Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #13
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #13

Puede tener su tiempo a solas, dice. Le parece perfecto, en realidad, porque ya está algo hastiado de Italia y el calor y la continua matadera de bestias inocentes.

Mejor se va a ir a viajar, buscará buenas galerías por toda Europa, porque son una empresa internacional y es hora de que expandan sus territorios.

Pueden hablar de todo esto, de todo todo, cuando estén ambos de regreso en París, será más fácil una vez que retomen sus rutinas, sus espacios, de vuelta en La Fourche y el estudio chiquito, cuando las locuras de la residencia de verano se disipen y ella vuelva a apreciar la magia de Tor & Tor.

Pero prométeme, dice: Que no vas a decirle a nadie por qué me fui.

Ella no cree que a nadie le importe, ni que nadie vaya a preguntarle, así que al principio dice que sí.

Pero luego él se pone obsesivo con los detalles, con los términos de ese nuevo código que quiere instaurar: el código del silencio.

Si te preguntan, dice: Puedes decir que yo hice las muestras de color, en el ático, di que me levantaba al amanecer a tomar notas y que tú trabajabas en el estudio, di que yo hice los planes para la serie y tú los ejecutaste.

Ella quiere reírse y quiere gritar. Así que no es su relación lo que le importa, ni su dúo artístico, ni su mensaje, ni su misión, ni el trabajo, ni siquiera la fama que ha conseguido amasar la empresa, como él ha estado pretendiendo los últimos dos días.

Lo que le preocupa a Philip es su reputación personal.

Y lo único que se le ocurre es usar el trabajo de ella como cubierta, una vez más.

Tor piensa en las veces que él se sentó en el sofá clic clac azul marino de su estudio diminuto, sacó jeans carísimos de bolsas brillantes y procedió a embarrarlos de pintura para hacerlos parecer usados.

Tenso y dudoso, usaba los pinceles como si estuviera restaurando los frescos de una capilla.

Piensa en cómo luego levantaba los pantalones para mostrárselos, y preguntaba: ¿Se ve natural?

Y Tor se llena de una compasión tan dulce que le sabe amarga, la empalaga, la asquea.

Se siente tonta ella. Porque cómo es posible que por tanto tiempo ha pensado en Philip como un artista, «sólo no del tipo que hace obra».

Pero ya no, no más: no basta con firmar.

Hay que ensuciarse las manos. Igual que meter tus rodillas en las huellas de un santo no te vuelve santo.

¿Harás eso por mí?, insiste él.

Por respuesta, Tor gira su bicicleta en la siguiente desviación y se aleja por ese camino perpendicular, con el corazón latiéndole fuerte por el giro tan brusco: No, ni una vez más.

La despiertan los zípers, los portazos y todos los demás ruidos de su silencio furioso, la teatralidad con la que Philip empaca, de último momento. Hay un drama en voz alta cuando se golpea la frente contra una viga.

Tor soporta todo con una calma zen que no hace más que irritarlo aún más.

Se viste, va por café, enrolla y enciende cigarros, abre paquetitos de biscotti.

Se lo entrega todo sin decir una sola palabra.

Con cada cosa que él acepta, con cada objeto que recoge y lanza dentro de la mochila, ella siente el peligro de decir o hacer algo que desate el apenas contenido rencor de Philip, y que su reclamo estalle arrasando con todo en el cuarto y llevándose por la ventana la determinación de Tor: hasta lo más profundo del lago Trasimeno, donde ya no podrá recuperarla.

Así que, cual marinera atada al mástil en plena tormenta, Tor se aferra a tres pequeñas letras.

Son diminutas pero firmes, y solo suyas.

Nunca necesitó mucho espacio y, en cuanto él se vaya, puede habitarlo todo por completo: el ático, el estudio blanco, la luz, sus pinceles, su cuerpo, su talento, su nombre.

Lo sigue por las escaleras sin decir nada, mientras él le inventa a Bettina que hubo una emergencia y que tiene que volar de regreso a casa.

Lo sigue por los jardines y ve que ya hay un taxi esperándolo.

Philip abre la reja del palazzo, pero antes de cruzarla, Tor lo abraza por detrás y él se gira hacia ella.

Con un movimiento de cabeza se acomoda el flequillo hacia un lado.

Ese gesto, la suavidad de sus labios apenas entreabiertos, el temblor en su barbilla, todo presenta un contraste agudo y sensual con el grosor de su cuello, la barba incipiente en sus mejillas, el subir y bajar de su manzanilla mientras traga antes de hablar.

Pero luego no habla. Ella espera. Quiere memorizar su rostro.

Su rostro es como un acertijo: ¿masculino o femenino?

Querían parecer igual de andróginos, pero en realidad él siempre lo logró mucho mejor que ella.

Tor ha pensado muchas veces en ellos como un huevo.

Él es el exterior liso, ella es el interior nutritivo.

En todo caso, ese huevo ya está roto, y ella sólo espera no escurrirse por ahí como una insignificante yema cruda.

La expresión de él se ensombrece, casi imperceptiblemente.

De hecho, Tor se da cuenta, ya conoce ese rostro demasiado bien, mejor incluso que el lago Trasimeno.

Lleva años leyéndolo, no necesita memorizarlo.

No desea verlo romperse en truenos ni una vez más.

La impaciencia le sube de golpe. Piensa en decir: Seamos civilizados, no actúes como un niño, no terminemos mal.

Pero sabe que en este caso ella es la que sale ganando, y quiere sonar cálida y amable. Dice: Orangette, nos vemos pronto.

Pero apenas pronuncia el viejo apodo, el previo a la empresa, ocurre un cambio definitivo en él.

Rápido, como el timelapse de una fruta pudriéndose.

Y ella sabe lo que viene. Philip va a sacarlo ahora a colación, después de todos estos años.

Es su última carta. El aborto, la forma en que él fue solidario, estuvo tan presente, le consiguió un médico, y nunca mencionó que no era el padre, porque lo único que quería era ayudarla.

Eso es lo que ella le debe, y ahora él se lo va a reclamar.

¿Y qué puede decir ella más que gracias?

Pero como si leyera su mente, Philip niega con la cabeza, un leve vaivén del flequillo, una sonrisa apenas formándose: no, my dear, no era por ahí.

Ella se tensa cuando él toma sus hombros entre las manos, su agarre suave pero su rostro, demasiado cerca al de ella, distorsionado por el enojo.

Es una mezcla de mensajes, una paradoja incongruente y sin embargo perfectamente orgánica, como un gatito matando una araña.

Me voy a asegurar de que… susurra, y se detiene.

¿De qué?

Él emite un sonido leve, que podría ser un gemido o una burla, antes de asentarse, como se asienta el yeso al secarse, en una sonrisa.

De cerca es una sonrisa maniaca, como el maquillaje de un actor fuera del escenario, un gesto y una postura que él reserva para apariciones públicas y que ella a veces ha admirado, porque sólo puede describirse como una máscara.

Tor… dice él, como apuntando el dardo hacia el centro de ella. Y luego la deja atónita cuando por fin dice, entrecortado pero bien claro: Nunca. Vas. A volver. A trabajar.

Ésta es la posthistoria de la empresa Tor & Tor.

Querida… dirá Bettina, de pie en la puerta del estudio.

Diversas posibilidades cruzarán por la mente de Tor en ese momento: que Bettina viene a ver cómo se siente después de que su amante la dejó, o que viene a anunciarle que el avión de Philip se estrelló, o que viene a exigirle que devuelva los lienzos grandes, per favore, porque todo fue un malentendido…

Pero no. Bettina sólo dirá: Te esperan en Casa Corsini.

Tor saldrá detrás de ella, del estudio y luego del edificio blanco.

La seguirá bosque abajo, por un caminito tan discreto, tan escondido por las copas de los pinos del palazzo, que Tor no había visto ni cuando pasó semanas memorizando el paisaje.

Pero le será fácil leer la topografía mientras camina detrás de Bettina, extrañamente silenciosa esta mañana, y fácil adivinar adónde lleva el sendero, de modo que cuando la casa color terracota aparezca en un claro, le parecerá lógico encontrarla allí, y casi lógico entrar por su enorme puerta de madera, cruzar una amplia sala, sentarse en la terraza con el Signor y la Signora Corsini, los dos igualmente bronceados, aunque ahí terminan las similitudes entra ambos.

Tor recordará cómo el cuoco resumió su unión: Ella es de Milán, él de Nápoles, pero incluso así hacen funcionar su matrimonio.

La artista soy yo, soltará Tor de golpe, notando cuán desesperada estaba por simplemente decirlo.

Tenemos entendido, responderá Corsini, con su bigote amarillento temblando al hablar: Que usted y el otro Tor colaboran.

No, le dirá mirándolo directo a los ojos, con una sonrisa tranquila, como ha visto hacer a Philip con otros hombres poderosos cuando les está vendiendo algo: No colaboramos, no en la creación. Yo hago la obra, Philip la vende. Somos un dúo, una empresa. Pero él es Philip Coats. Tor soy yo.

¿Y los alebrijes?, preguntará la Signora Corsini, pronunciando la jota como si fuera una ye.

Todos míos, dirá Tor, la confesión tardía haciéndole temblar la voz de emoción, de liberación.

Pero a pesar de sentirse liberada, la sospecha de los Corsini le sentará mal.

¿El otro Tor recibiría el mismo trato? Tor deseará tener pruebas, un contrato impreso en lugar del cuaderno endeble que dejó en París.

La idea de Philip arrojándolo al río le cruzará por la mente.

Recordará que sí tiene otros contratos, por porcentajes, cesión de derechos y demás, pero que los guarda Claudine, y que siempre los firmó sin leerlos.

Por suerte, no hará falta nada de eso. Los métodos del Signor Corsini resultarán más prácticos.

¿Puedes probarlo?, preguntará él.