Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #14
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #14

Tor se pondrá a trabajar esa misma tarde, aliviada de dejar en paz su serie, que ya está terminada y bien podría arruinarse si siguiera tocándola.

Pasará las dos semanas que le quedan de residencia construyendo su último alebrije en una especie de fiebre creativa, deteniéndose sólo para comer deprisa, o para pedirle al cuoco que prepare más y más engrudo con harina y agua.

Este alebrije será la criatura más grande y extraña que Tor haya creado jamás: un feto enroscado, humano en todos los aspectos salvo por su alargado hocico de jabalí y una cola que le brotará no del trasero, sino del ombligo.

Cuando las varias capas de engrudo y periódico se sequen, Tor finalmente abrirá las cajas intactas de wax africano-holandés.

Más importante aún, caminará una madrugada hacia donde sabe que guardan la camioneta.

Tomará todos los chalecos naranja neón y todos los abrigos de camuflaje que logre cargar.

Reclutará a los manifestantes anticaza para que la ayuden a desgarrarlos en pedacitos y luego, con ayuda de Huong —poco a poquito— revestirá a la enorme bestia con una piel tan aguantadora como psicodélica.

Y aunque cuando, al final de la residencia, Tor gane el altísimo premio, será por su serie La dispersión de la luz y no por el alebrije, Tor se sentirá segura de que fue en realidad el feto jabalí (del que la Signora Corsini quedará enamorada) quien solventó su destino.

Philip y Tor seguirán siempre en contacto.

Él nunca se disculpará, pero compensará su dardo maligno con consejos, dinero o conexiones: las monedas que siempre tuvo a su alcance.

A ella todo esto le resultará muy útil, primero como galerista, luego como museógrafa, y siempre sentirá respecto a él una mezcla compleja de gratitud y resentimiento, de competencia y exasperación.

Su relación permanecerá imposible de clasificar, incluso para ellos.

Serán algo así como hermanos ocasionales.

Solidarios y a la vez vengativos. Él sin ningún pudor impondrá su poder; ella siempre estará dispuesta a tomar revancha creativa en contra de él.

Nunca hablarán del pasado, sólo de sus proyectos presentes y futuros.

En cuanto a las ganancias de la empresa Tor otros, eléctricas, eclécticas, performativas.

Pero Tor las llamará, simplemente, juegos de color: Colorplay.

Una y otra vez, Tor responderá jugando, jugando muy en serio, a la vieja pregunta: ¿se puede alquimizar el sufrimiento, la podredumbre, el descontento? Sí, podemos, debemos. Sí.

El título Colorpla y, otorgado sin variación a docenas de piezas, hará que su famosa obra sea reconocible, sencilla, coherente.

Es un nombre que le queda a la obra, que tiene sentido.

Pero también es un gesto privado. Porque una y otra vez, Tor vengará a su hermana de esta forma íntima: jugando, eligiendo el color y eligiendo la alegría, convirtiendo la pérdida en belleza, haciendo lo imposible posible, honrando en cada pieza lo que Mana era antes de que se la llevaran: obsesionada con el color, estudiante de ciencia, valiente, enamorada, libre.

Tor encontrará la forma de reconciliarse con su mayor superstición.

Es decir que logrará tener una vida familiar y artística al mismo tiempo.

Lo hará mediante un contrato secreto, un acuerdo silencioso pero inquebrantable con la tierra, con los dioses, consigo misma: No más viajes.

Tor no volverá a salir de Oaxaca. Quien quiera verla, tendrá que ir al MIC.

Los Colorplay viajarán por ella. Enviados a tierras lejanas, siempre acompañados por V.

Poco después de que se reconstruyan los tanques colapsados en el temblor, y se inaugure por fin la exposición Desaparecidos, el MIC se convertirá en un refugio para las familias de personas desaparecidas y sus diversas organizaciones civiles.

En el futuro, V se encargará de que el MIC nunca deje de señalar y cuestionar la blancura imperante en el mundo del arte, ni de denunciar las muchas instancias donde la sociedad mexicana no es ni ciega ni daltónica sino, al revés: racista, clasista, injusta.

El Museo Internacional del Color se volverá tripartito en su enfoque y sus propósitos: parte arte, parte ciencia, parte justicia social.

Tor le sobrevivirá a Andreas, aunque no por mucho. Le sobrevivirá a Pantera y a todos los Glücks. Trabajará hasta bien entrada en sus ochenta. Nunca dejará de delinearse los ojos sola. Y en un último non sequitor, o modus torens, escribirá su propio epitafio y lo hará grabar en una lápida gris.

Al final, eso sí, Tor se pondrá nostálgica.

Extrañará a su madre y a su hermana como nunca antes se lo permitió.

Le hablará a Andreas en la cama, como si aún estuviera allí.

Se sentirá una niña pequeña, a la manera en que sólo los muy viejos logran.

Volverá entonces a su nombre original, y le quedará bien, como la manta favorita de un bebé: algo que los demás no podrían entender pero que para ella encapsula el consuelo, la aceptación.

Y así, en lugar de un párrafo grandilocuente acorde a su renombre, Tor se escribirá en la lápida gris una sola frase, clara y simple: Victoria Sima, siempre volvió a trabajar.