La separación o la unión (Umbría, 2005) #12
Hubo un prólogo, hubo una historia, y ahora es turno del epílogo.
Tor no puede seguir engañándose. Tiene que quitarse a Philip Coats de encima como si fuera él el abrigo: ya no le queda, ya sólo le pesa.
Ésa es la sensación abrumadora que la invade mientras trota rumbo al ático.
Su serie está terminada y ahora necesita dejar de jugar a ser Thing Two: se lo debe a su obra.
Tiene que ser Thing One porque lo es. Es una.
Está sola. Como todo el mundo, supone. Sólo lo había olvidado, y ahora lo recuerda.
Necesita recuperar su nombre. Su todo. Tor se considera una persona muy afortunada pero con muy mala suerte; sería una locura agravar su desgracia regalando lo poco que le queda tras haber perdido a su madre, su hermana, su amor, su casa.
Con Zakiya a lo largo de muchas botellas de vino ha tramado sus próximos pasos.
Pero con ella es fácil deslizarse hacia la teoría, convertirlo todo en aprendizaje.
Tor se siente a ratos empoderada y a ratos humillada por los discursos de Zakiya.
Apenas el otro día, su nueva amiga le explicó lo del «impuesto rosa».
Tor nunca había considerado el asunto pero claro que de inmediato pudo comprobarlo.
Incluso en la tiendita del lago, los rastrillos rosas, hechos del mismo plástico barato, cuestan un tercio más que los azules o amarillos «para hombres».
A Tor le fascinó el tema del color, así que Zakiya tuvo que ponerse ruda para sacarle algo de indignación.
Dijo: ¡Tienes que además tomar en cuenta que las mujeres ganan menos, y hacen doble jornada en casa!
Tor murmuró: Injusto, mientras se llenaba rápidamente de vergüenza.
Ha estado tan ocupada sintiéndose salvada por un continente donde no se mata tan abiertamente a las mujeres como en su país, que no había tenido espacio para considerar otras violencias más veladas a su alrededor.
Y luego tuvo una realización incómoda pero no del todo desagradable: que necesita, que quiere, hacer algo al respecto.
Que por más buena que llegue a ser su obra, no va a ayudar a nadie.
Que tal vez deba dejar de pensar tanto en lo que va a crear y a ganar, y empezar a pensar en lo que va a repartir y a devolver.
Zakiya se entusiasma fácilmente con esa línea de pensamiento y la sigue: ¡Sí!
¡Imagínate usar los contactos de Philip para algo útil en lugar de seguir jugando a disfrazarte con él!
Eso fue un poco duro, protestó Tor.
Pues la vida es dura, baby, y si no lo vas a dejar, al menos úsalo para hacer el bien.
Lo voy a dejar, le aseguró Tor una vez más: Pronto.
Pero llevan semanas y semanas así, y cada vez que intenta decírselo a Philip, no encuentra cómo.
Sale cualquier otra cosa de su boca. Recae en su impulso de protegerlo y/o en la necesidad de sentirse protegida por él.
Y cada frase posible, cada explicación que ha ensayado, le suena como una bala, una traición, una cacería.
Pero ahora el verano terminó, la serie está lista y ella entró corriendo al ático, y él acaba de bajar su libro para mirarla.
Le cuesta enfrentarse al hoyuelo, a sus ojos que la miran preocupados por cómo entró y cómo está jadeando, pero Tor lo hace, por respeto, por decencia básica, porque esta vez no puede echarse para atrás.
Y como necesita que él la tome en serio, de todas las formas posibles de decirlo, Tor elige el estilo titular.
Toma aire y dice: Este es el final de la empresa Tor Tor como un regalo de despedida.
Hay un punto legendario en las rocas de la isla donde una barca supuestamente dejó a San Francisco de Asís un día, y sus rodillas y codos están marcados donde se quedó rezando.
Philip baja por las piedras para intentar encajar sus extremidades en las huellas del santo.
Tor se aleja y busca un lugar para comer, pero cuando él la alcanza no le gusta el lugar que ella escogió.
No han tenido que pagar por comida en ocho semanas, argumenta, ¡pueden darse un lujo!
Ella sabe que él se refiere a la tarjeta de su padre.
Se disgusta consigo misma por cuánto le gustan las cosas que esa tarjeta puede comprar, y por temer que las va a extrañar.
El pescado llega en un plato tan grande que parece una charola.
Está abierto en dos como un libro, unido por el medio, lo que les da oportunidad para evocar metáforas astringentes sobre su dúo.
Ella cita por primera vez a Bob Ross llamándolos Thing One y Thing Two.
Él conoce los libros, dice que es un mal apodo para ellos, sí, pero sólo por los números.
Sería perfecto sin la jerarquía, si fueran Thing y Thing, pero a nadie se le ocurrió eso antes que a nosotros, ¿verdad? Ni siquiera a Dr. Seuss.
De repente él se levanta y se va. Para cuando regresa, ella ya tomó dos espressos y su estado de ánimo se ha nublado con una densa neblina de determinación. Él le entrega una bolsa de plástico y adentro ella encuentra dos vestidos idénticos de lino.
¿Qué tal como uniforme de verano?, dice él: ¡Están teñidos con frijol negro! ¿Puedes creerlo? ¿Te gustan? ¿Nos pido algo de postre?
No, dice ella, pero él piensa que está respondiendo sólo a la última pregunta.
Tor dobla los vestidos en su regazo, uno por el largo, otro por el ancho, y cuando termina su cabeza sigue yendo y viniendo, diciendo que no, que no, ¿es que no ve?
Ella no quiere simplemente ajustar los términos de la empresa, quiere derribarla.
Quiere salirse. Quiere estar sola un rato, nada más: ser una roca, una isla, como en la canción.
Sólo que su roca es su nombre. Una isla hecha de tres letras; la superficie apenas lo bastante amplia para ella sola.
En el barco de regreso, miran hacia costas opuestas.
Recogen las bicicletas y las empujan cuesta arriba.
Tor está cansada de lo mucho que nadaron, o de lo poco que durmieron, o del exceso de comida y de vino y de relación.
El sol le pega en la cabeza como un escarnio.
Extraña su trabajo, se siente inservible si no puede trabajar.
Deja caer la bici de lado, toma la bolsa que guardó en la canasta delantera, se quita los jeans pesados y la camiseta sudada, y se pone el vestido gris.
Inmediatamente se siente más ligera, con más energía, y honestamente no sabe si es por la frescura de la prenda o simplemente por el alivio de no estar vestida igualito que él.
Qué cosa tan simple. Tan eficaz. La llena una alegría leve pero inconfundible: es una chica en vestido de verano.
Disfruta tanto la simple sensación del aire circulándole entre las piernas que, cuando él se frena y en voz alta acepta irse, ella se queda desconcertada y no tiene a la mano la sospecha.
Asiente lento y sigue empujando su bici, consciente de que cualquier cosa que diga podría arruinar el momento.
Es mejor para él cuando cree que las cosas vienen de él, piensa para sus adentros: Miren nomás qué rápido aprendo.
Llegan a una parte más plana del cerro y se suben a las bicis.
A Tor le dan miedo las bicicletas, así que necesita toda su concentración para arrancar.
Pero como no hay coches en el camino, y como ahora su ropa tiene ventilación adecuada, le sale fácil.
Pedalea y la ligereza aumenta. ¿De verdad aceptó irse?
¡Sí! Él la alcanza, pedalea a su lado y ella dice: Vamos a estar bien, cada cierre es una apertura.
Suenas a Vladislav, dice él.
Tal vez todos deberíamos ser un poco más como Vla, dice ella.
¿Más tiesos y esotéricos?
Más dedicados a nuestro arte.
Más bien todos deberíamos preguntarle a Claudine cómo se siente ella de que él esté tan dedicado a la música mientras ella paga la renta.
Tor sabe que Philip estima tanto a Claudine que con frecuencia le perdona la renta, le dice que ya le pagará cuando sea una gran abogada.
Pero a Tor también le da gusto que la conversación por fin esté girando alrededor de algo, cualquier cosa, que no sea la empresa.
Pero ni un minuto después, él le quita el gusto.