La separación o la unión (Umbría, 2005) #10
No, dice ella, y de verdad no lo está. Recuerda la furia caricaturesca de los que querían hacer huelga contra la caza, y la furia caricaturesca de los que matan jabalíes para probar quién sabe qué, y nota que, al menos en este instante, ella se siente más allá de todo eso.
O no más allá, sino a un lado. Ni superior ni inferior, simplemente desplazada.
A partir de ahora se educará en otro lado, muchas gracias.
Philip, dice ella, aún extrañamente tranquila: Ya sé lo del concurso.
Ok, dice él. Se queda muy quieto y ella supone que está calculando sus posibles escapatorias: cómo, qué, a quién culpar cuando ella lance el reclamo.
Podría ser una batalla campal. Podrían pasar la noche entera combatiéndola.
Pero Tor se sorprende de nuevo al notar que, en realidad, lo único que quiere en este momento es un abrazo.
¿Por qué no me dijiste?, pregunta ella, pegando sus pies fríos a la pierna tibia de él.
Porque es mejor para ti cuando crees que las cosas vienen de ti, dice él, pasándole un brazo por encima.
Tor se siente a partes iguales atrapada y protegida por el peso de ese brazo, de ese comentario, y él se queda profundamente dormido antes de que ella pueda pensar una respuesta, y pronto ella también se queda así: profundamente dormida.
En los días siguientes, Tor cambia las acuarelas por los acrílicos y compensa con presencia todo el tiempo que pasó ignorando el estudio.
Ya no lo piensa como el cibercafé, sino como su guarida.
El corazón del asunto. El verdadero palazzo.
Regresa al ático sólo de noche, para desplomarse en la cama.
Aún se sienta junto a la ventana con la primera luz del día, pero ya no toma muestras ni vuelve a acostarse cuando amanece.
En vez de eso, toma fotos mentales y luego se va al estudio con esas imágenes en la cabeza.
Una vez, de niña, Tor conoció a una cantante que iba a dar un concierto en el auditorio del museo donde trabajaba su mamá y donde ella y su hermana solían quedarse hasta tarde mientras la madre hacía horas extra.
Mana y Tor se sentaron en primera fila y presenciaron el ensayo con asombro.
Durante una pausa, la cantante se les acercó y les dijo, como si fueran sus aprendices: Para cantar bien primero hay que imaginarse la nota en la cabeza, porque la cabeza por dentro está perfectamente afinada.
Cuando ya tienes la nota bien clarita adentro, sólo entonces apuntas hacia eso que imaginas y abres la boca y lanzas la voz para afuera, como una flecha.
Imaginación traducida en voz. Y hasta el día de hoy, así es como Tor sigue pensando en su trabajo: emoción traducida a color.
Primero evocas la emoción que quieres que la pieza despierte, la sientes bien clara en el plexo (porque para los sentimientos es el pecho el que está perfectamente afinado) y sólo entonces te lanzas a pintar —el pincel es tu flecha— y vas probando cosas hasta dar con la nota en el lienzo.
Hoy, sin embargo, Tor teme estar dándose nomás contra la pared.
Hay días así. Después de un par de horas frustrantes y acaloradas, decide salir a caminar.
Pero en cuanto sale de los estudios se da cuenta de que ni para eso tiene energía, y mejor se va directo al pequeño quiosco que Zakiya ha convertido en su estudio de grabación.
Son cuatro columnas gruesas que sostienen un techo a dos aguas, cuyas tejas hospedan fauna y flora desde mucho antes de que se pusieran de moda los techos verdes.
Cuando Zakiya se instaló y empezó a usar los huecos entre las columnas como lienzos para probar materiales y experimentar soluciones para la vulva-puerta de su instalación, los residentes empezaron a referirse al sitio como «el quiosco de la vagina», lo cual rápidamente se popularizó entre los residentes y pronto derivó en el más bien tierno «quiosquina».
Y ahora, hasta el cuco y Bettina le dicen así.
En cuanto Tor se acerca a la quiosquina, Zakiya dice que estaba a punto de tomarse un descanso de todos modos y deja lo que está haciendo.
Se sientan en unas sillas como de director de cine, y Zakiya saca de quién sabe dónde una botella de limoncello tibio.
Es dulce y pegajoso, y hace que Tor por fin se relaje.
Durante un rato, Zakiya habla de su trabajo.
Es decir, sobre el dolor pélvico crónico de Huong, las dificultades de Bettina con la infertilidad y lo difícil que fue para Justine salir del clóset en los años ochenta en la Borgoña rural.
Cuando rellena los vasos, mira a Tor a los ojos y le recuerda que ella es la única mujer que queda en el palazzo.
Tor se retuerce en su asiento pero sabe que esta vez no se va a zafar.
Siempre supo que le tocaría turno eventualmente.
Pues que le toque, no pasa nada: Tor no le teme a la cámara.
Dice que no tiene tabúes, que es una mujer abierta en una relación abierta, feliz de hablar de sexo cuando sea.
Pero esa seguridad se evapora cuando Zakiya, desde atrás de la cámara, le pregunta si alguna vez ha estado embarazada.
Tor le cuenta todo, desde las dos rayitas rosas en la prueba de embarazo hasta las paredes color pistache de la clínica.
Desde cómo la obligaron a hacerse un ultrasonido hasta cómo lo sorteó, concentrándose no en la figura que latía como un frijol saltarín sino en las zonas a su alrededor.
Un truco de clase de arte: fondo y forma.
El fondo era oscuro pero no un abismo, sólo sus paredes internas, hechas de manchas grises y blancas, como si su matriz no fuera más que un boceto a lápiz: propenso al error, dispuesto a la goma.
Tor se prohibió ponerle nombre al frijolín.
El otro Tor la ayudó a encontrar una cita para el aborto.
Tuvieron que hacerlo desde el minitel en la oficina de correos y fue complicado porque aparecían, como hongos digitales, sitios llamados SOS Bebé o SOS Grossesse, que primero parecían estar ahí para ofrecer ayuda pero, en cuanto te adentrabas un poco, se volvía evidente que su objetivo era, en realidad, disuadir a las mujeres mediante el viejo método de hacerlas sentir mierda.
Philip se enfureció y se puso a insultar a la maquinita, como si fuera directamente responsable de la propaganda.
Un trabajador de correos tuvo que intervenir.
Al final, Tor le pidió ayuda precisamente a ese trabajador, que resopló bastante, pero salieron de ahí con una cita.
Después del ultrasonido les dijeron que ya era muy tarde para la pastilla, tendría que hacerse un aborto por aspiración.
Esa imagen, la imagen de una aspiradora chupándole las entrañas, la aterrorizó.
Pero el día de la cita el procedimiento fue rápido y, gracias a la anestesia, casi indoloro.
Sólo tuvo que quedarse unas horas en la clínica.
Luego el otro Tor fue por ella, paró un taxi afuera.
El taxi es lo que Tor más recuerda de todo.
Las gotas de lluvia en los cristales. La ciudad desenrollándose por debajo de ella como un papiro del futuro.
Recuerda desear con un fervor inútil que no se detuvieran nunca.
Las semanas siguientes al aborto fueron las más difíciles.
El dolor físico es como un pulpo: encuentra maneras de extender sus tentáculos tramposos hacia la mente, y hacia el pasado, y pronto Tor ya no sabía ni qué dolor le dolía.
Por semanas apenas podía levantarse, lloraba todo el tiempo, mucho más de lo que había llorado cuando desapareció su hermana, y ya tampoco sabía qué estaba llorando exactamente: ¿la muerte de su madre o la desaparición de su hermana o la partida de Andreas o la pérdida del bebé que nunca llegó a bebé?
Pero todo eso no lo dice frente a la cámara, sólo lo recuerda en un atisbo rápido al que le cierra la puerta igual de rápido.
En voz alta sólo cuenta que el otro Tor iba todos los días a visitarla: le llevaba comida, limpiaba su departamento minúsculo, repetía como un mantra: Ça va aller, ça va aller, porque su mamá es francesa, entonces eso es lo que le sale cuando quiere consolar a alguien.
Inmediatamente nota el interés de Zakiya decrecer varios grados.
Así que Tor se agarra justo de esa parte de la historia: la parte de Philip.
Él se propuso distraerla, llenarle la cabeza de cosas nuevas todos los días.
Llegaba a cualquier hora con reseñas de la exposición que acababa de ver, pains au chocolat, una copia de Paroles , de Jacques Prévert, porque según él es el único libro que sirve para aprender francés; fichas para la máquina amarilla en la esquina donde podías rentar videocasetes.
La hacía meterse a bañar con bromas sobre los olores y, como la regadera estaba ahí mismo, la miraba, le decía que era hermosa, la envolvía en una toalla.
Le pidió que pintara una docena de cajas vacías, de madera, que él mismo le había traído, y luego las vendió quién sabe dónde.
Con el dinero le compró un escritorio y en cada visita le dejaba algo sobre el escritorio: un estuche con pinceles, botellitas de tinta, un bloc de dibujo nuevo.
Ella ignoró el escritorio, ignoró los materiales, hasta el día en que dejó de ignorarlos, y entonces la salvaron. Dice: El otro Tor me salvó la vida.
Zakiya tiene una expresión de neutralidad que Tor no puede evitar admirar: toda una profesional.
O tal vez es sólo que ha oído tantas historias que ya nada la sorprende.
Pero cuando apaga la cámara, Zakiya le dice que él no la salvó.
Eso derrumba la impresión de profesionalismo.
No está bien, piensa Tor, contradecir a quien entrevistas.
Pero Zakiya le toma la mano y continúa: El otro Tor te acompañó, y no es que eso no sea valioso, claro que fue decente de su parte, pero también hubieras sobrevivido sin él.
Muchas mujeres lo han hecho, créeme, yo sé. No le debes tu vida.