Wishbone La separación o la unión (Umbría, 2005) #11
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La separación o la unión (Umbría, 2005) #11

Tiene razón, por supuesto, pero la gratitud que Tor siente por ese periodo constituye los cimientos de la empresa Tor pigmento es todo lo que soy. Soy color. Soy un coloraje.

Pero en esas zonas fronterizas, Tor tampoco deja un hueco y ya.

Utiliza el espacio liminal entre un lienzo y sus bordes para insertar sus neuróticos catálogos cromáticos, en formato tabla.

El resultado es algo así como un Excel medieval.

Hay que acercarse mucho para apreciar esta otra escala.

De cerca incluso se pueden leer sus notas: nombres, códigos Pantone, referencias a Werner y a la hora exacta del día en que se tomaron las muestras.

De muy cerca el asunto recuerda a los registros meticulosos de los marineros.

De menos cerca se parece más a las paredes de una construcción, donde alguien probó pinturas de casa antes de decidirse por una.

Para sorpresa de Tor, a Philip le encanta todo sobre la serie.

Se ha vuelto solidario, complaciente, a ratos casi servicial, y Tor no puede evitar sentirse como un cerdo.

No como los salvajes que cazan en los bosques a una hora del palazzo, sino como los de granja, a los que ceban con castañas para que rindan más cuando los vendan.

Él intentó convencerlos de que le permitiera estar en el estudio, pero ella ganó la discusión citando el mode d’emploi.

Sus horas laborales deben ser tan sagradas aquí como en París, si no es que más.

Él cedió, pero no quiere que nadie lo vea echando la flojera, así que se lleva montones de libros al ático y baja sólo para las comidas o el aperitivo o la caza.

Leer, ya se sabe, es una forma de esconderse.

Por mí no hay problema, dice Tor: Sólo encuéntranos un título.

Pero al final es Andreas, no Philip, quien da con un buen título.

A Tor le duelen los brazos después de una sesión intensa de impasto.

Se acuesta en el suelo del estudio y le alegra descubrir que el aire ahí abajo está más fresco.

Se abre como estrella de mar para dejarlo circular por entre sus extremidades.

Está cubierta de pintura, sudando a chorros, y sin embargo se siente hermosa.

Como si la belleza de lo que acaba de crear en el lienzo se le hubiera pegado, transferido de alguna manera.

Le gustaría ser vista así. Se imagina a Andreas entrando al estudio.

Pero el desorden del piso la deprime, no la deja concentrarse en su fantasía: restos de muestras de color, paletas descartadas, trapos sucios.

En una sola exhalación, su cansancio se vuelve un pesar ácido, lúcido: Soy una mujer tirada en el piso, rodeada de basura, hablándole a un fantasma.

Se siente como si todos los colores que ha pasado el verano observando hubieran decidido reunirse de golpe en su pecho y condensarse en un negro sin fondo.

Andreas invisible se queja dentro de ella: ¡El color no funciona así!

Se lo imagina ahí parado, inspeccionando sus lienzos con seriedad científica y se pregunta si tendrá una mejor metáfora para ella. Andreas siempre tiene una buena metáfora.

Después de un rato, él dice: Es como que de tanto mirar lograste separar el paisaje en todos sus colores. Es como si hubieras partido la luz misma.

Ella sonríe. Años atrás, una tarde en que estaban desnudos sobre el sofá clic clac, él partió la luz para ella. Hizo un pequeño arcoíris con una pirámide de vidrio y le explicó la física del asunto. Tor intenta recordar su explicación. ¿La luz blanca se divide al pasar por un prisma?

Él asiente con su asentimiento invisible y le pregunta con su voz de profesor: ¿Y ese fenómeno se llama…?

Algo se enciende dentro de ella: un escalofrío, una explosión chiquita, como si la luz la partiera a ella al recordar la terminología. El fenómeno se llama: la dispersión de la luz.

Para el día en que algo más sabio que Tor, pero que vive dentro de ella, le advierte que si sigue pintando va a arruinar los lienzos en vez de mejorarlos, aún no le ha dicho a Philip que la serie se llamará «La dispersión de la luz».

Pero ese día entiende que ha llegado al punto de quiebre, es hora, no puede posponerlo más.

Ya hay título, él también puede dejar de «trabajar».

Y entonces se da cuenta de otra cosa, una tan simple que la asombra no haberla visto nunca antes con tanta claridad: no sólo que ha hecho un buen trabajo, sino que además lo hizo sola.

Tampoco es que de pronto tenga una claridad total.

La vida sin Philip no le resulta aún menos borrosa, pero al menos la puede contemplar.

Es una posibilidad. Todo en este mundo se puede desparejar.

Ella misma es la prueba de esto. Las mitades restantes se retuercen, se duelen, quedan marcadas, sólo a veces sanan.

Pero de todos modos siguen existiendo, sin su par.

Pasa todo el tiempo: con guantes, calcetines y aretes.

Con ojos y piernas y riñones. Con amigos cercanos. Con parejas. Con hermanas.