confía en ellos, claro. Y es carnaval después de todo.
Y ella, al igual que el resto del estado de Renania del Norte-Westfalia, desea emborracharse de inmediato.
Llueven dulces. La música retumba desde las carrozas.
Hay cientos de personas de todas las edades, casi todas disfrazadas en mayor o menor grado.
Lo único remotamente similar que Vica ha experimentado fue aquel viaje de ácido a los dieciséis, y quizá algunas fiestas de Año Nuevo.
Pero en lugar de abrazos de medianoche, aquí la gente besa a completos extraños en la mejilla.
Son besos dados de cerca pero curiosamente impersonales, meramente simbólicos.
Incluso tienen un nombre especial. No son Küsschen, la palabra habitual para besitos, sino Bützchen.
Puedes esperarlos de cualquiera y en cualquier momento, lo cual, dijo Fíbula, la pone aún más contenta de andar en zancos.
Rad y Andreas no aparecen por ninguna parte y Vica acabó con la carriola.
El Pulpo está prisionera, sujeta por una barra acolchonada, y profundamente indignada de estarlo.
Pero Vica sabe que si Pina no duerme según el horario de la kita, la tarde será un desastre.
Aunque también puede ver que el carnaval está tan lejos de la rutina como Pina está lejos de la siesta.
La niña levanta los brazos para atrapar algunos de los dulces que lanzan desde las carrozas mientras se retuerce con la desesperación de un pez recién pescado.
Es demasiado larga ya para una carriola, y Vica teme que la vuelque.
Le recuerda un video que vio una vez, de un pulpo de verdad, enorme, escapando de un barco a través de un agujero no más grande que una moneda.
Una voz en off explicaba que pueden pasar por cualquier abertura que sea más grande que su pico, la única parte dura que tienen. Pina grita: Kamelle!
Vica se inclina, pega su frente a la de su hija y dice: Lo que menos necesitas ahora mismo es más dulces; necesitas dormir.
¡Fuera fuera fuera!, grita Pina aunque, como no sabe pronunciar la erre, suena más a ¡Fuego fuego fuego!
Además pone una carita tan agria que es realmente difícil no sentir lástima por ella.
Vica la gira para no tener que verla. Si la libera, luego será imposible volver a meterla y acabará persiguiéndola bajo los dulces voladores, arrastrando la carriola en una mano, entre el río de desconocidos disfrazados y los niños que suplican por su próxima dosis de azúcar gritando: Kamelle! Kamelle!
Vica usa todas sus fuerza para sacudir la carriola rítmicamente, con la esperanza de que el vaivén arrulle al Pulpo a pesar de las infinitas distracciones y el hecho de que avanzan tan lentamente que parece que están paradas.
El todo se siente como un sueño. Al menos hasta que empieza a sentirse como una pesadilla.
¿Cómo funcionan los pulpos?, se pregunta Vica para distraerse de los malos pensamientos, del resentimiento, del miedo a no poder escapar de una calle que ha dejado de ser calle: ¿Podría un ser humano empujar al gran pulpo de vuelta a través del agujero pequeño?
¿Podría la mamá pulpo? ¿O tiene que ser voluntario?
¿O es hacerse del tamaño de su pico un acto inconsciente, una danza compleja de confianza y dilatación?
Recuerda haber aprendido, cuando estaba embarazada, que los humanos, como los gatos, pueden detener la dilatación durante el parto.
Pueden simplemente pausar, si sienten el temor de un depredador que se acerca.
Los gatos temen a los perros. Los humanos temen a los doctores.
Su Hebamme le confirmó esto cuando Vica se lo preguntó.
Es común que un parto se ralentice o incluso se detenga cuando un médico entra en la sala.
De hecho, es tan común que ella y las otras parteras tienen un nombre para el fenómeno: el síndrome de la bata blanca.
El recuerdo de su partera, combinado con la lluvia de dulces, más quizá el ardor en los brazos de tanto mecer la carriola, todo transporta a Vica al día en que dio a luz.
Eso también fue muy similar a estar en un viaje de ácido.
Todas las personas presentes adquirieron un aura violeta y, ella, al mismo tiempo, no sabía nada de nada y sabía todo lo que necesitaba saber.
Incluso, milagrosamente, entendía alemán perfectamente.
Seguido le cuenta la historia al Pulpo, la resume y la embellece, y siempre la termina con: Naciste con el sol y las dos estábamos encueradas.
Vica no recuerda haberse arrancado la ropa, pero sí recuerda la necesidad de estar desnuda, de no tener nada encima.
Recuerda un momento particularmente lúcido entre contracciones (una lucidez prístina, la que aparece entre oleadas de locura) y cómo, en ese instante de claridad mamífera, la pijamita que había llevado al hospital le pareció no sólo incómoda e innecesaria, sino también absurda.
La tela a puntos. El brasier. Todo el concepto de la ropa: qué metáfora tan perfecta de las preocupaciones humanas: arbitrarias, inventadas, totalmente autoimpuestas.