Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #5
En una hoja limpia, Vica comienza un degradado.
Se concentra en la tarea, redescubriendo la gama inmensa de un simple lápiz de color, pero no se permite perderse.
No por completo. No se pone artística, ni tampoco se distrae: mientras colorea, correlaciona cada tono con cuántas personas ha visto en el mes, cuánto cobró y cuánto se quedó Elke, cuánto de lo que recibió todavía conserva.
Es básicamente Croma —qué tan lejos está cada matiz del gris— usado para representar qué tan lejos está ella misma de la salud financiera.
Su hermana entendería perfectamente el sistema.
De hecho, lo vería de inmediato: Vica está en números rojos.
Y Andreas tal vez tiene razón. Esto no es un trabajo de verdad.
Sólo un juego. Un escándalo, una distracción, una triste estafa. ¡Carajo!
En la Nomenclatura de Werner, que Vica y su hermana memorizaron de niñas, los rojos no aparecen sino hasta los ochentas.
Después de los naranjas y amarillos, después de los verdes, los azules, los morados, negros y grises.
Werner también desaprobaría su emprendimiento.
Él relacionaba los colores con cosas concretas.
Animal, vegetal, mineral, en ese orden. No puso en su catálogo ninguna columna dedicada a lo intangible.
Pero, se defiende Vica de un Werner hipotético: muchas personas han hecho negocio con lo invisible, y yo no estoy aquí para documentar la realidad, yo estoy aquí para ganarme la vida.
Esto le recuerda que conoce a alguien que se gana la vida con lo intangible.
O tal vez no algo intangible pero algo cuyo valor sigue siendo mayormente esotérico.
¿O únicamente solía querer ganarse la vida así y terminó por despertar, no como ella?
Quién sabe. Ha pasado mucho tiempo. Sin pensarlo dos veces, Vica pasa a otra hoja limpia y escribe: Querido Mandíbula…
No sabe cuánto tiempo pasa, pero cuando Elke le trae una clienta y Vica levanta la vista, el kindercafé está a reventar.
Vica lee las auras del día inspirada, presente, segura de sí misma.
De algún modo, escribir esa carta le brindó la paz que ni hacer las cuentas ni rezarle al Gabelkreuze supieron darle.
¿Cómo estuvo tu día?, le pregunta al Pulpo cuando se reencuentran en la cerca de madera, a la salida de la kita.
No te voy a decir, responde Pina.
Esta es su respuesta usual. Normalmente Vica la encuentra insatisfactoria, e intenta sonsacarle más información con una mezcla de botanas y psicología inversa. Pero hoy Vica nomás dice: Es como siempre decía mi madre.
Una cruz es un… empieza Agrippina.
No, ésa no.
Entonces ¿cuál?
Tenemos una vida pública, dice Vica levantando el pulgar. Luego levanta el índice y dice: Una vida privada. Y el dedo de en medio: Y una vida secreta.
Durante los meses siguientes, conforme llega el invierno, la vida secreta de Vica se expande con la fuerza de un cerezo en plena flor.
Es una primavera interna, confinada al estrecho cuartel donde suelen guardarse los secretos.
Y toda evidencia exterior de esta temporada fuera del tiempo va a parar a una caja de zapatos, en lo alto de su clóset, debajo de las cobijas extra que nadie usa excepto ella.
También su negocio florece. Una vez, una cantante les dijo a Vica y a su hermana: primero hay que imaginarse la nota en la cabeza, porque la cabeza está perfectamente afinada.
Y luego, cuando abres la boca y lanzas la voz, quieres recrear eso que ya escuchaste dentro de ti.
Así es como Vica entiende su trabajo: percibes el estado de la persona —lo que irradia, lo que está sintiendo, lo que está intentando disimular— y lo traduces a color dentro de tu cabeza primero, porque tu intuición está perfectamente afinada.
Luego abres la boca y nombras el color preciso, apuntando hacia lo que intuyes que la persona necesita escuchar.
El color como metáfora. Ése es su trabajo.
Aunque ha hecho esto de manera intuitiva durante muchos años, y profesionalmente desde hace dos, sólo muy recientemente descifró cómo funciona el proceso.
Lo hizo para poder ponerlo en palabras. Porque ahora lo escribe todo.
Cada día acumula los detalles de su jornada para narrárselos a Mandíbula, y aunque lo que esconde en la caja de zapatos son los casetes que él le devuelve, para ella el verdadero tesoro son las cartas que construye con tanto cuidado y luego deja ir.
La primera respuesta de Mandíbula llegó rápido, pero aun así, comparado con el ritmo de intercambio que han alcanzado ahora, cuesta entender cómo Vica pudo quedarse sentada esperando esos primeros diez días.
Aunque ese tiempo fue crucial. Porque algo le sucedió el otoño pasado a Vica, después de mandar esa primera carta.
Empezó a pensar en Mandíbula. A recordarlo, sí, pero también, como sabe en algún rincón de su mente si es honesta consigo misma: a reinventarlo.
Y, a la par, a reinventarse ella misma: sus acciones, sus predilecciones, sus posibilidades.
De modo que, para cuando recibió aquella primera respuesta coqueta, como siempre ha sido él, pero también llena de buenos consejos prácticos, Vica ya estaba enganchada. Enganchada al aire.
Después de unas cuantas cartas, él empezó a mandar casetes. Era para ayudarla con su alemán, dijo. Y, en efecto, su alemán ha mejorado, junto con su estado de ánimo, su autoestima, su piel, incluso sus lecturas de aura parecen más luminosas.
Elke notó el cambio, especialmente disonante con los días cortos y grises que atravesaban, y se sentó varias veces en la mesa de Vica en busca del chisme, la primicia, la verdad, hasta que Vica le ofreció una explicación pseudocientífica.
Es como con los flamingos, dijo: Mientras alimentan a sus crías con sustancias secretadas por su propio cuerpo (algo que Vica y Elke y cualquier otra madre lactante también ha hecho) los flamingos se vuelven pálidos.
Pero eventualmente sus crías empiezan a comer otra cosa y entonces recuperan su famoso color rosa.
Recuperé mi color, concluyó Vica.
¿Por qué?
Porque Evolución.
No compartir su secreto sólo lo vuelve más jugoso, más suyo, más secreto.
Porque ya ha rebasado por mucho lo que podría admitir en voz alta, ni a Elke ni a sí misma.
Porque entre las lecciones de alemán y los consejos de negocios, se confesaron una vieja atracción y, poco a poco, empezó a surgir un intercambio erótico.
Los casetes de Mandi son monólogos, hasta que dejan de serlo y se vuelven sólo sonidos, jadeos y suspiros, a veces un gemido de anhelo.
Vica presionó el botón de Pausa, escandalizada, la primera vez que recibió un casete así, con su respiración agitada, su lenguaje sucio y ese vaivén rítmico.
Pero luego pasó del escándalo a la excitación, y pronto estaba enganchada. Enganchada al aire prohibido.
Vica empezó a ahorrar porque Mandi le advirtió que si no estaba generando ganancias, su negocio era nomás un hobby.
Y entonces descubrió un hobby de verdad: pensar en qué gastar su ahorro.
Todas son posibilidades imposibles, ninguna ocurre en Alemania, y todas incluyen verlo en persona.
Al final de cada casete que envía, Mandi pide uno de vuelta.
Pero Vica no gastará dinero en una grabadora.
Dice que le da pena, y que está ahorrando, y ambas cosas son ciertas, pero no son la verdadera razón.
La razón por la que Vica sólo le escribe es porque no está segura de si se está enamorando de su viejo amigo o de la escritura misma.
Describir su excitación con palabras la excita, claro, pero también le despierta otra cosa: la sensación satisfactoria de haber creado algo, como si fuera capaz, como si tuviera un oficio.
Y al describir su cotidianeidad, las cartas amplían y amplifican la pequeña vida que describen.
En el papel Vica puede ser graciosa. Puede sonar inteligente.
Puede ponerse filosófica o ponerlo a él caliente.
La matrioska se abre y se cierra con más facilidad últimamente: al darles un poco de espacio en las cartas a las distintas Vicas, Vica por fin se siente como su yo completo otra vez.
Ahora conoce los ritmos del cartero como conoce los patrones de respiración de su hija.
Ahora también conoce los patrones de respiración de Mandíbula, y él le parece tan real, tan cercano, como si estuviera respirándole en la nuca.
Camina por Nippes moviendo las caderas de una forma que nunca antes lo había hecho, y ya sea que esté corriendo detrás de su hija o esperándola, se imagina constantemente que Mandi está ahí al lado, viéndola, porque para él no hay nada más interesante que mirarla.
Así es como la hacen sentir sus casetes: deseada pero también simplemente atestiguada.
Vista. Tanto cambio parece difícil de ocultar, pero debe de ser buena para ocultar cosas, porque nadie salvo Elke lo ha notado.
Mandi ha sido el tónico perfecto, en realidad.
Poderoso y discreto. Excepto que ahora ella lo arruinó todo, ¿o no? Sí. Tal vez.