Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #6
Estas dos posibilidades (ya lo arruinó; no, no puede ser) han estado alternando en su cabeza con tanta violencia que cuando una mañana el Pulpo grita ¡Payaso!
, Vica no logra reaccionar. Está acostada perfectamente quieta en la alfombra de la sala, el pecho adolorido, las mejillas mojadas, y Pina tiene que gritar unas cuantas veces más para que su madre siquiera abra los ojos.
Indignada, Pina opta por pasarle encima, como si su mamá fuera un tapete, que es más o menos exactamente como Vica se siente, y se va a acomodar en su lugar favorito para ver gente: con las rodillas apoyadas en el respaldo del sofá y las manos abiertas contra la ventana de la sala.
Desde el piso, Vica ya no puede verla, pero puede oír sus tentáculos, pat pat, contra el vidrio y puede imaginarse exactamente su posición.
Pina se trepa ahí varias veces al día. Las palomas, las tormentas, el aburrimiento: cualquier cosa la lleva a su percha.
Vica ahora añora el aburrimiento: sería mejor que este estado.
Ha arruinado todo, sin duda. ¿O tal vez no?
En su última carta, Vica invitó a Mandíbula a visitarla.
¡Ven al Carnaval!, le escribió, sólo para arrepentirse de los signos de exclamación, la falsa ligereza atorada en su esternón por casi dos semanas.
Él no ha respondido. Ella rompió alguna ley tácita de los secretos, pidió demasiado.
O tal vez no, tal vez ese signo de exclamación fue una flecha invocadora y él ya viene en camino.
Estará tocando su puerta en cualquier momento. ¿Y entonces qué?
¡Payaso!, repite la niña: ¡Payaso, payaso!
Su insistencia no convence a Vica de acercarse.
La ciudad está llena de payasos, o lo estará muy pronto.
¿La próxima semana? No lleva la cuenta, pero todos sus vecinos sí.
Ella había estado documentando las señales de la preparación (tiendas cerradas a deshoras, los aparadores de la tintorería llenándose de disfraces) para describir en sus cartas, pero desde que dejó de recibir respuesta también dejó de poner atención a nada afuera de su espiral interno: La cagué. No. Sí. Tal vez.
Andreas también ha estado inflándose poco a poco, listo para reventar el mero día.
Ya lo ha visto pasar por esta metamorfosis antes, pero este es el primer año que ella no estará cargando con un bebé o una niña que apenas sabe caminar.
El primer año que se espera de Agrippina que participe y, por lo tanto, aparentemente, también de Vica.
Andreas ha estado hablando mucho sobre el tema, como si fuera la cura para todo lo que anda mal entre ellos: este año sí se van a divertir de verdad, por fin van a celebrar Carnaval como se debe.
Vica sabe, gracias a horas de observación a través de la misma ventana por la que ahora mira su hija, que, en Köln, durante el carnaval, la expresión «como se debe» sufre un desdoblamiento y pasa a significar su contrario.
La función social del carnaval es, por definición, poder (deber, diría Andreas) hacer todo lo que de usual no debe hacerse.
Pat pat, las manitas del pulpo contra el vidrio.
Clinc clinc clinc, otra cosa golpea el vidrio.
Vica abre los ojos, mira el techo, para la oreja: ¿Metal?
¿Plástico? Clinc clinc clinc. Vica se incorpora.
El sonido viene de afuera, producido por…
Se pone de pie… ¿qué es exactamente? Más que nada tela.
Tela y una especie de pelusa verde claro y una mano negra golpeando su ventana con un objeto rojo.
Pero las proporciones no cuadran. Algo se le revuelve a Vica por dentro mientras se arrodilla junto a Pina en el sofá.
La mano sale de un cuerpo tan alto que no se le ve la cabeza.
El cuerpo está cubierto con un patchwork de satín rosado, beige y verde botella.
El objeto rojo es un encendedor, y ahora aumenta el ritmo de su clinc clinc, como contento de verla aparecer junto a su hija.
Por cómo la mano luego se eleva y desaparece del cuadro, Vica empieza a entender que los tubos de tela son en realidad piernas, piernas inhumanamente largas, y que no están conectadas con la peluca verde esponjada que está a la izquierda y que justo ahora se gira hacia la ventana, revelando una nariz roja redonda y una sonrisa traviesa.
Vica se tensa.
¡Payaso!, dice Pina.
Por instinto, Vica coloca las manos sobre los hombros de su hija, lista para alejarla de los locos. Pero cuando el rostro se quita la nariz roja, el corazón de Vica vuelve a su lugar. Y luego se pone a saltar.
¿Rad?, dice Vica, y coloca su mano en el vidrio, a lado de la de la niña.
Radio pone su propia mano contra la de ella, y entonces Vica levanta la vista y descubre, al final de los zancos del torso satinado y de un cuello larguísimo, a su amiga Fíbula, inclinándose para sonreírles desde arriba.
Fib hace clinc con el encendedor una vez más y por un momento están así, cuatro manos tocándose, aunque separadas por un cristal.
Finalmente, siempre la más directa de todos, apunta el encendedor hacia la puerta.
Cuando Vica les abre, Agrippina no puede creer esta caída inesperada de la cuarta pared y se pone muy tímida. Se esconde detrás de Vica durante todo el tiempo que tarda Fib en bajar de los zancos.
Vica quiere decir: ¿Qué hacen aquí? Y: ¡Los he extrañado tanto! Y: Ésta es mi hija Agrippina, tiene tres años y es bilingüe. Pero lo único que sale de su boca es: ¿Vienen con Mandi?
Es obvio que no vienen con Mandi, pero aun así Vica se siente inundada por una desilusión dolorosa cuando le dicen que no, que de hecho no lo han visto desde hace un par de años, cuando dejó todo por seguir a una española, ¿no sabía?
Definitivamente no, no, Vica no lo sabía.
Vica pasa la siguiente hora respondiendo a sus viejos amigos con monosílabos porque es lo único que puede hacer para no ponerse a llorar.
Un nuevo ping-pong interior ha comenzado, orquestado por su madre en su cabeza.
¡Qué ingenua fue! ¿Por qué habría de creer una sola palabra de lo que él decía?
Pero, por otro lado, ¿cuentan las omisiones como mentiras?
Ella tampoco mencionó a Andreas en sus cartas.
Van tres veces que Radio le pregunta: ¿Estás bien?
Pero es Fíbula quien, finalmente, dice: Eh, oh, V, ¿quieres que nos vayamos?
Entonces Vica por fin sale de su ensimismamiento, incluso se disculpa, le echa la culpa a la falta de sueño.
Y un poco más tarde, cuando Andreas llega a casa y encuentra a sus viejos amigos jugando con su hija, los recibe como merecen: le da a cada uno un abrazo tan fuerte que los levanta del suelo.
Vica ama a Andreas en ese momento, no hay otra palabra, lo ama por llegar a casa y por ser generoso.
Lo ama porque es su familia, la única que tiene.
Lo ama porque no le molesta en lo más mínimo que Fíbula y Radio hayan aparecido sin avisar.
Ama la forma en que carga al Pulpo en los hombros sin dejar de sujetar en ningún momento al menos una de sus piernas, ni siquiera cuando va al refrigerador por cervezas y botanas para todos, algo que a ella ni se le había ocurrido ofrecer.
Lo ama, se da cuenta, del mismo modo en que ama otras cosas hermosas del mundo, tal como ha amado ciertas obras en ciertos museos: sin ningún deseo de poseerlas.
Tras la primavera interior, llega el otoño.
Un sinfín de hojas amarillentas dentro de Vica se desprenden, se caen, se pudren.
Su condena se ve agravada por el contraste con el ambiente festivo que la rodea.
Incluso el Pulpo está sobreexcitada con esa cosa que ni siquiera puede pronunciar.
Cada vez que Agrippina dice «carnaval», suena más como «caníbal».
Y en cuanto a los adultos, están todos sumidos en una regresión, sin mencionar una cadena de producción de disfraces que, en cualquier otro momento de su vida, a Vica le habría parecido entrañable, pero que ahora sólo le genera una rabia inusitada contra su hermana desaparecida, a quien desearía poder devolverle esta familia suya tan excéntrica, tan alegre y ruidosa y molesta, Mandíbula incluido.
Vica Luft, lectora de auras, quien hace menos de dos semanas se consideraba la persona más alternativa que conoce, ahora está actuando rígida, pesimista y, francamente, como ella misma lo describiría: bien pinche alemana.
Guau, le dice Vica a Andreas, por falta de un término mejor: Sólo… Guau.
Ella estaba doblando una montaña de ropa limpia en el sofá cuando él irrumpió en la sala con una teatralidad inusual. Ahora está de pie en el centro del espacio, con una sonrisa tan amplia como ridículo es el disfraz que lleva puesto.
Te pusiste mallones, dice ella. Luego intenta compensar el impacto sonando práctica: ¿Dónde conseguiste unos mallones de tu tamaño?
Andreas no se inmuta. Es ropa térmica, dice: Tengo todo el conjunto desde hace años, excepto esto, añade, levantando los codos para que la capa que cuelga de su cuello, naranja y satinada, se infle detrás de él como una tienda de campaña.
Las piezas viejas del conjunto son sólo ligeramente menos exóticas que la capa.
Ella no tiene nombre para ninguna, él tiene nombres para todas.
La atracción principal es un traje de una sola pieza, de terciopelo en un naranja algo más discreto que el de la capa, que combina un chaleco con unos pantalones cortos bombachos y plisados.
Una especie de mameluco arcaico. En el pecho luce una serie de escudos de armas.
Es, al mismo tiempo, muy kitsch y muy medieval.
Radio entra a la sala cargando botellas de agua vacías.
Seguramente las rescató de las pilas de reciclaje que Andreas organiza con la misma meticulosidad con la que otros archivan sus vinilos.
Al ver el disfraz naranja, Rad empieza a golpearse la cabeza con las botellas y dice: Oh là là.
Luego se echa a reír tan fuerte que Fíbula y el Pulpo, que habían estado jugando en el cuarto de la niña, entran corriendo a la sala.