Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #4
Vica ha propuesto Instinto, Mente Cerrada, Diferencias Culturales, Desigualdad, Clase.
Ninguna ha pasado el examen. Ha propuesto Porque Lo Digo Yo y Porque Sí y Porque Soy Tu Madre, pero él dice que ésas no son respuestas justas para la niña, a lo cual ella normalmente responde con algo como: Qué tal que tú dejas de dar clases todo el santo día y te pones a cuidar a un pulpo humano todas esas horas de corrido y luego hablamos de justicia.
A lo cual él responde con un suspiro y, a veces, aunque cada vez menos, un abrazo.
Esta mañana, sin embargo, Andreas entró tempranito al cuarto, mientras ella dormitaba y, en un tono inusualmente alegre, dijo: ¡Agrippina rompió un vaso!
Ok… dijo Vica.
Luego él procedió a narrar, con un entusiasmo demasiado exacerbado para su persona, sobre todo para las siete de la mañana, una historia enredada sobre agua hirviendo y vasos rotos y cómo la segunda ley de la termodinámica…
¿Dejaste a Pina con el vidrio roto?, lo interrumpió Vica.
¡Nein!
¿Dónde está?
Sentada en la vacinica, pero ¿no ves lo que esto significa?
¿Lo que qué significa?
Significa que por fin tenemos la Tercera Respuesta que tú tanto has pedido.
¡¿Qué?!
Y la tercera respuesta es… ¡Entropía!
Vica no tiene idea de qué significa esa palabra, pero Andreas podría haber dicho cualquier otra y le habría causado la misma reacción: su rostro torciéndose con la expresión dolida de quien ha sido traicionada, apuñalada por la espalda, arrojada a los perros.
No puedes añadir una tercera respuesta si yo no puedo añadir una tercera respuesta, protestó.
Este fenómeno, explicó Andreas, adoptando su tono de maestro: No encaja ni en Gravedad ni en Evolución. Es lo único que no encaja. O al menos lo único que se me ocurre.
¿Por qué? ¿Qué tiene de especial la entorpía?, preguntó ella.
En-tro-pía, la corrigió él. Y luego, sin pizca de su ansiedad habitual por alcanzar el mismo tranvía de cada mañana, se sentó en el borde de la cama que no han compartido de verdad desde que nació Agrippina, y juntó sus manos para formar una esfera.
Si piensas en un globo —dijo, y luego colapsó su esfera juntando las manos— que se desinfla de pronto; o si piensas en un café enfriándose, esas cosas suceden espontáneamente. Pero ¿y al revés?
¿Y el café que me prometiste hace un rato?, preguntó Vica.
¿Pasaría espontáneamente?, insistió él, repitiendo el gesto de hacer una esfera con las manos: ¿Un globo se inflaría solo? ¿Un café se recalentaría solo? ¿Espontáneamente?
No más de lo que se va a preparar solo.
Genau, dijo él: Según el orden del tiempo.
¿Te hace falta una maestría en física para saber que el café no se recalienta solito?
Genau. Porque contradice la primera ley de la termodinámica.
¿Cuál es la primera ley otra vez?
Que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma, pero ése no es el punto.
¿Cuál es el punto?
¡Dada!, gritó el Pulpo desde la vacinica.
El punto es que necesitamos una ley que gobierne la dirección del proceso, dijo Andreas, levantándose de la cama: Es obvio, ¡no puedo creer que no se me ocurriera antes! El punto es que nada puede seguir desinflándose para siempre.
¡Dada! ¡Caca!
Andreas salió del cuarto y Vica se quedó muy, muy quieta.
Lo siguió con el oído. Registró cómo Andreas limpió a su hija con las toallitas percudidas pero reutilizables que adora, cómo las colocó en el bote que tienen reservado para ellas y que pasan la vida llevando a la lavadora, cómo se lavó las manos y vistió al Pulpo y cómo, para contrarrestar lo mucho que se retuerce la niña al ponerle la ropa, le cantó una canción sobre un ratón que, bueno, Vica no sabía qué con el ratón, porque la canción estaba en alemán y aunque ya lleva varios años en Alemania, la mayoría de las palabras todavía se le escapan.
Pero las palabras que la hirieron, las que aún duelen horas después, vinieron cinco minutos más tarde, cuando Andreas regresó a la habitación para pasarle la batuta humana y una taza de café y Vica, aún paralizada en la misma exacta posición, dijo: No estamos desinflándonos, sólo tuvimos un bebé.
Él dijo: No todo es una metáfora, V.
Todo es una metáfora, dijo Vica: Tú siempre lo dices.
Y hace mucho ya no tenemos un bebé, dijo él: Pina tiene tres años y yo tengo que irme a trabajar.
Yo también trabajo, ¿sabías?, dijo Vica en un tono agresivo que no había previsto, y con la propulsión necesaria para lanzarlos a girar sobre el eje resbaloso de la misma pelea de siempre.
¿Qué trabajo?, dijo Andreas, cayendo en la provocación: ¿Leer el futuro?
Nadie puede leer el futuro, Luft, no soy una idiota. Y no me voy a avergonzar de tener un sexto sentido.
Mamá, dijo Pina, ya nerviosa con el tono que iba tomando la conversación.
Nein, nein, dijo él, bajando la voz, quizá recordando las mil veces que ha gritado que ya no quiere gritar, ya no quiere pelear.
Luego notó el mentón tembloroso de Pina y procedió a envolverla como un taquito, arrancándole sin querer las cobijas a Vica.
Pina se rio, Vica gruñó e intentó volver a taparse.
Entonces Andreas dijo, no dirigiéndose a Vica sino a la niña: Yo también tengo un sexto sentido.
Esto sorprendió a Vica. Abrió los ojos, pese a sí misma, empujada por la esperanza alerta del corazón solitario. ¿Adónde iba Andreas? ¿Dirección burla o dirección tregua?
¿Cuál es tu sexto sentido?, le preguntó.
El sentido común, dijo él.
Es esto último lo que aún le quema el pecho, cuando el efecto calmante de las oraciones bajo el Gabelkreuze se desvanece y se encuentra a sí misma rumiando en el kindercafé, contestándole a Elke su pregunta (¿cuál es el problema?), aunque Elke ya no está con ella.
El Problema es que Andreas, por ser como es, la hace sentir una idiota.
Vica reconoce que no es una persona enteramente racional, pero también sabe que no es tonta.
Y su sentido común está lo suficientemente sano como para haber navegado tragedia, mudanzas y crianza sin enloquecer.
Ser supersticiosa no equivale a ser estúpida como él piensa.
O al menos como ella piensa que él en el fondo piensa, por más que él lo niega.
No me pongas palabras en la boca, se queja Andreas con frecuencia.
Pero ¿qué hay de las palabras que él quiere poner en la boca de ella mediante las simples leyes del Puto Plan?
El Problema es que el Plan le hace sospechar, por momentos, que en realidad sí es tonta.
Y tiene el presentimiento de que las opiniones de él no le pesarían tanto, no la harían dudar tantísimo de sí misma, si tan sólo lograra generarse un sueldo y dejar de depender de él económicamente.
Pero es mala para los números, se repite, y no siempre capaz de distinguir a ciencia cierta el ingreso de la ganancia, ni la evolución de la gravedad.
Ni siquiera entiende bien la gravedad, por más veces que Andreas se la ha explicado.
Y cada vez que oye la palabra evolución, en realidad sólo piensa en la pintora Hilma af Klint.
Específicamente en su serie Evolutionen .
Un cisne, un caracol, una serpiente. Un perro trascendiendo su cuerpo.
La mezcla de color salvaje con lo que ella llamaba no-colores: gris, blanco, negro.
Un hombre y una mujer sosteniendo juntos una antorcha.
Un hombre y una mujer cogiendo, disolviéndose el uno en el otro, sus pelvis transformándose en luz.
Sus mitades inferiores dentro de un trébol rosa, dentro de una estrella que en realidad es una flor.
Todas las formas redondeadas y orgánicas que Hilma logró atiborrar en rectángulos del mismo tamaño.
Y la forma (¿arrogante? ¿digna?) en que Hilma decidió que nadie entendería su obra, y por lo tanto prohibió que se mostrara hasta veinte años después de su muerte.
Marcó todas las piezas prohibidas con una pequeña cruz, para indicar: ésta no, ésta tampoco.
Mujer sabia, piensa ahora Vica, en oposición directa a lo que pensó la primera vez que oyó la historia de las crucecitas.
En aquel entonces, Vica se sintió personalmente ofendida por la autocensura de af Klint.
Pero las cosas cambian, las cosas evolucionan, eso sí que lo reconoce Vica.
Y ahora también puede ver que, a veces, lo mejor es guardarte tu evolución, y tus cruces, para ti solita.
Cuando ve que Elke se retira a la cocina a preparar varias órdenes, Vica abre su cuaderno de nuevo. Se queda mirando sus cuatro columnas vacías. Pasa la hoja. Va a hacer la contabilidad, sí, pero a su manera.
Saca su nueva caja de lápices de colores.
La compró hace semanas y su madre, su madre que nunca tuvo que pagar renta y mantuvo el mismo empleo durante décadas, su madre que aún muerta se quiere alentadora, la ha estado molestando dentro de su cabeza para que los abra: ¿no los amaba por sobre todas las cosas?
¡Sí! Los amaba, los ama, pero ahora también los teme.
Le da miedo que la absorban en un mundo de dibujitos justo cuando está tratando desesperadamente de poner cara (¿alma?
, ¿cabeza?) de Adulta. Esto es lo que su madre muerta no acepta: que en este momento de su vida Vica no necesita arte sino trabajo.
No necesita colores sino dinero. Dinero para poder pagar más horas de kita, para poder comprar su propio tiempo para poder trabajar más para poder ganar más dinero para poder pagar más…
¡agh! Le arranca el celofán a la caja, la abre, saca un lápiz azul. Es para el negocio, se dice.