Según el orden del tiempo (Colonia, 2004)
Agrippina Luft, alias el Pulpo, se detiene en la banqueta, baja la mirada hacia sus otrora amarillas botas de hule y hace un puchero.
Te voy a extrañar, murmura.
Esto ocurre casi exactamente igual todas las mañanas desde que Vica inscribió a su hija en la guardería o, como le llaman aquí: la kita.
Y todas las mañanas Vica responde casi exactamente igual.
Se acuclilla, le dice que ella también la va a extrañar, y le ofrece compañía de bolsillo en forma de «una hermanita».
Cuando el Pulpo asiente, Vica finge sacar desde lo más profundo de su pecho una compañera invisible y diminuta, y se la entrega.
Pina toma a la hermanita y finge insertársela en el suyo.
Vica pregunta: ¿Ya está cómoda?, antes de volver a subir los cierres de los abrigos de ambas y continuar el camino, el puchero olvidado.
En las mañanas más difíciles, Vica dota a la hermanita con un superpoder atractivo.
Puede volar o es capaz de convertir las piedras en galletas.
A veces Pina quiere una hermanita que cante bonito, y Vica accede siempre y cuando no deje que nadie la escuche: sería una lástima que le confiscaran a una hermanita tan talentosa.
Si ya van tarde, Vica finge que la hermanita del día pegó un brinco.
¡Ay, no!, exclama: ¡Tu hermanita se escapó!
Y entonces corren tomadas de la mano, persiguiéndola hasta lograr atraparla, ya casi a la entrada de la kita.
A veces al Pulpo se le olvida hacer pucheros hasta que llegan a la cerca de madera, y entonces ejecutan una entrega de hermanita express.
Es como una versión inocente de aquellos tipos que Vica recuerda merodeando su prepa y que, al encontrarse con otro de su grupo, se reacomodaban la gorra, chocaban los puños, se golpeaban el pecho, o alguna otra combinación de gestos mudos que a ella y a su hermana las hacía cruzar la calle para evitar toda cercanía, pero también les hacía desear saber qué información secreta se acababa de intercambiar frente a sus ojos.
Hoy, sin embargo, el Pulpo ya hizo la pausa y ya hizo el puchero, pero no el asentimiento.
Pi, pregunta Vica de nuevo: ¿Quieres una hermanita para que te acompañe hoy?
El Pulpo niega con la cabeza y sigue caminando, todavía mirando hacia abajo, con una mano en el bolsillo y la otra, nota Vica, apretada sobre sí misma y sostenida a la diagonal, como si empuñara un objeto invisible. Vica la sigue, sin saber si puede sonreír o debe preocuparse.
La kita es una casa blanca, algo descuidada, con la puerta y los marcos de las ventanas pintados de un azul rey sucio y un patio delantero donde la cerca de madera apenas logra contener un montón de vehículos tamaño niño, todos descoloridos por la lluvia o el sol o los años.
La kita tiene cara de esos equipos por los que nadie apuesta: bajita y desaliñada, encajada como por error entre dos edificios más altos y modernos, al mero borde de Nippes.
O, como dijo desdeñoso Andreas cuando discutía en contra de inscribir ahí a la niña: Donde Nippes pierde su nombre.
Una vez que cruzan la cerca, el Pulpo levanta su tentáculo libre, que es ágil y fuerte, pero demasiado corto para llegar al timbre.
Vica la levanta por las axilas para que alcance a presionar el botón, y luego esperan.
La niña sigue infeliz. Vica duda sobre qué hacer.
Si habla ahora podría consolarla, pero también podría causar un cataclismo como los que enfrentaba a diario el mes pasado, cuando empezaron a venir aquí y, después de tres años juntas día y noche, cada entrega matutina se sentía como un desgarre antinatural.
Ahora, por fin, el Pulpo ama la kita, pero este momento justo antes de separarse sigue siendo el más delicado.
Vica también ama la kita, casi con desesperación, siempre con el temor secreto de que se la quiten ahora que ya se acostumbró.
Le encantan los ratitos de soledad que la kita le ha devuelto, las mujeres directas que la manejan, la mezcla de idiomas y la ausencia total de pedagogías pretenciosas, que le hace sentir como si estuviera dejando a su hija con un grupo de tías, no en una institución.
Andreas quería esperar eternamente por un lugar en una de esas kitas progres de bosque que hablan del «espíritu lúdico» como si ellos hubieran inventado el juego y cobran como si tuvieran el copyright de la imaginación de los niños. Vica se negó a seguir esperando.
¡Yo también tengo derecho a trabajar, Andreas!, le soltó al fin, con fuego metafórico saliéndole por las orejas, y él ya no se atrevió a decir nada. No es que Andreas no acepte que el tiempo de Vica es suyo, es sólo que no considera realmente que el trabajo de Vica sea trabajo.
Gutten Morgen, Agrippina, dice una mujer corpulenta con velo, pero la niña sigue mirando al piso.
Vica se acuclilla frente a su hija e intenta una vez más.
Pi, ¿quieres que te dé una hermanita extra tierna y apapachadora hoy?
Pina se acerca a su mamá y le susurra: Es que hoy tengo a Lulú.
Luego señala el espacio vacío junto a ella, donde sigue empuñando algo (¿una mano?) invisible.
Ah, ok, dice Vica: ¿Y quién es Lulú?
Mi amiga, dice Pina: Es de tamaño normal.
¡Interesante!, dice Vica, pero no le gusta lo mucho que sonó a Andreas, así que cambia de tono, tratando de mostrar un interés genuino no condescendiente y pregunta: ¿Y de dónde salió Lulú?
De la evolución, responde el Pulpo, sonando todavía más a Andreas.
Vica se incorpora, le da un beso en la cabeza a su hija y se la entrega a la mujer del velo con una sonrisa que se desvanece apenas se cierra la puerta azul tras ellas.
Una ola de emociones la revuelca. ¿Ya fue? ¿Terminó el lindo ritual de transición? ¿Se fue a ese pasado irrevocable a donde se fueron el porteo, el gateo y la lactancia?
La maternidad es como el tamarindo…, empieza su madre dentro de su cabeza.
Vica se echa a andar para callarla. Fue ella misma quien inventó o invocó o logró conjurar esta versión de su madre, poco después de parir, en los días en que estaba tan agotada que en vez de bañarse se acurrucaba en la tina a llorar hasta quedarse dormida o hasta que Andreas entraba cargando a la bebé, que era del tamaño de su antebrazo pero gritaba como si poseyera los pulmones de una bestia mucho, mucho más grande.
Aguas, fue lo primero que dijo la madre muerta. Esa criatura va a ir directa a la yugular.
Vica se sorprendió tanto de escucharla, y se rio tanto con su comentario, que hasta Andreas se contagió de la risa mientras la ayudaba a salir de la tina, de modo que, por un momento, la bebé seguía llorando a gritos mientras ellos dos se carcajeaban, los tres poniéndose igual de rojos.
A partir de ese momento, el humor y los comentarios de su madre ayudaron a Vica a sobrevivir esos días interminables que se confundían con las noches y en los que ella vivía improvisando, ya fuera para mantener en vida a Agrippina o a ella misma, sin más ayuda que la de Andreas, lleno de buenas intenciones pero demasiado rígido, demasiado ofuscado ante la falta absoluta de patrones de comportamiento del infante, como para ser realmente útil.
Pero de eso ya pasaron tres años, ahora Pina está en la kita y Vica quisiera poder disfrutar su soledad sin que su mamá ande inmiscuyéndose en su cabeza todo el rato.
Pero la madre no se da por enterada y sigue irrumpiendo cuando se le antoja, opinando sin tapujos, y con claras intenciones de quedarse.
Vica cruza la avenida por donde no debería (hábito gracias al cual de vez en cuando algún alemán le lanza gritos indignados y correctivos, aunque no haya ni un coche a la vista) y entra al Nordpark.
Es cierto: la maternidad es agridulce. Pero mientras atraviesa el parque lo agrio se impone, desplazando definitivamente a lo dulce, y la lleva directo al duelo.
Y de ahí a un descubrimiento inquietante.
Es curioso que durante todas las semanas que pasó inventando hermanitas invisibles para su hija, nunca asoció el truco con su propia hermana perdida.
Sólo ahora que Pina rechazó una hermanita, Vica nota cuán extraño es lo que ha estado haciendo.
¿O incluso perverso? Trata de desviar el autojuicio y concentrarse en las hermosas pero pasajeras señales del otoño en el parque: hojas de colores, abrigos más pesados, ausencia total de conejos y conejitos.
Son realmente afortunados, les recuerda con bastante frecuencia Andreas, de poder vivir en Nippes.
Es una de las pocas zonas de Colonia que no fue bombardeada, y por eso todavía tiene edificios antiguos hermosos, llamados Alt-Baus, con cuartos amplios y techos altos, y que las mamás en los kindercafés discuten cuando uno sale a la venta o en alquiler, como si fueran el santo grial del estatus inmobiliario.
Cuando Vica se siente celosa, ya sea de los Alt-Baus o de la ambición de esas mamás, su propia madre (muerta pero muy práctica) le susurra: Imagínate tener que limpiarlo.
Y Vica se lo imagina, y de inmediato se le pasan los celos, y luego recuerda que esas mamás no son sus amigas. Esas mamás son sus clientas.
Vica, Andreas y el Pulpo viven en la planta baja de un edificio moderno, en un departamento que es como una caja blanca: cuadrado, con poca luz natural pero con una gran ventana en la sala desde donde admirar los coches estacionados en la calle, y con paredes tan delgadas que se oyen todas las peleas y todos los orgasmos de todos los vecinos.
Mientras Vica baja las escaleras de la estación del tranvía, decide que fue culpa de Andreas, este final repentino de su lindo ritual. Porque esta mañana, antes de la kita, él creó una ruptura imperdonable, y ahora Pina, en una especie de imitación, también creó su propia ruptura.