Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #3
Vica intenta invocar la emoción que sintió más temprano, cuando salió de la iglesia con una claridad nueva sobre el sentido de este día, sobre la posibilidad de que la tercera disrupción fuera algo más bien positivo.
Abre su cuaderno. Lo compró cuando estaba embarazada, para escribirle cartas al bebé, pero eso nunca pasó.
Aun así, el cuaderno está gastado, porque lleva cuatro años cargándolo en la bolsa, escribiendo de vez en cuando, usándolo no como un diario sino como una herramienta de aprendizaje.
Igual que de niña tenía que dibujar la cantidad de objetos en un problema matemático porque de otro modo no podía visualizar los resultados.
Ojea sus notas: síntomas, intentos de encontrar patrones, consejos de extraños, nombres de ingredientes en alemán que en su momento (ese periodo a la vez confuso y concreto que es estar a cargo de un bebé y creer que se le juega la cordura o la capacidad cognitiva en cada puré) deben de haberle parecido útiles y prácticos, pero que ahora ni entiende, ni le interesan.
Las notas le provocan un vértigo raro, una nostalgia con tentáculos.
Las notas son como arenas movedizas hacia un pasado apenas enterrado, demasiado reciente.
Los primeros años con Pina fueron agotadores, sí, pero también generosos en su abolición de las dudas, porque pasara lo que pasara quedaban claras las prioridades: comer, dormir, vestir, repetir.
Ahora, en sus ratos de soledad y muy a su pesar, extraña esa claridad.
Las notas pintan un cuadro que nunca antes vio tan claro: en esos años no hubo espacio para ninguna de las otras facetas de su personalidad que creía recordar o hubiera querido explorar.
La maternidad se la tragó entera, al modo en que la matrioska más grande encierra a las demás.
Por años, Vica no encontró cómo abrir a la Vica Madre ni una rendija, lo suficiente como para que les entrara algo de aire a las otras; mucho menos alcanzaba a meter la mano para sacar a la luz a alguna de las Vicas encerradas ahí adentro.
Era una maniobra imposible de hacer con una niña encima todo el tiempo.
Era una maniobra imposible también porque Vica necesitaba tiempo para generar dinero y dinero para comprar su propio tiempo.
Pero ahora sí: con Pina en la kita y una mesa frente a ella (en secreto, Vica llama a esta mesa del kindercafé «mi escritorio») va a establecer un equilibrio justo entre sus distintas facetas y convertirse en lo que se llama «una madre trabajadora», un término que obvia que ser madre es, en sí, un trabajal, es decir un término que es un pinche pleonasmo, pero bueno, ésa es toda otra batalla, no te distraigas, por favor: el punto hoy es que ¡hoy es el día!
Va a organizarlo todo, ¿qué tan difícil puede ser?
Va a probarle a Andreas que su trabajo leyendo auras sí es un trabajo de verdad.
Vica dibuja dos columnas con dos encabezados: ENTRADAS , GASTOS .
Agrega otra columna, llena de esperanza: AHORROS .
Y una cuarta, por obligación: IMPUESTOS .
Inmediatamente siente la confusión instalársele en la mente, como una niebla, como cuando iba a la escuela.
Le prometió a Andreas que va a pagar impuestos, sólo que no puede declarar sus ingresos hasta haberlos evaluado con precisión.
Hasta ahora los mide únicamente en las pequeñas cosas que se ha comprado.
No ropa, porque su talla actual la deprime y para las auras tiene un uniforme (negro, holgado) pero sí una espectacular caja de lápices de colores, dos cortes de pelo, un par de aretes que aún no estrena.
El día que Andreas la desafió preguntándole cuál es la diferencia entre ganancias e ingresos, ella se sintió tan ofendida que se levantó y se salió del departamento.
Vica observa a Elke «platicando» con el bebé en el piso.
Sospecha que es una actuación destinada al padre, una actuación con moraleja: lección que seguramente él no notará porque el padre ha abierto un libro.
¡Un libro! Sólo un padre logra leer mientras su bebé lame la pata de la mesa.
Elke se rinde y se va a la cocina. Vica sabe que eso significa que pronto le traerá un americano y una rebanada de pastel de ayer.
Esto, que Elke le sirva «lo de siempre» sin preguntarle, solía hacer que Vica se sintiera especial, pero ahora sospecha que si fuera mejor con las cuentas, si, por ejemplo, supiera cuál es la diferencia entre ganancias e ingresos, tendría que aceptar que el café no es exactamente gratis, ni el pastel rancio tampoco.
Ésta es una de las razones por las cuales necesita organizarse, y una de las razones por las cuales no puede pedirle consejo a Elke, la única madre emprendedora que frecuenta.
Vica esconde sus columnas cuando la ve acercarse.
Yo no sé de True Colors, dice Elke dejando su charola, pero hoy te veo como apagada, ¿gris?
True Colors es como Elke llama a las auras.
Vica nunca les dice así, pero como Elke es la jefa, la que hace el marketing, la que lleva el kindercafé y conoce el circuito de madres primerizas de Colonia como la palma de su mano y ha iniciado un efecto dominó contándoles a todas sus clientas la historia de cómo quedó destruida tras su divorcio pero ahora ha encontrado un nuevo amor, y cómo ese encuentro fue una consecuencia directa de que Vica detectara su Color Verdadero: escarlata, que por supuesto significa pasión.
Vica dice simplemente «colores». O, a veces: «auras».
Pero tampoco corrige a Elke. Después de todo, es gracias a sus exageraciones que las mismas mujeres que antes consideraba sus némesis —todas esas madres impecables y exigentes de las clases para bebés, ni una sola de las cuales dejó de despreciarla cuando Vica osó decir que el puré de zanahoria comprado sabía y se veía mejor que el hecho en casa— ahora le pagan por leerles el aura.
Elke también se trajo un café para ella.
Sin pastel. La disciplina con la que evita comerse lo que hornea a veces le genera sospechas a Vica, la hace pensar en esa expresión sobre estar al tanto de cómo se prepara la salchicha, que se usa en inglés y en alemán pero que en español sólo existe en versión vegetariana (cómo se cuecen las habas), pero no tantas sospechas como para que se le contagie la disciplina: Vica siempre termina por comerse el pastel de ayer.
Elke se sienta. El kindercafé está tranquilo por ahora, pero Elke comete estas imprudencias incluso cuando el lugar está a reventar. Se sienta a la mesa de quien sea sin pedir permiso, algo que a Vica le parece una actitud profundamente no germánica, por no decir grosera.
Elke se inclina sobre su taza humeante y dice: Habla. Luego hace un gesto con la mano, como si jalara una cuerda desde el centro de Vica. Y por alguna razón, funciona. Logra atrapar el hilo suelto que Vica trae hoy en el pecho y empezar a desenrollarlo.
Es mi esposo, dice Vica.
¿Te está engañando?, pregunta Elke.
Una carcajada tosca se escapa de la garganta de Vica: es una idea ridícula. Algo peor, dice: Encontró la tercera respuesta.
¿La tercera respuesta?, repite Elke, convirtiendo la palabra «respuesta» en una palabrota, dura y fea. Insiste: Eso suena a que te está engañando.
Entonces Vica le explica todo. Cómo cuando Agrippina entró en la etapa del por qué por qué por qué, Andreas ideó un plan.
El Plan era, según él, muy simple, muy ejecutable.
Decía que, cuando el Pulpo preguntara por qué, debían responderle sinceramente hasta tres veces seguidas.
Pero a partir del cuarto por qué, solo darían dos respuestas posibles: «gravedad» o «evolución».
¿Gravedad?, repite Elke, confundida: ¿O evolución?
Sí, por ejemplo, si él está planchando su camisa y Pina pregunta por qué, él responde: Para quitar las arrugas.
Entonces ella pregunta otra vez por qué y él dice algo como Porque la sociedad espera que los maestros se vean presentables.
¿Por qué? Porque los humanos juegan juegos raros.
Cuando ella pregunta una cuarta vez por qué, él responde: Por la evolución.
Interesante, dice Elke: ¿Y gravedad?
Por ejemplo, si Pina dice que no tiene sueño, tenemos que decir, bueno, pero ya es hora de dormir. ¿Por qué? Porque ya se metió el sol. ¿Por qué? Porque la tierra gira. ¿Por qué? Porque orbita alrededor del sol. ¿Por qué? Por la fuerza de la gravedad.
Ach, so, exclama Elke, pero no en el tono ofendido que esperaba Vica. En lugar de estar confundida o molesta, Elke parece encantada con las reglas del Plan. Dice: ¡Un sistema! ¡Para una crianza minimalista! ¡Magnífico!
Vica hace una mueca. Las campanitas de la puerta suenan.
¿Cuál es el problema?, pregunta Elke, pero ya poniéndose de pie.
Vica la mira caminar a la puerta y recibir a una madre con gemelos.
Uno de los niños se va directo al área de juegos mientras el otro se aferra a la pierna de su mamá como un caballito de mar se aferra al coral.
Vica no tiene ninguna esperanza de que Elke le convierta a esta mujer en clienta, al menos no mientras traiga rémora.
El Problema, responde Vica en su cabeza, es que no me gusta el pinche Plan. El Problema tal vez es que soy una maximalista.
Lo cierto es que Vica no conoce bien ni la historia natural ni las leyes básicas de la física.
Así que lleva meses proponiendo enmiendas al Plan, sugerencias tales como Conducta Social como Tercera Respuesta, pero Andreas sólo se encoge de hombros.
Vica ha propuesto Espiritualidad, Superstición y Serendipia, pero Andreas dice que Evolución las abarca todas, porque es un sesgo humano típico ver causalidad donde sólo hay correlación.