Wishbone Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #2
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Según el orden del tiempo (Colonia, 2004) #2

A Vica no le gustan las rupturas. No le gustan los cambios repentinos. Y por eso, porque se sabe que todas las desgracias llegan de tres en tres, ahora tiene que fabricar un contrahechizo. No es que Vica crea en la magia. Es sólo que sabe perfectamente lo que toca hacer en estos casos.

Se persigna en la entrada de la iglesia.

Luego se regaña a sí misma por el tic: no hay nadie para verla y, aun si hubiera, ¿a ella qué le importa?

Vica no es religiosa. Ni vino para la misa ni por los íconos, ni siquiera por el vasto y hermoso interior de la iglesia.

Vica viene aquí nada más por el Gabelkreuz.

Santa María im Kapitol está prácticamente vacía hoy y Vica siente un fuerte impulso de cruzar la nave corriendo.

No lo hace, claro. Primero, porque teme que el eco de sus pisadas alerte a alguien de su presencia.

Y, segundo, porque su suelo pélvico no ha vuelto a ser el mismo desde que dio a luz.

Como todas las otras recién paridas en el país, Vica tuvo acceso a unas clases gratuitas, llamadas Rückbildung —que significa «reconstrucción de espalda», como si el gobierno alemán aceptara la importancia del asunto, sí, pero no tanto como para animarse a decir «vagina» sin eufemismos— pero la clase se impartía en alemán, y dado que era imposible ver qué hacía el suelo pélvico de la profesora, Vica se pasaba la clase semanal postrada en el tapete de yoga, sintiéndose completamente desorientada sin su bebé que, por una hora, se convertía en un miembro fantasma.

A simple vista, el Gabelkreuz es un crucifijo cualquiera, con todo el gore habitual y tal vez un Jesús particularmente escuálido.

Pero la cruz detrás del flaco es extraordinaria.

Una cruz en forma de letra Y. No hay muchas así en el mundo, pero las suficientes como para que exista una explicación disponible, como Vica descubrió sin dificultad aquella tarde que investigó el asunto en la intimidante biblioteca de la universidad, que ella solía okupar durante las siestas de Pina en los días lluviosos.

El Gabelkreuz tiene la misma forma que ese huesito del pollo llamado wishbone, pero se supone que representa un árbol.

Lo cual, si se piensa, tiene sentido práctico.

Porque ¿para qué vas a andar construyendo cruces cundo hay árboles disponibles, perfectamente aptos para crucificar a tus pares incómodos?

Ningún aspecto de la crucifixión le atrae a Vica, pero tampoco la shockea.

Tiene teflón contra el catolicismo, algo común si eres atea y creciste en México.

Ves todos los signos oficiales a tu alrededor, pero no sientes nada.

Excepto quizá con la virgen de Guadalupe, que trasciende a la iglesia.

Para protegerse de la mala suerte, Vica ha construido poco a poco sus propios rituales, perfectamente paganos y completamente inventados, pero que se toma muy en serio, tal como éste.

Una vez bajo el Gabelkreuz, cierra los ojos, se conecta mentalmente con la cruz en forma de Y y repite en su cabeza la oración de su madre: Una rosa es un secreto…

Pero las palabras se disuelven pronto, y lo único que puede hacer para sentirse espiritual es imaginar que toda la iglesia se inunda.

No de agua común, sino de un líquido en degradado, un pigmento cambiante.

Se filtra por debajo de la puerta principal como un rojo rosado pálido y sube hasta el techo volviéndose violeta profundo; muta según el orden del arcoíris y se eleva con la fuerza de un tsunami.

Una vez que todo está pintado, incluso ella misma, Vica abre los ojos y se sacude: ya está, ya quedó.

Entonces le guiña un ojo a Cristo y de inmediato mira a su alrededor para asegurarse de que nadie la vio.

Su breve pesquisa aquella vez arrojó que el Gabelkreuz también se llama «la cruz de los ladrones», en dudoso honor a los dos tipos que fueron crucificados junto a Jesús.

Y eso le sienta bien a Vica. Porque aunque no se ha robado nada, así se siente muchas veces: como una ladrona.

Y, además, una ladrona desagradecida. No del todo satisfecha con su botín.

Vica se quedó con todos los colores pero nunca logra estar en paz.

Así que no le reza al Gabelkreuz por redención —ella cree merecer su culpa— sino nomás por algo de satisfacción, una pizca de contento, un poco de paz.

Vica es una persona desafortunada que al final ha tenido buena suerte: eso lo sabe.

Y le gustaría simplemente poder apreciar lo que tiene.

Nippes. Una hija brillante. Un esposo que sí es padre presente.

Una caja blanca donde vivir. Un casi negocio.

El contento no llega pero, en cambio, tiene una pequeña revelación.

Se da cuenta de golpe, como si le hubieran descorrido una cortinita, de que en realidad no puede desear al mismo tiempo que su casi negocio crezca…

y que nada cambie. Crecer es cambiar. O se lanza por completo con su emprendimiento, o se queda donde está: medio escondida, explotada, haciendo cien por ciento del trabajo por cincuenta por ciento del pago.

Al salir de la iglesia, Vica recuerda que al Gabelkreuz también se le llama «la cruz del místico».

Y eso también le queda bien. No es católica pero sí es mística.

No vive de su trabajo pero su trabajo tiene valor.

Por lo menos valor místico. O, digamos, espiritual.

Digamos inmaterial. ¿Cuál es la diferencia, en realidad, entre espiritual e inmaterial?

Mientras camina desde la iglesia hasta el kindercafé, un impulso nuevo, decisivo, empuja sus piernas: Basta. ¡Va a hacer ese valor tangible, contable, contante! Va a convertir el agua en vino. O, por lo menos: su talento místico en cash.

Al entrar, Vica hace sonar las campanitas de la puerta.

Todavía siente raro llegar al kindercafé sin su Pulpo a cuestas.

Elke saluda de un grito desde la cocina, pero no sale a recibirla.

Incluso antes de entrar Vica sabe, por los espacios vacíos en el área designada como estacionamiento para carriolas, que el café aún está vacío.

Pero, a diferencia de Santa María im Kapitol, el kindercafé de Elke estará a reventar ni bien den las 11, hora oficial en la que las mamás nuevas logran por fin salir de casa.

El kindercafé las atrae como abejas, con la promesa de un minuto fuera de su aislamiento y una zona libre de juicios.

Aunque, en realidad, Vica ha concluido como resultado directo de la observación empírica: nadie juzga a las nuevas madres tan duro como a) ellas mismas y b) las otras madres: ambas entidades ineludibles en cualquier parte, pero especialmente en un kindercafé.

Desde hace casi dos años, este kindercafé en el centro de Colonia es la sede del pequeño negocio de Vica.

Es donde lee auras. Y esta hora vacía antes de tener que entrar en el personaje suele ser su favorita.

Pero hoy está inquieta, incapaz de dejar que su cuerpo repose en su silla de siempre.

Cuando las campanitas suenan de nuevo, Vica se sorprende al ver entrar a un padre.

Tiene muy poca esperanza de que Elke logre traerle a un hombre de cliente.

Aun así, Vica acomoda su cuaderno y su muestrario de colores en la mesa, intentando parecer profesional.

Es atractivo, el padre, a la manera de los hombres tristes en todas partes del mundo, éste con el encanto adicional de haber dejado libre a su bebé no en el rincón lleno de colchonetas y cojines (un área que solían llamar «la oficina del Pulpo» antes de que Pina entrara a la kita) sino directamente en el piso, debajo de su mesa.

Vica observa a Elke tomarle la orden y señalarle el área de juegos, como si el hombre pudiera no haberla notado.

Ok, tal vez no la notó. De hecho, el área de juegos es el tipo de despliegue colorido y perfectamente obvio que también Andreas sería capaz de pasar por alto.

Aunque Andreas jamás vendría aquí, él desprecia los kindercafés.

Vica también los desprecia, en secreto, pero por razones distintas.

A ella le molesta que tener hijos te vuelva un paria de la sociedad.

A él esa parte le parece perfectamente razonable, pero considera que un capuccino caro y aguado es un precio demasiado alto por unos cojines plastificados donde los niños puedan revolcarse, cuando Köln está orgullosamente llena de parques gratuitos y socialmente equitativos.

Cualquier Kölner Menschen te lo puede decir: Colonia tiene setenta y cinco metros cuadrados de áreas verdes por habitante.

Vica sabe que ella cuenta como una de esas habitantes aunque no se sienta como una.

Sabe que, de entre los migrantes, ella es una de las afortunadas.

Hace poco recibió la ciudadanía por naturalización y, junto con el papel, lo mejor del Wilkommencultur.

Está agradecida con este lugar por muchas razones y a muchos niveles.

Pero también resentida. Y no sólo no se ha asimilado, sino que en realidad ni siquiera ha comprendido del todo, o aceptado bien a bien, que ahora vive aquí.